“Muchos son los sabios, de diferentes siglos y naciones,
que han aspirado al nombre de fabulistas;
pero muy pocos los que han hecho esta carrera felizmente”.
—Félix María de Samaniego

Las tres hilanderas y el médico laboral

Érase una vez un reino en el que (sobre)vivían como podían tres humildes hilanderas. Un día, enteradas de la llegada de un médico laboral cuyos oficios, se decía, habían logrado que el pueblo bueno del reino vecino prohibiera que los niños trabajaran como enanos en las minas, decidieron visitarlo en busca de ayuda. “Bienvenidas”, dijo el médico y, dirigiéndose a la primera, “¿por qué tenéis este pie tan grande?”. “De hacer girar el torno”, respondió. Pasó el médico a la segunda: “¿Por qué os cuelga tanto el labio?”. “De tanto lamer la hebra”, contestó. Dijo a la tercera: “¿Cómo es que tenéis este pulgar tan achatado”. “De tanto torcer el hilo”, replicó. Asustado, el médico decretó que estas alteraciones morfológicas y funcionales se debían al movimiento repetitivo fruto de su actividad laboral, y a sabiendas de que su lideresa sindical jamás movería un dedo en favor suyo, recomendó a las pobres mujeres que buscaran el favor de una joven a quien la reina había prometido desposar con el príncipe… si primero conseguía hilar todo el lino que ocupaba tres grandes aposentos del palacio. Así hicieron éstas y, en recompensa a la puesta en práctica de sus profundos conocimientos tradicionales, fueron nombradas consejeras reales y nunca más tuvieron que volver a hilar (ni a trabajar).

Además de enseñanzas morales y de su valor literario, fábulas y cuentos infantiles son fuente de información médica contemporánea de los tiempos en que fueron escritas. Alice Rivolta, antropóloga cultural, y un equipo de médicos ejemplifican esto al examinar las condiciones de salud laboral de personajes que aparecen en cuentos de hadas de diferentes épocas.1 Rivolta y sus colaboradores señalan que es común que los protagonistas de estos cuentos sean trabajadores pobres o niños desfavorecidos.

Hace mucho, mucho tiempo, en los cuentos más antiguos aparecen campesinos, pescadores, cazadores, leñadores, molineros, cocineros, hilanderas y otras personas con oficios similares. Los años pasaron y las historias comienzan a urbanizarse y a poblarse de mercaderes, sastrecillos, zapateros, panaderos y otros artesanos hasta que, con la revolución industrial y lejos de vivir felices para siempre a pesar de ser parte de este género literario, tenemos a deshollinadores, mineros y otros trabajadores relacionados con diferentes industrias. ¿Cómo se refleja en los cuentos la salud asociada con el desempeño de estos oficios?

No es raro hallar casos de maltrato y explotación infantil en los cuentos de hadas, y Rivolta y su equipo consideran que, en la versión de Blanca Nieves de los hermanos Grimm, el origen de los siete enanos se basó en los niños que trabajaban en las minas de sal de la región de Spessart, en Alemania, donde ambos autores vivieron de jóvenes. Debido a que pasaban la mayor parte del día arrastrándose por espacios estrechos, cargando pesos excesivos y en condiciones insalubres que favorecían que sufrieran varias enfermedades, varios de estos niños veían limitado su crecimiento general o desarrollaban escoliosis (jorobas) y otras deformaciones corporales. Y en Las tres hilanderas, también de Grimm y Grimm, tenemos una descripción de algunos de los efectos negativos en la salud debidos a la actividad laboral.

Por su parte y en relación a la salud mental, la psiquiatra Julian Davies y sus colegas, tras leer 243 fábulas de Esopo para ver si algo podían enseñarnos sobre la percepción del suicidio en la sociedad griega circa 600 a.C., hallaron: a) pensamientos suicidas en El león, Júpiter y el elefante (el león, acobardado, quería morirse), b) conductas suicidas sin consecuencias fatales en Las liebres y las ranas (las liebres saltaron a un estanque con la intención de ahogarse, pero se arrepintieron), y c) conductas suicidas con consecuencias fatales en La avispa y la serpiente (la serpiente, aquejada de un intenso dolor por las picaduras de la avispa, se suicida colocando su cabeza bajo las ruedas de un carro para matar así al mismo tiempo a la avispa).2 Los psiquiatras advierten que en los tres casos los animales que buscan suicidarse lo hacen para terminar con algún predicamento (un estado de temor constante o un dolor insoportable) y en ausencia de trastorno mental alguno, perspectiva que la OMS recién reconoció en 2014.

La ciencia, en fábulas y cuentos infantiles, aconseja buscar evidencias y así aprender más que la moraleja.

Ilustración: Oldemar González

El niño y los animales de fábula

Había una vez un niño pequeño que vivía en la ciudad y no tenía mascotas ni conocía a casi ninguna especie no humana de animal, por lo que sus padres, aprovechando que ahora los libros eran muy baratos y hasta gratuitos, decidieron escoger algunos para enseñarle más sobre conejillos de Indias y picabueyes. “Cuando crezca”, pensaba la madre del niño, “quién sabe si su felicidad dependa de su familiaridad con estos animales”. El Diablo de la Divulgación, disfrazado de librero y con un libro bajo el brazo, se le apareció a ambos padres y dijo: “Admirad esta hermosísima obra sobre cuyos. En verdad os digo que su hijo aprenderá todo sobre la anatomía, hábitat y comportamiento de Mamá Cobaya y sus cuyitos mientras ve los bonitos dibujos antropomórficos y escucha la linda narración antropomórfica de esta obra”. Más tardaron en tomarle la palabra al Diablo que El Hada de la Ciencia en bajar del cielo con un libro bajo sus alas para advertirles: “Queridos míos, aunque me encanta la literatura de ficción, si lo que quieren es que su hijo pequeño aprenda hechos reales sobre picabueyes, necesitan leerle este libro con fotografías de bufágidos de la especie Machetornis rixosa y lenguaje vacío de antropomorfismo”. Como no se decidían, terminaron leyendo ambos libros a su hijo, que al crecer estudió un posgrado en biología y otro en literatura para así estar siempre rodeado de conejillos de Indias y picabueyes reales e imaginarios.

