México llevaba años con un Estado en franca rebelión contra sí mismo. La obsesión generalizada con la transparencia —aunque significara atar de manos a la burocracia— fue quizá su síntoma más importante pero hubo, además de eso, una propensión recurrente a provocar escándalos dirigidos desde el gobierno para hacer alarde de su rebelión contra sí mismo. La encarcelación de líderes corruptos, desde La Quina a Elba Esther, fue un síntoma de esa tendencia. Aún así, y pese a los éxitos publicitarios esporádicos, esta guerra del gobierno contra sí mismo fracasó, y en julio del año pasado se hundieron los tres principales partidos políticos hasta un punto en el que incluso su supervivencia está en duda.

Entró, a su vez, un líder social, a la cabeza de un movimiento, convertido en un cuasipartido político, controlado directamente por él e identificado cada vez más con el Estado. El elegido a la presidencia se vuelve de inmediato en el depositario de una buena fe generalizada. Muchísima gente que no votó por él lo apoya. Mucha gente que votó por él lo hizo sin estar de acuerdo con sus ideas. ¿A qué se debe esa buena fe? ¿A qué se deben esas ganas de creer? Cuando le he preguntado esto a amigos y parientes usualmente escucho dos clases de respuestas: primero, todos queremos que a México le vaya bien; y segundo, México necesitaba un cambio. Cuando le rascas, esta última fórmula usualmente significa que el Estado entero ya se había vuelto sospechoso. Era ya necesario hacer una revuelta profunda contra el Estado, aunque fuera desde el Estado.

Ilustración: Patricio Betteo

Esa rebelión la está capitaneando el presidente de la República, con todo el poder del Estado detrás, y vale la pena explorar la forma de esa revuelta, aunque sea de manera provisional. Apunto algunas ideas.

A mi parecer, las mayores cualidades de Andrés Manuel López Obrador desde su elección han sido a) demostrar a diario sus ganas de ser presidente (a diferencia de su antecesor), b) organizar su presidencia como una dramatización cotidiana de esas ganas de trabajar (levantar a todo su equipo a las cuatro de la mañana, hacer conferencias mañaneras, arremangarse y ponerse a chambear), y c) demostrar rutinariamente su seguridad personal en el anonimato de la calle, comunicando así su confianza en que el pueblo lo cuida (viajando en aviones comerciales, parándose a la orilla de la carretera para tomar una agua fresca, saludando de mano a la gente en la calle, rechazando un cuerpo de seguridad que lo divorcie de las personas).

Ese acercamiento físico a la gente, que luego figura e identifica como “pueblo”, se expresa también de manera verbal en su uso de un lenguaje que es a la vez propio y común, y en el uso y abuso de una lógica sanchopancesca (“no construir la refinería de Dos Bocas como vender naranjas y comprar jugo de naranja”). Ese acercamiento, decía, aparta al presidente de la opinión general sobre el Estado. La cara pétrea del Estado ha sido, hasta ahora, la de un burócrata, que le exige a los huérfanos copia certificada del acta de matrimonio de sus padres. En un país donde la mitad de la economía es informal el Estado es figurado como un cuerpo que no escucha, y que pide y pide, sin diálogo humano posible, a no ser en aquel instante sórdido, demasiado humano, en que el burócrata mira al huérfano a la cara y negocia algún acto de corrupción. Es ese el “momento humano” del burócrata, en la opinión común respecto del Estado.

Y ahora tenemos a un presidente cercano, humano, con lenguaje y sentido común, al mando justamente de ese Estado distante e inhumano. Además, López Obrador está al frente del gobierno de un país que tiene fe en el Estado, que cree que si México tuviera un buen presidente se resolverían todos sus problemas. Que cree que todos sus problemas provienen del Estado. Que imagina que la sociedad es buena y el Estado es malo. Las mayorías han terminado por hacer suya la imagen del Estado todopoderoso, que por tantos años han vendido por igual intelectuales y periodistas, y todos los políticos de oposición, con Andrés Manuel López Obrador a la cabeza. Y ahora ese presidente tan y tan humano quiere gobernar.

Lo que sucede entonces, y lo estamos viendo desde el 1 de julio, es una forma de mando que tiende a la destrucción del Estado desde el Estado en su centro mismo. Sólo que esta clase de teatro de autodestrucción ya no es, como antes, un ritual de ablución sexenal (como encarcelar a La Quina o a Elba Esther), sino una práctica cotidiana. Día a día López Obrador se lanza, ristre en mano, contra alguna institución estatal. Quita la Guardia Presidencial. Le regala Los Pinos al pueblo. Cancela un aeropuerto. Cierra gasoductos. Desaparece estancias infantiles. Termina con la autonomía universitaria. Y cuando no cierra, amaga. Hay mafia de científicos. Hay cloacas en la CFE. Hay derroche en el INEGI. El presidente cuando no cierra, amaga.

El resultado de esta rebelión del Estado contra sí mismo está todavía por verse. Por lo pronto, la fuerza de la presidencia pareciera depender de su canibalización del Estado. Es la imagen de Saturno devorando a sus hijos.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

2 comentarios en “Saturno devorando a sus hijos

  1. Me recuerda más bien a la Hidra de Hércules. Cada vez que corta una cabeza le salen más, es una empresa titánica indudablemente acabar con esta Hidra a la mexicana.

  2. El mito de “Saturno devorando a sus hijos” encaja más bien en el terror al paso del tiempo de quienes votaron por AMLO: votaron por él para empezar la historia de nuevo.