Cuando Sören Kierkegaard escribió Temor y temblor a sus treinta años, estaba seguro de que éste sería el libro que le daría inmortalidad. Es curioso que además pensara que la seriedad de dicha obra se hallaba respaldada por la aparente extravagancia y frivolidad en la vida real de quien la había creado. Búrlense, desprécienme —llegó a exclamar Kierkegaard—, pero habrá un tiempo en que mi libro resurgirá y entonces los apabullará con su terrible sombra. Qué extrañas e impredecibles ideas se hacen los escritores y filósofos acerca de los alcances de su obra. Como si en realidad en ella se encerrara un mensaje que, tarde o temprano, la humanidad tendrá que escuchar y sopesar tal como es debido. Como si la circunstancia concreta no convirtiera sus obras en meros accidentes; en consecuencias de un mal entendido; en una equivocación afortunada. Son tantos los obstáculos, agujeros, zancadillas, miopías editoriales e inconvenientes que cualquier texto debe enfrentar para ser leído, que resulta ingenuo pensar que la obra llegará a un destinatario ideal y perfecto (en caso de que éste en realidad existiera). Casi todo se reduce a la cagarruta casual, a la relación baladí. No obstante, la ingenuidad es el motor del mundo y la carcacha tiene que seguir con su andar obstinado y bruto. ¿Quién podría culpar entonces al filósofo danés de guardar tan colosales expectativas si éstas le otorgaban fe y vitalidad a su escritura?

Ilustración: Raquel Moreno

Hace unos días he releído Temor y temblor y aunque los subrayados y anotaciones que hice en el pasado estorbaron un poco la lectura logré cumplir mi cometido. (Hoy en día me inclino por releer o revisar lo ya leído, puesto que las novedades editoriales no tienen casi nada de nuevo.) Entre las páginas del libro he encontrado una escueta definición de cultura que, sin embargo, me ha hecho asentir de inmediato: “Yo siempre —escribe Severino Kierkegaard acerca de la cultura— la he considerado como el camino que ha de recorrer un individuo para llegar al conocimiento de sí mismo; y muy poco le servirá a quien no quiera emprender ese itinerario el haber nacido en la más ilustrada de las épocas”. Si bien es una sentencia que de inmediato nos recuerda a Sócrates, el escritor danés hace énfasis en el vía crucis, en el recorrido o camino que uno debe seguir para finalmente mirarse en el espejo y reconocerse como una persona, un ser o un yo.

La cultura de un individuo lo llevará al conocimiento de su circunstancia y ello en sí es ya un bien para su entorno. En lo personal ha sido gracias a la lectura y a la curiosidad por las artes que —al transcurrir del tiempo— he llegado a ciertas certezas a priori y relativas (no veo contradicción en ambos términos) que me han ayudado a transitar por los pasajes más complejos y ambiguos de mi vida. Propongo seis íntimos ejemplos que me vienen a la mano ahora, y sin darle demasiadas vueltas: 1) Desconfío de cualquier autoridad hasta que sus acciones no la tornen legítima. 2) Creo que la libertad es de índole abstracta y se trata más bien de una construcción y de un horizonte ético. 3) La educación no es necesariamente amansamiento si se cuenta con el interés real de quien es educado. 4) Todo lo que me rodea y conforma como persona es de naturaleza individual (los meteoritos, el espagueti, el mito, la neurología y la política), proviene de mi subjetividad y ésta se completa o modifica con todas las manifestaciones exteriores. Algo así, por ejemplo, me diferencia de los hombres de negocios que cometen crímenes financieros y los justifican aludiendo a que no son “nada personal”. 5) Creo que la humanidad no existe y que por lo tanto vale la pena crear, definir, construir conceptos como humanismo, feminismo, etc… para así dotarnos de un mínimo cobijo dentro del caos. 6) Sospecho que mi vida no tendría ningún sentido si no existiera la belleza femenina, es decir esa impresión que me afecta, seduce, determina, aniquila o da vida. Y así me puedo seguir de largo…

Si me permiten una apreciación sobre la noción de cultura que bosquejaba Kierkegaard en Temor y temblor, diría que la cultura fortalece la imaginación y conocimiento del individuo y es a causa de ello que lo social se torna un complejo en donde actúan diversas fuerzas de oposición que llevarán a la comunidad hacia el equilibrio. El caso contrario, una cultura impuesta para fortalecer lo social desde lo social, no pasa de ser un baile folklórico, una ideología que plantea una dirección a todas aquellas expresiones reacias a orientarse en un todo: una imposición. En fin, sólo por opinar desde el margen.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “Cultura y temblor

  1. La objetividad, igual que la libertad, es un horizonte, es decir, un ideal. “La objetividad es un ideal”. Cómo les quedó el ojo?