Este ensayo pone de manifiesto una tesis poco explorada en la historiografía de la conquista emprendida por Hernán Cortés: la trascendencia de las alianzas indígenas con los españoles para lograr la caída de la legendaria ciudad de Mexico-Tenochtitlan.

Frente al fenómeno de la conquista de México, con sus protagonistas, Cortés, Malintzin, Moctezuma y Cuauhtémoc, se expresan tortuosamente y en última instancia todos los prejuicios y complejos de sus observadores, nacionales y extranjeros.

En este 2019 se cumplen 500 años del arribo de Hernán Cortés a México. Que partió de Cuba el 18 de febrero y llegó a Cozumel el día 27.

Ilustraciones: Izak Peón

El explorador llegó a la isla y los mayas del lugar, que tuvieron culto a la sal, y por contraste, productores de miel, protegidos por su deidad Ah Muzenkab, huyeron a los montes abandonando su pequeño poblado cuando vieron aparecer en el horizonte 11 flamantes navíos.

Días después la flota española subió hasta el Cabo Catoche y bordeó la península de Yucatán hacia el oeste, para seguir por la costa del Golfo de México.

En su travesía Hernán Cortés confirmó de pueblo en pueblo hasta llegar a Centla que en la zona maya no había oro.

Al llegar hasta la desembocadura del caudaloso río Grijalva, nombrado así por su antecesor de viaje un año antes, Juan de Grijalva, entró en el poblado chontal de Centla el 22 de marzo. Y tres días después, el 25, por enfrentamiento y desacuerdo con los nativos, entabló batalla con una multitud de guerreros emplumados y ataviados a su propia usanza, que danzaban frenéticos al son de tambores y caracoles. Cerraban un camino que llevaba a la plaza. Una multitud de guerreros con rostros embijados de negro y con grandes halos de plumas coloridas, bailando en efecto una violenta danza de guerra. Habían sido prevenidos por sus aliados de Champotón, a pocas leguas al este, de que los advenedizos llegaban sospechosamente en muchas naves y que ellos habían tenido que enfrentarlos dos años antes cuando desembarcara en sus costas la flota de Francisco Hernández de Córdoba.

La batalla de Centla, que duró algo más de dos horas, dejó tendidos alrededor de 900 indígenas muertos —¡las exageradas crónicas hispanas señalaban, cuando menos, 12 mil!

La insistencia del capitán extremeño de hacer una escala y descansar en la aldea; de aprovisionarse de agua y alimento y de vengar la derrota sufrida por su antecesor, más la oposición de los lugareños, disparó el encuentro. Los escuadrones cerrados de chontales eran blanco infalible para arcabuces y escopetas. A cada descarga caían muchos. Los guerreros echaban polvo al aire para que no se vieran ni las bajas ni el arrastre de cuerpos y las escuadras se volvían a cerrar.

Tabscoob era el cacique de Centla, y una vez derrotado en la pelea, el día 15 de abril regaló al vencedor 20 mozas principales, por pretextar que los visitantes carecían de mujeres “que les echaran las tortillas”. Pero ello no era eso sino el resabio de antiguas costumbres tribales: mujeres para el vencedor, a fin de casarlas con ellos y lograr una alianza.

Entre ellas, que fueran las primeras bautizadas por el clérigo Bartolomé de Olmedo bajo el rito cristiano, iba la célebre (después “barragana” del marqués), Malintzin, “la Malinche”, nombre que pronunciaron así los españoles, con una ch que sustituía a la tz del idioma náhuatl. Después apodarían al propio Cortés con este nombre.

La expedición prosiguió hasta llegar el 21 de abril a Chalchicuecan, sitio que después fue nombrado como la Villa Rica de la Vera Cruz. Y de este modo se corregía el error de haber considerado en Cozumel las esculturas mayas del árbol de la vida como cruces cristianas. Confusión que quizás significara un intento de encontrar símbolos conocidos en un mundo tan extraño.

