Ser estudiante de secundaria en la Ciudad de México a mediados de los años sesenta era despertarse todos los días con la curiosidad de qué iba a pasar en el colegio. Los papás creían que cuando subíamos al transporte escolar nos entregaban a un medio seguro y protegido, donde nuestra pureza quedaba al abrigo de viciosos y perversos, y hasta de los malos pensamientos. Pero la verdad es que poco sabían de lo que aprendíamos, de lo que nos platicábamos y de cómo nos acercábamos a la vida. Tampoco se habían enterado que subirse al camión de la escuela era la liberación, porque una era lo que quería ser ese día.

En el camión nos custodiaba una mujer canosa, probablemente soltera, que brillara el sol o lloviera usaba siempre las mismas sandalias de tacón alto, que habían estado de moda en los años cuarenta; también llevaba un rosario en una mano y un pañuelo en la otra, y así pretendía controlarnos. La realidad era que Raquelito caminaba a tropezones por el pasillo del camión y nos rogaba que no gritáramos, ni tiráramos basura a la calle, ni sacáramos las manos por la ventanilla, ni la cabeza, o los pies, que era lo que hacía diario la compañera que se sentaba hasta atrás.

El trayecto matutino era más tranquilo que el que iniciaba a las dos de la tarde. A esas horas, despeinadas, excitadas por todo lo que había pasado en la mañana, y hambrientas, emprendíamos el regreso a casa, a la aburrición de las rutinas familiares. Cada una de nosotras volvía a un mundo diferente del cual las demás no sabíamos nada porque así son los niños, no cuentan en la escuela lo que pasa en su casa, como si hubieran hecho un juramento, un pacto de silencio consigo mismos. En mi caso la rutina familiar era un drama diario, que se desarrollaba con una regularidad de reloj suizo. En cambio, la vida en el colegio estaba llena de sorpresas y emoción.

De la escuela llegábamos exhaustas, agotadas por los muchos acontecimientos del día. Esperanza había cortado otra vez con Arturo; a Leticia la habían reprobado en biología porque copió, la monja de química le había gritado a Rosalía que no haría nada bueno en la vida porque traía los ojos muy pintados. A María Eugenia casi la deja el camión porque se había salido de la escuela para coquetear con los del Simón Bolívar que fumaban afuera mientras nos veían pasar. No se acercaban mucho porque también le tenían miedo a la monja de química que los increpaba: “Y tú muchachito, si no te vas a casar con ella no la hagas perder el tiempo”. El muchachito en cuestión se quedaba mudo porque lo último que le pasaba por la cabeza era el matrimonio; a los 16 años seguro pensaban en otras cosas cuando miraban a las señoritas todavía niñas que salían de la escuela. Entre las que estábamos en segundo de secundaria sólo pensaban en casarse las que no tenían imaginación, pero la monja tenía visión de futuro.

Acontecimiento era que Gloria llegara con las uñas pintadas de rosa nácar, y es que su mamá bailaba rumba en la televisión. Entonces se entiende. Pero Marta era la que tenía la vida más agitada, a ella todo le pasaba. Su falda del uniforme era cortísima, tan corta que la directora —monja ella— exasperada porque la necia no obedecía y se presentaba a la escuela con una falda una cuarta por arriba de la rodilla, la sometió en el patio, delante de toda la secundaria, a la humillación de bajarle violentamente la bastilla con las manos. Meses después hizo un numerito parecido pero con la pintura de ojos que Marta utilizaba en exceso para realzar el color verde que contrastaba con la piel morena y la abundante melena negra, endurecida con litros de laca. La monja nuevamente puso a Marta frente a toda la secundaria y con un trapo seco se empeñó en sacarle el rímel que le alargaba las pestañas.

