Me sé las historias del viejo Montevideo, las anécdotas que Ida Vitale me contó, historias habitadas por Carlos Vaz Ferreira, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño o Eduardo Galeano, el guapo, o me conozco los pormenores de aquella casa en la Anzures, el exilio, Octavio Paz y lo demás. Prestada tengo esta memoria de mundos idos; sólo conviví con Ida Vitale y Enrique Fierro por los recientes y calmos 35 años. Muy poco, lo sé. No obstante, la suerte de la convivencia me llenó los cuadernos de estampas Vitales que de vez en vez releo para reconciliarme con la suerte; para, en el medio de mi impericia y de la memez de nuestros letrados corrales, reganar la lucidez de la palabra. Por honrar a Ida Vitale, saco de su anonimato unas pocas estampas.

Ilustraciones: Kathia Recio

 

No pasaba yo de 15, conocí a Enrique Fierro e Ida Vitale, comienzo de mi Vitale andanza. Ahí, en la casa familiar, estaban los poetas Vitale y Fierro, invitados de mi hermana Martha Lilia, hoy distinguida filóloga. Por años después, siempre la misma regla de Fierro: “Tenorio entérese: usted no es y no será más que el hermano, y muy menor, de Martha Lilia”. ¿Ignoraban Enrique e Ida que nunca me he sabido más que eso? No creo. Era su manera de corearme las entrañas: “Chi sono?/ il saltimbanco dell’anima mia” (Aldo Palazzeschi).

En fin, volví a verlos cuando, aún joven, llegué a Austin. Y entonces fuimos siempre cuatro: Ida, Enrique, Lucía, mi hija, y yo, y Austin, Berlín, México, Barcelona, Chicago. El recuerdo es el de un verano en Barcelona en el piso que tuve en el Carrer d’Aragó. Las mesas llenas de mis borradores, e Ida y Enrique plenos de visitas. Me salía de casa para dejarles espacio. Una tarde regresé: Ida había corregido mis textos con su letra clara, pequeña y acostadita. Y es por demás, no puede contenerse, le corrige a Dios la plana. Me da mis textos. “Les di una pasadita”, me dice. Ida conoce los secretos del lenguaje, a la prosa más rugosa y oscura le saca brillo y tersura. Es vital, sí, pero también “parca en el elogio”, no es fácil obtener su aprobación porque, como a pocos, a ella el lenguaje la nombra, la invoca: cuídame. “Sobre todo cumple pretorianamente”, escribe Ida, “Tu encomienda: te veda/ La justicia por propia pluma”. De ahí que, en uno de nuestros veranos catalanes, pensando en Vitale, me escribí una más de mis postales Vitales:

La directora del taller literario, poeta lúcida y asaz mordaz, dijo a los imberbes tertulianos:

“Todas las lenguas vivas duran poco (piensen en el adjetivo insólito largado en el momento justo, en la humorada inolvidable pero irrepetible, en la palabrota obesa de referencias instantáneas). Aspirar a escribir es esperar matarla un poco, a la lengua dejarla irrepetible pero eterna por decidora. El oficio de escritora es el de disciplinadamente morir para y por escribir. Los buenos son los que pierden; los que o bien indultan a la lengua de tan viva que les sale, no la escriben (son demócratas ágrafos); o bien los derrota la lengua porque los deja muertos y clásicos —hechos lengua viva y en papel, empalabrados, exquisitos y muertos—. Escojan”.