En Veracruz la recepción fue pacífica. Quizá los mayas que antes visitaran habían inferido de conversaciones con los náufragos de 1511, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, los propósitos de los españoles en las Antillas. Y ahora en los pueblos mesoamericanos.

Pero esta vez, en la escala veracruzana, se había concebido la conquista. En el reino totonaca-veracruzano de Cempoala, con su inteligente cacique Cuauhtlaebana, apodado por los visitantes como “el cacique gordo”, y con la intervención traductora de Malintzin, fue posible la primera alianza de reinos indígenas con Cortés, quien de inmediato se propuso arribar hasta el Valle de México donde se asentaba la metrópoli gobernante de casi todo el territorio mesoamericano.

Hernán Cortés y sus hombres, perdidos en la selva del sureste y enfrentados a grupos de lenguas diferentes, encontraría en una mujer de la tierra una tabla de salvación. Fue la Malinche la guía lingüística de la expedición. Singular personaje que merece ser considerado como la mujer del continente: se enamoró de Cortés; se convirtió a la hispanidad católica; procreó a los primeros hijos de iberos e indígenas (en este sentido corresponde el mismo papel a Gonzalo Guerrero el náufrago de Chetumal, aunque su memoria se recuperó recientemente); se alió con el proyecto español; creó la tercera vía de comprensión de la realidad americana, cuando las dos primeras eran el occidentalismo y el indigenismo; colaboró estrechamente con la derrota del gobierno azteca. Doña Marina fue el modelo ancestral de la moderna mujer mexicana, permeada por dos civilizaciones distintas y en cuya amalgama encontrara el camino de su independencia y de su liberación espiritual.

La alianza totonaca con la hueste cortesiana era justa. Exenta de toda imputación de traición puesto que no existía entonces una noción ni una realidad de patria o nación única. Sino que el plano mesoamericano estuvo surcado de grandes reinos, ciudades-Estado, no sólo independientes entre sí, sino muchas veces enemistados a muerte, o sometidos unos por otros. Cempoala, Quiahuiztlan y otros pueblos totonacos permanecían sometidos por la Triple Alianza de México, Texcoco y Tacuba, que los obligaba a un cuantioso tributar en especie y en vidas humanas para el trabajo servil en Tenochtitlan y sin ningún tipo de compensación hacia sus pueblos originarios. En adelante muchos sitios víctimas del mismo régimen continuarían aliándose con los españoles, permitiéndoles conjuntar un ejército indígena que con el suyo propio, dotado de armas poderosas y desconocidas entre los mesoamericanos, fuera capaz de enfrentar al invicto Moctezuma II Xocoyotzin, tlatoani de los aztecas.

A la alianza progresiva se sumó Tlaxcala hacia finales de septiembre, muy poderoso reino enemigo secular de los mexicas. Por su consejo, el 18 de octubre Cortés sometió a la cercana Cholula, próspero reino comercial y santuario del dios Quetzalcóatl, al que arribaban cada año filas de peregrinos. Allí Cortés consumó una primera masacre: logró reunir a los principales del reino en un gran recinto cerrado en cuyas entradas dispuso férrea guardia de jinetes armados. Y desató la matanza.

Se dijo que los cholultecas, aliados de los mexicanos, prepararon una emboscada a los visitantes; que muy cerca de la ciudad campeaba el ejército de Moctezuma; que la celada estaba dispuesta a eliminar a los advenedizos; que la Malinche descubrió la trampa por comunicación de la esposa de un guerrero cholulteca, que midiendo el peligro quiso salvarla, ya que era mujer de la tierra, ofreciéndole a la vez compromiso matrimonial con uno de sus hijos. Lo que haya sido en el ya previsor propósito del capitán español, el evento tuvo el efecto de una advertencia, de una amenaza de guerra, para que vieran los de México de qué era capaz la armada extranjera que se aproximaba. Era difícil, entonces, que a estas alturas la creencia inicial de que los visitantes eran del bando de Quetzalcóatl que regresaba a reinar en una nueva Edad o Sol, permaneciera.

