Este año se cumplen cinco siglos del encuentro histórico de dos culturas que antes de esa fecha no sabían nada una de la otra. Después del choque brutal que significó la reunión de ambas, se mezclaron dando origen a un nuevo país, el México que ahora cumple 500 años de existencia y que debe muchas de sus virtudes y también de sus problemas recurrentes a esa combinación insólita.

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco Marcos

Es, pues, necesario hacer un análisis de diversos aspectos de este encuentro fundamental y de cómo el proceso de dominación se fue dando desde el primer instante en que las tres expediciones de españoles salieron de Cuba, buscando encontrar unas islas que se decía estaban a seis días de viaje. Mediante el proceso de ir renombrando los lugares a los que llegaban dieron el primer paso en la conquista ideológica.

La expedición de Hernández de Córdoba salió en febrero de 1517 con la misión de descubrir nuevas tierras, “unas isletas que se encontraban entre la isla de Cuba y Honduras”, nos dice Bernal Díaz del Castillo. Cuando se acercaron a la península de Yucatán, territorio aún sin nombre para ellos, a lo lejos divisaron un pueblo con construcciones piramidales que lo llamaron el Gran Cairo. Y a la punta de la península la nombraron Cabo Catoche, porque era lo que ellos entendían de lo que los nativos les decían. Acordaron regresar a Cuba con más de 50 bajas porque los indígenas les habían dado guerra. Traían consigo varios objetos de oro que “recuperaron de los templos”.

En 1518 Diego Velásquez, el gobernador de Cuba, nombró a su sobrino, Juan de Grijalva, para embarcarse en una segunda expedición que continuó renombrando lugares: a la isla de Cozumel la nombraron Santa Cruz de Puerta Latina, a la isleta frente a lo que hoy es Veracruz, la “isla de los sacrificios” y San Juan de Ulúa, donde construyeron la primera fortaleza. Sin embargo, esta segunda expedición no tuvo los resultados que Velásquez esperaba pues Grijalva, se dice, no quiso arriesgarse a quedarse y poblar la tierra.

Antes de que partiera la tercera expedición —que habría de ser la última—Velásquez analizó y propuso varios candidatos. Todos declinaron el ofrecimiento, salvo su notario y secretario, Hernán Cortés, un hombre rico y dispuesto a financiar gran parte de la expedición. Antes de partir, como era costumbre, se firmó un pliego de intenciones donde se asentaba por escrito ante notario las intenciones que pretendían llevarse a cabo. La sociedad hispana era muy rígida y autoritaria y estaba estructurada bajo una cantidad terrible de requerimientos y estatutos legales. El documento se firmó el 23 de octubre de 1518 por Hernán Cortés y Diego Velásquez.

Los objetivos de esta expedición eran, básicamente, poblar, reclamar territorios para la corona española y evangelizar a los nativos de la tierra. Nunca se escribió la palabra conquista en el mencionado pliego, pero no sabemos si llegó a pronunciarse de manera extraoficial en las pláticas preparatorias. El caso es que Cortés partió de manera apresurada, en un llamado estado de rebeldía, con varios navíos cargados de provisiones, caballos y armado hasta los dientes, pagando de su bolsa la gran mayoría de los gastos de la expedición y con aproximadamente 500 hombres que iban en busca de aventura y, sobre todo, de fortuna.

El arribo de la tercera expedición de españoles, en febrero de 1519, habría de resultar, dos años después, en la conquista de México-Tenochtitlan y, por ende, de todo el imperio que esta última comandaba.

Aunque la citada expedición no estaba formada por un grupo homogéneo, pues había una facción “velasquista”, otra “cortesiana” y un número indeterminado de aventureros y mercenarios, existía un consenso que los unía a todos, y éste era que venían dispuestos a combatir, a pasar hambre e incomodidades, sabiendo incluso que uno de los riesgos implicaba la muerte, con tal de conseguir tierras, fortuna y renombre. Sabían, gracias a las dos primeras expediciones, de la existencia de los “nativos”, sabían que eran bravos, caníbales y que realizaban sacrificios humanos, y existía la idea de que eran salvajes e ignorantes —como los que conocían en el Caribe— y prevalecía la idea de que, aunque los de aquí presentaban ya una cultura más refinada y avanzada que se reflejaba, por ejemplo, en la arquitectura, la cultura europea era superior, mejor, y que la “moral cristiana” era la que debía dominar porque era moralmente correcta. Ni siquiera se les ocurría dudar de tales premisas y, si lo hubieran hecho, se habrían acercado peligrosamente a la herejía.

