La izquierda mexicana llega tarde al poder en términos latinoamericanos. La “marea rosa” está en franca retirada y lo que se observa en la región es más bien una resaca derechista. Sin embargo, este atraso puede tener sus ventajas al ser posible para el nuevo gobierno en México aprender de los errores de los proyectos de izquierda que lo precedieron.

Esa es la intención de un conjunto de ensayos publicados por la revista nexos que, en busca de lecciones, reflexionan sobre las recientes experiencias de distintos gobiernos de izquierda en América Latina.1 Vale la pena retomar estos ensayos en su conjunto y analizar de manera puntual las enseñanzas identificadas. Pero antes de entrar en el tema es importante subrayar dos características que comparten estos trabajos.

Primero, los autores son, casi todos, protagonistas, es decir figuras públicas que formaron parte al más alto nivel de los gobiernos de izquierda sobre los cuales ahora reflexionan. Se trata de personas comprometidas con las causas de la izquierda, hombres de acción que bajaron y se batieron en el ruedo. Como resultado, las lecciones que señalan son producto de tropezones propios y no el resultado de un trabajo de cubículo, frío y distante. Por tanto, lo que ofrecen es la sabiduría práctica del veterano de guerra, lo que debería ser oro molido para el nuevo recluta.

Segundo, precisamente por ser protagonistas, su tono es empático respecto a los retos que pudiera enfrentar cualquier nuevo gobierno de izquierda. Si bien al tratarse de la mirada de un “extranjero” se logra mayor objetividad, al ser una mirada empática se obtiene también una cierta cercanía que debiera permitir que su voz sea escuchada con mayor facilidad que la de, por ejemplo, una calificadora como Fitch. Son “lecciones” presentadas en buena fe, que buscan apoyar, orientando y aconsejando, más que criticar.

Dicho lo anterior, a continuación se enlistan por país los “errores” cometidos por los gobiernos de izquierda en cada uno de los casos analizados en la revista nexos de diciembre y cuyas experiencias bien podrían ser pertinentes para el nuevo gobierno mexicano.2

Ilustraciones: Víctor Solís

 

Las lecciones relevantes del caso argentino identificadas por Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, son tres. En primer lugar, el maniqueísmo. Según el autor “…la aplicación de una política maniquea a partir de la cual se definieron amigos y enemigos del poder, convirtió al país en un centro de permanentes disputas siempre irreconciliables…”. En segundo lugar, la arrogancia. La contundente victoria electoral de Cristina Fernández de Kirchner en su reelección con un porcentaje de votos inusualmente alto para la política argentina, “…insufló al gobierno electo un aire de autosuficiencia que rápidamente se transformó en rasgos de prepotencia…”. Y tercero, la confrontación. Ya en el poder, según el autor, Cristina “…profundizó su lógica de ejercer la política a partir de la confrontación…”, lo que complicó su gestión, ya que cada decisión encendía “…una controversia que siempre [dividía] a la sociedad entre buenos y malos…”.

Si bien el maniqueísmo, la arrogancia y la confrontación no son problemas que sólo afectan a la izquierda, como lo muestra la presidencia de Trump en Estados Unidos, sí parecen ser lecciones pertinentes para el caso mexicano. No hay la menor duda de que en ocasiones López Obrador opera con una visión maniquea que divide a la población en dos, un pueblo bueno y sabio, por un lado, y una elite amafiada y corrupta, por el otro. Hay también algo de arrogancia en Morena tras una victoria electoral tan aplastante e inusual para la política mexicana. Y vemos recurrentemente un estilo confrontacional por parte del nuevo gobierno.

El peligro aquí es, sobre todo, uno de delgadas líneas que no se deben cruzar. Se vale identificar a un adversario político, criticarlo y rechazar su visión, pero no descalificarlo y negar su derecho a participar en el debate público, por más equivocado que pueda estar. Se vale hacer notar que una victoria electoral arrolladora tiene consecuencias y le da una enorme legitimidad al proyecto ganador, pero al ejercer el poder no se debe asumir una postura de superioridad moral, intelectual ni política. Se vale reconocer la inevitabilidad del conflicto en la política y más si el proyecto es uno de cambio radical que afecta intereses poderosos, pero no todo puede ser conflicto, ni el conflicto debe ser permanente.

