El historiador francés Christian Duverger ha reconstruido minuciosamente a lo largo de varias décadas quién fue Hernán Cortés. Este proyecto biográfico se publicó en dos partes: Cortés (2005) y Crónica de la eternidad (2013). A 500 años de los primeros pasos del conquistador en estas tierras, Duverger actualiza su investigación y en una nueva edición de estos dos libros presenta documentos recién descubiertos por él en distintos archivos. Publicamos, con autorización de la editorial, el siguiente fragmento del volumen titulado Vida de Hernán Cortés. La espada (Taurus).

Amo del terreno, así sea a precio de sangre, validado por el emperador, sin restricción ni condición, Cortés tiene el campo libre, puede realizar en México esa nueva sociedad que anhela desde hace algún tiempo. Sueña con otro mundo a causa de un complejo impulso de rechazo y atracción. Rechazo intelectual por la vieja España y por la vieja Europa recién salida de sus castillos feudales. Atracción visceral por esta América tropical poblada de indios misteriosos y taciturnos.

Ilustraciones: Izak Peón

 

Hernán no es el único que siente en ese instante una imperiosa aspiración al cambio. Todos los círculos intelectuales arden y reflexionan sobre la mejor vía para salir de la Edad Media; todos quieren romper con la corrupción y las prácticas opresivas. Todos buscan colocar al hombre y su intrínseca libertad en el centro del dispositivo social. En ese concierto, el ámbito religioso es evidentemente el más agitado. Lutero, Erasmo y Tomás Moro son los animadores más conocidos de ese movimiento de ideas; pero desde los comuneros hasta los círculos franciscanos reformados por el hermano Juan de Guadalupe, España también se conmociona por esa ola de protestas en contra del antiguo orden establecido. América, en ese contexto, ofrece un contramodelo de tamaño natural. Exterminados en primer lugar, los taínos prestan sus rasgos a los “buenos salvajes” mitificados por los humanistas europeos y se instalan pronto en el imaginario y la mala conciencia del Viejo Mundo. Los mexicanos están allí, vivos: encarnan otro modelo cultural, otra forma de civilización. Quitándoles los sacrificios humanos, pueden atestiguar el genio humano. Son una alternativa.

Muchos humanistas del siglo XVI, desde 1515, piensan que el designio divino ha sido reservar y preservar al Nuevo Mundo a fin de que sus habitantes, limpios de los pecados del Viejo Mundo, puedan ser cristianizados sobre nuevas bases. Así, por la fuerza del ejemplo, esos pueblos serán capaces de volver a dar un impulso civilizador a los demás pueblos de la Tierra. El gran cronista franciscano Bernardino de Sahagún podrá pues escribir: “Se ha sabido por muy cierto, que Ntro. Señor Dios (a propósito) ha tenido ocultada esta media parte del mundo hasta nuestros tiempos, que por su divina ordenación ha tenido por bien de manifestarla a la Iglesia romana católica, no con propósito que fuesen destruidos y tiranizados sus naturales, sino con propósito que sean alumbrados de las tinieblas de la idolatría”.

Cortés concibe entonces una verdadera teoría del mestizaje, extremadamente original si se compara con el clima de intolerancia que reina en esa época en España, pero por supuesto fácil de caricaturizar. Los autores que no han visto en la empresa cortesiana sino violaciones, crueldades, servidumbre y codicia a mi parecer han pasado al margen de una realidad más sutil.

La idea del capitán general es realizar un injerto español en las estructuras del imperio azteca, a fin de engendrar una sociedad mestiza. Cortés no trata en ningún caso de transplantar al altiplano mexicano una microsociedad castellana, copia colonial y marchita de la madre patria. Eso ya se había hecho en La Española y en Cuba con el éxito que conocemos; en México, los españoles deberán fundirse en el molde autóctono. Muy pronto, por ejemplo, Cortés se empeña en considerar el náhuatl, la lengua de comunicación en Mesoamérica, como la lengua “oficial” de la Nueva España. Decide que en la escuela se dará clase en la lengua vernácula o en latín. No habrá hispanización en México. Con los sabios consejos y las lecciones particulares de Marina, Cortés parece dominar el náhuatl desde 1524, aunque en sus presentaciones oficiales conserva a su intérprete indígena para respetar la tradición autóctona. Con el mismo espíritu había designado a uno de sus pajes, denominado Orteguilla, al servicio de Motecuzoma, a fin de que el joven castellano, que hablaba ya el náhuatl, pudiera servir de intérprete al tlatoani durante sus entrevistas con los españoles.

