Hay épocas que se identifican y recuerdan por el auge de ciertas características, o bien, a causa de la ausencia de algunas de ellas. Las edades de la brutalidad y la demencia dejan sus ruinas por décadas, las de la reconstrucción se miden por el impulso de sus primeros pasos y en dado caso, si hubo algo de conciencia y suerte, por lo duradero de sus efectos. Cuando se entra a periodos en los que la incongruencia acaricia el diálogo de las sociedades hasta envolverlas, la primera víctima del deterioro es la inteligencia. El síntoma inicial es la pérdida del humor. La sinrazón y la inconsistencia se imponen sobre los códigos desde los que nos interpretamos en esfuerzos de lógica, defensa y revisión. Ya no se puede reír de lo risible, y lo risible se encumbra con un halo de solemnidad que desvanece lo ridículo para transformarlo en habitual.

Sucede en México y en otras partes del mundo. No es solo que los diversos entornos, conflictos y las tensiones sociales dificulten la risa, sino que el humor, como instrumento de aparente futilidad, cada día da la impresión de ir perdiendo los espacios desde los que refleja la salud de las sociedades. Sin humor, ninguna sociedad podrá afirmarse sana.

Ilustración: Patricio Betteo

La discusión sobre el tema ha surgido en varios países desde hace unos buenos años. Es probable que, en tiempos recientes, los episodios más perceptibles o amplios de este debate hayan sido aquellos instantes que precedieron al atentado terrorista contra la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo. Después, no faltaron las voces que justificaron la barbarie del fundamentalismo islámico en reacción a las tiras cómicas. Otro, menos dañino, aunque memorable por su hilaridad, es la ferviente relación que guardan los odios del presidente Trump en Estados Unidos contra el programa televisivo Saturday Night Live. Resentido por el espejo de su parodia, atenta contra los oficios de la libertad. En México, los aires de condena a los que se han enfrentado históricamente algunos dibujantes de diversos periódicos dan cuenta de lo mismo. En el periodismo de opinión que usa el trazo y los colores para exponer una preocupación —las tiras políticas son más cosas y eso—, hemos ido perdiendo nuestra relación democrática con el humor.

Por un camino paralelo en dirección opuesta, se encuentran el sinfín de declaraciones, galas de poca prudencia, que se esgrimen sin ton ni son. En nuestras latitudes, resulta válido pedir un debate serio tras la declaración de una senadora de la república que condena la ingesta de un platillo callejero por sus implicaciones en el colonialismo español, hace cinco siglos. Vocación a la perogrullada que, si se deja, encontraría lugar perpetuo en el debate nacional. O, se exige profundidad analítica hacia el fascinante enunciado de un secretario de educación, que promete la enseñanza de idiomas a través de maestros que los ignoran. Para qué buscar el hilo negro cuando hay un estambre rojo en la cajonera. Si bien el humor es cosa seria, estamos en tiempos en los que a cada flip flop flap verbal se le quieren imprimir aires de esfuerzo intelectual. Si tan solo fuéramos suficientemente sensatos como para empezar riéndonos de nosotros mismos.

Sobre el humor se puede pensar desde la filosofía hasta la antropología y la política. Imagino que los alemanes lo habrán hecho con menos simpatía que los franceses. A la Iglesia, en un punto de la Edad Media, todo aquello que pudiera provocar risa no le cayó en gracia y la llegó a convertir en asomo de pecado. Se establecieron los humores permitidos y los prohibidos, dependiendo de su confrontación a Dios y a las monarquías. A quién se le podría ocurrir que es sano burlarse de un jefe de Estado. Más tarde, con Descartes, los humores transitaron por la línea que jugaba entre el placer y la agresividad. Para Spinoza, el humor que provenía de la alegría era proveedor de beneficios, mientras que el nacido del odio y la venganza solo tenía la capacidad de provocar daño.