En cada uno de estos temas vemos a un López Obrador que en ocasiones opera de un lado de la delgada línea, pero que en otras cruza la rayita. De la mano de su maniqueísmo vemos un discurso conciliador; junto con la arrogancia en la victoria, atestiguamos un hombre sencillo y cercano a la gente; el político conflictivo convive con el pragmático. Parte del problema o reto es que la línea no sólo es delgada, sino difícil de ver, más desde el poder y sobre todo si uno se encuentra inmerso en la agobiante cotidianidad de gobernar un país. Pero la línea ahí está y no hay que cruzarla.

 

Las lecciones relevantes para México del caso boliviano analizadas por Horst Grebe López, quien se desempeñó como ministro de Trabajo y Desarrollo Laboral, de Minería y Metalurgia y de Desarrollo Económico bajo la presidencia de Evo Morales, son sobre todo dos.

La primera tiene que ver con el contraste entre la realidad y las aspiraciones de un gobierno, reflejadas, en el caso de Bolivia, en la nueva constitución de 2009. Según el autor, “…el nuevo texto constitucional estuvo más destinado a satisfacer las aspiraciones simbólicas de las bases sociales del Movimiento al Socialismo y menos a instaurar un nuevo orden constitucional con la arquitectura institucional correspondiente…”. La segunda lección está relacionada con la problemática de gobernar a través de un movimiento y no de un partido. Según Grebe López, las capacidades institucionales para hacer mucho de lo que se necesitaba eran “…muy difíciles de conseguir con un gobierno de movimientos sociales que reemplaza al modelo tradicional de partidos políticos…”.

Estas dos tensiones también están presentes en el caso mexicano. Las legítimas aspiraciones del nuevo gobierno que encabeza López Obrador son enormes y lo abarcan casi todo. De entrada se busca satisfacerlas de manera simbólica, se vende el avión presidencial, se reducen los salarios de la alta burocracia, se abren las puertas de Los Pinos para convertirlo en museo, etcétera. Todo ello acompañado de un discurso que anuncia una “cuarta transformación” equiparable en su impacto, se argumenta, a la Independencia, la Reforma y la Revolución. Sin embargo, no queda del todo claro, hasta ahora, cuál es la arquitectura institucional que acompaña el proyecto y lo aterrizará. También está presente la tensión entre movimiento y partido, ya que Morena no es hoy, no todavía, un partido en el sentido tradicional. Se trata de un movimiento social, que se transformó en una maquinaria electoral y que ahora gobierna. Pero está pendiente su institucionalización y se desconoce la forma en que se dará este proceso, si es que se da, ya que bien podría permanecer Morena como una aglomeración de grupos y movimientos sociales cuya unidad depende del liderazgo de López Obrador.

 

El ensayo sobre la experiencia brasileña lo escribe Tarso Genro, quien fuera ministro de Educación, ministro de Relaciones Institucionales y ministro de Justicia en los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva. Entre los errores destacados por el autor, encontramos dos que parecieran ser relevantes para México. Primero, lo que se podría describir como un pragmatismo excesivo. Según el autor el gobierno de Lula enfrentó un dilema difícil, “…hacer la reforma política y dispersar la base de apoyo del gobierno que daba sostén a importantes políticas públicas de distribución o no forzar ninguna reforma sobre este tema[…] para mantener la estabilidad…”. Según narra el autor, se optó por mantener al sistema intacto, pero ello fue desastroso en el largo plazo al facilitar la destitución de Dilma y el triunfo electoral de la extrema derecha. El segundo error, según Tarso Genro, fue la decisión de Dilma de no atender el problema de la seguridad pública. Esta postura, narra el autor, “…fue importante para la victoria de Bolsonaro, quien insistió en la relevancia del tema para que las personas pobres vivieran mejor…”.