De los a-vitalizados, soy acaso de los más jóvenes, pero ya soy viejo. He mantenido una indebida promiscuidad de lenguas y he padecido, Ida dixit, “diarrea de la mano”: al buen ver de Ida Vitale, cago libros. Ser contemporáneo de la gran poeta, de las pocas que quedan dueñas y señoras de mi lengua, me ha hecho sentir cada libro como una impostura casi insostenible. Sensación que, a carcajada suelta, al unísono y con razón, solían denunciar Enrique, Ida y Lucía. “Esto te lo copió a ti, Lucía, tu padre es irredento”. “Sí, Ida, no lee más que solapas, y de cada solapa escribe dos libros”, respondía mi hija, a-vitalizada, como la que más, y, no wonder, poeta —“… so I’d run away/ from warmth and truth/ questions I didn’t know, didn’t want to / answer” (L. Tenorio). En fin, por venir de mí, creo, Ida Vitale ha perdonado mis libros. Se lo agradezco. También ha tenido piedad porque me sabe poseído, si malament, por las palabras; me sabe en su “Vórtice”, el de: “La hoja en blanco/ atrae como la tragedia”.

Caí en la tragedia. La poesía ha sido mi guía, Ida mi luz; un destino honroso: haber sido contemporáneo de Ida. Ella, Pere Quart mediante, podrá decir de todos que, “en el mejor de los casos”, “Tots, tots/ Bens o dolents/ Sereu no mes el meus/ Supervivents”. Porque a Vitale se los debo: mi Montale, mi Manganelli, mi Espriu, mi Felisberto, mi Herrera y Reissig, Vilariño, mi Vaz Ferreira, mi María Elena Walsh, mi Ungaretti, mi Campana, mi Pena, mi Mario Praz, mi Bachelard… Ida era la eterna presencia de las bibliotecas de Austin; sacaba libros que, si bien viejos, eran vírgenes, las hojas aún sin partir. Yo me nutría de su acervo y le recomendaba uno que otro autor. Mariani, por ejemplo, cuyos versos me retratan como ante Vitale: “Finalmente come un plátano urbano/ cresciuto a furia di pisciar dei cani/ utile e triste”.

Eso sí, me he curado del lletraferit-ismo en el vademécum de la poesía Vitale. Pasaron y no pasaron los años. Ha sido un diálogo largo sin lugar fijo, “e del tempo fu sospeso il corso” (Dino Campana). “Tras lo vertiginoso,/ recordar el olvido/ abre la calma./ Y basta”. Sí, y “estar en busca de alma diferida/ preparar un milagro ante la sombra/ y llamar vida a lo que sabe a muerte”. Sí, sí, pero nos iba a decir a Ida y a mí que viviríamos esos tristes días en un hospital de Austin, con Enrique enfermo e Ida indignada por la traición, “¿por qué él?, tocaba yo”. Enrique Fierro (1941-2016), su marido, nuestro compañero, muere. Entonces, otra estampa:

Nacido Enrique, “payaso de Oriente”. En poesía, sentía abstinencia verbal. ¡Qué suerte!

Del oriental payaso las preguntas: ¿saber escribir? ¿Abolir o vivir el azar de las palabras? Nombró, adjetivó, des-palabró, nos dejó la “comprendonia” en pelotas. Obedecieron siempre al payaso, las muy guarangas (las palabras); enjutas y en él, dieron más de sí.

Payaso de oriente, no miente. De venir, venía de huir. ¿Patria? Ninguna. ¿Guarida? Ida. ¿Poética? Esta: versar para callar mejor.

Sí, la tristeza en la postal nos retrata hundidos pero unidos: Ida ahí rodeada de los muchos amarchantados del Enrique que se quiso misántropo y nadie le hizo caso. Como decía Ida, su soledad habitamos. Lo amábamos. Ida lo había escrito: “Todo es Pronto Nada”; ida lo enseña: “Nadie puede tener entusiasmo a perpetuidad. Solo las angustias son perpetuas”. Ida lo temió siempre:

[…]
Y, amor, enamorarte eternamente;
Por ti, en palabras,
Fuente que no ceja
Seguir diciendo el vidrio de mi suerte,
El mercurio del miedo de perderte.

De Ida, pues, era ya la lección postrera, la que yo aprendí, la que Enrique habitó: “ármase una palabra en la boca del lobo/ Y la palabra muerde”.