Cortés concede la mayor atención a la lengua oral y a la escritura. En eso también se puede presumir que Marina desempeñó un papel determinante para explicarle al conquistador las complejas sutilezas del código ideográfico que se manejaba en la Mesoamérica prehispánica. Los mexicanos conocen la escritura, los libros, el papel… e incluso el papeleo. De temperamento jurídico, los indios del Altiplano Central recurrían por lo común a las acciones de justicia que daban lugar a registros escritos particularmente voluminosos. Si bien tienen bibliotecas, utilizan también soportes menos confidenciales, como los edificios públicos, cuyos muros estaban cubiertos con “pinturas” que eran de hecho verdaderas inscripciones. Tenemos la prueba de que Cortés conoció el funcionamiento de ese sistema pictográfico de escritura y que lo puso en práctica en un marco realmente mestizo. He aquí dos ejemplos emblemáticos del más alto grado.

Cuando el emperador Carlos V dio a Cortés el título de gobernador, capitán general y justicia mayor de la Nueva España en recompensa por su conquista, le hizo saber que le concedería un escudo de armas distintivo, “además del que tenía por su ascendencia familiar”; y según la costumbre, se solicitó al conquistador que expresara un deseo relativo al contenido gráfico de su escudo. Diego de Ordaz, que había sido el primero en realizar el ascenso al Popocatépetl, pidió por ejemplo tener un volcán en su blasón. Es interesante entonces ver lo que Cortés concibió como símbolos representativos de su conquista. Probablemente a principios de 1524, hizo llegar al secretario del rey, Francisco de los Cobos, una descripción de la composición que había elaborado de perfecta conformidad con la tradición heráldica española. Validado en su contenido, ese escudo fue oficialmente entregado a Cortés con una cédula real cuyo texto se ha conservado.

Queremos que demás de las armas que así tenéis de vuestro linaje podáis tener y traher por vuestras armas propias y conocidas un escudo que, en el medio del a la mano derecha, en la parte de arriba, aya una águila negra de dos cabeças en campo blanco, que son las armas de nuestro ymperio, y en la otra mitad del dicho medio escudo, a la parte de abajo, un león dorado en campo colorado en memoria que vos el dicho hernando cortés, y por vuestra yndustria y esfuerço truxistes las cosas al estado arriba dicho, y en la mitad del otro medio escudo de la mano yzquierda, a la parte de arriba, tres coronas de oro en campo negro: la una, sobre las dos en memoria de tres señores de la gran cibdad de tunustitán y sus provincias que vos vencistes, que fué el primero mouteczuma que fué muerto por los yndios, teniéndole vos preso, y cuetaoacín, su hermano, que sucedió en el señorío y se rreveló contra nos y os echó de la dicha cibdad, y el otro que sucedió en el dicho señorío, guauctemucín, y sustubo, la dicha rrebelión hasta que vos le vencisteis y prendistes, y en la otra mytad del dicho medio escudo de la mano yzquierda, a la parte de abaxo, podáis traher la cibdad de tenustitán, armada sobre agua en memoria que por fuerça de armas la ganastes y sujetastes a nuestro señorío y por orla del dicho escudo en campo amarillo, siete capitanes y señores de siete provincias y poblaciones que están en la laguna, y en torno della, que se rrevelaron contra nos y los vencistes y prendistes en la dicha cibdad de tenustitán, apresionados y atados con una cadena que se venga a cerrar con un candado debaxo del dicho escudo.

¿Quién podría alarmarse por un escudo así? Un águila, un león, una torre, tres coronas. ¿Qué podía ser más convencional? ¿Qué más anclado en la heráldica medieval? Sin embargo, lo que para el ojo español era un blasón como cualquier otro ¡era en realidad una composición glífica que se derivaba de la codificación nahua! ¿Cómo no ver en la parte derecha del escudo los dos símbolos solares y guerreros que constituyen los fundamentos de la religión nahua, el águila y el jaguar? El águila (cuauhtli), símbolo diurno y celeste, y el jaguar (ocelotl), símbolo nocturno y telúrico, son dos encarnaciones del Sol que los aztecas y los demás pueblos de Mesoamérica consideran como la expresión de la energía cósmica. En la concepción nahua, esta energía se dilapida en permanencia y es el hombre quien, por medio de la guerra y el sacrificio humano, debe procurar su restauración periódica. Al colocar el águila y el jaguar en su escudo de armas, Cortés se integra plenamente a la lógica de la guerra sagrada indígena.