Se trata de dos riesgos —el pragmatismo excesivo y el descuido de la seguridad pública— que no sólo afectan a gobiernos de izquierda, si bien son temas con los que suele tropezarse la izquierda, y el caso mexicano lo demuestra. Sin duda López Obrador tiene un lado pragmático que se manifiesta una y otra vez. Pero ese pragmatismo está detrás de decisiones que bien podrían resultar costosas en el mediano y largo plazos, por ejemplo su acercamiento con Encuentro Social y el Partido Verde, así como sus pactos con grupos más radicales que él. Si bien es difícil pensar en un gobierno exitoso sin una fuerte dosis de pragmatismo, existe el peligro de una sobredosis. Es complicado saber cuál es, en cada coyuntura, la dosis adecuada y en qué temas aplica. De lo que no hay duda es la importancia de valores y principios que permiten ponerle límites al pragmatismo. López Obrador parecería tener valores y principios que evitarán un pragmatismo excesivo, pero sigue presente el riesgo de ser pragmático en temas en los que no conviene. Para muchos, la pragmática decisión de no perseguir actos pasados de corrupción bien podría ser un error de este tipo.

En cuanto a la seguridad, el enorme contraste entre el discurso de campaña y su propuesta ya como presidente para enfrentar este reto, hace evidente el problema que representa el tema para un gobierno de izquierda. Al mismo tiempo, pareciera que con la Guardia Nacional López Obrador, a diferencia de Dilma, ha decidido atender el problema y de forma audaz, si bien está por verse si su estrategia dará resultados. Pero incluso si hay resultados, la reacción de una parte de su coalición dependerá de cómo se logran esos resultados.

 

El ensayo sobre Chile lo escribe Carlos Ominami, quien primero se desempeñó como ministro de Economía y luego fue senador del Partido Socialista. De los errores cometidos por su partido que destaca el autor, dos son relevantes para México. Primero, descuidar la construcción partidaria. Todo el talento y esfuerzo, narra Ominami, se fue al Ejecutivo y al Legislativo, lo que produjo “…un gran distanciamiento entre los partidos y sus representantes en el gobierno y el Parlamento…”. Los partidos “…dejaron de ser los instrumentos a través de los cuales se canalizan y sintetizan las grandes aspiraciones populares…”. Y ello, a su vez, provocó el “…desprestigio de la política…” en general. El segundo error fue ahogar el debate interno, lo cual impidió renovar el proyecto de izquierda después de varios años en el poder.

El descuidar la construcción de Morena como partido es un tema que debiera preocupar a López Obrador. Morena, como ya se dijo, no es todavía un partido, pero tendrá que convertirse en uno. Sin embargo, este proceso se puede dar de muchas formas. Morena se podría convertir en un partido “atrapa todo”, de masas, de cuadros, de notables cada uno con sus seguidores, en un partido dominante o hegemónico, etcétera. Y el tipo de partido en el que se convierta tendrá, a su vez, un enorme impacto en el proceso de reconstrucción del actual sistema de partidos que hoy se encuentra colapsado. No sabemos si López Obrador tiene un proyecto para Morena y de tenerlo cuál es, pero pareciera que sus esfuerzos se concentran en el Ejecutivo en general y la presidencia en particular. En ese sentido, a diferencia de Chile, en el caso mexicano también se corre el riesgo de descuidar al Legislativo, como tal vez lo muestra el episodio de las comisiones bancarias en el Senado.

Por lo que toca al debate interno, no es hoy un problema para Morena. Sin duda hay pluralidad y debates dentro de esta organización. Sin embargo, dada la debilidad de la oposición y a que todo apunta a la victoria electoral de Morena en 2024, la lección chilena será relevante en el mediano y largo plazos. Al mismo tiempo, en su proceso de institucionalización Morena tendrá que mantener el debate interno, pero evitando el error inverso, es decir discusiones excesivas y el surgimiento de tribus confrontadas.

 

El texto sobre Ecuador, escrito por Juan J. Paz y Miño Cepeda, un reconocido historiador y de los pocos autores que no fue un protagonista, también contiene experiencias relevantes para el nuevo gobierno en México, en particular una relacionada al estilo personal de gobernar de Rafael Correa.

Según Paz y Miño, dos aspectos del estilo del entonces presidente de Ecuador fueron contraproducentes. Primero, su excesivo protagonismo. Al ser el propio presidente quien contestaba y daba la cara en todos los temas, se “…desgastó su imagen”. Y segundo, su conflictividad, lo que generó la imagen de un presidente que se peleaba con todo el mundo, en particular con la prensa, lo que “…forjó un ambiente en el cual se afirmaba la idea de un presidente autoritario que atacaba a la prensa libre e independiente…”.

