Pocas cosas tan poderosas, poéticas, conmovedoras que una sola persona intentando desentrañar el pasado. Moldear el significado del pasado, recuperarlo para entender, entenderse. Las mejores memorias surgen de quienes hurgan en el pasado por razones hondamente sentidas como lo hace Laurence Debray, la hija de revolucionarios.1 En busca de la verdad, quizás. La verdad que a lo largo de este espléndido libro no es un enemigo; es el barandal del cual Debray se aferra mientras camina a tientas en la oscuridad, en las escaleras del sótano de la izquierda latinoamericana castrista y chavista, en busca de sus padres y de sí misma. ¿Cómo plantar una vida en medio de eso?

El recorrido entero es hacia la verdad, la autenticidad, la libertad, la agencia.

Escribir un libro de memorias —dice Mary Karr— es como noquearte con tu propio puño. Es removerte por dentro porque libras una batalla no sólo con cómo son y fueron los demás, también con cómo eres y has sido tú. Ella, Laurence. Comanda huestes y legiones y batallones en contra de las grandes excusas y las pequeñas evasiones. Conjura paisajes y personas que viven dentro de sí misma, y nos hace hacen sentir que se ha desnudado. Ver a alguien desnudo emociona y conmueve. El corazón se vuelve el cerebro. Es el contador de Geiger que recorre la memoria en busca de metales preciosos. Quitando máscaras.

Entregándonos un libro dramático. Porque como todo el drama depende de la necesidad de conectar el uno con el otro, estamos condenados a lo dramático. Aun los más “fifí” y privilegiados hemos perdido a un padre, a una hermana, a tres hijos. Quién no ha sufrido el tormento de los damnificados que acompaña ser humano. Personas a las que adoramos mueren o desaparecen a lo largo de años torturados. Aun en las mejores familias alguien logra destruir, dañar, apagar la esperanza. No están presentes en el momento adecuado o aparecen reclamando, cuando lo que queremos es ternura. Cuando anhelamos paz y no la encontramos ni siquiera en esa patria que es la infancia.

¿Cómo escribir sobre aquellos que uno ama? La máxima: si te tocó vivirlo, tienes permiso para escribirlo. Contarlo. Decir qué pasó, sin especulaciones, sin juicios. Así nomás, lo que fue. Debray no se miente, ni nos miente. No hay un ser falso aquí. Ella viene, como muchos de nosotros, de las filas de los huérfanos de padres ausentes o intermitentes, tratando de curar cismas dentro de nosotros mismos. Las personas que amamos nos rompieron el corazón porque sólo nosotros teníamos acceso a ellos, y luego rompemos nuestros propios corazones emulando sus errores. A sus padres revolucionarios —Regis Debray y Elizabeth Burgos— no les interesaban las prerrogativas ni lo superfluo: el poder era un deber, no un privilegio. “Con mis padres nada era ligero o alegre. Su tono era serio, las metas eran cruciales”. Sabían que no estaban dotados para la felicidad. Es un ejercicio al que no tenían tiempo de entregarse.

El deber de un revolucionario es hacer la revolución. Basta de la teoría, había que pasar a la acción. Sin fusil, mala pluma; sin pluma, mal fusil. Regis Debray habría de convertirse en el Malraux de la selva. Se aferraría al proyecto revolucionario para dar sentido a su vida. Sentiría atracción por la violencia. Se convertiría en la pluma de la revolución cubana. Acompañaría al Che a Bolivia, cazaría osos y monos para la comida, fregaría platos, participaría en peligrosos turnos de guardia, caminaría kilómetros por la selva, discutiría con El Comandante, sería apresado, torturado, denunciado como un delator, vería a su compañera durante un total de seis horas a lo largo de varios años, sería liberado después de 48 meses de encarcelamiento gracias a su nombre, a su abolengo, a la persistencia de sus padres, a la presión del gobierno francés. Serían los padres de Laurence los protagonistas de una historia tan trágica como lírica. Serían después padres que producirían admiración y ambivalencia en su hija; honor y dolor.