Cortés ya estaba enterado de la voluntad del tlatoani de México que trataba de impedir a toda costa su arribo a la metrópoli. Pero al fin se encontró con él entrando por la calzada de Iztapalapa hasta llegar a un punto llamado Huitzilan, un poco antes de Xoluco. Era el 8 de noviembre de 1519. Cortés, con sus aliados indígenas y la experiencia de haber sometido con relativa facilidad a Centla, a Tlaxcala y a Cholula, se adhirió a la idea de la conquista: todo un inmenso continente repleto de recursos naturales, mano de obra gratuita, ricas minas de metales preciosos, una multitud innumerable que habría sido el orgullo de Isabel La Católica, que admiraría así el crecimiento infinito del “ rebaño de nuestro Señor”, y habría sido después un apoyo enorme al liderazgo católico y político de Carlos I de España. Y él, el futuro marqués del Valle, se proyectaría con rapidez hasta las altas esferas de la nobleza española.

Hernán Cortés procedió con la promesa de liberar a los pueblos sometidos bajo el yugo tributario que imponían los tenochcas. Pero una vez que cayó el reinado de Moctezuma, se montó en tal sistema en lugar de abolirlo. Los indígenas otrora sus aliados no protestaron de inmediato, pues para ellos el oro que ahora se exigía como tributo no era moneda sino un adorno. Es cierto que hubo importantes reformas: se exigió, de preferencia, un solo tributo de oro y de plata; se procuró cierta independencia de los reinos circunvecinos; se introdujo un nuevo modo de producción; se prohibió el antiguo régimen sacrificial; se implantó el concepto de la propiedad privada y se cambiaron los productos del trabajo por el fetiche monetario: una revolución consumada a sangre y fuego. Todavía no era España la conquistadora, era la hueste de Hernán Cortés que a nombre de aquélla actuó con eficacia y aun en contra de su legalidad real representada en las Antillas por el primer virrey Diego Colón y por el gobernador de Cuba Diego Velázquez de Cuéllar.

Cortés, Bernal Díaz y otros grandes generales habían visto desde la sierra del Popocatépetl e Iztaccíhuatl la gran ciudad de México-Tenochtitlan, extensa en la isla central del lago de Texcoco, “la Venecia de América”, más grande y próspera que Sevilla, como se dijo, pues la ocupaban cerca de 150 mil habitantes.

En la batalla de Tenochtitlan de 93 días con sus noches, en la ciudad asolada primero a cañonazos desde 10 carabelas ex profeso construidas en el barrio de Atempa en Tlaxcala, para poder navegar en el lago de bajo fondo; de inmediato recorrida a galope con jinetes de férreas armaduras y a espada desenvainada rebanando cabezas indígenas cayó y calló la fantástica ciudad. Cuando vino la calma salió a la vista el pueblo escondido, de mujeres, ancianos y niños esqueléticos por la hambruna prolongada, lo que confirma que no era cierta la idea de la antropofagia como medida alimenticia, como se difundió después en juicios infundados, ya que si existió tal, habría tenido lugar solamente en el seno de ceremonias religiosas.

“En los caminos yacen dardos rotos/ los cabellos están esparcidos/ y en las paredes están salpicados los sesos”, lloró el gran poema de los Cantares Mexicanos.

Cuauhtémoc derrotado, frente a un Hernán Cortés bajo un hermoso palio indígena en una terraza de la calzada de Tacuba, ya legendario desde su silla savonarola, escuchaba las últimas palabras del héroe, grabadas por Bernal Díaz: “Señor Malinche, ya yo he hecho lo que estaba obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más; y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma luego ese puñal que traes en la cintura y mátame luego con él”.

De la ciudad no quedó piedra sobre piedra. ¿Por qué?