La piedra angular del nuevo gobierno es López Obrador. En ese sentido, su protagonismo, más que inevitable, es visto como fundamental. Hay una clara apuesta a su liderazgo, así como a sus virtudes personales. El que el proyecto llegue a buen puerto pareciera que depende no tanto de políticas públicas acertadas o de una reconfiguración institucional adecuada, sino de la capacidad personal de López Obrador para sacarlo adelante. Uno pensaría que precisamente por ello el riesgo de un protagonismo excesivo que lo desgaste es real, tal y como ocurrió en el caso de Correa según Paz y Miño Cepeda. Al mismo tiempo, en el caso mexicano se trata también de un posible error en la forma en que se entiende el cambio político como producto de la voluntad política del líder. Es decir, se trata más de un problema de voluntarismo excesivo que del estilo personal de gobernar.

En cuanto a los riesgos de un estilo conflictivo, queda claro que se trata de algo relevante para México, como ya se mencionó al hablar del caso argentino. Lo que añade el ejemplo de Correa es la relación belicosa con la prensa. Se trata de un tema delicado para cualquier democracia, pero más en el caso mexicano dado que la relación de los medios con el Ejecutivo siempre ha sido compleja y dista mucho de la que se necesita para el buen funcionamiento de nuestra democracia. Sin duda es algo positivo que el gobierno hable, responda y se defienda. En ese proceso puede haber discusión y debate, se pueden dar incluso simpatías y animosidades. Pero una vez más lo que no se vale es descalificar moralmente al interlocutor, y menos dada la enorme asimetría que siempre existirá entre el presidente y cualquier ciudadano, por más prominente o poderoso que éste sea.

 

El caso salvadoreño, analizado por el ex jefe guerrillero Joaquín Villalobos, también arroja lecciones para México. Primero, el voluntarismo, “…la idea de que la voluntad es más importante que el conocimiento, la inteligencia y la experiencia…”. Segundo, lo que Villalobos describe como la captura del Estado. Si bien todos los partidos usan al Estado para dar empleos a sus militantes, según el autor “…sólo los proyectos de extrema izquierda toman masivamente el aparato de gobierno con sus militantes y arrasan con cualquier vestigio de meritocracia…”. Y tercero, una sobrevaloración de la prevención en el combate a la inseguridad y un diagnóstico equivocado de las causas profundas de la delincuencia.

La fe de Morena en el liderazgo de López Obrador como principal motor del cambio, como ya se dijo, es una apuesta en la diferencia que hace la voluntad política. Sin duda mucho se puede lograr a través de la mera voluntad política, pero no todo; tiene sus límites, si bien a priori no es posible especificar cuáles son. Tarde o temprano López Obrador se topará con estos límites y la pregunta que muchos se hacen es cómo reaccionará.

El tema de la “captura del Estado” por la militancia partidista también está presente en México. Según unos, el principal objetivo de la política de austeridad y la reducción de salarios es una purga del sector público, para después poblarlo con personas leales a Morena. Al mismo tiempo, es innegable que parte importante del crecimiento del aparato burocrático durante los últimos 18 años se debe a una lógica política más que técnica, a través de la cual el PAN y luego el PRI llenaron el gobierno federal con personas afines a su proyecto. En todo caso, lo que todo ello muestra es la ausencia de un verdadero servicio civil de carrera en México.

El tercer error señalado por Villalobos, la sobrevaloración de la prevención, es otro elemento que, según muchos, está presente en la visión que tiene López Obrador de la inseguridad. Asimismo, la idea de que la principal causa de la delincuencia es la pobreza es también parte de su entendimiento del problema. Precisamente porque López Obrador parecía operar bajo estos supuestos es que su decisión, para efectos prácticos, de ceder el control de la seguridad pública a las Fuerzas Armadas ha sorprendido a todos, incluyendo a muchos de sus seguidores. Su nueva postura es una mezcla de sus viejas ideas “progres” con una nueva postura de “mano dura”. El problema es que no queda claro si es posible o sostenible una estrategia de mano dura progre.

