El 10 de abril se cumplieron 100 años del asesinato de Zapata, y el gobierno federal ha decretado al 2019 como “Año del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata”. En contrapunteo a los ánimos celebratorios y mitográficos que seguramente han de prevalecer, estos textos mensuales recuerdan otras historias que reflejan las aspiraciones y el devenir de aquel movimiento popular, sepultadas por el tiempo y por nuestra recurrente ansia de redención.

Por más que se les quiera ahuyentar, tergiversar, negar o sublimar, los fracasos del pasado suelen seguir presentes; irresueltas, las pugnas sociales de ayer se heredan siempre, sépanlo o no sus descendientes. Del zapatismo se ha dicho siempre que luchó por recuperar la tierra, como si ese hubiera sido su único fin, pero no que esa lucha fue sólo parte de una más grande, por recuperar los poderes municipales, por limitar la discrecionalidad autoritaria de mandatarios distantes, por fortalecer a los gobiernos locales con un grado de autonomía que les confiriera legitimidad, verdadera responsabilidad y al menos cierta representatividad. No lo lograron, y lo que ayer fue una herida abierta hoy sangra y se pudre por todo el país. Es por eso, y no sólo por respeto al pasado, que vale la pena repensar sin engaños seductores lo que aquel zapatismo quiso y no pudo ser.

 

Zapata

Ilustración: Ricardo Figueroa

En cuestión de semanas, casi sin trámites, les habían dado la tierra. Para ellos, la primera dotación en Morelos, apenas año y medio después de la muerte de Emiliano. No era todo lo que querían ni lo que habían imaginado, y en voz de Chico Franco expresaron de inmediato su inconformidad. No se quejen, les dirían las nuevas autoridades políticas y agrarias, les hemos dado la tierra, ¿no es eso lo que pedían? En otros lugares —mas no en Morelos, por acuerdo superior— la gente de campo tendría que seguir batallando y esperar largos años para obtener un pedazo propio. La reforma agraria ejidal terminó dando muchas dotaciones y muy pocas restituciones. Los historiadores lo han explicado diciendo que la restitución resultaba muy complicada por razones técnicas, legales, políticas y documentales, y que lo verdaderamente importante era repartir la tierra; en suma, la dotación era más sencilla y producía a fin de cuentas el mismo resultado. Tienen razón en lo primero, pero no en lo segundo. La tierra no es una mercancía abstracta, intercambiable; varía no sólo en calidad y utilidad sino también en significado: tierra, terreno, terruño, territorio, palabras que comparten raíz pero denotan cosas muy diferentes. Y si de lo que se trata es nada más que repartir derechos de tierra, como si fueran unidades, basta recordar lo que retrata magistralmente Juan Rulfo en su cuento Nos han dado la tierra, en que los campesinos descubren que el gobierno les ha dado un llano yermo, un “blanco terregal endurecido” donde “nada se mueve” y “nada se levantará”, una tierra “deslavada, dura”, un “comal acalorado”.1 Es lo que va a pasar tarde o temprano cuando la dotación de algún terreno es lo único que importa, y de ahí a repartir sobre el papel tierras que no existen es sólo un pequeño paso.

Los de Anenecuilco tenían en mente algo muy distinto. Pidieron una y otra vez la restitución de las tierras del antiguo pueblo, con base en lo que ellos llamaban “nuestros títulos primordiales”, reguardados por años en la caja de hojalata (“El ejido de Anenecuilco”, nexos, mayo 2019). Y aunque a partir de 1920, ya derrotados, su exigencia se vio reducida al asunto de las tierras, lo cierto es que para ellos los papeles en la caja amparaban no sólo las tierras en cuestión sino toda una serie de derechos más amplios para los pueblos y los gobiernos locales, derechos históricos cuyo carácter era fundamentalmente político. Ya lo había dicho el propio Zapata, empuñando aquellos documentos: “por esto peleo”. ¿Qué contenía, pues, la caja de hojalata, y cuál era su significado?

Los papeles de Anenecuilco eran sobre todo copias de documentos antiguos del archivo nacional, recabadas con muchos sacrificios en dos momentos, 1853-54 y 1904-06, por comisiones de vecinos enviadas a la capital. Se dice que al concluir la primera comisión de busca, en 1854, trajeron los documentos que les entregaron metidos en una caja de hojalata. Eran escritos coloniales, también un mapa de 1613, pintado. Además de aquellos materiales, agrupados en cuatro cuadernos, la caja contenía una serie de papeles sueltos que atestiguaban muy episódicamente sobre diversos aspectos de la vida civil, política y territorial del pueblo, de nuevo en dos periodos, de 1834 a 1883 y de 1904 a 1910, este último enfocado en los conflictos con la hacienda de Hospital.2 Vistos en conjunto, da tristeza contemplar lo poco que quedó al alcance del pueblo tras los estragos y embates de una adversa historia multicentenaria, también lo mucho que les costó recuperar y resguardar esos escasos fragmentos. Sin embargo, para Zapata y sus compañeros estos papeles eran todo un tesoro, pues entendían que bastaban para afianzar lo que cierta memoria histórica les había sugerido: que Anenecuilco era una corporación-pueblo muy antigua que desde su refundación a inicios del virreinato había adquirido gobierno propio y mercedes territoriales a perpetuidad, que esos derechos seguían vigentes, y que les tocaba ahora a ellos intentar recuperarlos (contra las nuevas pretensiones de las haciendas y los gobiernos venales), como lo habían hecho, sin mucho éxito, varios de sus antecesores. Cuando Chico Franco decidió mostrarle por primera vez a Sotelo Inclán los papeles en la caja de hojalata (cerca de 1940), le dijo: “Me los encargó Miliano antes de irse, por éstos hizo la guerra a Díaz y peleó contra Madero, Huertas y Carranza”, explicando que “se los dieron los viejos antes de la primera guerra, la de Díaz, para que él defendiera las tierras del pueblo como ellos lo habían hecho”.3