En cuanto a la otra parte del escudo, combina dos símbolos que forman una diada igualmente reiterativa en la tradición nahua, el agua y el fuego, metáfora de la Conquista y de la “guerra florida”. Si el agua (atl) está explícitamente representada a través del lago de México, el fuego (tlachinolli) se disimula detrás de un artificio; lo que Cortés propone ver como una corona es en realidad un glifo en forma de tridente que corresponde al signo ideográfico del fuego entre los aztecas; y para que no haya equívoco, Cortés coloca tres de esos signos, en triángulo, sabiendo que la cifra tres era igualmente asociada al concepto de fuego. Finalmente, las siete cabezas humanas unidas por una cadena que rodea al escudo remiten al glifo prehispánico de la gruta Chicomoztoc, lugar de origen mítico de los nahuas, de donde salieron las siete tribus primordiales; la cadena española corresponde a una cuerda indígena (mecatl) que es siempre, en la iconografía nahua, el símbolo de la captura de un prisionero destinado al sacrificio.

El escudo de Cortés puede entonces ser objeto de una doble lectura: los españoles verán allí el registro clásico de los altos hechos de armas, mientras que los mexicanos comprenderán que Cortés se presenta como conquistador de los pueblos nahuas y se coloca dentro del simbolismo de la guerra sagrada que, desde hace cerca de treinta siglos, está inscrito en las estelas o los monumentos indígenas. De este modo, al sobreponer dos registros semánticos, Cortés logra insertarse en la continuidad de dos tradiciones que, se podía creer, estaban destinadas a excluirse mutuamente. Es evidente que elaboró su escudo desde la óptica indígena y, para mantenerse políticamente correcto, vistió su proposición con explicaciones ingenuas, pero dentro de la comprensión hispánica. El conquistador se pasó al lado indígena sin, no obstante, romper con su origen, al construir secretamente una especie de mestizaje subliminal.

Hay un segundo ejemplo de este uso —sofisticado— del lenguaje ideográfico azteca traspuesto en un contexto hispánico. Como jefe de la Nueva España, Cortés se dotó de una divisa que acompañó con un símbolo gráfico generalmente descrito como un brazo apartando las nubes para dejar pasar la luz. Tenemos conocimiento de ese símbolo por una medalla grabada en 1529 por el pintor alemán Christopher Weiditz, entonces activo en la corte de Carlos V. Esta medalla porta en el anverso el busto de Cortés, y al reverso, coronado por el famoso brazo apartando las nubes, el lema latino del conquistador: Judicium Domini aprehendit eos et fortitudo ejus corroboravit brachium meum (“La justicia del Señor los capturó y su fuerza endureció mi brazo”).

El dibujo que acompaña a la divisa es difícilmente decodificable por una razón muy simple: se trata de un glifo nahua que el grabador intentó reproducir, pero sin comprenderlo en absoluto. Lo interpretó entonces a partir de criterios occidentales, lo que hizo al motivo más o menos ilegible. No obstante, cuando se conoce el original indígena es muy sencillo reconstituir el sentido de esta iconografía: es el glifo que, desde la época olmeca (1200-500 a. C.), describe la toma de una ciudad. Está compuesto por cuatro elementos: una mano, para simbolizar la captura, al interior de un signo en forma de campana, que es el glifo topográfico de la ciudad; esos dos elementos se asocian al símbolo de la victoria atl tlachinolli, el mismo representado por el agua y el fuego. Son esos cuatro componentes gráficos los que Weiditz tuvo dificultad para interpretar en el original que le proporcionó Cortés. Pero no hay la menor duda en la elección de Hernán: ¿qué más natural para un conquistador que presentarse como tal? Sólo que Cortés eligió decirlo en el lenguaje de los mexicanos, es decir, con un signo de uso milenario en Mesoamérica. Y para subtitular su glifo azteca, forjó un lema latino extremadamente ambiguo, jugando con el sentido de la palabra “señor”, al mismo tiempo que permanecía fiel al espíritu del glifo que clama que la dominación es consustancial del fuego y de la sangre.