Es claro que el humor cambia según las épocas, los contextos y los grupos sociales. Lo que significará humor en un lado no lo hará necesariamente en el otro. Aquí la facilidad de dispersión de una idea, gloria afortunada de los años en que vivimos, juega una mala pasada. El aparente destinatario del humor puede ser uno distinto a aquel a quien fue dirigido, sin embargo, la raíz del humor político no se modifica. El humor, como el arte, es el vehículo a través del cual se puede decir lo que no se expresaría de otra forma sin someterse a los límites de lo real. Habita en la realidad análoga que lo protege e impide se transforme en daño. Contiene la salvaguarda de su propio lenguaje, desde el que los límites de lo permisible se expanden en la caricaturización de sí mismo. El humor posee una licencia escasa que no aparece en el resto de nuestras verbalizaciones. La única razón que necesita se debe cuidar para no desvirtuarla: es capaz de producir risa. Sus límites morales lo ubican en lo amoral, que no depende de inmoralidades, pero acorde a los tiempos y la historia, encuentra contenciones que lo definen y no se pueden cruzar: no se hace humor de la miseria de otro.

Así, el humor es una herramienta vertical que iguala las posiciones de menor jerarquía, con las de poder o de mayor jerarquía. En vía contraria difícilmente tendrá un éxito sano. La risa es defensa ante la decadencia, mientras que el poderoso que se ríe del débil es decadente. Las acepciones de Spinoza cobran sentido en la política nacional contemporánea. El no poderoso que se ríe del poderoso lo iguala a su condición. Se trata del espacio democrático que permite la risa. El poderoso que usa su posición para reírse transformará el humor en la burla que solo amplifica la distancia. Por eso quienes ostentan los poderes, cualesquiera que sean, los políticos, los religiosos, los académicos, o los que dependen de la popularidad que se impone sobre los menos populares, deben amaestrar constantemente los peligros de la irresponsabilidad. La prueba de salud en una sociedad se demuestra en la responsabilidad con la que sus poderes permiten el equilibrio del humor, y evitan amenazar los componentes de dicha sociedad, incluso con la aparente intrascendencia de una burla.

Nada de lo anterior implica solemnidad, confundirla con ella es no distinguir entre el humor y el papel de que quien lo intenta. De hecho, la solemnidad que bajo una idea distraída es a menudo considerada como el antípoda del humor, es en simultáneo su insumo predilecto. El juego con lo que se entiende como ridículo parte de revelar las probables inconsistencias en las acciones o en los discursos. Nuestra tendencia a la interpretación aséptica de la realidad anula las posibilidades del humor. En este mundo de correcciones donde se implora el respeto absoluto a lo que cada individuo cree, ahí cuando equiparamos al individuo con la creencia a expensas de todos los esfuerzos por separarlos, ¿en verdad podemos asegurar que ya nada es ridículo?

El placer en el humor no solo es signo de salud social, sino también individual. Si las ideas alrededor de la vida son poco elaboradas, es fácil de suponer que el humor correrá en paralelo. Ante la solemnidad, aquello que se pudo percibir ridículo, incluso sin serlo y mereciendo toda consideración, se atavía de inmediato con un manto solemne que lo conducirá a lo risible. La pauperización de la solemnidad causa humor. Lo cómico no recaerá sobre el objeto del humor, como en la reacción a la rigidez del sujeto que defiende el objeto.

En defensa del humor, éste puede ser la degradación sin peligros de lo aceptable. Lo ridículo es frecuentemente la no aceptación de lo propio. De ahí que la ridiculización de lo antagónico sea vista con validez y de lo cercano como una afrenta intolerable. De ahí que, en países como los nuestros, el humor sea empleado por poderosos como un arma social y por los no poderosos como un instrumento de libertad que recurre a la ironía para atraer y exponer, si hay buenaventura, algo de cabeza y un dejo de alegría, el pensamiento de lo que se considera nocivo.

El humor tiene hacia el poder una función terapéutica, se decía en mi casa. Una casa donde se reía poco, salvo las eventuales carcajadas. El contraste de defectos, la canalización del enojo en formas positivas, quizá, con un poco menos de soberbia, nos podría ayudar a entendernos un poco mejor. Anulamos la posibilidad del ridículo y nos anulamos a nosotros mismos.

Maruan Soto Antaki

Escritor. Ha publicado Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México. Twitter: @_Maruan.

 

 

Para este texto me apoye en: La risa. El banquete de Platón, Grandes Temas, Ikram Antaki. Las pasiones del alma, René Descartes. Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza.

 

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