Marta me llevaba tres años, eran muchos entonces, cuando yo tenía 13, pero ella creo que había estado interna en Canadá, o nunca supe por qué había llegado al colegio, a mi salón, pero lo importante es que era grande y sabía cosas. Había otra gran diferencia entre ella y yo, y que ella echaba siempre por delante: mientras mi cuerpo seguía siendo el de una tabla de planchar, Martita tenía unos pechos inmensos que sobresalían del resto del cuerpo que era delgadísimo; pero caminaba orgullosamente pechugona, y yo me preguntaba cómo le hacía para mantener el equilibrio si sus piernas eran flaquísimas. A la mejor por eso se hacía tanto crepé, para balancear las cargas. Yo creo que por eso, por su anatomía, a Marta le pasaba todo lo emocionante. Cortaba con el novio, y el novio la perseguía sollozando, se hincaba para suplicarle que no lo dejara; se emborrachaba y le llevaba gallo. Entonces el papá de Marta salía de su casa en bata y con una pistola en la mano amenazaba al pobre Tito; que salía corriendo así como estaba de borracho, junto con los amigos que lo habían acompañado.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Durante el recreo, en el patio, Marta me contaba de Tito. La asustaba su vehemencia; por eso lo había cortado porque la perseguía, quería verla día y noche, le hablaba continuamente por teléfono; Marta no sabía qué hacer con esa obsesión de hombre en el corazón de un niño, le lastimaba que llorara desconsoladamente porque se le escapaba, que manejara como un loco para seguir al camión de la escuela casi hasta su casa, que le escribiera notas de amor con mala letra y faltas de ortografía. Yo me limitaba a escucharla. La verdad es que no sabía qué decir. Era la más chica del grupo, nunca había tenido novio, usaba calcetines y me peinaba de trenzas. La maldita de Gloria había hecho el chiste de “¿Cuál es el colmo de Pilar Ruiz (yo)? Ser mocosa y no poderse sonar”. Bueno, pues con todo y eso a mí me había escogido Marta para descargar sus penas. A mí me contaba todo lo que le pasaba, los dramas de Tito, su locura. ¿Todo? Pasado el tiempo me pregunto si eso era todo o si había algo más que ella no se atrevió a decirme.

Durante la semana, antes de que saliéramos a recreo, el padre Miguel venía de la parroquia cercana a darnos la comunión. De él casi no me acuerdo. Joven, pero no tanto porque ya empezaba a perder pelo. Alto y delgado, llegaba al colegio en un cochecito modesto. Nunca oí a nadie hablar del padre Miguel más que como el que nos daba la comunión; no recuerdo que se dijera que era guapo o feo, simpático o sangrón; sólo venía a lo que venía, no tardaba más de media hora en entrar y salir del colegio. Marta nunca iba a comulgar. Un día se enojó en serio con una compañera metiche que le dejó un recado por escrito en la papelera en el que decía que había notado que hacía tiempo que no se acercaba “a la mesa del Señor”, y que eso le preocupaba, que quería hablar con ella para que fueran juntas a la capilla. Marta ni le contestó, sólo le aparecieron unas grandes manchas rojas en el cuello y en la cara, que eran señal de cólera. Así le pasaba, y aunque era de costumbre gritona y sabía carcajearse con frescura y volumen, cuando se enojaba se callaba.

La familia de Marta era muy religiosa y tenía relaciones de amistad con varios sacerdotes que visitaban su casa como si fueran cualquier persona. El padre Miguel venía de León y era sobrino o algo así de una prima de la mamá de Marta que lo acogió con la emoción de tener a un santo hombre en su casa. A mí me impresionaba lo que Marta platicaba de las visitas que el padre hacía a sus papás, de meriendas y comidas dominicales en las que la misma persona que nos daba la comunión, a quien respondíamos en latín que no éramos dignas de recibir “al Señor”, con esas mismas manos blancas y largas se hacía tacos de carnitas, se servía chicharrón en salsa verde y duraznos en almíbar. Marta nos platicaba que su mamá escuchaba con mucha atención al padre Miguel porque lo consideraba culto y educado, llamaba a sus hijos para que oyeran sus reflexiones y se las grabaran en la memoria. Creía firmemente todo lo que él decía, quién sabe de qué hablaba con los papás de Marta, mientras ella y sus hermanos comían en silencio.

A la mamá de Marta la vi sólo una vez en mi vida, y entendí por qué mi amiga se arreglaba como lo hacía. Los párpados vencidos por la cantidad de rímel en las pestañas, el carbón con que los cubría, la gruesa capa de maquillaje, el crepé con el que  construía una sólida armadura que sostenía un gran copete en forma de caracol, el pecho protuberante, todo eso lo copiaba Marta a su mamá. Así que si las monjas querían que no se pintara los ojos, que no se hiciera peinados extravagantes o que le bajara el dobladillo a la falda, tenían que empezar con la mamá.

Pero la señora, pese a un arreglo escandaloso y hasta equívoco era uno de los pilares de la parroquia. Había tardes enteras en que no se paraba por su casa porque estaba organizando bazares, grupos de oración o lecturas de la Biblia. Entonces la casa se quedaba sola porque el papá de Marta estaba en el consultorio y los hermanos se habían ido con los Scouts.