 

Sergio Ramírez, quien fuera vicepresidente de Nicaragua durante la primera presidencia de Daniel Ortega, es quien analiza el caso nicaragüense. De los distintos errores cometidos por los sandinistas al llegar al poder, uno de ellos parecería ser relevante para el caso mexicano: el querer gobernar solos. Según el autor, desde “…muy temprano el FSLN decidió que la responsabilidad política de gobernar era en exclusiva suya y éste fue [uno de sus] pecados capitales. No sólo alejó a sus aliados, sino que les estorbó o impidió que formaran o consolidaran partidos de oposición…”. El costo fue, por supuesto, más para el buen funcionamiento de la naciente democracia nicaragüense que para los sandinistas. Pero el sandinismo también perdió, dado que dicha postura los dividió, al obstaculizar lo que para muchos era un objetivo central: la construcción de una democracia estable y funcional.

Queda claro que López Obrador no es responsable del lamentable estado en el que se encuentran los partidos de oposición y menos de asegurar su reconstrucción. Asimismo, no necesita a la oposición para gobernar, ya que controla el Poder Legislativo a nivel federal y cuenta también con el control de buena parte de las legislaturas a nivel local. Morena puede gobernar solo. La pregunta es si le conviene hacerlo. Según Sergio Ramírez es algo que no les conviene ni a ellos ni a la democracia mexicana.

 

La experiencia uruguaya, descrita por Cassio Luiselli, uno de los pocos autores mexicanos y también de los pocos que no fueron protagonistas, es en cierto sentido un caso aparte, al ser probablemente el gobierno de izquierda más exitoso y que menos “errores” ha cometido. En ese sentido las lecciones que el autor destaca son más bien variables que ayudan a entender su éxito relativo y sostenido.

Tres de las variables que Luiselli enfatiza son relevantes para el actual gobierno en México. Primero, una relacionada a la cultura política. Según el autor la coalición del Frente Amplio “…ha podido funcionar y forjar consensos gracias al talante democrático, la civilidad y madurez política propia de los uruguayos…”. Segundo, un tema de entorno económico. El éxito económico de Uruguay durante casi dos décadas es, en parte, producto del auge de las materias primas demandadas por China. Dicho auge se dio en todo Sudamérica, lo que a su vez produjo un boom turístico para Uruguay, además del de commodities. Y tercero, el prudente y atinado manejo de la política macroeconómica.

En el caso mexicano López Obrador no ha tenido la suerte de llegar al poder en un contexto de bonanza económica, sin embargo su promesa de prudencia en el manejo de las finanzas públicas, así como su compromiso de mantener la estabilidad macroeconómica, han sido una constante a lo largo de su trayectoria política. Al mismo tiempo, decisiones puntuales como la cancelación del aeropuerto en Texcoco hacen a muchos dudar de si, en efecto, será prudente, por lo que la incertidumbre se mantiene a niveles que no le convienen al propio López Obrador. Claramente es un tema que el nuevo gobierno tiene presente e intenta administrar. Y muchos dirían que, a la fecha, ha logrado administrarlo con cierto éxito, logrando que le den el beneficio de la duda la mayoría de los inversionistas. Donde sí se enfrentan serios problemas es en la parte de cultura política. Es difícil hablar del “talante democrático, la civilidad y madurez política de los mexicanos”, de todos los mexicanos, tanto los que apoyan al nuevo presidente, como los que no.

 

Finalmente, antes de concluir vale la pena mencionar un “error” cometido por prácticamente todos los gobiernos de izquierda que formaron parte de la “marea rosa”: el de la corrupción. Todos estos gobiernos presumían su inmunidad ante este viejo azote latinoamericano. Sin embargo, prácticamente todos, tarde o temprano, en mayor o menor medida, sufrieron escándalos de corrupción e incluso algunos perdieron el poder, en gran parte por culpa de dichos escándalos. Por diversas razones, en todos estos gobiernos no detectaron el problema y si lo hicieron no lo atendieron en tiempo y forma.

Esta lección general es también de la mayor relevancia para el caso mexicano. La aplastante victoria de Morena el pasado 1 de julio se explica, en parte, por el hartazgo ciudadano frente a la corrupción. López Obrador armó su narrativa de campaña alrededor del tema, argumentando que se trataba del principal problema que enfrentaba el país. Asimismo, en lo personal, siempre se ha presentado como inmune ante estas tentaciones. Claramente la mayoría de la gente comparte su postura respecto a la corrupción como un reto central y cree en su honestidad personal. Pero precisamente eso es lo que lo hace vulnerable ante posibles actos de corrupción en el futuro y más si no son detectados o atendidos. Si algo muestran prácticamente todos los recientes gobiernos de izquierda en Latinoamérica es eso, su particular vulnerabilidad a escándalos de corrupción. Esperemos que el de López Obrador sea la excepción.

