Nos define la ignorancia de nuestro piso, escribe Roberto Calasso en la primera línea de su ensayo más reciente. El explorador de todas las mitologías, el editor exquisito recorre en este trabajo las telarañas de la ansiedad contemporánea. “La sensación más precisa y más aguda, para quien vive en este momento, es la de no saber dónde se pisa en cada momento. El terreno es poco firme, las líneas se desdoblan, los tejidos se deshacen, las perspectivas oscilan. Entonces se advierte con mayor evidencia que nos encontramos en la actualidad innombrable”. El ensayo de Calasso toca el presente, es decir, todo lo que, aun siendo remoto, vive. Para entender la peculiaridad de nuestro tiempo hay que escudriñar las ficciones del pasado. Este día seguimos escribiendo la inmensa novela humana. Todos los relatos de las civilizaciones son uno. Por ello este ensayo sobre el presente se vierte sobre el mismo recipiente de La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka, La Folie Baudelaire o El ardor. Los ríos del mito, de la poesía, de la historia se vierten al mismo océano. El inabarcable relato que nos constituye.

Saber melódico

Ilustración: José María Martínez

Tendrán muchos nombres los dioses, pero repiten, con sutiles variaciones, los mismos gestos. En el obsesivo clic del turista y la ansiosa anticipación del terrorista, se percibe la reverberación de mil cuentos. El diálogo con las deidades y las pasiones continúa. La sensibilidad poética de Calasso sigue bordando lo celestial y lo subcutáneo: la gran aventura de nuestros enigmas. Como los griegos, el italiano está poseído por los enigmas. Pero… ¿qué es un enigma? Un misterio, se respondería de inmediato. Pero es un misterio, escribe en Las bodas de Cadmo y Harmonía, cuya solución es igualmente misteriosa. Resolver un enigma es apenas elevarse a un enigma superior. Esa es la naturaleza de esos ensayos eruditos y desafiantes: una depuración de la perplejidad.

Al leer Las ruinas de Kasch, Italo Calvino detectó con precisión los dos temas que aborda ese ensayo portentoso. El primero: Taylleyrand. El segundo: todo lo demás. “Y todo lo demás incluye todo lo que ha sucedido en la historia humana, desde el inicio de la civilización al día de hoy”. Eso es Las ruinas: un libro sobre la vida de un diplomático y, de pilón, sobre la historia de toda la humanidad. Esa es la naturaleza de su obra. Un personaje, una mitología, un escritor y todo lo demás. ¿Cómo puede entenderse esta temeridad intelectual? ¿Qué mano se ofrece para acoger la fábula y la tuerca, oriente y occidente, el ardor del terrorista y la mirada del deseo, la leyenda más remota y la noticia que quema el día? ¿Cómo puede escribirse de todo? ¿Cómo puede abarcarse el arco completo de la historia, el repertorio íntegro de nuestros cacharros y nuestras leyendas? Tal vez como lo hace Calasso: celebrando con admiración los átomos que irradian sentido.

No han distraído a Calasso las vanidades del invento. Como dijo La Bruyère, nacimos tarde. Nada nuevo puede ser dicho ya. Por eso nos corresponde restaurar el brillo de las autoridades, reconstituir el cuerpo de los símbolos, volver a contar los relatos que hemos olvidado. El hombre secular del que habla en La actualidad innombrable es precisamente el animal que olvidó lo invisible, que se desentendió del sentido, que ignora el vocabulario del símbolo. Su mosaico de crónicas, acotaciones, citas, apostillas y divagaciones se ofrece como alternativa al universo palpable. En párrafos que son islas, ha levantado una literatura que es, en realidad, una metafísica. Una metafísica natural, la llama él en La literatura y los dioses, “que no se basa en cadenas de conceptos sino en entidades heteróclitas: fragmentos de imágenes, asonancias, ritmos, gestos, formas de todo tipo”. Ni la simpleza ni la coherencia aparecen en este archipiélago. Como Baudalaire, Calasso es defensor de uno de los derechos humanos fundamentales: el derecho a contradecirse, el derecho a irse.

Una literatura voraz en la que, “como en el estómago de ciertos animales, pueden encontrarse ahí clavos, trozos de cristal, pañuelos”. Lo dicho por Calvino: la novela de todo. En su tesis doctoral sobre los jeroglíficos de Thomas Browne se encuentra una clave para comprender el complejo telar de su obra. Como el médico esotérico, Calasso teje un tapiz que es reflejo del cosmos. Tras el estallido que creó el mundo, todo es fragmento. Por eso la naturaleza se nos revela en relámpagos, en imágenes privilegiadas que son emblemas de otra cosa. A recomponer el sentido de esos jeroglíficos se ha dedicado Calasso. A luchar contra la progresiva pauperización del significado. Una batalla contra el abandono de los símbolos.

Frustrante para los habituados al énfasis de lo conclusivo, la prosa de Calasso es prosa de destellos. No un hilo que argumenta sino un mapa de fluorescencias. Un saber melódico. Una prosa envolvente y, en alguna medida, inescrutable. Calasso evoca por ello el aksara védico: vibración anterior al significado. Frente al logos del conocimiento, la música de la comprensión.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.