Toda empresa de mezcla cultural pasa por el mestizaje de las sangres. Cortés tiene sobre ese tema una opinión perfectamente resuelta. Concibe la emergencia de su sociedad mestiza como una maternidad. Sólo la mujer, porque representaba para él la faz más civilizada del mundo, puede ser investida de esta misión de confianza: engendrar al Nuevo Mundo. Fascinado por la mujer amerindia a la cual rendirá culto, impondrá la mezcla de sangres ofreciendo a las mujeres mexicanas el papel de madres de la nueva civilización. De ahí su férrea oposición a la presencia de mujeres españolas en su operación de conquista. Díaz del Castillo, en un pasaje que él mismo censuró porque describía un banquete muy bien rociado, da el nombre de ocho mujeres que se encontraban en Coyoacán poco después de la caída de Tenochtitlan. “Y de otras no me acuerdo que las hubiese en la Nueva España”. Esas ocho mujeres, de las cuales tres son presentadas como “viejas”, llegaron con la expedición de Narváez. Eran probablemente esposas de soldados. Como la imagen de María de Estrada, que sobresalió durante la Noche Triste por su excelente manejo de la espada, esas mujeres participaron en los combates y mostraron, de acuerdo con las palabras de los cronistas, su “varonil ánimo”. Pero no eran las españolas las que interesaban a Cortés. No tenía ojos más que para las indígenas y en primera fila figuraba Malintzin.

La historia ha sido severa con Hernán, al reprocharle sus innumerables conquistas femeninas. Que Cortés haya sentido atracción por las mujeres es seguro. Que haya agradado a las mujeres es igualmente un hecho comprobado. Las descripciones del físico de Hernán no bastan para explicar su éxito: el hombre no es muy alto; tiene una estatura normal para la época, es decir, aproximadamente un metro setenta; está bien proporcionado, a la vez esbelto y musculoso; no es atractivo ni feo de rostro; tiene la nariz aguileña, el cabello castaño y los ojos negros. En cambio, todos sus contemporáneos están de acuerdo en concederle cualidades de un carácter excepcional. Es de un humor parejo, de conversación agradable, erudito, culto, dotado de réplica. Hernán se mantiene alejado de todos los excesos: habla firme sin encolerizarse nunca; le gustan las fiestas sin ser fiestero; toma vino pero siempre con moderación; sabe apreciar la buena comida pero no le molesta ser frugal; es elegante y siempre está bien ataviado, pero viste sin ostentación. Vivo y chispeante, jamás sucumbe a la pretensión. No hay altivez ni desprecio en él, sino una aptitud para escuchar, comprender y compadecer. En el fondo es un hombre simpático y cálido, que posee un gran dominio de su comportamiento. En ese marco caracterológico muy bien documentado, todo exceso de orden sexual no puede tener lugar: Cortés no es un desenfrenado. Tenemos entonces que colocar su vida sentimental en su contexto.

Como visto, Hernán es bígamo desde 1515: mientras vivía con la india Leonor, Velázquez lo obligó a casarse con la española Catalina Xuárez. En lo sucesivo, a caballo entre dos culturas, Cortés tendrá dos casas: una entre los taínos, la otra en España. La Conquista de México acelera el proceso de mestizaje que vislumbraba: entra en la tradición mesoamericana aceptando las esposas que le ofrecen los señores de Cempoala, Tlaxcala, Cholula y México. En Mesoamérica, desde las más remotas épocas, los sedentarios han tratado de asentar e integrar a los nómadas para evitar las correrías y los saqueos; la técnica empleada desde hace varios milenios consistía en que el señor de esos lugares ofreciera una de sus hijas al jefe de los inmigrantes. Es así como los mismos aztecas se establecieron en el Valle de México, contrayendo alianzas matrimoniales con la gente de Colhuacan, Azcapotzalco y Texcoco. Es siempre el señor nómada el que toma una esposa sedentaria. Para los mexicanos, los españoles, aunque blancos y extrañamente vestidos, no son más que nómadas como los demás. Ante ellos despliegan entonces el arma tradicional, es decir, la seducción femenina y la invitación a quedarse en ese lugar. Si la Corona española tiene una estrategia de vasallaje con los indios, los mexicanos intentan también, en un reflejo simétrico, integrar a los españoles que llegan.