 

En Austin, Ida Vitale me tenía por experto en informática. Claro, de saber, sé nada de computadoras. Pero estaba encargado de enseñarle a Ida el Word —“Pongo sabe (save) y no sabe nada”; “Ida, ante cualquier tragedia, apriete usted control/Z, así…”, “¡ay miiiira!, a ver, espera, a ver, ¿de dónde salió ese poema?, ¿es mío?… no está mal”. Así pasan los años, yo aprovechando cualquier excusa para la compañía e Ida peleando con la computadora. Se encariña con las máquinas: le regalo una impresora láser, se niega a tirar su vieja y lenta impresora Panasonic. No soporta ninguna encarnación de la ingratitud.

Un día llama. Pide mi presencia en su casa para comer y solucionar un “entrevero” más de la computadora. La encuentro en la ventana de su apartamento entretenida en darle agua azucarada a una abeja. Las cosas, los pájaros, los árboles, las abejas, las ardillas, los gatos, los perros… esos son sus verdaderos interlocutores, son los protagonistas de su poesía, los Sócrates de sus diálogos. El colibrí: “un ts ts que al aire libra/ su peligroso secreto/…” “y entonces por un segundo/ sentir cómo late el mundo”. Del pájaro estornino, dice Ida “como si el estornino no tuviese/ otra cosa para el asombro/ que su nombre”. Siempre así, ella en contacto con el mundo que no vemos. Ahí ella con su abeja. Yo soluciono el problema en turno. Veo su mesa, husmeo sus libros, me prepara una sopa, quema el pan —siempre quema el pan— comemos y me cuenta historias aliñadas con recomendaciones de lectura que yo, presto, anoto.

Recojo a Lucía, vamos a casa. En la grabadora de casa, me dice mi hija, hay un recado de Ida. “Te meas de risa, papá”. Escucho: “Mauricio, te comunico, a ti que eres su pariente más cercano: ha muerto la computadora, ha pasado a mejor vida. Supongo que habrá que darle cristiana sepultura. Bueno, ‘llamáme’, la lloraremos juntos. Te aviso, además, que no era dama, era varón, le ha salido un piquito por el lado”. Mi hija remata: “papá, seguro se descargó y está desconectada, o le sacó la batería, a las Toshiba les sale un piquito para sacar y meter la batería”. En efecto, al otro día la máquina resucita sin problema. Ida se sienta ante ella en la esquina de trabajo de su recámara de Austin, y habla y habla y habla con el armatoste en tanto Enrique y yo chismeamos en la sala. Pero todos sabemos que Ida no habla sola, a ella le hablan los paisajes, las cosas, los animales, el mundo. Escucha y es escuchada. Los demás no entendemos. Un aeropuerto es “sudario para palabras muertas”… “letanía de solos/ en su prisa encovados/ Tosen en un vacío sin ecos: espantan al hastío”. Y una mariposa es a un tiempo el ansia de poesía y el poema. Llega una mariposa cuando:

En el aire estaba
Impreciso tenue, el poema
La deshilada, débil cinta de palabras
Se disipó con ella
¿Volverán ambas?

Y las dos vuelven siempre, es en Ida donde se repatrian ambas, las mariposas y la poesía.

 

Me dio por escribir mucha historia con paladas de aburrida investigación y cucharaditas de imaginación. Quise explicar ¿qué es?, ¿para qué la historia, la memoria? Dije mucho y libros más. Pero al fin terminé enmudeciendo y citando la lección Vitale (“Lección de historia”, 2010):

Que una moneda antigua
hallada —¿por azar?— en el jardín,
te enseñara una fecha: 1804
y un dato no ficticio:
Napoleón rey de Italia,
importó menos que,
luego de la lección de cosas,
el bronce atesorado
se disipara sin palabras.
Quedó en el aire
algo de Historia y Algo
todavía sin nombre:
un comienzo, la insana
costumbre de observar,
atar cabos, alcanzar
la no errada visión
de algún prójimo horrible
Saber que nada es tuyo
para siempre.