Tal vez el emisario de la cultura de Occidente se percatara, bajo el polvo de la batalla, que esta ciudad estaba intrínsecamente edificada con los hondos postulados de su religiosidad y que era necesario desmontarla para hacer surgir el nuevo mundo.

La población del reino azteca, que culminó una historia milenaria, sufrió una merma de un 80%. Por la peste que se creó con el contacto biológico, por el genocidio en las batallas, por el desánimo espiritual de los indígenas sobrevivientes en un nuevo régimen y en un mundo inconcebible para ellos.

Así nació el México moderno. Con esos fantasmas pesando en su pasado. Y luchando por la justicia y por la libertad inmerso en ese sistema impuesto desde afuera, que hoy cumple 500 años.

El mundo indígena que vivió 12 milenios sin imaginar que más allá del continente pululaban otros pueblos. El aislamiento y sus circunstancias vio venir al resto del mundo que apareció primero como puntos negros en el horizonte marino, para convertirse a medida que se acercaban en especie de templos flotantes como fueron concebidas desde las costas, las grandes embarcaciones españolas.

 

“Un puñado de hombres venció a todo un imperio”. Esta es una idea de vanagloria subliminal, nunca escrita en obras históricas de peso, pero que ha zigzagueado en pasillos cortesanos y en frívolas audiencias a lo largo de siglos. La verdad es que los 750 hombres de Cortés que partieron de Cuba en 1519 y arribaron a la isla de Cozumel a finales de febrero del mismo año, no hubieran podido dar un paso firme sin la alianza de muchos reinos indígenas sometidos por la metrópoli de México-Tenochtitlan y, de modo significativo, por la provincia de Tlaxcala, enemiga secular de aquélla. Además de que, al momento del enfrentamiento con la metrópoli, a los hombres de Cortés se habían sumado por lo menos mil 500 más de los soldados que trajo Pánfilo de Narváez para apresarlo por orden del gobernador de Cuba. Y que se pasaron a su bando.

No fue errada la idea de Alfonso Reyes que más o menos estipuló que la conquista de México había sido obra de indígenas tanto como la independencia obra de españoles.

La alianza de los reinos totonacos de Veracruz, con Cempoala y Quiahuiztlan a la cabeza, se consumó por la descripción que hizo “el cacique gordo” del sistema tributario impuesto por Tenochtitlan, que pesaba sobre su reino, sin que hubiera en absoluto, como queda dicho, ningún tipo de retribución. Un sometimiento más férreo que el de los propios esclavos occidentales de la antigüedad. A oídos del perspicaz Hernán Cortés esta descripción traducida al maya-chontal por la Malinche y al español por el náufrago Jerónimo de Aguilar, perfiló de inmediato las ideas preliminares de la conquista. Y si el cacique aludido sondeaba con miedo la posibilidad de una respuesta de alivio ante un recio militar que acababa de aplastar a los chontales de Centla, la decisión pragmática de Cortés no se hizo esperar. Y algunos días después llegaban a Cempoala los arrogantes agentes de Moctezuma que acudían a exigir el pago del tributo que se había retrasado. El futuro marqués del Valle los observó sentado bajo un techo de paja, notó la actitud de los visitantes, su rico vestuario, su talante autoritario, pues pasaron frente a él sin volverse para mirarlo. Y de inmediato tomó la decisión de apresarlos en uno de sus barcos. Una acción de mucha audacia para todos los naturales. Además, Cortés soltó a uno de los prisioneros para enviar mensaje al tlatoani de México, diciendo que la prisión había sido decidida por el cacique de Cempoala. De modo que la alianza fantaseada, quizá por ambos bandos, se había consumado.