Ilustración: Estelí Meza

Ver a alguien examinar una historia dolorosa es ser testigo del dolor. Este examen escrupuloso que busca la aceptación y el alivio. Permite que el pasado se convierta en pasado. Como escribiera Zora Neale Hurston, “si guardas silencio sobre tu dolor, te matarán y dirán que lo disfrutaste”. Laurence Debray no disfrutó mucho de lo que vio y vivió testigo cerca de su padre y lo dice: “No me gustaba ser testigo de sus distintas actitudes: seductor con las mujeres, serio con mi madre, incómodo con sus padres, deprimido o exaltado con sus amigos, perdido y amable conmigo”. ¿Dónde estaba la coherencia entre aquellas vidas paralelas? ¿Qué faceta revelaba su verdadera naturaleza? Ella no lo sabe. Lo que sí sabe es que “mi padre llevaba una vida pública disoluta, pero su vida verdadera, la del escritor, era disciplinada y de clausura. Su hija no podía ser un obstáculo para cumplir con su destino. Cuanto más se ennegrecían las hojas con su escritura minúscula, menos podía yo llegar a él. Sentía que sobraba. Esa sensación de molestia no me ha abandonado”. Había que ser un buen soldadito, sin desobedecer, sin quejarse.

Laurence, hija de revolucionarios consagrados e hija también de unos padres que literalmente la perdieron en un barrio de compras y olvidaron recogerla de la escuela. “Durante los cinco años siguientes, mi padre duplicó su atención para no perderme; un verdadero desafío, casi tan angustioso como el final de la Guerra Fría. Ocuparse de una niña pequeña salvar al Tercer Mundo, escribir libros; era inevitable que se produjeran daños colaterales ocasionales”. Un padre ausente estando presente le dejan a Laurence una angustia jamás superada. “A mí me cuesta mucho trabajo dejar a mis hijos, incluso con su padre. Me da miedo que se olvide de ellos o que los pierda”.

Este libro ofrece placeres intelectuales, sin duda; una épica íntima de la izquierda revolucionaria a través de la vida de dos de sus protagonistas más controvertidos y más entrañables. Pero de manera más importante ofrece una conexión emocional con la hija de revolucionarios que ahora es escéptica de todas las grandes gestas revolucionarias. Sus padres son jóvenes, brillantes, atractivos, revolucionarios, que lo pierden todo con la revolución. Padres que predican, dividen, esconden, conspiran, seguros de su superioridad intelectual y moral. Envueltos en la utopía, con la esperanza de influir en temas como la violencia, la injusticia y la arbitrariedad. Encantados, cegados, apasionados, olvidan el principio de realidad trivial. Inteligentes pero sobreexcitados. Revolucionarios profesionales que en el caso de Cuba cerraron los ojos ante sus excesos y sus penurias. Al menos la revolución les había insuflado un sentido de pertenencia, tranquilizador. Los muertos y la censura constituían un precio a pagar. “Mis padres se cuidaron mucho de hablarme de la cara oscura de la Revolución”. “Sólo sabía que cada año su amigo Fidel le enviaba a mi padre una caja de puros Cohiba, que presidía la mesa baja del salón”.

“Harán de mí una persona totalmente hermética a las utopías”, sentencia Laurence. La llevarán a respetar a personas como el ex presidente del gobierno español, Alfonso Guerra, “una de las pocas personas que no ha cambiado de actitud antes, durante y después del poder”. La llevarán a escribir sobre Fidel Castro y lo que engendró: ¿cómo es que mis padres aprobaran un proyecto político como aquél, fundado sobre la represión, la exclusión y el poder absoluto? ¿Cómo pudieron pensar que una economía establecida por funcionarios podía ser viable? ¿Pueden justificarse en nombre de la emancipación y la igualdad todas las decisiones erráticas?

De Cuba escribe: “escuchar a los cubanos comentar, entre el humor y la exasperación, los últimos caprichos del Líder máximo: traer vacas normandas para fabricar queso francés que le encantaba, producir fresas como hacía la esposa del embajador de Francia en su huerto, hacer que los niños plantaran semillas de cafeto alrededor de la capital, en detrimento de su educación y del sentido común campesino. La isla se había convertido en un lugar de experimentaciones, a veces descabelladas, un gran parque de juegos”. Su madre buscaba elementos para el análisis, mientras que su padre estaba en la admiración beata. Para él, el mito era intocable; para ella, podía ser deconstruido.