Anenecuilco había sido república de indios desde el siglo XVI, pero para mediados del siglo XIX era ya netamente un pueblo de mestizos y mulatos. Las buscas sirvieron para cimentar lo que los viejos sabían, recordaban o habían oído decir sobre aquella república. A fines del siglo XVIII y principios del XIX el pueblo había sostenido una prolongada batalla legal con la hacienda de Mapastlán, reclamando tierras comunales que habían sido suyas. Para entonces se habían perdido (o robado) sus títulos probatorios (y muchos de sus terrenos originales), y a falta de ellos pedían el restablecimiento de su fundo legal con las 600 varas que marcaba la legislación colonial. Aquel litigio quedó inconcluso, y los papeles obtenidos en 1854 (y de nuevo en 1906) vinieron a aclararles muchas cosas. Anenecuilco había poseído amplias tierras comunales en el siglo XVI; en 1603 se intentó congregarlos con otros pueblos de Las Amilpas, pero los del pueblo se negaron y lograron quedarse en su lugar. Un mandamiento del virrey ese mismo año exige que se les respeten sus viejas tierras a los pueblos congregados e invalida cualquier compra u ocupación de tierras de indios. Los mismos documentos indican que Anenecuilco ya estaba siendo invadido por las haciendas incipientes. En 1607 el virrey le hace merced al Hospital de Convalecientes de la Ciudad de México de un sitio de ganado mayor “en términos del pueblo de Anenecuilco”, señalando sin embargo que de ser “necesario el dicho sitio de estancia para algún efecto de la congregación de los naturales de aquel partido se le pueda tomar sin paga, mejora ni recompensa alguna”. Así constataron los de Anenecuilco que la hacienda de Hospital había nacido en tierras que eran suyas, y que tenían derecho a reclamar su devolución. Es justo en lo que Zapata habría de insistir a lo largo de su pertinaz disputa con los de Hospital en los albores de la Revolución. Sospechaban también, y con razón, que la hacienda de Coahuixtla había tenido un origen similar, pero no lo podían probar. Años después Sotelo Inclán halló un documento de 1587 en el archivo general que parece indicar precisamente eso. Tenían además el mapa de 1613, que mostraba a Anenecuilco rodeado de sus tierras y aguas, y finalmente un mandamiento de 1614 concediéndoles un sitio de ganado mayor y dos caballerías de tierra “para propios de su comunidad”.

Todo esto apunta a una idea radical y novedosa que no ha recibido la atención que merece. Zapata y sus colaboradores claramente entendían que estos “títulos primordiales” demostraban que las antiguas tierras de Anenecuilco seguían siendo propiamente suyas, pues habían sido concedidas al pueblo originalmente y a perpetuidad. No importaba por tanto cómo, cuándo y por qué habían sido enajenadas, el pueblo tenía derecho a recuperarlas. Nada más diferente al concepto que Andrés Molina Enríquez y Luis Cabrera introdujeron en el artículo 27 de 1917 y en la legislación de la reforma agraria de la Revolución, que establecía al año de 1856 (por lo que llamaron “el desastre desamortizador”) como punto de partida para considerar la posible restitución de las tierras de los pueblos. Los zapatistas intentaron implementar su idea del reintegro en el reparto de 1915, pero la Revolución les impuso otra visión del pasado; de ahí que todos los esfuerzos posteriores de Chico Franco por hacer valer los “títulos primordiales” en la caja de hojalata estuvieran destinados al más rotundo fracaso.

La convicción de que corporaciones como Anenecuilco mantenían el derecho a recobrar sus viejas tierras se fundaba a su vez en una noción del pueblo como institución política con atribuciones robustas, no sólo en el manejo del territorio y de sus recursos, sino en las facultades para el autogobierno. Es esto —y no nada más la lucha por la tierra— lo que definiría al zapatismo. Y es ahí en donde hay que indagar para comprender la verdadera magnitud de su derrota.

 

Emilio Kourí
Historiador, prepara para su publicación un libro sobre los orígenes de la reforma agraria y su relación con la historia de los pueblos. Es profesor en la Universidad de Chicago.

Próxima entrega: El Plan de Ayala


1 Juan Rulfo, El llano en llamas, México, 1953.

2 Estos documentos se pueden consultar en Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, México, 1943 y Alicia Hernández Chávez, Anenecuilco, memoria y vida de un pueblo, México, 1991

3 Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, p. 14.