La alianza indígena no fue una creación del reino totonaca, sino que su figura jurídica y militar existió previamente en la historia mesoamericana. Entre los siglos X y XII Culhuacán, junto con Tula y Otompan ya habían formado una Triple Alianza. Esta figura, entonces, es histórica y precede a la ulterior formada por México-Tenochtitlan, Tlacopan y Texcoco, que imperó hasta la llegada de los españoles. Conviene recordar que los iroqueses del actual territorio de Nueva York también consumaron una alianza (figura que la antropología designa como una fratría) para dominar a otros grupos vecinos. La alianza permitió el sometimiento de otros pueblos que quedaron signados como tributarios, creándose así el sistema socioeconómico por excelencia de los nahuas. Mas este sistema de dominación después permitiría también, desde Veracruz, la alianza con los hombres de Hernán Cortés. En el trayecto de Veracruz a México se aliaron muchos pueblos con los españoles, con objeto de derrocar a quienes detentaban el dominio político máximo y el efecto de su aplicación que era la imposición del rigor tributario.

 

Llegados a este punto y analizando los datos e ideas anteriores, es necesario subrayar con fuerza (y este es el único sentido que puede tener una nueva observación sobre la conquista, que por lo demás ha sido profusamente estudiada), subrayar, decía, el papel jugado por la alianza indígena con los españoles. Porque este punto, si bien ha estado presente a lo largo de todos los estudios históricos desde el siglo XVI hasta la fecha, nunca ha sido valorado en toda su significación, sino que sólo se ha mencionado con objeto de incluirlo en forma de un dato más, pero sin destacar su definitiva importancia.

El programa aliancista como fenómeno histórico y sociocultural de las primeras dos décadas del siglo XVI tuvo tres momentos fundamentales o tres aspectos que al consumarse terminaron por definir una de las causas importantes del derrumbe de la metrópoli de México-Tenochtitlan y, por ende, de la verdadera creación de un nuevo mundo.

El primero fue la aparición de una mujer singular, de inteligencia excepcional junto a una notable belleza, como apreciarían varios testigos y retratos contenidos en códices y documentos de la época, aunados a un talento de gran intuición y sentido pragmático. Una mujer desinhibida y de poderoso temperamento, cuyas dotes quedaron insinuadas, porque no era posible ignorarlas, por la célebre valoración espontánea que emitiera Bernal Díaz del Castillo en un pasaje de su historia: era, pues, una mujer “entrometida y desenvuelta”. Es obvio que la Malinche fue un ser que sopesó su alianza con los españoles, como una oportunidad única, para su autocreación, en términos de la adquisición de una nueva conciencia; que superó las condiciones de opresión que tuvo desde que saliera de la casa paterna en Painala, de la provincia de Oluta, en el sureste de Veracruz, donde nació hija de padres mexicas, adelantados de Moctezuma en esa zona perteneciente a Coatzacoalcos, y designados para estudiar las condiciones sociales de la zona, con objeto de ser invadida y sometida a futuro por la organización política de los mexicas. El padre de Malintzin fue una suerte de gobernador infiltrado en aquella zona. A partir de la fuga de ella a la edad aproximada de 13 años, cuando había muerto el padre y la madre contraía nuevas nupcias con un principal local, de linaje popoluca, comenzó para ella una vida errátil y sumamente dura, al principio en Xicalango, en la laguna del Carmen; después en Centla, donde fue regalada por sus amos de aquel sitio hoy de Campeche, y por último cedida a Hernán Cortés también por el cacique de Tabasco, después de haber sido derrotado en batalla. Su situación en aquellos sitios donde permaneció aproximadamente hasta los 15 años, fue poco más o menos que en calidad de esclava, sin ninguna instrucción de importancia, marginada de la vida familiar y con nula participación doctrinaria en la religiosidad local. De modo que, integrada al grupo español, halló de inmediato su iniciación en el cristianismo, una religión integrada con el conocido sistema de preceptos místicos, doctrinarios y dotada de un considerable ritual protocolario asido íntimamente a sus propios postulados. En breves palabras: tal mujer se enfrentaba de súbito con la posibilidad de integrarse a una religión estructurada y proselitista, que abría una experiencia única a su marginalidad. Además de otros muchos atractivos, desde luego, que le ofrecía la presencia extranjera. No es posible quedarnos pues con la idea de una mujer regalada, obligada, sumisa y sin voluntad propia, a sus últimos “dueños”, los españoles. Porque de no haber consentido íntimamente con su impresionante cambio de vida se podía haber escapado, como se escaparon varios indígenas tomados como rehenes por los visitantes. El caso más conocido fue el del famoso Melchorejo, maya de Cabo Catoche, apresado desde el viaje de Francisco Hernández de Córdoba, y que fue a Cuba, aprendió el abc del castellano y cuando regresó al reino maya y durante la batalla de Centla, se despojó de su vestuario español, que ya usaba, lo colgó de la rama de un arbusto y partió para su pueblo.

