En abril y mayo de 2019 se celebran las elecciones nacionales en la India. Con más de 850 millones de posibles votantes y más de un millón de casillas se trata del ejercicio electoral más grande y complejo jamás organizado. La votación será encabezada por un equipo de casi cuatro millones de funcionarios y medio millón de elementos de seguridad. Debido a la complejidad geográfica y política de la India, el proceso tendrá lugar por etapas y a lo largo de cinco semanas durante las cuales miles de candidatos de más de 100 partidos se disputarán los 543 escaños que conforman la Lok Sabha, la Cámara baja del sistema parlamentario bicameral de la India cuya mayoría tiene la facultad de nombrar al primer ministro de la llamada “democracia más grande del mundo”.

En un sistema tan vasto es necesario contar con coaliciones políticas amplias que permitan una mayoría electoral y hagan viable el ejercicio del poder. Desde la década de 1990 dos coaliciones se han disputado el puesto de primer ministro: la United Progressive Alliance, encabezada por el tradicional Congreso Nacional Indio (INC) y la Alianza Democrática Nacional, encabezada por el Partido Popular Indio (BJP). El primero, surgido de la forja del movimiento nacionalista anticolonial de las primeras décadas del siglo XX y en el que militaron figuras como M. K. Gandhi o Jawaharlal Nehru, hoy representa una gastada identidad política nacionalista y corporativista, similar en muchos aspectos al PRI del siglo XX en México. El segundo es heredero de una larga tradición de “Derecha Hindú” que desde finales de los ochenta ha competido no sólo por el poder político sino por una redefinición de la esencia misma de la identidad nacional india.

El premio gordo de estas elecciones es el puesto de primer ministro, actualmente ocupado por Narendra Modi, el controversial líder del BJP. Modi es un personaje polémico y carismático. Hijo de un humilde vendedor de té, debe gran parte de su éxito a su capacidad de presentarse como una alternativa a la política dinástica del Partido del Congreso dominado desde mediados del siglo XX por el linaje inaugurado por Jawaharlal Nehru. Manteniéndose al margen de los escándalos de corrupción que manchan a gran parte de la clase política de la India, Modi ha trabajado durante años para esculpir una imagen de honradez, esfuerzo y devoción a los modelos tradicionales de la sociedad hindú.

La carrera política de Modi se forjó al interior de la Rastrhiya Swayamsevak Sangh (RSS) o Asociación Nacional de Voluntarios, el corazón ideológico y organizacional de la derecha hindú. Desde las primeras décadas del siglo XX la amplia coalición de fuerzas que integran la derecha hindú ha enarbolado un ideario nacionalista basado en la superioridad y maleabilidad de la “hinduidad” (hindutva) y su equivalencia con la identidad nacional de la India independiente. Al considerar a la hindutva como el seno del que nacen el resto de las tradiciones religiosas y culturales de la India —como el budismo, el jainismo y el sijismo —este nacionalismo se ha definido en contraposición a tradiciones extranjeras como el cristianismo y en especial el islam que desde el siglo XIII ha tenido una importante presencia en el subcontinente indio.

La historia de la RSS está marcada por la polémica y la violencia. Tras ser declarada ilegal en 1948 por la revelación de que el asesino de Gandhi era militante, la organización atravesó una larga travesía en el desierto para resurgir durante la década de 1980. Se volvió uno de los principales focos de oposición al nacionalismo secular impulsado desde tiempos de Nehru y al modelo de economía mixta enarbolado por el régimen del Partido del Congreso durante las décadas posteriores a la independencia de 1947, caracterizado por la planeación central y dirigido a la redistribución desde el Estado.

Ilustración: Víctor Solís

En 1992 desde las filas de la RSS se encabezó la campaña de odio que culminó en la demolición de una mezquita del siglo XVI en el pueblo de Ayodhya. Basándose en el argumento de que ésta había sido construida por el emperador musulmán Babar sobre un templo dedicado al dios Rama, la organización llevó a cabo una intensa campaña mediática que culminó en la destrucción de la mezquita a manos de cientos de seguidores enardecidos y una serie de disturbios que causaron la muerte de más de dos mil personas alrededor de la India. Este episodio marcó el inicio de una creciente aceptación y presencia en el debate público de los postulados más violentos y demagógicos de la derecha hindú.

