Ante un cuadro de Fragonard, Denis Diderot se dispuso a reescribir la alegoría de la caverna. El crítico no describía el cuadro. Se dejaba seducir por el lienzo para seguir sus indicios. Comenzaba contando con fidelidad el mito platónico: una multitud de hombres, mujeres y niños bajo encierro contemplan la proyección de sombras sobre las paredes. Como en el relato original, la humanidad es presa de la percepción. Pero la fábula de Diderot está impregnada de una carga política adicional. Las sombras eran, en realidad, una tortura de los poderosos. Los reyes, los curas, los ministros, los doctores, los profetas, los apóstoles, los teólogos, los políticos, los charlatanes engendraban las figuras que idolatramos como si fueran la realidad. Los traficantes del temor y la esperanza idiotizaban con leyendas. Provocaban risa y llanto. Y con esas reacciones sometían a la humanidad. La caverna de Diderot no mostraba, como la otra, los defectos de la razón. Denunciaban las trampas de los poderosos.

Ilustración: José María Martínez

Desde su primer libro Diderot supo que el escándalo sería su compañía. Como advertencia a sus lectores pidió a su editor que agregara una leyenda en latín en la portada: “Piscis hic non est omnium”. Este pescado no es para todo mundo. No lo firmó. Pensamientos filosóficos apareció en 1746 como un escrito anónimo. A pesar de su título, no era una meditación propiamente filosófica. Se trataba de la refutación de un escéptico a los Pensamientos de Pascal. Contra su angustiosa metafísica, el sentido común. Frente al Absoluto, la sensualidad. ¿Qué dios buscaría el tormento eterno de sus criaturas?, pregunta en uno de sus párrafos. ¿Encontraría placer ese dios al bañarse en nuestras lágrimas? La infinita crueldad del personaje de la ficción bíblica le resultaba tan absurda como la condena que se hacía de nuestros apetitos. La pasión no es el enemigo, es el motor de todos nuestros placeres, la fuente de lo sublime. La Iglesia, ese patronato de la hipocresía, nos quiere monstruos que no sienten nada, que no aman nada, que no viven nada. A los dogmáticos los combatía con una sencilla invitación a pensar. Lo temible no es la inexistencia de Dios. Lo aterrador es que Dios sea el que nos pintan.

El libro se benefició pronto de la publicidad de la hoguera. Turgot, el gran economista y amigo de Diderot, supo ubicar el talento de su autor. No era un libro erudito. La erudición aburre hasta a los profesores. La metafísica fastidia a cualquiera, pero no hay escapatoria frente a la punción de una pregunta. Diderot reta al lector al confiar en su inteligencia. No impone una razón, la incita en otros. Ese es su veneno. Si es tan peligroso, insiste Turgot, es porque la pócima de Diderot es la más placentera, la más gratificante. De boca en boca se transmite el aire venenoso del escepticismo.

Si fue un perseguido, es cierto que también fue cortejado por el poder. Durante cuatro meses vivió en San Petersburgo, al servicio de Catalina II. La veía varias veces a la semana. El filósofo hablaba de la urbanización y de las calles, de la elección de los reyes, de pintura y de la igualdad natural, de la educación gratuita y del fin del despotismo. A la emperatriz le encantaba la conversación del francés. Por supuesto, no le convencían sus ideas. “He escuchado con enorme placer toda la inspiración que brota de su mente brillantísima. Pero toda su magnífica filosofía, que entiendo muy bien, funciona maravillosamente en los libros y muy mal en la práctica. […] Usted trabaja en el papel, que todo lo admite. Suave y flexible, no presenta obstáculo a su imaginación o a su pluma. Pero yo, una pobre emperatriz, trabajo sobre la piel humana, que es mucho más irritable y sensible”. Más que consejero, Diderot era un adorno.

Tal vez por la persecución y el desprecio de sus contemporáneos escribió para el cajón. A la imprenta destinaba sólo lo inofensivo, lo pasajero. En un baúl depositaba lo explosivo. Pensaba que la posteridad era al filósofo lo que el cielo es al hombre de fe. Ahí estaba la salvación que le interesaba. Imaginaba sus cenizas enredándose al polvo de su amante, pero sobre todo imaginaba el tiempo en que sus ideas pudieran aflorar. Su mente es un horno que todo lo quema llegó a decir Voltaire. El autor de La carta sobre los ciegos estaba convencido de que cocinaba para otro tiempo. Poco compartió con sus contemporáneos. Reservó las mejores creaciones de su estufa para la posteridad. Al cumplir 60 años contrató copistas para formar tres colecciones de sus manuscritos. Eran su apuesta de eternidad. Sobrepasan en mucho a todo lo que publicó en vida. Novelas, diálogos, cuentos pornográficos, ciencia ficción, sátiras en los que pueden verse anticipos de la selección natural de Darwin, del complejo de Edipo de Freud, del realismo de Balzac y de la lucha de clases de Marx.

Andrew Curran ha publicado recientemente una biografía del legendario editor de La enciclopedia. La titula Diderot y el arte de pensar libremente. Pinta a un hombre que, después de haber padecido cárcel, imaginó a la posteridad como su aliada. Sus contemporáneos pudieron leer las muchas entradas de ese inventario de todos los saberes que buscaba cambiar el pensamiento de la humanidad. Pero sus apuntes sobre la autoridad política, el derecho natural, la ciudadanía o la tolerancia no eran particularmente osados. La audacia quedó en el abultadísimo archivo de sus inéditos. Confiaba en que su lector estaba por nacer. En su Ensayo sobre los reinados de Claudio y Nerón, Diderot dejó escrita una línea: “Uno solamente se comunica con fuerza desde el fondo de la tumba. Ahí es donde el autor ha de imaginarse. Es desde ahí que uno debe escribirle a la humanidad”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

2 comentarios en “Desde el fondo de la tumba

  1. “Escribir desde la tumba” es aconsejable para quienes buscan trascender, no para los que escriben a cambio de modestos ingresos para vivir. Para él, no tener espacio para publicar puede ser su tumba literal (para regocijo de algunos). En cuanto a Dios, el error más persistente en pensar en él como “ente”, no como símbolo. Pensado como ente, quedamos trabados en aporías teologizantes. Si lo pensamos como símbolo, la cuestión es símbolo de qué. Me allano a la definición de Viktor Frankl: “Hablar sinceramente con uno mismo; tal es la experiencia cifrada en la palabra Dios”.

  2. Lo temible de cualquier dios es que son el límite de la inteligencia, de la libertad de pensar, de la lógica y de la razón.