 

No hay la menor duda de que el nuevo gobierno en México puede aprender de las experiencias de la “marea rosa” en América Latina. Hay, en ese sentido, una ventaja política en el atraso. Al mismo tiempo, es necesario reconocer que nada de esto es ni obvio ni fácil.

En primer lugar, hay ambigüedades en las lecciones identificadas que complican el aprendizaje. Para empezar, no todos los errores apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, en el caso de Chile y Brasil pareciera que el error fue una cautela y pragmatismo excesivos. Pero en el caso de Argentina y Bolivia demasiada ideología y posturas maximalistas. ¿Cuál es, entonces, la lección para México? El reto, como casi siempre, es encontrar el equilibrio adecuado en las circunstancias y es probable que dicho equilibrio requiera de ajustes constantes.

Otra ambigüedad tiene que ver con el contexto político, social y económico en el que tuvieron que operar los gobiernos de la “marea rosa”. Por más que la victoria electoral de las izquierdas haya sido contundente en estos países, son todas sociedades caracterizadas por una enorme concentración de poder político y económico, así como marcadas por una gran desigualdad. Por ello, en todos los casos la resistencia al cambio fue real. No se trata de complots imaginados, sino de una genuina oposición. Ante esta realidad, ¿cuál debe ser la estrategia de un nuevo gobierno de izquierda? Sin duda hay que enfrentar a la oposición y vencer la resistencia. Pero, ¿cómo evitar la confrontación en este contexto o un discurso con tintes maniqueos? El problema, nuevamente, es uno de frágiles y dinámicos equilibrios, ya que la línea entre enfrentar y confrontar no es obvia, y el maniqueísmo es difícil de evitar al calor del debate político en un contexto de polarización.

Además de señalar estas ambigüedades, es necesario hacer una serie de precisiones adicionales. Es posible agrupar a los países analizados bajo dos grandes rubros. Por un lado, los gobiernos que podrían ser caracterizados como “socialdemócratas”, por ejemplo Chile y Uruguay. Por el otro, los que adoptaron, en mayor o menor medida, el modelo “Bolivariano”, por ejemplo Ecuador y Bolivia. El problema es que es difícil ubicar a López Obrador en estos términos, ya que no parece tener en mente ningún “modelo”. Al mismo tiempo, si uno está empeñado en encontrar rasgos “bolivarianos” en el nuevo gobierno, uno los encuentra. Pero también es posible identificar elementos “socialdemócratas”. Esta dualidad es, en parte, producto del perfil de Morena, una coalición que agrupa a socialdemócratas y bolivarianos, junto con visones más locales como podría ser la “nacionalista revolucionaria”. Esta dualidad es también producto de un líder, Andrés Manuel López Obrador, que teniendo ideas fijas es poco ideológico.

A la par de identificar los caminos socialdemócrata y bolivariano es necesario manejar por separado el tema del populismo. Es decir, hay retos que tienen que ver con el populismo per se independientemente de que sean gobiernos de izquierda, ya sean socialdemócratas o bolivarianos. En particular, dos temas son relevantes: el maniqueísmo y el antipluralismo. Ambas posturas son rasgos típicos del populismo y estuvieron presentes en varios de los gobiernos de la “marea rosa” que, independientemente de que eran de izquierda, fueron populistas.

Otra precisión necesaria es que las lecciones arriba enumeradas son a “toro pasado”, recomendaciones de qué no hacer por parte de protagonistas después de haber hecho lo que hicieron. Dado que muchos de los errores los cometieron los propios autores o sus colegas en el gobierno, hay un reconocimiento implícito de que, inmerso en la abrumadora tarea de gobernar, no es fácil tomar distancia, ser crítico y darse cuenta de que uno podría estar cometiendo un error.

Relacionado con el punto anterior, es también importante señalar que todas las lecciones están abiertas a discusión. Es decir, es probable que existan otros protagonistas de dichos gobiernos que no compartan, incluso a toro pasado, la perspectiva de los autores. Además, son temas a debate por ser, muchos de ellos, viejas polémicas dentro de la izquierda en general, como por ejemplo el tema del “voluntarismo”.