Cortés toma entonces muy en serio esos ofrecimientos de esposas y “casa” a sus lugartenientes, después de haber hecho bautizar a las jóvenes mujeres indígenas. ¿Cómo él, el jefe, obligado a dar el ejemplo, hubiera podido despreciar esa costumbre que iba de acuerdo con sus deseos más secretos? Hernán tomará entonces una esposa india en la persona de Malintzin, su hermosa y sutil intérprete. Vivirá maritalmente con ella desde el mes de julio de 1519 y la pareja se volverá inseparable. Durante toda la operación de conquista, Marina se encontrará permanentemente al lado de Cortés. Se puede pensar que ella fue la inspiradora de las acciones de Hernán y la artífice de su victoria. Se objetará que Cortés tiene ya una mujer legítima en Cuba, más una amante taína igualmente oficial y que, con Marina, se adjudica una tercera compañera. Cierto, pero no se detendrá en tan buen camino. Su idea sigue siendo fundirse en el paisaje cultural mesoamericano. Ahora bien, la poligamia es allí la costumbre dominante y el tlatoani mexica, como testimonio de su poderío, mantiene un verdadero harén de unas ciento cincuenta concubinas. Sin llegar hasta esa cifra, Cortés intentará mantener su rango. Como nuevo jefe de México por sustitución, le es imposible jugar la carta de la monogamia, asociada entre los nahuas a la pobreza y a lo más bajo de la escala social. Mantendrá entonces bajo su techo a una pequeña corte que reúne a las hijas de los señores que le fueron entregadas.

En Coyoacán, primero, y luego en México a partir de enero de 1524, Cortés no vive como un depravado sino como un príncipe nahua que trata con respeto y deferencia a sus numerosas esposas. En diciembre de 1519 Motecuzoma le había ofrecido a una de sus hijas, bautizada con el nombre de Ana, pero fue asesinada en la calzada de Tlacopan en el desastre de la Noche Triste. El soberano azteca le había confiado también, antes de morir, a otra de sus hijas, a la pequeña Tecuichpo, todavía impúber. Siete años más tarde tendrá una hija con ella, una niña a la que llamará Leonor. No obstante, sabemos por diferentes fuentes que varios señores indígenas habían hecho lo mismo, le habían obsequiado a Cortés a sus propias hijas y se ha comprobado que el conquistador honró, ciertamente con agrado, a sus compañeras nahuas. En otra escala, sus capitanes y lugartenientes hicieron lo mismo. Todos engendraron familias mestizas. Para la pequeña historia, observemos que todos esos niños de la primera generación llevan nombres y apellidos españoles. Los archivos no registrarán entonces su carácter indio. Pero la mezcla de las sangres es la regla, al menos hasta 1529, cuando acontece un importante viraje político.

En ese panorama, en el que las mujeres nahuas llevan consigo la esperanza de Cortés, ocurre el asunto Catalina. Hay tres maneras de contar esta historia. He aquí la versión oficial: una vez dueño de México, Cortés pidió a su mujer legítima, Catalina Xuárez, que viniera a reunirse con él. Proveniente de Cuba, desembarcó en agosto de 1522 en Coatzacoalcos acompañada por su hermano y sus hermanas. Gonzalo de Sandoval los recibe y los conduce a México. Cortés recibe a su mujer con una aparente cordialidad y la instala en su morada de Coyoacán. Dos meses más tarde, el 1 de noviembre para ser exactos, hacia la medianoche, encuentran a Catalina muerta en su habitación. Sus allegados dicen que murió del “mal de madre”. Ella tenía, en efecto, ciertos antecedentes: en Cuba se desmayaba con frecuencia, y en México, por la altura, sus malestares aumentaron. Su corazón se detuvo bruscamente.

Las malas lenguas tienen otra manera de relatar el acontecimiento: un buen día, en agosto de 1522, Catalina desembarca de improviso con su familia, sin que la esperaran en absoluto. Al ver que no había manera de actuar de otro modo, Cortés la hace venir a México y le da un buen recibimiento. En su fuero interno está furioso. Las relaciones de la pareja se degradan rápidamente. Catalina se vuelve insoportable. Quiere jugar a la virreina y arrojar de la casa a las concubinas indígenas; agresiva, no deja pasar ni una ocasión para provocar incidentes y criticar a su marido en público. La noche del 1 de noviembre Cortés da una recepción para celebrar la fiesta de Todos los Santos; los esposos tienen un altercado y Catalina deja la mesa para subir a acostarse. Hacia la medianoche los gritos del amo de la casa alertan a los sirvientes; todos se precipitan y encuentran a Catalina muerta en su cama. Al parecer tiene unas marcas rojas alrededor del cuello. ¿Habrá sido estrangulada? Cortés, quizá exasperado por la presencia y la actitud de su mujer, ¿la estrangularía con sus propias manos?