Era casi fin de año, y Marta faltó una semana entera a clases. Le hablé por teléfono para saber si estaba enferma, pero me contestaron que se había ido a Cuernavaca con su abuelita y que no sabían cuándo volvería. Regresó el lunes siguiente, pero parecía otra. Era el mismo copete, las mismas piernas flacas, los pechos enormes que le levantaban el borde de la blusa, Marta era la misma, pero era otra. Estaba tan distraída tratando de entender qué le había pasado a mi amiga que ni siquiera oí cuando anunciaron que ya no habría comunión en la capilla. Entonces empezaron las especulaciones. “Es que el gobierno se enteró de que había una capilla en el colegio y eso va contra la ley”. “No, no, lo que pasó fue que los comunistas amenazaron a las monjas con que iban a presentarse en el colegio para impedir que hubiera clases de religión”. “A mí lo que me dijeron fue que van a reconstruir la capilla porque en el último temblor se cuarteó horrible”. “Pues yo me enteré de que se dieron cuenta las monjas de que cuando se iba el padre Miguel después de dar la comunión se llevaba en la cajuela de su coche por lo menos dos niñas a las que dejaba en la esquina”.

Cualquiera que haya sido la razón, el padre Miguel no volvió al colegio, ni a la parroquia de donde también desapareció sin dejar huella. Fue sustituido de inmediato por un sacerdote ramplón.

El lunes siguiente Marta volvió y me fue a buscar a la hora del recreo, quería contarme algo, pero las demás no nos dejaban hablar. Por fin, poco antes de que sonara la chicharra para que volviéramos a clase, nos fuimos al fondo del patio y Marta empezó a llorar. Me contó que el viernes en la tarde cuando sólo estaba ella en su casa, llegó el padre Miguel a visitar a la familia. Con toda naturalidad lo hizo pasar a la habitación que pomposamente llamaban “la biblioteca”, donde se sentó en una silla cómoda, como lo hacía siempre, y Marta se sentó a sus pies, nada más a sus pies. Apenas lo había hecho cuando llegó su papá y a gritos corrió al padre Miguel, levantó a Marta del piso con violencia, y la acusó de estar sentada en las piernas del sacerdote. Mientras esto me contaba se le escurrían las lágrimas negras de rímel y se le desaparecía la capa de maquillaje. Era la suya una pena grande, grandísima. “¿Tú crees? Mi papá diciendo eso, mi propio papá” y lloraba. “Te juro, te lo juro que es falso. Yo estaba sentada en el piso, jamás se me ocurriría sentarme en las piernas del padre. Y mi papá quiere denunciarlo y quiere meterlo a la cárcel, pero te juro que lo que él dice no es cierto. Mi papá siempre está inventando cosas de mí: que dizque me paseo en pijamas transparentes para provocar a los amigos de mi hermano. Dice que ando de buscona en la calle, que si Tito se suicida será mi culpa porque nada más estoy jugando con él. Me quiere mandar a un internado; pero te juro que yo no estaba en las piernas del padre Miguel. Eso se lo inventa, son puras mentiras y fue a la Mitra y pidió que se lo llevaran”, y Marta lloraba cada vez más, y teníamos que volver a clase, pero ella no podía ni respirar. Me decía: “es que tú no conoces a mi papá. Me dio de fuetazos porque dice que no le hago caso. Mira cómo me dejó las piernas”. Me enseñó las cicatrices y más lloraba.

Me la llevé a la enfermería. Le dijimos a la monja de guardia que Marta estaba en “uno de sus días”, le propuso que se tomara un té de manzanilla y me despachó de regreso a clase. A las dos corrí a buscarla, pero ya no estaba. Su mamá había ido por ella. Estábamos en el mes de octubre, sólo faltaban unas semanas para que terminara el año escolar, pero Marta ya no volvió. Alguien me contó que otra vez la habían mandado interna a Canadá porque la situación con Tito se había vuelto insoportable. De todas maneras, Tito se murió joven: unos cuantos años después, cuando ya estábamos por graduarnos de la preparatoria, en un fuerte pasón de ácido en el cine Roble se aventó del mezzanine al depósito de palomitas. Se me ocurre que creyó que era una colchoneta o una nube. Cayó de cabeza y se murió. Del padre Miguel tampoco volví a saber nada. Alguien dijo que lo habían mandado de misiones a la Chontalpa. Pensé en él cuando leí el Poder y la gloria de Graham Greene, y lo imaginé en la jungla tabasqueña, sudoroso, sucio y  barbón, huyendo de la policía. De Marta supe que se casó varias veces, pero estoy segura que ni así pudo escapar de su papá.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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