En efecto, no hay más ars historica que esta. ¿A quién sorprende que la poesía de Ida Vitale ha sido mi “marco teórico”? Como si de ella hablara, el poema de Sophia de Mello me viene a cuento:

É o teu rosto ainda que eu procuro
A través do terror e da distancia
Para a reconstrução de um mundo puro.

 

Estamos en Chicago. Una noche cenamos Ida, Enrique, Adam Zagajewski y yo. Nos planta Christopher Domínguez, ocupado como estaba en su biografía de Octavio Paz. A cada quien su buena suerte: a Christopher lo aguarda la posteridad, a mí nada menos ni nada más que Ida, Enrique y Adam, el milagro de tres grandes poetas de nuestro tiempo vivos y juntos. La cena transcurre en ironía y desparpajo. Adam me dice: “Ida se parece mucho a Szymborska”. Me emociono, me entran ganas de largar algo sesudo, un reto a Ida y Adam, de esos lances à la Sheridan que dejan a uno muy letrado y muy al pedo del repique de los cultos. Pensaba entonces y sigo pensando en poesía como conocimiento y de ahí Szymborska y Vitale, y por eso en la cena quiero recordar de Szymborska la “isla, la de la certeza”,” donde “crece el árbol de la correcta conjetura”, la isla deshabitada, sus costas marcadas de “huellas que apuntan sin excepción en la dirección del mar”. Algo así quiero decir pero Ida interrumpe —¿cuándo no?— y suelta eso de que: “Adam, a determinada edad todas nos parecemos a Szymborska”.

Y la cena sigue en tono irónico. Al otro día Adam me pide que le envíe lo que esté traducido de Ida al inglés o al francés. Poco. Ida es casi un secreto nuestro. Adam no sabe de Juan de Mairena. No entiende: Vitale es mi Mairena, pero hablamos de sus Mairenas: Milosz,  Herbert, Szymborska. A las semanas, me cruzo con Adam en el campus, platicamos. Me habla de Vitale, de Herbert, de Szymborska, de una poesía casi filosofía. E inicia así en mí una reflexión que no me ha dejado; perdonen el circunloquio, pero así retengo esta última estampa que va de Ida, Enrique y Adam a la poesía y el conocimiento.

Y es algo así: Adam me recomienda lea las cartas de Herbert a su maestro, el filósofo Henryk Elzenberg. Herbert, contemporáneo de generación de Ida, quería ser filósofo, lo atormentaban el conocimiento y el rezago de catolicismo, como a ese otro poeta, Antero de Quental, que he procurado siguiendo la pista que va de la cena en Chicago a las bibliotecas y a las recomendaciones de Adam e Ida. En 1951, pues, el joven Herbert escribe a Elzenberg pidiendo le dirija los estudios de doctorado. Le confiesa su pasión por la poesía, le pregunta si ser poeta no será un obstáculo para la filosofía. Después de varios intercambios, Herbert escribe: “Busco emoción. Poderosa emoción intelectual, tensiones dolorosas entre la realidad y la abstracción, que sean no obstante otra versión, no obstante otra causa de angustia, más profunda que personal. Y en esa nube subjetiva, se pierde verdad respetable y mesura sublime; es decir, nunca seré un decente profesor universitario. Prefiero habitar la filosofía para ensancharme como gallina”.

Herbert sigue sus estudios de filosofía, en cada carta reseña a su maestro las lecturas y añade algún poema. Ha leído, le dice, su libro sobre la ética en Marco Aurelio. Y luego poema:

Buenas noches, Marcus, apaga la luz
Y cierra el libro porque arriba
Se yergue un dorado sobresalto de estrellas el cielo está hablando alguna extranjera
lengua
Es el grito bárbaro del miedo
Que tu latín no entiende.

Herbert renuncia a la filosofía; mejor dicho, Herbert se deja ser filósofo por la poesía porque todo le parece un acaso a-disciplinario: “…pasarse unas buenas horas con libros de cierta clase, de esta manera uno se vuelve doctor o electricista”.