Entre 2002 y 2014 Modi ocupó el puesto de ministro en jefe del estado de Gujarat —equivalente al de gobernador de un estado en México— con una mezcla de resultados contradictorios. Por un lado, su periodo estuvo marcado por el éxito del llamado “Modelo Gujarat de Desarrollo” basado en el apoyo irrestricto al sector privado, la modificación de la ley para favorecer la inversión y el gasto masivo en subsidios para la producción y la creación de infraestructura. El resultado fue un importante crecimiento de la economía estatal —muy superior al del resto de India, incluso en la época de mayor crecimiento de la economía nacional. Al mismo tiempo, su gestión estuvo marcada por importantes episodios de violencia interétnica entre hindús y musulmanes. El más dramático tuvo lugar entre febrero y mayo de 2002 cuando tras meses de enfrentamientos se contaban más de mil muertos y unos 150 mil refugiados, en su mayoría musulmanes. A pesar de nunca haber enfrentado cargos, durante años Modi fue duramente criticado por activistas, académicos, rivales e incluso líderes internacionales por su claro menosprecio a los derechos humanos de la minoría musulmana en su estado. Este rechazo alcanzó el estatus de escándalo internacional cuando en 2005 el gobierno de Estados Unidos le negó un visado alegando que el entonces ministro en jefe de Gujarat había sido responsable de “severas violaciones a las libertades religiosas”.

A pesar del escándalo, durante la primera década del siglo XXI la “marca Modi” se consolidó como un modelo de éxito y transformación económica capaz de llevar prosperidad a los ricos y alzar el nivel de vida de grandes sectores de la población urbana de Gujarat. Este éxito, sin embargo, se vio empañado por la creciente desigualdad entre regiones —sobre todo entre el campo y las ciudades— y la constante violencia y pauperización sufridas por las comunidades musulmanas en el estado.

El éxito en Gujarat fue capitalizado por el BJP en 2014, año en el que Modi obtuvo un triunfo electoral de proporciones históricas que le permitió formar gobierno sin necesidad de recurrir a ninguna alianza. Durante la campaña nacional Modi recorrió el subcontinente dando encendidos discursos y su imagen fue enviada en forma de holograma a los lugares que no pudo visitar. Libre de escándalos de corrupción y representante de un modelo integral de “desarrollo para todos”, Modi obtuvo la victoria electoral más decisiva desde que en 1984 Rajiv Gandhi, el hijo de Indira, ganara las elecciones tras el asesinato de su madre.

Las elecciones de 2014 fueron desastrosas para el Partido del Congreso. Esto se explica tanto por la arrolladora popularidad de Modi como por la ausencia de un candidato atractivo que pudiera hacerle frente. Después de una década de gobierno del pausado tecnócrata Manmohan Singh, el INC estaba desgastado por una serie de escándalos criminales y una creciente separación respecto al vasto y pobre electorado del país. La menguante popularidad del Partido del Congreso se vio rematada por la desastrosa campaña encabezada por Rahul Gandhi, bisnieto de Nehru, quien siempre estuvo lejos de despertar el entusiasmo popular. Educado en Cambridge y con un pasado privilegiado ajeno a la realpolitik india, Rahul se demostró incapaz de competir con el carismático Modi y acabó encabezando la peor derrota del Partido del Congreso en la historia de la India independiente.

Hasta hace poco la popularidad de Modi y la aceptación del BJP permanecían intactas. Después del triunfo de 2014 el partido apuntaló su fuerza con una serie de victorias electorales decisivas, incluyendo en Uttar Pradesh, el estado más poblado de la India (204 millones de personas) y tradicionalmente visto como la clave para poder mantener el poder a nivel nacional.

Sin embargo, el escenario cambió drásticamente durante la segunda mitad de 2018. Todo comenzó con un desastre natural. En agosto las lluvias de un monzón especialmente torrencial causaron una catastrófica inundación en el estado sureño de Kerala, un bastión de la izquierda comunista y frontal oposición al “Modelo Modi”. Las lluvias causaron más de 400 muertes y miles de millones de dólares en daños materiales. Tras una lenta y reticente reacción que causó indignación masiva, el gobierno federal tomó la controvertida decisión de rehusar la oferta del gobierno de los Emiratos Árabes Unidos de donar 100 millones de dólares en ayuda humanitaria. Esta decisión fue interpretada por algunos como una muestra de orgullo nacionalista y por otros como un castigo del BJP a la oposición comunista en Kerala. Al margen de las especulaciones, la acción del gobierno de Modi retrasó los trabajos de reconstrucción y atención a las víctimas del desastre, despertando la furia y el rechazo a lo largo y ancho del país.