Un ejemplo de cómo una misma estrategia puede ser interpretada como error o acierto la ofrece el caso chileno al compararlo con el mexicano. Según Ominami, un error de la izquierda chilena fue no aprovechar la energía democrática generada por el referéndum en contra del autoritarismo lo que significó la continuidad de “…un marco constitucional autoritario, centralista y neoliberal…”. Pero muchos en México señalan como error de Morena precisamente el abuso de su legitimidad democrática y mayoría. La constante referencia a su contundente victoria en las urnas, su insistencia en eliminar todo vestigio del proyecto “neoliberal” y, en general, la prisa que muestra el actual gobierno, pareciera ser un intento de aprovechar la energía democrática generada por la elección del 1 de julio. Sin embargo, al comparar el caso chileno y mexicano, uno podría concluir que el tema no es tanto el de aprovechar o no la energía generada por un proceso democrático, sino más bien el dilema, siempre presente, de cómo interpretar un mandato democrático. La energía generada en cualquier proceso democrático no es necesariamente homogénea ni unidireccional; requiere ser interpretada y puede ser malinterpretada.

Finalmente, es necesario reconocer el contexto amplio occidental en el que se da tanto la “marea rosa” como ahora la victoria de López Obrador en México. Varios de los ensayos mencionan el contexto económico, es decir el boom de commodities, como un factor clave en la historia de estos gobiernos. Pero probablemente uno tendría que añadir que su llegada al poder se da también en el contexto de una cierta crisis de la izquierda a nivel occidental. No obstante el enorme éxito del proyecto socialdemócrata a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, el modelo parecería estar estancado. Para muchos, la izquierda se convirtió en una “máquina” que daba resultados usando al sistema sin transformarlo, lo que llevó al desencanto de muchos de sus seguidores quienes promovieron la idea de una izquierda que, como “movimiento”, cambiara el sistema para dar más resultados. Es precisamente esta segunda lectura que vio en la “marea rosa”, sobre todo en el experimento “Chavista”, un nuevo camino, un nuevo modelo. A toro pasado, queda claro que la distancia y la falta de conocimiento permitió, desde Europa, idealizar lo que ocurría en Latinoamérica.

Además de un estancamiento del proyecto socialdemócrata en Europa, otro elemento del contexto amplio que es necesario tomar en cuenta y más para el caso mexicano, es el de la crisis de la democracia liberal en términos más generales, ya sea en su variante neoliberal o socialdemócrata. Queda claro que parte de los problemas y retos que hoy se enfrentan no sólo son de la izquierda, sino del modelo político dentro del que ha operado desde la posguerra, es decir la democracia liberal, representativa y constitucional. Sin embargo, esa crisis que se empezaba a asomar cuando inicia la “marea rosa” realmente estalla cuando Morena y López Obrador llegan al poder en México.

 

El título del presente texto hace referencia al famoso libro del economista ruso-americano, Alexander Gerschenkron, Economic Backwardness in Historical Perspective, que analiza las ventajas que tuvo el atraso económico para varios países en su proceso de industrialización. Si bien esas ventajas son reales, también hay que reconocer, como dice el propio Gerschenkron en la introducción de su libro, que “…ninguna experiencia pasada, sin importar su riqueza, y ninguna investigación histórica, independientemente de su profundidad, permiten evitar el trabajo creativo que le corresponde hacer a cada generación para encontrar sus propias respuestas y darle forma a su propio futuro…”. Ahí están las lecciones de qué no hacer derivadas de las experiencias de los gobiernos de la “marea rosa”. Vale la pena, como mexicanos, tomar nota y aprender de estas experiencias. Pero ello tristemente no nos exenta de hacer el “trabajo pesado” que corresponde para lograr (o resistir) el cambio propuesto por López Obrador.

 

Javier Tello Díaz
Analista político.


1Qué (no) hacer. Lecciones de los gobiernos latinoamericanos de izquierda”, nexos, diciembre de 2018.

2 En el análisis que se ofrece a continuación no se incluye la Venezuela de Maduro por considerar que no es relevante para México.

 

Un comentario en “Ruta de riesgos.
Las ventajas políticas del atraso

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