El personalismo, en principio, no tiene ningún signo ideológico. Es un fenómeno que se encuentra tanto en la izquierda como en la derecha. Parecería ser una forma neutra de hacer política. ¿Qué hay de malo en el culto a un líder, si se trata de un político democrático, idealista y comprometido con las mejores causas? ¿No era, por ejemplo, Winston Churchill uno de esos prohombres que llaman a la veneración? El liberalismo siempre ha visto con hostilidad al personalismo, pero las razones de ello no son del todo evidentes. ¿Deberíamos tener un problema con el estilo personal de gobernar caudillesco en una democracia? Si el líder encarna nuestros anhelos más profundos, nuestra esperanza en un mundo mejor, ¿por qué no seguirlo, venerarlo incluso? Tal vez el liberalismo entiende a la política en clave escéptica. Se debe dudar siempre del poder aunque sus detentadores estén imbuidos de las mejores intenciones y de una legitimidad democrática impecable. Para el liberalismo hay una dimensión del poder que debe estar despersonalizada: debe residir en instituciones anónimas. Sin embargo, hay más. Existe en el culto al líder un elemento de abyección, de sometimiento del individuo que lo profesa o lo consiente, que choca con el espíritu democrático —pero también aristocrático— del liberalismo. Quien acepta los rituales personalistas del caudillo se degrada a sí mismo. El culto al líder a menudo se justifica en un inicio como un medio eficaz para llegar a un fin: la consecución de un ideal. En dictaduras todo esto es mucho más evidente. En los años treinta del siglo pasado muchos comunistas sinceros y honestos creyeron que Stalin encarnaba la posibilidad de instaurar un mundo nuevo. Después, sin embargo, el culto al líder pervirtió el ideal. Así en 1939 los sorprendidos comunistas descubrieron que los nazis ya no eran, decía Stalin, la peor amenaza a la URSS. El líder había firmado un pacto de no agresión con Hitler. Los enemigos se volvieron amigos. Los acólitos debían redirigir su hostilidad hacia otros blancos más convenientes. Lo que los comunistas hubieran pensado del nazismo no importaba ya. La lealtad se transfirió a una persona. El Padre de la Patria Proletaria pudo emanciparse de las ideas, de los proyectos que un día abrazó, e incluso proseguir un camino exactamente opuesto sin que la mayoría de sus seguidores lo repudiaran.

Belén García Monroy

Para el mejor teórico de los Grandes Hombres, el poeta escocés Thomas Carlyle, los reparos del liberalismo no son sino mezquindad pura, la incapacidad de reconocer nuestra manifiesta inferioridad frente a los héroes. Como señaló Jorge Luis Borges en su breve, pero magnífica, introducción a las conferencias que Carlyle pronunció en 1840: “la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”.1 En efecto, Carlyle señaló que la Historia Universal, “el relato de lo que ha hecho el hombre en el mundo, es en el fondo la Historia de los Grandes Hombres que aquí trabajaron. Fueron los jefes de los hombres; los forjadores, los moldes y, en un amplio sentido, los creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad. Todo lo que vemos en la tierra es el resultado material, realización práctica, encarnación de Pensamientos surgidos en los Grandes Hombres”. Creer que el destino común es producto de despersonalizadas instituciones y del anónimo actuar de modestos ciudadanos es una pedestre quimera. En efecto, “todos amamos a los grandes hombres; los amamos y nos posternamos humildemente ante ellos, porque es lo que más dignamente nos humilla. El verdadero hombre siente su superioridad al reverenciar lo que realmente le supera. El corazón no abriga sentimiento más noble ni bendito. Me complace observar que ni la lógica escéptica, ni la vulgaridad general, ni la hipocresía y aridez de cualquier época, pueden destruir esta noble lealtad innata, esta veneración arraigada en el hombre”.

El personalismo siempre es una amenaza latente para la democracia liberal. No es una casualidad que las recientes regresiones autoritarias que tienen lugar en distintas partes del mundo, como Polonia, Hungría y Rusia estén presididas por líderes personalistas. Esos retrocesos no son el producto de condiciones sociales inexorables sino, en buena medida, de liderazgos carismáticos: Kaczynski, Orban y Putin. Grandes Hombres. En el centro de la autoridad personalista hay una implacable lógica política que atenta contra la democracia. Carlyle lo vio con claridad: “Bien puede reconocerse como el más importante entre los Grandes Hombres aquel a cuya voluntad deben someterse y aceptar legalmente los demás, gozando de bienestar por ello; es resumen de todas las figuras del Heroísmo… Si logramos hallar en un país cualquiera el hombre más Capaz existente en él y lo elevamos al supremo sitial reverenciándolo lealmente, obtendremos el gobierno perfecto, pues ni las urnas electorales, elocuencia parlamentaria, sufragios, constitución ni otro mecanismo, podrán perfeccionarlo. Más Capaz quiere decir de corazón más sincero, justo y noble; precisamente por eso es lo más prudente y oportuno será lo que nos diga hagamos, cosa que en ningún otro sitio y en manera alguna podríamos saber, debiéndolo hacer con justo y leal agradecimiento, sin vacilar, puesto que nos interesa”.

Borges exhibió el garlito: “una vez postulada la misión divina del héroe, es inevitable que lo juzguemos (y que él se juzgue) libre de obligaciones humanas… Es inevitable también que todo aventurero político se crea un héroe y que razone que sus propios desmanes son prueba fehaciente de que lo es”. Tiene razón Jorge Luis Borges.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Carlyle, Emerson, estudio preliminar de Jorge Luis Borges, De los héroes. Hombres representativos, México, Conaculta/Océano, 1999.