Hay finalmente una tercera lectura, más distanciada, la del historiador que no tiene ningún interés pasional en este asunto. Primer tema de asombro, el barco que trae a Catalina no ancla en Veracruz, sino en un lugar muy lejano y muy discreto, el estuario del río Ahualulco que Díaz del Castillo llama Ayagualulco. Situado en la frontera de las tierras mayas, a seiscientos kilómetros de México a vuelo de pájaro; a pie, es toda una expedición. Si Cortés hubiera organizado ese viaje no hubiera tenido la descabellada idea de hacer desembarcar a su mujer ¡en los inaccesibles pantanos de Tabasco! Si el barco detiene su camino en este lugar aberrante, es probablemente porque hay un conflicto a bordo. Y ese conflicto tiene un nombre: Catalina.

La verdad es que Cortés pidió que hicieran venir a su mujer de Cuba, pero él pensaba en su familia india, en Leonor y en su hija. Ambas están en el barco, pero el navío cuenta con un pasajero imprevisto: Catalina Xuárez, quien al enterarse del asunto se invitó por su cuenta. Al llegar al lindero de las tierras bajo control español el capitán, rebasado por los acontecimientos, se detiene y pide instrucciones a Cortés. La llegada de Catalina arruina toda la estrategia de mestizaje iniciada por el conquistador y Hernán queda abrumado. ¿Qué puede hacer? ¿Hastiar a Catalina de México? Sus acompañantes se van a ocupar de eso al no evitarle la travesía por los pantanos, los aguaceros, las nubes de mosquitos. Pero es insuficiente, Catalina llega por fin a México. Afectada, cierto, pero viva. Que se haya mostrado odiosa, nadie lo duda. Esperaba ser tratada como la mujer del gobernador, pero llega con un hombre al que no ha visto en cuatro años, quien la recibe con frialdad, vive rodeado de princesas aztecas y tuvo la audacia, además, de hacer venir a su amante cubana. ¿Cómo podría comprender la pobre Catalina la trayectoria intelectual del conquistador? ¿Cómo no absolverla por sus crisis de nervios y su venganza? Pero Cortés está en el poder y no desea quedar atrapado por su vida anterior. Entonces Catalina será sacrificada en el altar de su gran designio. Naturalmente, eso no significa que Cortés, que nunca se dejaba llevar por sus impulsos, estrangulara a su mujer en un momento de confusión: ese escenario, simplista y burdo, es poco creíble. Pero que Catalina haya sido asesinada, es posible. ¿Qué sabemos de los celos de las mujeres en ese ambiente confinado del harén?; ¿qué sabemos de los allegados fáciles de sobornar?; ¿qué sabemos de la capacidad manipuladora de Hernán?; ¿qué sabemos de las enemistades que hizo germinar la llegada imprevista de Catalina?

La muerte súbita de Catalina Xuárez, que se extinguió sin descendencia, fue providencial. Malintzin estaba encinta y algunas semanas más tarde dio a luz a un niño al que Cortés bautizó como Martín. Después de haber dado el nombre de su madre a su primera hija, Catalina Pizarro, el capitán general da el nombre de su padre a su primer hijo, Martín Cortés. Ambos son mestizos: la genealogía cortesiana se ha transplantado. Hernán construye su sueño.

Más o menos por la misma época, probablemente en 1524, Cortés tiene otro hijo de una princesa nahua, que sólo conocemos por su nombre español, “doña Fulana de Hermosilla”, según la expresión del autor de la Historia verdadera. ¿Pero quién, en ese tiempo en México, podría ser doña si no es una princesa azteca? Cortés llama a ese segundo hijo mestizo Luis de Altamirano, honrando esta vez la rama materna de su genealogía. Es con ese nombre que será legitimado por el papa Clemente VII en 1529, al mismo tiempo que sus dos hijos mayores, Catalina Pizarro y Martín Cortés. Ahora Hernán ha mezclado tres veces su sangre con la de los indios: se ha casado con el Nuevo Mundo.

