Aparecen en la prensa de vez en cuando noticias sobre prácticas de vudú asociadas a muertes inexplicables, animales torturados, personas sometidas misteriosamente, ritos siniestros. Siempre en la nota roja, por supuesto. Y no es difícil encontrar anuncios de gente que ofrece servicios de vudú, para el amor por ejemplo, alguno ofrece “vudú negro”, que es más potente, pero más peligroso. Se reconoce de inmediato el vudú por la muñeca de trapo atravesada de alfileres. El resto del repertorio está en las películas: gallos decapitados, bailes extáticos, adornos estrafalarios y, desde luego, zombis.

El público europeo supo por primera vez del vudú en 1884, por la publicación del libro Hayti, or the Black Republic, de Sir Spenser Saint John, que había sido representante de su majestad en la isla. Su relato atrapó de inmediato la imaginación de la gente, tanto que algunos de los rasgos por los que reconocemos el vudú vienen de allí.

Ilustración: Estelí Meza

Saint John habla de una secta que adora a una serpiente, y cuyos adeptos, todos negros, se reúnen para celebrar sus ritos en secreto, de noche. Los sacerdotes entran en trance, hablan en nombre de los dioses, hacen predicciones y sacrifican a algún animal: gallos, chivos. A continuación, todos beben la sangre, se emborrachan y participan de un baile frenético hasta que caen entre convulsiones, mientras en la oscuridad se practica descaradamente la prostitución.

Es aproximadamente lo que todos sabemos del vudú, lo que hemos visto en las películas. Los sacerdotes se ponen nombres ridículos, como Papaloi o Papa Boco, usan sombreros de copa, collares aparatosos, medallas, llevan una vida depravada porque inspiran miedo, nadie se atreve a negarles nada; y como lo más cercano a la felicidad para los negros es el alcohol, viven alcoholizados. Saben de hierbas con las que pueden provocar la muerte o la locura, parálisis, impotencia, idiotismo.

Según Saint John, todos en Haití saben que los fieles del vudú practican el canibalismo: una costumbre, dice, de numerosas tribus africanas, que los negros llevaron al Nuevo Mundo. En sus rituales son frecuentes los sacrificios humanos, sobre todo de niños, para después comulgar todos con su carne. Cuenta con todo detalle la historia de una niña de 11 años, raptada por sus tíos para ofrecerla en sacrificio: cuenta cómo estrangularon a la pequeña Claircine, y la degollaron, y bebieron su sangre; para terminar el festejo, prepararon con su carne un guiso con frijoles y con su cabeza hicieron sopa de ñame. Sucedió en 1863, según se lo contó un diplomático español.

La descripción general del culto está copiada del libro de Moreau de Saint Méry, de 1797. Pero todo lo que se refiere al canibalismo es de primera mano, de las conversaciones de los miembros del cuerpo diplomático acreditado en la isla. Menciona también el testimonio de la viuda de un misionero, que dice que en el interior son constantes los sacrificios humanos, y que en el mercado se vende normalmente carne humana.

El libro de Moreau de Saint Méry no es tan colorido. El título dice lo suficiente: Descripción topográfica, física, civil, política e histórica de la parte francesa de la isla de Santo Domingo. Allí no hay caníbales. Aunque sí aparece el culto vaudoux: las reuniones secretas, sólo de negros, los accesos de frenesí. Concluye diciendo que “nada es más peligroso, bajo cualquier aspecto, que el culto del vudú”, que puede resultar un arma temible. No es extraño: escribe precisamente durante la rebelión de los esclavos —las reuniones secretas de los negros son una amenaza.

La realidad es menos emocionante. El vudú es una religión como otra cualquiera, y se espera de ella lo mismo que se espera de las demás. La mayoría de sus elementos, los nombres de los espíritus, el orden de los rituales, corresponden a los de los Fon y los Yoruba de Dahomey y el Golfo de Benín, aunque con el tiempo se han mezclado con imaginería católica, también con residuos de la experiencia del ejército: banderas, insignias. No hay una teología vudú ni una mitología, ni siquiera el intento de una conciliación intelectual con el catolicismo. Los loa, los misterios, los santos, se distribuyen en dos familias claramente distintas, una más doméstica y cotidiana, rada, y la otra más poderosa, petro. El vudú refleja las preocupaciones de una sociedad campesina: la pobreza, la enfermedad, la incertidumbre, y alimenta una religiosidad práctica y resignada.

Los ritos eran secretos cuando eran juntas de esclavos, durante la colonia, o durante la guerra de independencia, o cuando los perseguía la iglesia católica. Aparte de eso, no tienen nada de misterioso ni terrible. Los hungan viven de vender servicios místicos, filtros, talismanes. Pero casi todos los turistas que visitan Haití quieren ver ceremonias orgiásticas y crueles, de modo que se han organizado algunas así; hay excursiones, los sábados por la noche, para que los viajeros puedan presenciar un auténtico rito vudú —copiado de los de las películas.

Sir Spenser Saint John fue después enviado especial ante el gobierno de México, pero por lo visto no encontró inspiración para otro libro.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.