Llegaron, por lo tanto, con una mentalidad imperialista y con la clara intención de dominar, aunque hubiera habido sutilezas semánticas entre las palabras: poblar y reclamar. Cortés venía con una intención absoluta de despojar y rapiñar al ir reclamando las tierras existentes a su paso y al exigir tributo de oro nomás porque sí. Era un hombre muy ambicioso y aunque nunca se atrevió a hacer las cosas a título personal, sí las reclamó para una Corona que aún ni lo conocía, ni lo reconocía, en un acto arriesgado de rebeldía en contra de Velásquez, que era su superior.

Es evidente que desde el primer instante en que los nativos del territorio establecen contacto con los españoles comienza una guerra de sordos, en donde ninguna de las dos partes entiende el lenguaje del otro. Lo que sí es que una de las partes (los españoles) tenía muy claro a qué venían y qué querían: la posesión de los territorios y su conquista. Quizás al principio un tanto ingenuamente, porque el caudillo no sabía a qué se enfrentaría y subestimaba a las fuerzas opositoras con la arrogancia de quien se siente superior. Los mexicanos, en cambio, o al menos Moctezuma, tuvo grandes trabajos para entender a qué venían los extranjeros. Si bien al principio pensó que eran dioses que venían a reclamar su reino, o que regresarían a sus tierras si se los solicitaba de buena manera, quizá también subestimó a sus propios guerreros.

El término “dominación” viene del latín dominus y se refiere al control que alguien, o un grupo, tiene sobre otro individuo u otro grupo, sobre una cosa, un territorio o algún objeto.

La dominación se ejerce por una persona o un grupo utilizando varios métodos —que, a diferencia de la conquista, siempre es en términos bélicos— que van desde la persuasión, la presión velada, la amenaza o hasta la fuerza con el objeto de imponer sus ideas, sus reglas y puntos de vista, sus verdades y/o sus creencias. La dominación es posible cuando el dominado tiene miedo a perder sus fuentes de subsistencia más básicas o incluso su vida o su libertad.

Los españoles ejercieron la dominación cultural desde el primer momento, unilateralmente, y no sólo tomando los lugares a fuerza de espada o por la pura ventaja del miedo que provocaban sus armas y los caballos. Empezaron con una dominación más sutil pero igual de efectiva: la religiosa y la lingüística. Desde el primer momento bautizaron a las personas y el mismísimo Cortés les daba los principios evangélicos. Tiraban a los ídolos, encalaban los templos y erigían una cruz improvisada y, cuando podían, ponían una imagen de la virgen María. Es muy difícil evaluar el resultado a corto plazo de dicha campaña, que dudo hubiera sido tan efectiva como los españoles parecían creer. No creo que los indígenas tuvieran la menor idea de qué se trataba todo esto. Las dos sociedades se identificaban, como dice el gran historiador inglés Hugh Thomas en su libro magistral La conquista de México, entre otras cosas porque las dos amaban el ceremonial, los ritos, lo sagrado.

Fue, sin embargo, la dominación lingüística más sutil, pero más eficaz, pues los extranjeros bautizaron todo a su paso.

El bautizo es uno de los siete sacramentos de la iglesia católica y también del cristianismo: es un rito mediante el cual se pretende quitar el pecado original y nos hace partícipes del dogma cristiano. Pero en el caso de una persona que ya tiene un nombre preexistente y una identificación cultural con dicho nombre, “bautizarla” con otro nombre venido de otro contexto cultural se convierte en un acto de dominación y opresión: un acto de poder del más fuerte al más débil.

Los conquistadores renombraron todo a su paso. Y cuando por fin dominaron a los pueblos con el poder de las armas, los lugares y las personas ya habían sido renombrados desde antes. Es decir, ya habían sido conquistados anteriormente por la lengua. El proceso de redenominación continuó durante la Colonia y, sobre todo en el caso de toponímicos, se dio una mezcla entre los nombres indígenas y los españoles, que por supuesto denotaba la ideología religiosa porque siempre había un san Pedro o un san Pablo o una santa María antes del nombre indígena.

Como se comentó anteriormente, desde la primera expedición se fueron nombrando lugares a veces con nombres nuevos y a veces con lo que creían entender: Gran Cairo, Cabo Catoche, Campeche, Potonchán, Isla de los Sacrificios, San Juan de Ulúa, Villa Rica de la Vera Cruz. Este acto creativo de renombrar y de bautizar se convierte en un acto metafísico de recrear lo ya existente y que a primera vista parecería inocuo pero de manera sutil fue plantando la semilla de la conquista cultural que vendría después.