En fábulas y otras historias infantiles protagonizadas por animales no humanos es común que éstos piensen y actúen como individuos de nuestra especie y, tratándose de libros ilustrados, los dibujos suelen mostrar también algún grado de antropomorfismo. Sin ignorar ni despreciar los invaluables beneficios que este tipo de historias e ilustraciones fantásticas tienen en los niños, Patricia A. Ganea y sus colegas psicólogos diseñaron una serie de experimentos para determinar si, en el caso de libros cuyo objetivo es proporcionar información sobre especies reales de animales, la antropomorfización influía negativamente en lo que niños pequeños (de entre tres y cinco años) podían aprender a partir de ellos.3

Los psicólogos determinaron que el uso de lenguaje antropomórfico al describir a cobayos, picabueyes y otras especies tiene como consecuencia que los niños con edades de tres a cinco años (otras edades no fueron consideradas) atribuyan más atributos humanos a éstas, y que el uso combinado de lenguaje e ilustraciones antropomórficas resulta además en un menor aprendizaje sobre los rasgos y el comportamiento real de los animales no humanos. En vista de ello, si la idea es que niños en estas edades entiendan más sobre otras especies, entonces un lenguaje y dibujos realistas o fotografías son una mejor estrategia.

Cuando a las monas las vistes de seda, de zoología al pequeño lector muy poco queda.

El mono, el árbol y el fabulista

Érase que se era un fabulista que un día decidió escribir una historia ambientalista para niños. Pasaba el tiempo y, por más que se la pasaba leyendo libros y revistas sobre conservación de la naturaleza, llenos éstos de cifras y sermones por igual, al fabulista no se le ocurría nada que contar, así que decidió irse de paseo por África para ver si se inspiraba viendo a los animales salvajes en su hábitat viviendo y con otras especies conviviendo (o, al menos, coexistiendo). Cierto día, el fabulista vio un mono que se alimentaba de raíces de acacia, semillas de acacia, frutos de acacia, hojas de acacia y resinas de acacia, y de inmediato un cuento apocalíptico en verso contó sobre el guardián de los árboles que en el mono imaginó. “A menos que alguien como tú le dedique la vida a este cometido la esperanza se habrá perdido”, escribió. El tiempo pasando siguió y aunque la historia por millones se leyó, y hasta una película de ella se exhibió, de los árboles nadie se acordó. ¿Qué pasó con el mono? ¿Su especie se extinguió? Puede ser. “A menos que…”.

Una tarde de septiembre de 1970 Theodor Geisel, mejor conocido como el Dr. Seuss, dio por terminado su bloqueo del escritor, y por casi terminada (90% en esa misma tarde, según él mismo) la que sería su historia favorita: El Lórax. En julio de 2018 el biólogo Nathaniel J. Dominy y colaboradores proporcionarían pruebas convincentes, más allá de las puramente circunstanciales, de que Geisel se basó en el mono rojo o mono patas (Erythrocebus patas) para crear al protagonista homónimo de su ecofábula.4

Los dibujos de Geisel de árboles de irreal trúfula sin su característico penacho redondo en espiral, sobrevivientes de la tragedia ecológica por él imaginada, se parecen mucho a la acacia de una especie (Acacia drepanolobium) común en Laikipia, Kenia, lugar en el que se encontraba cuando escribió el cuento, y se estima que las raíces, hojas, resinas y frutos de este árbol constituyen más del 80% de la dieta del mono patas, con quien forma una relación comensal en la que la planta beneficia al primate sin ser dañada por éste. Desde esa perspectiva, más que un guardabosques, el Lórax/mono patas sería un ejemplo de consumidor sustentable.

En años recientes El Lórax ha adquirido nuevas dimensiones proféticas porque, de acuerdo con los biólogos, como el carbón vegetal que se obtiene de Acacia drepanolobium tiene una gran demanda por su alta calidad, su sobreexplotación ha reducido considerablemente la extensión del hábitat del mono patas.

Como el Lórax, fábulas hay que, al imitar la vida, por la vida imitadas son en gran medida.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Rivolta, A., F. Arienti, D.R. Smith, G. Cesana y M.A. Riva, “Occupational health in fairy tales”, Archives of Environmental & Occupational Health, 71(3), 2016, pp. 144-146.

2 Davis, J., Money, T.T. y S. Pridmore, “Suicidal thinking and behavior as of 600 BCE (Aesop’s fables)”, Australasian Psychiatry, 25(4), 2017, pp. 373-375.

3 Ganea, P.A., Canfield, C.F., Simons-Ghafari, K. y T. Chou, “Do cavies talk? The effect of anthropomorphic picture books on children’s knowledge about animals”, Frontiers in Psychology, 5(283), 2014, pp. 1-9.

4 Dominy, N.J. S. Winters, D.E. Pease y J.P. Higham, “Dr. Seuss and the real Lorax”, Nature Ecology & Evolution, 2, 2018, pp. 1196-1198.