Tal indolencia disciplinaria, tal poesía por filosofía, es la que denuncia, la que padece Vitale:

Tu indolencia tiene la edad
De unas páginas inconclusas
Y ese es todo tu reino.

Y es la misma triste desfachatez de don Antero que escribe en 1885 a la sabia filóloga alemana y portuguesa, Carolina Michëilis de Vasconcelos: lo mío, le escribe, son los sonetos. Pero confiesa: “En los mismos poetas, era el fondo más que la forma lo que me atraía. Pero, en mi impaciencia… saltaba de ahí y el lenguaje obtuso, el formalismo, la extraordinaria abstracción de Hegel no me asustaban ni me repelían: por el contrario, me internaba con audacia aventurera por los meandros y sombras de aquella floresta formidable de ideas… en procura del gran secreto… que para mí era la verdad, la verdad pura… era una gran ilusión … pero esa ilusión me llevó gradualmente de la imagen al pensamiento, me hice a probar lo que toda alta poesía presupone, pero que lo esconde tanto como lo revela y —¿para qué encubrir esta mi vieja, empedernida pretensión?— hice de mí un filósofo. Un filósofo manque”.

Y entonces el Quental filósofo o poeta, larga el soneto de la imposibilidad de la filosofía, que es el de su real posibilidad, la de, decía Valente, caer en la cuenta, un caer funcionando como puede funcionar en la humana especie: “Não morreste… por mais que o brade à gente”…

No moriste… por más que vocifere la gente
Una orgullosa y vana Filosofía …
No se sacude tan fácilmente
El yugo de la divina tiranía

Claman en vano —ese triunfo ingente.
Com que a Razão, coitada, se inebría
Es nueva forma sólo, pero punzante
De tu eterna, trágica ironía

¡No, no moriste, espectro! o pensamento
Como d’antes, te encara e és o tormento
De quantos sobre os livros desfalecem

E os que folgam, na orgia ímpia e devassa,
¡Ay!, cuantas veces, al levantar la taza,
Paran y, estremecidos, palidecen!

Esta es la angustia del conocimiento, la de Vitale, que es angustia, sí, pero también lucidez:

¿Puedes vivir y olvidarte que es juego,
Olvidar su secreta razón y estar muriendo?

Es la zozobra matemática de Herbert, la de la isla de la certeza de Szymborska, la desesperación de Quental, y de Ida: “Simetría: con afrentosa serenidad la muerte se olvida de sí misma, sabiendo que toda simetría la implica”.

También es ironía, que es Ida Vitale: “Un cuadrado acongojado se atrapecia”. “Gracias al exilio que me ha dado tanto”, decía Enrique, “Agradezco a la patria sus errores”, dice Ida.

Pero sobre todo poesía y Vitale han sido lección para mi oficio, la historia, la memoria, que cuando es, acaba en magistra vitae, no la historia, la poesía:

Corta la vida o larga, todo
Lo que vivimos se reduce
A un gris residuo de la memoria
[…]
De la memoria sólo sube
Un vago polvo y un perfume
¿acaso sea la poesía?

En suma, para mí, las estampitas son Vitales pero ineptas: ¿en qué estampa cabe esta: Ida: maestra? Con Ida en mente escribo, sin ella ¿cuál mente? Venero hoy y siempre a mi maestra, a mi amiga, y a la suerte de tenerla cerca.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Samuel N. Harper Professor of History, Universidad de Chicago. Sus últimos libros: La Paz: 1876 (Fondo de Cultura Económica, 2018); Latin America: The Allure and Power of an Idea (University of Chicago Press, 2017).

Texto leído en la Feria Internacional del Libro, Guadalajara, noviembre 25, 2018, en honor de Ida Vitale, Premio Letras Romances, FIL-Guadalajara, 2018, y Premio Cervantes, 2018.