Cuando posteriormente, a la derrota en la batalla de Centla, el líder Tabascoob —como lo dictaba la etiqueta militar indígena— va a ofrecer regalos al vencedor, en este caso, Cortés —le regala 20 esclavas, entre las que se encontraba Malintzin, la futura traductora o trastocadora de palabras—. El caudillo español, a riesgo de cometer un acto ofensivo de diplomacia, pone como condición al recibir a las mujeres que primero sean bautizadas. Bautizarlas era como pasarlas por un baño bactericida que les permitía, con toda tranquilidad de conciencia, hacer uso de ellas sin ningún remordimiento.

Lo curioso es que en estos actos que implicaban renombrar estaba implícito el comercio sexual, la dominación a través del sexo y la regulación de las prácticas sexuales. Es decir, una vez redenominadas con un nombre aceptable para el lenguaje dominante, las mujeres eran aceptadas dentro de su sociedad, pero sólo para ser usadas como objetos sexuales. Desafortunadamente, se daba por sentado en ambas sociedades que las mujeres que se regalaban eran para hacer uso, no nada más de sus habilidades culinarias, sino de su sexo. Sólo que los españoles hacían caso omiso, a pesar de que en el pliego de instrucciones se les advertía que “el viaje es para exaltar la mayor gloria de Dios y aumento de la fe, por lo que no deberán consentirse actos carnales con ninguna mujer, fuera de nuestra ley”.1 Y el cambio de nombre previo a mancillarlas fue fundamental para integrar a todos y cada uno al lenguaje del conquistador pues no sólo a las mujeres se les cambiaba el nombre, también a los varones, lo que debió ser humillante, pues era parte de esa dominación lingüística.

No es casual el hecho de que a la nobleza tlaxcalteca, y con algunas excepciones de la nobleza mexica, se le haya permitido conservar sus nombres de origen náhuatl después de consumada la conquista. Los tlaxcaltecas, al aliarse con los españoles y ser la fuerza militar mayoritaria, se ganaron a pulso ese privilegio, que visto a la distancia se mira como poca cosa, pero no lo es. Fue un acto de concesión enorme dejarles su apellido, aunque el llamado nombre “de pila” lo cambiaran.

Tampoco es casualidad que los españoles, desde su actitud de conquistadores, hubieran conseguido un traductor, un intérprete, tan eficiente que a la larga aprendió su lengua y no al revés. Malintzin, quien era una joven evidentemente hábil e inteligente, aprendió el castellano en lugar de que Cortés aprendiese el náhuatl, lengua que seguramente llegó a entender bastante, pero su privilegio como dominador fue no hablarlo. Es también significativo que haya sido una mujer y no un hombre quien finalmente tendió el puente entre los dos lenguajes. Es decir, un eslabón débil de la cadena, una esclava que al menos al principio debió temer por su vida si no obedecía o cumplía con las expectativas que se le exigían, oprimida por ambas sociedades patriarcales y quien mantenía relaciones sexuales con sus dominadores, lo que psicológicamente creaba vínculos emocionales fuertes.

Los extranjeros no sólo comenzaron su acto de rebautizar, con el añadido ideológico que esto implica, desde el principio, sino el de recomendar, y después prohibir, el sacrificio humano y las prácticas sodomitas. Mucho les llamó la atención que entre las prácticas sexuales de los indígenas se encontraran muy extendidas las relaciones entre hombres. Para el español del siglo XVI era intolerable dentro de su código de ética reproductiva cristiana. Curiosamente, ninguna de las dos sociedades veía mal el que un hombre tuviera muchas mujeres, esposas, esclavas, pero los españoles no toleraron la homosexualidad. Hicieron todo lo que pudieron para “impedirlo” y sin embargo tuvieron una moral bastante laxa durante los dos años que duraron las incursiones militares. Una vez conquistada México-Tenochtitlan y que las leyes y las costumbres empezaron a establecerse en la Nueva España, Cortés casó a Malintzin, su traductora, amante y madre de su hijo Martín, en un matrimonio que se sospecha forzado, con el capitán Juan Jaramillo. La fecha del matrimonio coincide con la llegada de Cuba de Catalina Suárez, la Marcaida, esposa legítima de Cortés. Se cree que Malintzin, o Marina, estaba ya embarazada de Cortés y que Jaramillo nunca estuvo contento con el trato, sin embargo, a partir de ese momento, Jaramillo se convirtió en uno de los hombres más ricos del país. La esposa legal estaba por encima de todo, pero el abuso sexual contra la mujer indígena prevaleció por siglos.