El tercer aspecto del proceso de mestizaje que se pone en marcha en México radica en la cristianización de los indios. Ahí también la actitud de Cortés será muy original. Lejos de querer prescindir del pasado pagano, el conquistador tiene muy pronto la intuición de que no habrá cristianización en México si no se captura lo sagrado de los lugares de culto indígenas. En un primer tiempo, no construye iglesias stricto sensu, sino transforma a los antiguos santuarios paganos en templos cristianos. Su reflexión irá incluso mucho más lejos, cuando toma conciencia, en Cempoala, de la tristeza de los indios totonacas ante la destrucción de los ídolos del santuario principal. Comprende entonces que el mensaje cristiano será rechazado de entrada si no se arraiga en el antiguo paganismo. Pero para instalar lo que sería en el fondo una práctica cristiana de la idolatría, era necesario disponer de un clero de amplio criterio.

Para Cortés el catolicismo es lo contrario de una religión de exclusión; el cristianismo toma su valor de la universalidad de su mensaje y de su esencia altruista. En la antípoda del espíritu inquisitorial, Cortés no tiene escrúpulo alguno en imponer su visión humanista del cristianismo, liberal y tolerante. En el fondo, la única condición verdadera que se exige a los indios para su conversión es el abandono del sacrificio humano. No es el espíritu del sacrificio lo que molesta a Cortés, sino su realidad física, material. El cristianismo también es una religión de sacrificio y la misa no es otra cosa que un recordatorio del sacrificio de Cristo. Pero precisamente, el paso de lo real a lo simbólico se percibe como un progreso cultural, un hecho de civilización, y no se trata de regresar tres mil años atrás, a la época en la que los fenicios sacrificaban hombres a Baal mientras que los hebreos sacrificaban bueyes o corderos.

Cortés logra encontrar religiosos intelectualmente preparados para el desafío mexicano. No por casualidad, sino porque pertenece a una corriente de espíritu contestatario, del que Extremadura parece ser la cuna y el refugio en ese principio del siglo XVI. Los franciscanos lo ayudarán en su empresa. Pero no cualquier franciscano. Gracias a sus contactos personales y familiares, Cortés hace un llamado a hermanos menores, discípulos de fray Juan de Guadalupe, apóstol de una reforma de la orden que tenía como base un retorno a la regla de la pobreza que caracterizaba a la fundación inicial de San Francisco de Asís. Esos franciscanos reformistas se habían reunido en Extremadura, donde habían constituido una comunidad llamada Custodia de San Gabriel, que debía más tarde ser erigida como provincia autónoma. Es inútil decir que se oponían a los desvíos de la Iglesia secular, con los cuales los obispos eran príncipes sin muchas preocupaciones espirituales y cuya riqueza se percibía como una corrupción fatal para la buena transmisión del mensaje evangélico. Sin embargo, no estaban aislados en la escena intelectual de la época y tenían representantes muy bien colocados en las altas esferas, tanto en la corte de Carlos V como en el papado. Los franciscanos de la provincia de San Gabriel de Extremadura obtuvieron entonces, a solicitud de Cortés, la responsabilidad de la evangelización de la Nueva España. Fue Adriano VI, Adriano de Utrecht —el mismo que Martín Cortés había convencido de lo bien fundado de la acción de su hijo—, quien firmará, el 9 de mayo de 1522, la bula llamada Exponi nobis fecisti, que confiaba a los frailes menores de regular observancia una amplia delegación de autoridad apostólica. En otros términos, Adriano VI encargaba a los amigos de Cortés organizar la Iglesia mexicana.

La primera misión enviada a México estará compuesta por doce frailes, evidentemente a imitación de los doce apóstoles de Cristo, y encabezada por Martín de Valencia, uno de los jefes de la corriente guadalupana. ¿De dónde provenía Martín de Valencia? Cuando es elegido por su superior para tomar la dirección de esta misión fungía como superior del convento de San Francisco de Belvís. Ahora bien, Belvís era un feudo de los Monroy y el convento de Belvís, que era en el fondo la casa matriz de la corriente contestataria franciscana, fue fundado en 1509 por Francisco de Monroy, séptimo señor de Belvís, y por su mujer Francisca Enríquez. Con Cortés incluso los asuntos de la Iglesia son asuntos de familia.