En diciembre de 2018, en una serie de elecciones estatales consideradas como las “semifinales” antes de la gesta nacional, el BJP perdió ante el Congreso en los estados de Chhattisgarh, Madhya Pradesh y Rajasthan, activando las alarmas del partido. Poco después, la campaña nacional del Partido del Congreso recibió un nuevo impulso con la aparición de Priyanka Gandhi, la hermana de Rahul y el rostro más carismático y menos gastado de la dinastía Nehru-Gandhi, en la arena pública. A esto se suma el descontento de la población joven urbana ante la incapacidad del gobierno de crear suficientes empleos nuevos a pesar del sostenido crecimiento económico. En un país donde cada mes alrededor de un millón de jóvenes se incorporan al mercado laboral la reacción de este sector puede ser decisiva para las próximas elecciones. Finalmente, durante los últimos meses hemos presenciado un auge en la protesta organizada de sindicatos campesinos, cuyos miembros han marchado por las calles de Delhi en repetidas ocasiones exigiendo soluciones al creciente problema del endeudamiento, el hambre y la marginación en el campo.

Las encuestas de opinión muestran que Modi sigue siendo enormemente popular entre grandes sectores de la población india. Sin embargo, ha quedado claro que bajo su liderazgo su partido puede perder elecciones y que su modelo no responde a las necesidades de sectores cada vez más importantes de la sociedad, incluyendo la comunidad musulmana, los jóvenes urbanos y los cientos de millones de campesinos. Durante los primeros meses de 2019 todo esto llevó a diversos analistas a señalar la posibilidad de que el BJP recurriera a medidas extremas, y riesgosas, para asegurarse el triunfo en las elecciones nacionales. Resultaba especialmente preocupante la posibilidad de que el partido recurriera a la antes exitosa fórmula de la radicalización religiosa y la violencia interétnica para incrementar su popularidad y poder. Sin embargo, la reacción del gobierno tomó otro camino, igualmente peligroso.

El pasado 14 de febrero un atentado suicida causó la muerte de más de 40 soldados indios en el distrito de Pulwama en el estado de Jammu y Kashmir. Situado en la frontera con Pakistán y en el centro de una disputa geopolítica y simbólica que se remonta a la década de 1940, Jammu y Kashmir está en el centro de la región más militarizada del mundo en la que actúan numerosos grupos armados, entre ejércitos nacionales de India, Pakistán y China, paramilitares y agrupaciones terroristas. El atentado, que fue reconocido como el ataque terrorista más dañino en India en las últimas tres décadas, fue reivindicado por Jaish-e-Mohammad, un grupo extremista asentado en Pakistán. Durante los días siguientes la tensión entre ambos países escaló rápidamente hasta que el 26 de febrero aviones militares indios cruzaron la frontera para bombardear lo que se supone eran campos de entrenamiento del grupo terrorista. La acción puso a ambos países en alerta roja, y sirvió para azuzar la llama del patriotismo indio y enaltecer la imagen de Modi como un líder fuerte dispuesto a tomar medidas extremas para defender a su país.

Aún está por verse si la reacción bélica tendrá réditos electorales para las debilitadas aspiraciones del BJP y de Narendra Modi. Por lo pronto, la guerra parece haber vuelto a ser parte de la dinámica internacional del sur de Asia, una región poblada de armamento nuclear que desde la década de 1970 que ha disfrutado de un equilibrio de fuerzas que la distingue de otras regiones aledañas, especialmente el centro de Asia y el Medio Oriente.

Más allá de esta narrativa, la complejidad y volatilidad política y social de la India hace que las elecciones de 2019 estén más abiertas a la competencia que nunca. Con miles de candidatos, cientos de partidos e innumerables posibilidades de formar alianzas al nivel nacional, cualquier predicción debe ser tentativa. Lo que parece ser muy posible es que el BJP de Modi se enfrente a una reducción considerable de su poder, lo que los obligaría a recurrir a alianzas que podrían ser mal recibidas por sus bases electorales tradicionales en las ciudades y el llamado “cinturón hindi” del Norte de India, el corazón simbólico y político de la hindutva. Por otro lado, y a pesar del mediocre desempeño y pesada carga simbólica de su patricio candidato, el Partido del Congreso podría aspirar a una alianza que le permitiera formar un gobierno si en estas semanas la marea se inclina un poco más a su favor.

Al margen de todo esto, e independientemente de su resultado final, las elecciones en India representan no sólo el ejercicio electoral más grande del mundo sino también un complejo experimento político que hasta ahora ha permanecido extrañamente ajeno a las preocupaciones del debate público en México y Latinoamérica. Estas elecciones decidirán el futuro de una de cada seis personas en el planeta. Dada la creciente importancia económica, demográfica y política de la India en el horizonte internacional, haríamos bien en dirigir nuestra mirada hacia allá. Quizás aprendamos algo que nos ayude a cuestionar viejos prejuicios y vislumbrar nuevas posibilidades.

 

Daniel Kent Carrasco
Historiador. Docente de la Universidad de Sonora. Autor de Frontiers of Freedom: Cold War and Social Modernism in Postcolonial India (en prensa).