La dominación lingüística se va dando lentamente pero de manera segura y mediante variados procesos. Se va construyendo una fuerte presión social y política para que los sometidos hablen el idioma extranjero porque va implícita no sólo la comunicación sino toda una absorción cultural e ideológica.

Es importante plantear que la dominación lingüística en muchos casos está vinculada a la dominación sexual, que es un fuerte rasgo de dominación psicológica del opresor al oprimido y que, en cierto modo, el fenómeno de redenominación que se dio antes, durante y después de la conquista, es un hecho que está a la vista de todos, aunque aún deba ser estudiado a profundidad; pero es el papel que ocupó el sexo en la conquista el que debe ser revaluado y estudiado. A mi juicio, es una cara poco estudiada de la dominación cultural y un tanto encubierta.

Sabemos, por ejemplo, que los conquistadores se casaban con mujeres españolas que mandaban traer del otro lado del océano, pero no sabemos si algunos se llegaron a casar con indígenas y qué tan común fue esa práctica o no. Francisco Martínez Hoyos2 asegura —aunque no dice de dónde saca el dato— que hubo 40 desposorios de conquistadores con indígenas, contra 400 con españolas. Tenemos el ejemplo de Malintzin, que se casó con un español, en un matrimonio aparentemente forzado donde se sospechaba que la hija que esperaba Malintzin era de Cortés. Tiempo después se pudo haber pedido una anulación o permiso especial a la Iglesia pues Jaramillo se vuelve a casar aproximadamente en 1529, cuando aparentemente Malintzin aún vivía.3 El otro caso muy conocido de matrimonio interracial es el de Tecuichpo (Isabel) Moctezuma, hija de Moctezuma. Primero casada con Cuitláhuac, quien muere antes de consumar el matrimonio, luego con Cuauhtémoc; después de la conquista se le obliga a casarse con el capitán Alonso de Grado. Cuando éste muere la casan, embarazada (como en el caso de Malintzin), con un tal Pedro Gallego de Andrade. Tecuichpo, poco después da a luz a una niña (Leonor Cortés Moctezuma) a quien la madre no reconoce como protesta por ser hija de una relación forzada con Cortés. La historia de Tecuichpo continúa, pero hasta aquí para nuestros propósitos.

Es obvio que la promiscuidad y la libertad sexual se dieron principalmente entre dominadores y mujeres indígenas. Sin embargo, nos vienen a la mente muchas preguntas: ¿cuál fue el papel del indígena varón en este caos de sexualidad que se desató?, ¿tenían ellos relaciones con mujeres europeas o era algo impensable?, ¿fue todo muy diferente a las prácticas sexuales existentes antes de la llegada de los españoles?, ¿en verdad se terminaron las prácticas homosexuales en los pueblos mesoamericanos o continuaron existiendo en la clandestinidad?

Parece evidente que el poder sexual que ejercía el varón indígena estando en una posición de dominio (me refiero a los señores que poseían varias esposas, concubinas y esclavas) se acabó después de la conquista, pasando ese privilegio a los conquistadores españoles (que aunque tenían una esposa, tenían concubinas “indias”).

Quedan aún muchas preguntas por responder, y no podemos soslayar el poder que ejercieron la carne, el deseo y el abuso como factores de dominación social en la conquista, que junto con la superioridad bélica aunada a la dominación lingüística hicieron caer al imperio más poderoso de Mesoamérica y que estos rasgos de dominación aún ejercen una fuerte influencia psicológica sobre nuestro inconsciente colectivo.

 

Kyra Galván Haro
Narradora, poeta y periodista. Entre sus libros: El sello de la libélula, Corazón de plata e Incandescente: poesía reunida.


1 Citado en Miralles, Juan, Hernán Cortés, inventor de México, Maxitusquets, México, 2009.

2 En Breve historia de Hernán Cortés, consultado en: https://bit.ly/2VwSD80

3 Según Hugh Thomas, Malintzin vivía aún en 1551 por unas cartas donde su hijo Martín la menciona viva.

 

3 comentarios en “Lenguaje y sexo: La otra dominación

  1. Tomé el dato sobre los matrimonios de Bartolomé Bennassar, que a su vez se basó en el Diccionario de los conquistadores de Bernard Grunberg.

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