El segundo aspecto de la alianza fue el que correspondió a los pueblos sometidos por Tenochtitlan bajo el régimen tributario, ocupando el reino de Cempoala, el primer lugar.

Y el tercero fue el de los pueblos rivales y enemistados por siglos con los mexicas, ocupando el primer término la poderosa confederación de Tlaxcala.

Con esta última posibilidad el grupo de Cortés consolidó un enorme ejército de guerreros con que marchó hasta la metrópoli para asediarla y conquistarla. Y a las puertas de la ciudad las fuentes han hablado de un ejército de tlaxcaltecas, texcocanos y otros varios reinos importantes, de aproximadamente 100 mil guerreros. Cifra probablemente exagerada, pero 20 mil aliados que fueran, más las carabelas ex profeso construidas para asediar la ciudad desde el lago y cañonearla, los caballos, las armas perdidas o armaduras, lanzas y espadas, arcabuces y lombardas, fueron al final suficientes para abatir la ciudad en una larga batalla de aproximadamente tres meses.

La anuencia tlaxcalteca de aliarse con la hueste de Cortés tiene una sinuosa historia.

En el pasado la tlaxcalteca fue una de las famosas siete tribus salidas de Chicomoztoc en peregrinación hacia el sur en busca de mejores tierras y entusiasmadas con las leyendas en torno a grandes reinos civilizados que habitaban en Mesoamérica desde la más remota antigüedad. Kaminaljuyú, La Venta, San Lorenzo, Teotihuacan, Tula. Llegados antes que los mexicas, hacia el 1284, los tlaxcaltecas ocuparon primero Poyauhtlan donde tuvieron que expulsar a los ulmecas-xicalancas que les precedieron. Pero una vez instalados fueron asediados por los tepanecas culúas mexicanos. Se refugiaron en Cholula y de allí los expulsó aquella confederación nahua que se alió después con los cholultecas. Allí comenzó la enemistad de los tlaxcaltecas con los de Cholula. Y cuando lograron instalarse definitivamente en Tlaxcala se tuvieron que cuidar siempre del asedio de sus enemigos ancestrales, los mexicas.

Los tlaxcaltecas, dice Muñoz Camargo, proceden de los teochichimecas; los mexicas de los culhuas, pero ambos son chichimecas. La chichimeca es la etnia ancestral que migró del norte lejano hacia el centro de México, que en ese proceso creó grupos enemistados entre sí por causas desconocidas. La filiación culhua dada a los mexicas es incierta. Porque el penúltimo sitio de su asentamiento, antes de fundar su ciudad, fue en Atizaapan, de dominio culhua. Pero los mexicanos discreparon de éstos y los combatieron, antes de huir hasta el lago de Texcoco donde fundaron México-Tenochtitlan.

Huexotzincas y cholultecas una vez sujetos de los mexicas prevenían a éstos de que los tlaxcaltecas se apoderaban de provincias que ya les pertenecían: Cuetlaxtlan, Tuztlan, Cempohuallan, Cohuatzacoalco, Tabasco y Campeche.

