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Para algunos filósofos la capacidad de sentir dolor es la característica fundamental para que alguien sea tomado en cuenta; no el color de la piel, su etnia, el género o la especie a la que pertenezca, que son criterios arbitrarios, tampoco depende del coeficiente intelectual, ni de la posesión de un lenguaje verbal.1 Poder experimentar dolor o sufrimiento, así como placer o bienestar, es condición suficiente para merecer consideración moral.2 Cuando se ignoran las necesidades vitales de cualquier ser sintiente bajo el argumento de que “no pertenece a nuestra especie” se incurre en especismo, que consiste en discriminar y excluir a los animales no humanos de un trato ético, por lo que causarles dolor o no atender su sufrimiento constituye una injusticia.

¿Tenemos obligaciones con los animales?

Ilustración: Estelí Meza

Muchos etólogos y neurofisiólogos coinciden en que la mayoría de las especies de vertebrados poseen un sistema nervioso central lo bastante complejo no sólo para experimentar dolor o placer, sino que también tienen un sistema límbico que les permite generar y expresar emociones como miedo, ansiedad, frustración o ira, algunas de las cuales fueron descritas desde 1872 por Darwin. También cuentan con los sustratos neuroanatómicos y neuroquímicos para tener memoria, experiencias conscientes,3 aprender, tener preferencias y tomar decisiones, así como complejos sistemas de comunicación y de relación entre ellos y con su entorno,4 por lo que no deberíamos seguir viendo a los animales no humanos como simples bienes semovientes, ni como meros medios para alcanzar nuestros fines, sino que podemos incluirlos en nuestro círculo de consideración ética y entonces tendríamos ciertos deberes hacia ellos. Ante esto surgen diversos dilemas bioéticos, ya que utilizamos a los animales para nuestro beneficio —en la mayoría de los casos a costa de sus propias vidas—, ya sea para obtener alimentos, medicamentos, conocimientos, ayuda en el trabajo o ganancias económicas, entre otros; por lo que resulta necesario replantear nuestra forma de relacionarnos con ellos, que no debería seguir siendo la de dominio y explotación desmedida. Algunas propuestas bioéticas exhortan a no seguir usándolos ni privándolos de su libertad con fines de lucro, diversión o espectáculo, que no constituyen necesidades vitales para nuestra especie. Cuando se contraponen lo intereses de los humanos y los de los animales deberá darse preferencia a los intereses vitales sobre los intereses secundarios, sean de quien sean. Respetarlos no es tratarlos igual que a los humanos, sino reconocerlos como diferentes formas de ser y estar en el mundo, pero tomando en cuenta sus necesidades con la misma importancia.5 Lévinas dice que ver al diferente, a los otros, me interpela y demanda que responda por mis acciones6 y en la medida que los descubro más vulnerables y en situación de desventaja, mi responsabilidad hacia ellos aumenta. Por ello, con los animales tenemos la obligación de no causarles daño, dolor ni sufrimiento emocional, tampoco privarlos de su vida injustificadamente, debemos aliviar su dolor y reducir el nivel de daño al mínimo posible, y en los casos en que sea necesario matarlos (con fines de alimentación o investigación) la justicia retributiva nos exhorta a brindarles buenos niveles de bienestar y enriquecer su ambiente mientras están vivos, y al final matarlos previa inconciencia, siguiendo los protocolos autorizados.

Desde las ciencias biológicas está la propuesta de las cinco provisiones (antes llamadas cinco libertades), que incluyen proporcionarles agua y alimento en cantidad y calidad adecuados, refugio del clima, espacio suficiente para desplazarse y cambiar de posición, no mantenerlos aislados, atender sus heridas y enfermedades, evitar situaciones que les provoquen miedo y sufrimiento, reducir las intervenciones invasivas o hacerlo bajo anestesia, y permitirles expresar comportamientos necesarios para su especie. El principio de justicia también nos compromete a cuidar del ambiente y nichos ecológicos en donde viven los animales silvestres, sin contaminarlos, invadirlos o destruirlos, así como a promover la creación de áreas protegidas y reservas naturales, donde puedan sobrevivir y reproducirse. Desafortunadamente, uno de los principales motivos por los que no se aplica la justicia con los animales son los costos económicos que nadie está dispuesto a asumir, ni a renunciar a los beneficios.

El tema de la consideración moral y jurídica de los animales ha despertado un interés creciente en las sociedades actuales, varios países europeos como Suiza, Austria y Alemania ya han modificado en sus códigos civiles y penales el estatus de los vertebrados no humanos, tipificando su maltrato o abandono como delito. Un buen comienzo sería modificar el estatus moral y jurídico de bienes muebles semovientes que tienen los animales no humanos, por el de seres sintientes, como está enunciado en el artículo 13 de la Constitución de la Ciudad de México, y que no contraviene al Código Civil vigente. Esperemos que nuestro país se sume a esta tendencia para contribuir a restablecer el orden y el respeto entre humanos y no humanos.

 

Beatriz Vanda Cantón
Medico vetrinario zootecnista. Especialista y maestra en patología comparada. Doctora en bioética por la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A.C.


1 Bentham, Jeremy, Introduction to the principles of morals and legislation, 1789, cap. 17, p 382.

2 Singer, Peter, Liberación animal, 2ª ed., Valladolid, Trotta, 1999, p. 44.

3 Low, Philip, Cambridge Declaration on Consciousness. Jaak Panksepp, Diana Reiss, David Edelman, Bruno Van Swinderen, Philip Low y Christof Koch (eds.), Proclaimed in Cambridge, UK, on July 7, 2012, at the Francis Crick Memorial Conference on Consciousness in Human and non-Human Animals. Disponible en: http://fcmconference.org/img/CambridgeDeclarationOnConsciousness.pdf [Consultado el 16/06/2017].

4 Bekoff, Marc, Allen Collin, Burghardt G.M. (eds.), The cognitive animal. Empirical and theoretical perspectives on animal cogniaulion, MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 2002, 481 pp.

5 Taylor, P.W., Respect for Nature. A theory of environmental ethics (25th anniversary edition), Princeton, N.J., Princeton University Press, 2011.

6 Lévinas E., Ética e infinito, 2ª ed., La Balsa de la Medusa, Madrid, 2000, 106 pp.