En noviembre de 1523 los doce frailes se reunieron en Belvís, de ahí fueron a pie a Sevilla y se embarcaron el 25 de enero de 1524 en Sanlúcar de Barrameda. Su viaje se enriqueció con una larga escala en Santo Domingo que les permitió dimensionar la realidad colonial en las islas. Sus hermanos franciscanos, pero también las autoridades civiles, les relataron la rebelión de Enriquillo, el joven hijo de un cacique de la sierra de Baoruco. Enriquillo fue educado por los franciscanos de Santo Domingo, quienes le enseñaron a leer y a escribir en castellano. Al heredar el cargo de cacique a la muerte de su padre, sufrió tantas vejaciones por parte de los españoles que decidió tomar el camino de la rebelión en 1519. Este último sobresalto de un pueblo moribundo impulsó a los franciscanos a hacer un profundo examen de conciencia. La idea que había presidido la instalación de las misiones en Santo Domingo era que la conversión pasaba por la educación. Por eso, se había visto a los primeros religiosos de San Francisco enseñar a leer y a escribir a los hijos de los nobles locales, en castellano. La reacción antiespañola de los indios los hizo rechazar rápidamente a la vez ¡la religión cristiana y la lengua de sus perseguidores! Así que, desde el principio, predominó en el espíritu de los evangelizadores de México la idea clara de que debían separarse a cualquier precio de los españoles e incluso de su lengua. Los doce predicaron entonces en lengua vernácula. Son ellos quienes irán hacia los indígenas, utilizando su idioma, sin obligar a los indios a abandonar su propia lengua y su cultura.

Los doce tocan las costas mexicanas en San Juan de Ulúa el 13 de mayo de 1524 y emprenden a pie el largo camino que lleva hacia el valle central. Los indios, de inmediato, se interrogan sobre la naturaleza de esos españoles tan diferentes a los otros, tan extraños en sus sayales que levantan el polvo de los caminos. A su paso repiten palabras, captadas al vuelo por el oído de los franciscanos: motolinia, motolinia. Fray Toribio de Benavente termina por preguntar el significado de esas palabras extrañas. Al enterarse que la palabra significa “pobre”, el fraile decide al momento llevar ese nombre toda su vida. Será, con ese pseudónimo náhuatl, uno de los primeros cronistas de la civilización de los indios de la Nueva España.

La llegada de los franciscanos colma un profundo deseo de Cortés. En cuanto le informan de su desembarco, pone una escolta a su disposición. Tuvo todo el tiempo para preparar un ceremonial de bienvenida a la medida de la situación. En la gran plaza de México, no lejos del Templo Mayor, que todavía no había sido arrasado, reúne a todos los dignatarios del antiguo imperio azteca y a toda la multitud de curiosos. Solo, con la cabeza descubierta, Cortés avanza delante del cortejo y, con gravedad, se arrodilla al pie de Martín de Valencia y le besa la mano. Sus capitanes, sus lugartenientes y todas las autoridades de la ciudad imitan a Cortés. Por medio de la Malinche explica a los aztecas por qué se postran ante esos hombres de apariencia tan pobre. Les explica que la autoridad de Dios es superior a todas las autoridades humanas, porque es de otra naturaleza.

A finales de junio Cortés organiza y preside el primer encuentro teológico del Nuevo Mundo, los famosos Coloquios de México. Esas conversaciones intercambiadas entre los doce primeros franciscanos y los dignatarios de México-Tenochtitlan son dadas a conocer por un texto de Sahagún, que retomó las minutas de un texto anterior conservado en los archivos del convento de San Francisco de México. Sin volver a hablar de la dimensión a la vez fascinante y conmovedora de este encuentro, hay que retener la original disposición de espíritu de esos franciscanos que, debidamente informados por Cortés, traducirán en actos el método de conversión imaginado por el conquistador. Los tres franciscanos flamencos que habían llegado a la Nueva España un año antes se asociaron a esta empresa. Entre ellos se encontraba un hermano lego que jugaría un papel excepcional en la conversión de los indios, Pedro de Gante.

Entonces se habría podido calificar de utópicos a quienes pensaban que quince franciscanos podrían iniciar el movimiento de conversión masiva de unos quince millones de habitantes del valle central mexicano; incluso muchos pensaron que sus deseos jamás se transformarían en realidad. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió. Cortés, seguro de su comprensión intuitiva, había sabido convencer a los primeros evangelizadores de lo bien fundado del método que preconizaba. Si el choque de los primeros tiempos fue rudo, la historia dará la razón a Hernán. Los indios adoptaron un catolicismo mestizo, lo bastante indígena para ser aceptado por los mexicanos y suficientemente cristiano para no ser declarado cismático por el Papa.

 

Christian Duverger
Historiador. Es autor de El origen de los aztecas y Mesoamérica. Arte y antropología, entre otros.