Desde 18 años previos a la llegada de Cortés, México amenazó con invadir Tlaxcala y sus aliados los huexotzincas guerrearon 15 años contra ellos. Se dio un caso extremo: los tlaxcaltecas mataron en batalla a Tlacahuepantzin, hijo de Moctezuma, en las faldas del Popocatépetl e Iztaccíhuatl donde comandaba a los huexotzincas acorralados.

Aproximadamente dos siglos después del asentamiento definitivo de los tlaxcaltecas y cuando estuvieron cercados por los mexicas y sus pueblos aliados, su situación era desesperada. Entonces llegaron los españoles.

Primero el grupo de Cortés, que llegaba con aliados totonacos, fue un elemento más del cerco de sus enemigos puesto que llegaba con los de Cempoala que era dependencia de México-Tenochtitlan. Y ello provocó que el guerrero y representante de una de las cuatro facciones de Tlaxcala, Xicoténcatl el mozo, saliera a enfrentar al enemigo español antes que llegara a la ciudad. Y ocurrió una cruenta batalla.

Cuando el guerrero tlaxcalteca fue vencido, los señores de las cuatro secciones de la ciudad, Ocotelulco, Quiahuiztlan, Tizatla y Tepeticpac, observaron la conveniencia de permitir el acceso de los españoles a la ciudad. Y de inmediato, observando primero la derrota que éstos causaran al reinado de Centla y después la alianza con los totonacos, sopesaron la conveniencia de unírseles, puesto que marchaban con un ejército hacia Tenochtitlan, y habían percibido el desacuerdo que Moctezuma manifestara con esa marcha invasora. La primera valoración de este pacto fue la marcha hacia Cholula. Para los tlaxcaltecas la entrada de los españoles en ese reino vecino significaba una forma de venganza sobre sus enemigos; para los españoles, confirmar su alianza con tan poderoso reino como el tlaxcalteca y también demostrarle a los mexicas que su marcha hacia Tenochtitlan era irrefrenable. Como quedó anotado, llegados los españoles a Cholula, acompañados de un contingente tlaxcalteca y guardada la ciudad por una sección del ejército mexica, la situación derivó en la escandalosa matanza que Cortés consumaría contra los principales cholultecas. Eso fue un pacto sellado con los tlaxcaltecas; al mismo tiempo un mensaje sangriento para la exaltada expectativa del tlatoani Moctezuma II Xocoyotzin.

Gracias a Diego Muñoz Camargo, de cuya excelente Historia de Tlaxcala se obtiene la información aquí expuesta sobre el pacto, podemos inferir al mismo tiempo que históricamente el asedio mexica hacia Tlaxcala fue en aumento a medida que la metrópoli azteca se expandía conquistando la mayor parte del territorio mesoamericano. Hasta llegar a rodearla casi por completo e impedir así su comercio con los reinos circundantes y con las costas de ambos mares.

Finalmente, este discurso sobre el pasado podría llegar a concitar ecos indigenistas, que aunque desde una perspectiva ética fueran comprensibles, sin embargo no tendrían lugar en su visión.

Y así es innegable también que en medio de las señaladas transacciones, y poniendo el acento en la perspectiva de la gesta de Hernán Cortés en la conquista de México, el genio del conquistador, que primero afloró en el contacto con el reino totonaca de Cempoala, consistió en haber recibido como iluminación la forma súbita de la estructura y la coyuntura política del mundo que invadía. Primero con la complicidad de la Malinche, después con la súbita comprensión de las internas relaciones de sometimiento y vasallaje entre los diversos reinos mesoamericanos. Caída la legendaria ciudad de México-Tenochtitlan, e instalado el virreinato aun en contra de sus intereses personales, Cortés pasaría a la historia como un ambiguo César, cuyo prestigio los siglos no acaban de definir.

 

Luis Barjau
Historiador y etnólogo. Entre sus libros: La conquista de la Malinche y Los que viven en la arena.

 

2 comentarios en “La alianza indígena con los españoles

  1. Un ensayo claro y preciso, muy recomendable ante la distorsionada visión histórica actual.