Los órganos y tejidos para trasplante son un recurso biomédico escaso proveniente de seres humanos. Cada ciudadano, en ejercicio de su autonomía, puede tomar una decisión voluntaria y donar órganos sólidos (riñones, hígado, corazón, pulmones, páncreas, intestino) y varios tejidos (córneas, hueso, segmentos de arteria, etcétera). Sin embargo, la toma de órganos sólo se justifica si al hacerlo no se comprometen intereses primordiales de la persona; la forma más segura en que esta situación se da es cuando la persona ha perdido la vida.

La Regla del Donador Muerto es una regla ética primordial intuida legendariamente hace mil 500 años por los santos Cosme y Damián cuando, según dice la leyenda del milagro, repusieron la pierna gangrenada del sacristán de su iglesia con la pierna de una persona recién enterrada a la cual, en virtud de su fallecimiento, ya no le hacía falta.

Donación de órganos

Ilustración: Estelí Meza

Hace 50 años se establecieron los criterios que definen la presencia de coma irreversible (Comité ad hoc de Harvard, 1968), una situación en donde el encéfalo se encuentra destruido irreversiblemente y la expectativa de recuperación es inexistente. Estos criterios clínicos establecen el diagnóstico de pérdida de la vida (Ley General de Salud, art. 334). Vemos que una situación anecdóticamente milagrosa se ha convertido en un acto médico común donde los órganos de un paciente son usados sin afectar sus intereses primordiales ni generar un daño vital ya que se le ha declarado muerto.

Hoy en día “donación” se define como la “liberalidad de alguien que transmite gratuitamente algo que le pertenece a favor de otra persona…”. En otras palabras, se trata de una persona que da algo de manera voluntaria (ausente de presiones o coerciones), y altruista (sin recibir nada a cambio). Sin voluntariedad ni altruismo no es donación, en todo caso se hablará de toma, obtención, extracción, compra-venta, trueque o robo.

Bajo estos conceptos el “donador muerto” sólo puede serlo si ha tomado una decisión al respecto (autonomía/voluntariedad) desde antes de encontrarse en esa situación; esta toma de postura se conoce como una “cláusula de conciencia” en donde, bajo el supuesto de cumplir con los criterios encefálicos de pérdida de la vida aceptamos o no que se tomen nuestros órganos para beneficiar a terceros y que debe manifestarse objetivamente a través de directivas escritas (voluntad anticipada, voluntad firmada en su licencia de manejo, tarjeta de donación de órganos, etcétera), o bien de tipo oral (indicaciones o manifestación de deseos a familiares, amistades o personas significativas en la vida de la persona). Éticamente la cláusula de conciencia constituye la toma de decisiones mediante la aplicación de criterios de juicio subjetivo, y esto es mencionado en la ley como “donación expresa” (el mismo sujeto expresa sus propios deseos).

Sin embargo, es frecuente que las personas pierdan la vida sin haber manifestado sus deseos. En estas circunstancias es necesario un acercamiento a los deseos del sujeto mediante la aplicación de criterios de juicio sustitutivo a través del análisis de supuestos que aplican al mismo sujeto obtenidos del diálogo con familiares y allegados que puedan proveer información (¿Cuál es la postura del individuo ante la donación de órganos? ¿Qué haría ella o él? ¿Qué conocemos de ella/él a través de familiares, amistades, conocidos o personas significativas?). En la donación de órganos el objetivo final es respetar la autonomía de las personas y cumplir sus deseos al respecto (donar o no donar).

Nuestra Ley de Salud, de forma incomprensible, menciona la “donación tácita, presunta o presumida” como aquella en donde todos los ciudadanos son contemplados como donadores a menos que manifiesten expresamente lo contrario. Existen propuestas de aplicar este concepto de manera estricta en un intento mal pensado de incrementar la obtención de órganos para trasplante, sin embargo, si no existe una decisión voluntaria hecha por el sujeto no se puede hablar de donación. Se corre el riesgo de equivocación y daño moral si erróneamente se toman órganos de una persona que en vida no deseaba donarlos contraviniendo sus deseos póstumos y trasgrediendo su autonomía.

La “donación presunta” es un mero eufemismo para disfrazar una toma u obtención cuasiobligatoria de órganos por decisión de Estado. Esto corre el riesgo social de interpretarse como un acto autoritario y ser poco aceptado a largo plazo, impactando negativamente la obtención de órganos. Encima de todo se encarga al sistema de salud y sus miembros (médicos, cirujanos, procuradores de órganos, enfermeras, trabajadoras sociales, etcétera), los cuales sufrirán de primera mano el potencial embate de una sociedad desconfiada.

Desconocemos si en el trasplante hecho por san Cosme y san Damián hubo “cláusula de conciencia” y donación, o si simplemente la pierna fue tomada para su uso. Pareciera que en el siglo XXI podemos apelar a valores como solidaridad, empatía, altruismo y, sobre todo, al ejercicio de la autonomía para convertir la obtención de órganos en una verdadera donación y no en otra cosa.

 

Patricio Santillan-Doherty
Es miembro del Colegio de Bioética A.C. y del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias.