Este año de 2019 celebramos el bicentenario del nacimiento del poeta estadunidense, mejor dicho neoyorquino, Walt Whitman, quien llega al mundo el 31 de mayo de 1819, en West Hills, Nueva York, y muere un 26 de marzo de 1892, en Camden, Nueva Jersey. Debo confesar que no había vuelto a leer a Walt Whitman desde la preparatoria en Tucson, Arizona, donde la profesora Christina Wald-Hopkins nos mandaba leer, declamar y comentar la obra maestra y vitalicia de este “poeta de la democracia”, traducida al español en todas sus muchas versiones como Hojas de hierba. Quisiera detenerme en esto de las muchas versiones porque, en un gesto tal vez preborgeano, Whitman se dedicó a reescribir todos los poemas de este libro que publicó por primera vez y por sus pistolas en 1855. Ya tenía bastante experiencia en el mundo editorial: durante su adolescencia trabajó en las muchas casas de imprenta que se concentraban en Brooklyn. De modo que a principios de 1850 comenzó a escribir lo que se convertiría en aquellas Hojas, una tentativa de tender los brazos al ciudadano común mediante una épica americana genuina, para la que utilizó el verso libre basado en la cadencia del versículo bíblico. Hacia finales de junio de 1855 sorprendió entonces a sus hermanos con la ya impresa primera edición. George, uno de ellos, dijo: “No esperaba que valiese la pena leerlo”.

Hablar de la figura de Whitman en México no es siempre atractivo porque su relación con este país no fue una de mutuo respeto, sino de absoluto desprecio. Esta actitud se manifiesta en algunos de los editoriales que Whitman publicó en los periódicos que dirigía durante su primera juventud. Sin embargo, sus palabras aún laceran, y en 1971 apareció un libro ahora difícil de conseguir: Walt Whitman: racista, imperialista, antimexicano, de Mauricio González de la Garza. En su libro el autor cita las siguientes declaraciones de Whitman tomadas del Brooklyn Eagle, donde había conseguido el puesto de editor a la edad de 26 años. Dentro del contexto de la guerra mexicoamericana (1846-1848), el joven Whitman no tiene pelos en la lengua y parece personificar aquella ideología que promueve una América para los americanos y un Destino Manifiesto, esta última frase acuñada en 1845, un año antes de la publicación de estas hirientes palabras:

Sí: México debe ser castigado sin consideraciones… aunque México es despreciable en muchos sentidos se merece una lección vigorosa… Dejemos que nuestras armas se lleven con un espíritu que muestre al mundo que, aunque no buscamos pleito, América sabe tan bien aplastar cuanto expandirse.

Como apunta José Emilio Pacheco en su Inventario “Whitman contra Darío”,1 el poeta norteamericano, preso de una fiebre nacionalista-expansionista, no fue el único en aplaudir la anexión de más de la mitad del territorio mexicano por parte de Estados Unidos:

Una objeción previsible: se dirá que Whitman no fue el único que en 1847 vio nuestra derrota como un triunfo del progreso, se citarán opiniones aprobatorias de Marx y Engels (“En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido”) quienes tardaron en darse cuenta de su error. De todos modos las palabras no caen en el vacío y allí están las de Whitman revelando lo que entendía por democracia: “Qué tiene que ver un país miserable e ineficiente como México —con sus supersticiones, su parodia de libertad, su tiranía actual de unos cuantos sobre la mayoría— con la gran misión de poblar el Nuevo Mundo con una raza noble. ¡Que sea nuestro el cumplimiento de esa misión!”.

Siendo objetivos, no podemos ignorar esta reprensible actitud para con México, ni tampoco subestimar la importancia e influencia que tendrían los versos incluidos en Hojas de hierba, al cual su autor seguiría añadiendo más y más poemas durante más de 40 años —la edición definitiva es de 1892—, pues a Whitman se le considera el padre del verso libre en la poesía norteamericana y, por natural extensión, en habla inglesa. A decir verdad, aparte de unas pocas excepciones que sólo sirven para hacer la regla, esta renovación lírica cambiaría para siempre (o por lo menos hasta ahora) la manera formal, estructural, en la que se escribe la poesía, y no sólo en lengua inglesa.

Ilustración: Alberto Caudillo

Sin caer en exageraciones, Whitman se halla entre los más influyentes bardos del canon poético estadunidense, si no es que el más revolucionario; el poeta no del “íntimo decoro” ni de la “patria diamantina” —en palabras de López Velarde—, sino más bien de las masas fornidas de hombres que trabajan, que sudan, caminan, sienten y habitan el mundo con sus siete sentidos. Entre los escritores que han sido marcados por su obra figuran poetas tan diversos en el tiempo y el espacio como José Martí, Rubén Darío, Wallace Stevens, León Felipe, D. H. Lawrence, T. S. Eliot, Fernando Pessoa, Federico García Lorca, Thomas Hart Crane, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Allen Ginsberg y Salvador Novo, entre otros.

Para los historiadores de la literatura estadunidense los versos de Whitman se encuentran en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico. Pero más que eso la poesía de Whitman, en su conjunto, edifica una obra costumbrista y nacionalista que sirve, por lo menos en parte, para crear una imagen totalizadora de los jóvenes —en aquel entonces— Estados Unidos y sus habitantes, quizá comparable con la obra (claro está, en verso métrico octosilábico) de José Hernández con su gaucho Martín Fierro, para poner un ejemplo argentino o, más atinado quizá, con el nicaragüense Rubén Darío, especialmente después de su primera época. Es decir, no “La Princesa está triste”, sino más bien los versos dedicados al peligro que representaba Estados Unidos para América Latina en su poema “A Roosevelt”. Más aun, no podemos olvidar que Darío le dedicó uno de sus poemas más conocidos al vate de Brooklyn, pero en la forma de un soneto, pues lo del versolibrismo aún no había conquistado la métrica en español, reduciéndola, según Guadalupe Amor, a “prosa cortada”:

En su país de hierro vive el gran viejo,
bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo
algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo;
son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo
como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro, tiempo mejor.
Dice al águila: “¡Vuela!”, “¡Boga!”, al marino,

y “¡Trabaja!”, al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!

La imagen que traza Darío de este “poeta de las masas” también se parece mucho a la de un profeta del Pentateuco, y la importancia de la Biblia (en su traducción al inglés, claro está) con sus ritmos telúricos, marítimos, de olas inmemoriales que ahora sirven para cantar al hombre común, con voz de antiguo rapsoda, son algunos de los rasgos que siempre han señalado sus lectores con respecto a su versificación.

Ahora bien, para poder sopesar y analizar la manera en que la obra de este poeta estadunidense ha influenciado —o no— el desarrollo de la poesía en lengua española, habrá que saber en este caso cómo y cuándo llegó la obra whitmaniana a estos escritores. Entre los poetas latinoamericanos, contemporáneos de Whitman, como Darío o, con mayor determinación José Martí, fue este último el primero en publicar un artículo sobre Whitman en lengua española y cuyo texto, inspirado en un encuentro público con el viejo poeta, es el producto de la conferencia que dio Whitman en Nueva York a la que asistió el mismísimo Apóstol de la Democracia. Por una carta escrita a un abogado habanero en 1879, un año antes de su llegada a Nueva York acompañado por su familia, se descubre que Martí empezó a estudiar la lengua inglesa siendo joven y con enorme dedicación, de modo que él, al contrario de muchos de sus contemporáneos, sí pudo profundizar en los versos de Whitman en su versión original. Entonces, ¿cómo acudieron a la poesía de Whitman los que no leían en inglés? Parece que fue por medio de las traducciones al español que aparecerían paulatinamente, por ejemplo, con la publicación de algunos poemas traducidos por Balbino Dávalos, a raíz de la Segunda Conferencia Panamericana, llevada a cabo en 1901 en la Ciudad de México. En cuanto a una traducción en forma de libro, la crítica actual (la de Enrico Mario Santí, por ejemplo) señala la existencia de una traducción al catalán de 24 poemas (Cebrià Montoliu, 1909), aparte de traducciones al francés y al italiano, en particular la que hizo Luigi Gamberale (1900, 1907) de Foglie di erba, publicadas antes de la primera traducción al español de Hojas de hierba hecha por el poeta franco-uruguayo Álvaro Armando Vasseur en 1912. Este asunto se complica aún más cuando uno se da cuenta —gracias a Fernando Alegría, el primero en emprender un análisis acucioso de la presencia de Whitman en América Latina— que Armando Vasseur se basaba, por lo menos en parte, en la traducción italiana, ya que, según él mismo confiesa, no asimilaba los sonidos ni el ritmo del inglés. Es decir, los primeros versos de Whitman que se difundieron por América Latina en forma de libro son producto la traducción de una traducción en la cual este traductor uruguayo, hijo de franceses, también quitó versos completos, cambió hasta los títulos y, no menos importante, a veces alteró el sexo del objeto amoroso del poeta, al convertir una referencia masculina en una femenina, ofuscando así las de por sí muy sutiles (o a veces muy directas) referencias a un amor que, en palabras de su joven amigo Oscar Wilde, “no se atreve a decir su nombre”. Wilde, quien en enero de 1882 visitó a un Whitman ya anciano en su casa de Camden al dirigirse de Nueva York a Filadelfia para dar una de sus sonadas conferencias norteamericanas, luego sería descrito por el viejo bardo como un “muchachón hermoso” mientras éste sostenía su arrugada mano sobre el lozano muslo del poeta irlandés. Whitman no tenía que dar explicaciones: desde que era muy chico Wilde lo había leído en inglés y con pelos y señales.

Es probable que, por esta importante diferencia entre el original y la copia, cuando se lee a Whitman en la traducción de Vasseur, nadie se repara en el erotismo queer que esconden algunos de sus versos, especialmente los de la sección de “Hojas” que lleva por título “Cálamo”, en referencia a una planta cuya rizoma rosada recuerda al miembro masculino y que para Whitman se sirve como símbolo del amor homosexual:

(O here I last saw him that tenderly loves me, and returns again, never to separate from me,
And this, O this shall henceforth be the token of comrades, this calamus-root shall,
Interchange it youths with each other! let none render it back!)

(Oh, aquí vi por última vez a aquel que me ama tiernamente y que vuelve para no separarse ya más de mí;
y esto, oh, esto será de ahora en adelante el emblema de los camaradas: esta raíz de cálamo lo será.
¡Intercambiárosla, muchachos, entre vosotros! ¡Que nadie la devuelva!)3

Volviendo a Martí, en su texto “El poeta Walt Whitman”, que se publicó por vez primera en México en El Partido Liberal el 17 de mayo de 1887, el cubano ya presiente lo innovador de aquellos versos libres y su fuerza lírica:

La verdad es que su poesía, aunque al principio causa asombro, deja en el alma, atormentada por el empequeñecimiento universal, una sensación deleitosa de convalecencia. Él se crea su gramática y su lógica: él lee en el ojo del buey y en la savia de la hoja: “Ese que limpia suciedades de vuestra casa, ese es mi hermano”. Su irregularidad aparente, que en el primer momento desconcierta, resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel orden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte.

Como a todos, la presencia misma de un Walt Whitman en carne y hueso parece haberlo impactado al igual que sus versos. Y su descripción del evento y su escenografía, que retoma la crónica de un periódico local, dan comienzo a su artículo:

“Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, la mano en un cayado”. Esto dice un diario de hoy del poeta Walt Whitman, anciano de setenta años, a quien los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época. Sólo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido.

Las razones de su prohibición son la consecuencia de una sociedad como la suya, protestante, conservadora, machista, que veía en algunos de sus versos, tal vez de manera soslayada, referencias inequívocas a la homosexualidad. ¿Se habrá dado cuenta Martí del porqué de la prohibición? Estoy casi seguro que sí porque el silencio es también respuesta.

Un fragmento de un poema dedicado a Whitman y escrito años después, nos revela quién haya sido quizá el que mejor comprendió el “amor oscuro” whitmaniano: Federico García Lorca. En su extrañamente hermoso y aparentemente homófobo Poeta en Nueva York, el granadino se arremete contra los “maricas” urbanos y afeminados, los que son “Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores, abiertos en las plazas con fiebre de abanico o emboscadas en yertos paisajes de cicuta”. A Whitman no le interesaban estos “Faeries de Norteamérica,/ Pájaros de la Habana,/ Jotos de Méjico,/ Sarasas de Cádiz,/ Apios de Sevilla,/ Cancos de Madrid,/ Floras de Alicante,/ Adelaidas de Portugal”, sino “un desnudo que fuera como un río,/ toro y sueño que junte la rueda con el alga,/ padre de tu agonía, camelia de tu muerte,/ y [que] gimiera en las llamas de tu ecuador oculto”. De esta forma Lorca, enamorado de toreros, de estibadores, celebra en Whitman un homoerotismo viril de manera lírica y frontal al no rehuir de la savia vital del anciano poeta, quien no alababa los cuellos de cristal ni los labios purpurinos de las mujeres, sino los talles, músculos y otros atributos de los de su mismo sexo:

Ni un solo momento, Adán de sangre, macho, hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman, porque por las azoteas, agrupados en los bares, saliendo en racimos de las alcantarillas, temblando entre las piernas de los chauffeurs o girando en las plataformas del ajenjo, los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

 

Michael Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor de Perdidos en la traducción, entre otros libros.


1 Proceso, 20 de septiembre, 1982.

2 Grupo de poemas de innegable carácter homoerótico incorporado en la tercera edición de Hojas de hierba (1860).

3 “Estos que canto en primavera”, traducción de Pablo Mañé, en Whitman, poesía completa (tomo II), Barcelona, Libros Río Nuevo, 1983, p 23.

 

3 comentarios en “El bicentenario de Walt Whitman

  1. Muy estimado Dr. Michael Schuessler,

    Acabo de leer su artículo sobre Walt Witman. Interesantísimo.

    Jamás de los jamases imaginé que hubiera sido tan influyente en nuestra literatura (española) fue abrevadero de América Latina y España y de no nombres chiquitos. ¡(De puro Gigantes! Lo felicito y le mando un abrazo .

  2. Muy estimado Dr. Schuessler,

    Ayer le acribí. Algo habré hecho la que desapareció mi mensajero.
    Solo le escribo para felicitarlo. Su artículo me fascinó. Ignoraba la inmensa influencia de la obra de Whitman.

    Reciba un abrazo grande.

    Beatriz H.