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El inicio de la vida humana ha estado rodeado de misterio y misticismo; mientras el misterio se ha ido desvelando a través de la ciencia, el misticismo le ha impregnado preceptos religiosos donde todo óvulo fecundado es considerado un ser humano. En un Estado laico la legislación debe sustentarse en el conocimiento científico.

En 1791 Pedro Brunel escribió, de una manera particularmente poética: “Apenas la naturaleza saca el embrión del cahos, en que estaba confundido antes del impenetrable misterio de la generación, se ocupa sin intermisión en trabajar los jugos propios para su desenrollo, aumento y perfección”.

Un cigoto no es una persona

Ilustración: Estelí Meza

Tiempo atrás Aristóteles (384-322) se refería a dos modelos distintos que explicaban el origen del embrión, el preformacionista en el que se propone un individuo miniatura preexistente que sólo necesita crecer y el de epigénesis donde las estructuras van surgiendo gradualmente a partir de una masa amorfa. La primera tuvo un auge mayor y prevaleció por muchos años.

La iglesia católica fue la que introdujo el elemento del alma. San Agustín (354-430), filósofo y teólogo cristiano, afirmó que “según la ley, el acto (del aborto) no se considera homicidio, porque aún no se puede decir que haya un alma viva en un cuerpo que carece de sensación, ya que todavía no se ha formado la carne y no está dotada de sentidos”.

Santo Tomás de Aquino (1227-1274) sostuvo que “el feto recibe primero un alma vegetativa, después un alma animal, y entonces un alma racional”.

En la Embriología sagrada de Cangiamila (1774) se regresa al modelo preformacionista y se establece que “…al instante que se hace la concepción, se une el alma al cuerpo: esto es tanto más probable, quanto por entonces existe el cuerpo con todas sus partes, lo que en adelante no hacen otra cosa, que irse desenvolviendo”.

Estas ideas prevalecen hasta la actualidad. Elio Sgreccia, de la Academia Pontificia sostiene que “…no hay una diferencia sustancial sino de desarrollo, entre el primer momento de la concepción y el momento del nacimiento”, “…y por lo tanto no es aceptable ningún aborto provocado aun en caso de riesgo de muerte materna”.

Por otro lado, la ciencia ha seguido su curso. En 1759 Caspar Friedrich Wolff, miembro de la Academia de Ciencias de San Petersburgo, en su libro Teoría de las generaciones, demostró que el desarrollo embrionario va siempre de lo simple a lo complejo mediante la formación e incorporación de nuevas partes que antes no existían.

Desde entonces el avance científico ha sido exponencial. La experimentación científica, el descubrimiento del ADN, la fecundación in vitro y el estudio del desarrollo de ovocitos fecundados de muchas especies incluyendo la humana, nos han llevado a conocer los diferentes destinos que un embrión puede tener.

 

Se calcula que de cada 100 ovocitos fecundados aproximadamente 40 se pierden antes de la primera menstruación y 15 más se pierden en los primeros tres meses de la gestación.

Cuando un espermatozoide penetra en un ovocito se fusionan el pronúcleo femenino con el masculino para conformar una célula con 46 cromosomas denominada cigoto.

Cuando el cigoto tiene sus primeras divisiones sin producir más citoplasma se le denomina cigoto en segmentación, luego mórula (hasta 64 células) y cuando aparece líquido en el centro, blástula (64 a 100 células), la parte externa formará el trofoblasto y posteriormente la placenta. En la parte interna se desarrollará el macizo celular interno que eventualmente dará lugar al embrión.

Cuando se observan los cigotos en el laboratorio algunos presentan una morfología anormal y/o detienen su desarrollo. Estas mórulas o blastocistos tempranos regularmente son desechados. Cuando se estudia la composición genética de cada una de sus células se observa una mezcla de anomalías cromosómicas complejas que determinan con certeza la incapacidad de estos cigotos para desarrollar un embrión.

En las mórulas o blastocistos de morfología normal también se han observado aneuploidías, es decir, la presencia de un número cromosómico diferente de 46. En la inmensa mayoría de los casos hay un desarrollo fetal ausente, anormal o con graves malformaciones. Muy pocos llegan a nacer vivos y, si lo hacen, presentan siempre diversas alteraciones. Las aneuploidías son la causa más común de aborto espontáneo del primer trimestre. Son embriones que no tienen ninguna oportunidad de desarrollarse ya que el desbalance genético es muy grande y nunca llegan a nacer vivos.

Otro posible destino de un cigoto es que todo el componente cromosómico sea únicamente paterno y no tenga componente materno. En estos casos nunca se desarrolla un embrión, todo lo que crece es tejido placentario anormal que puede producir complicaciones tales como el desarrollo de un tipo de cáncer llamado coriocarcinoma que es un tumor maligno muy agresivo. En estos casos el cigoto no tiene la posibilidad de desarrollar un embrión, pero en el 20% produce un cáncer.

Otras condiciones como la presencia de 69 o 92 cromosomas generan ausencia de embrión, embriones anormales y aborto.

Considerar que un cigoto es una persona, pertenece al terreno de la metafísica, pero desde la ciencia es claro que el cigoto tiene diversos destinos, más allá que la formación de un ser humano.

 

Patricia Grether González
Médico genetista. Es vicepresidenta del Colegio de Bioética A. C. y directora del laboratorio Genética Diagen S.C.

 

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