De ahí el antichavismo radical de Laurence. “Imposible no desconfiar de aquel populista de elocuencia enardecida. Pensaba que el agitador sería capaz de sanear un sistema bipartidista desgastado”. Ese escepticismo la llevará a buscar a Hugo Chávez y a describir deliciosamente su encuentro con él: “Bolívar no es un mito ni un santo. Es el pueblo, el rebelde. Puede ser como él, el nuevo libertador del país. ¿Era un iluminado o estaba demasiado entusiasmado? Dudaba si reírme o no. Su simplismo resultaba enternecedor”. Y sus buenas intenciones reales: “El pueblo quiere más moralidad en política y más educación”. Nos revela Laurence: “Al final del día estaba harta de oír hablar de aquel pueblo, aquel colectivo infalible y pasivo, en nombre del cual se invocaba todo. ¿Acaso no podemos considerar al pueblo como ciudadanos, con derechos y deberes, perteneciente a una nación?”, le pregunta ella a él con la esperanza de que cambie de disco. Sin embargo, infatigable, vuelve a hablar de Bolívar, del pueblo y de su “proyecto histórico”. Inaugurará después un caudillismo mesiánico. Un mal a cambio de otro, mucho más destructor.

Cuando su padre Regis Debray pierde interés en América Latina, y desde lejos se alía con causas grotescas, Laurence vivirá eso como la expresión de la estupidez de una izquierda cegada por los buenos sentimientos, en detrimento de la cruel realidad. Venezuela no se trata de una teoría, sino de una vivencia y un sufrimiento. Debray aplaudía la aplicación de la revolución bolivariana; el caudillismo forma parte del folclore político latinoamericano; el Estado de derecho pasa a ser un detalle que cae rápidamente en el olvido. Las manifestaciones que terminan en baños de sangre, los encarcelamientos arbitrarios, la tortura, la podredumbre de un país en peligro, presa del sadismo de Estado. “Para mi padre América Latina constituye una aventura pasajera que le reportó notoriedad; para mí es una realidad que corre por mis venas”.

La nostalgia le venda los ojos, como a tantos más. Para no ver el mundo evolucionar nos aferramos a argumentos eternos, a escenarios con los mismos buenos y malos. Tranquiliza tanto como una cantinela. Habría que poner una etiqueta a ciertos políticos —y a ciertos intelectuales— que dijera “caduca a partir del año 2000”. El siglo XX es entrañable pero demasiado dogmatismo limita la capacidad de adaptación, de comprensión. Los dinosaurios acabaron desapareciendo de la faz de la tierra en el siglo XX pero en muchos sectores de la izquierda latinoamericana siguen ahí. Deambularán feroces por los pasillos del poder, si no tenemos cuidado, en nuestro propio país. “Ver a tu patria naufragar resulta tan doloroso como cuando ves apagarse a un ser querido”, lamenta.

Por eso Laurence dice que no va en busca de hombres providenciales. Al final te decepcionan. Su padre salió quemado de sus relaciones apasionadas con el Che, Fidel, Mitterrand. Quizás por eso la fascinación intelectual por la antítesis: el rey de España. Quizás el padre que le hubiera gustado tener. Un hombre discreto y espontáneo. Alguien que despliega la humildad como signo de grandeza. Cuando tantos otros lucen por mantenerse en primera línea, Juan Carlos ha dado un paso al lado. Ha elegido la honra de su marcha. Ese gran gesto de generosidad le impresiona. “Estoy más acostumbrada a la lucha de egos que a la majestad de la retirada”.

Finalmente, unas palabras de epílogo de quien escribe esta reseña para la hija de revolucionarios. Laurence, dices que no es suficiente que uno escriba para que el otro escuche. No sé si tus padres te escuchen, pero nosotros te estamos escuchando. Quizás tus padres no te amaron bien todo el tiempo, pero te amaron bien cuando importó. Todo lo que sientes por ellos es como una roca asentada sobre la garganta, pero ojalá escribir este libro haya aligerado la carga. Tus padres te dieron las herramientas para usar, para convertirte en quien eres. Te llevaron a escribir para hacerte escuchar y ser respetada. A fuerza de no ser nadie te convertiste en alguien.

Siento admiración por personas como tú Laurence, que forjan belleza duradera de vidas difíciles y demuestran enorme valor y coraje moral, intentando exprimir verdad del lío —brioso— de su experiencia. Presentarse uno a los otros es una forma de hacer menos solitario el mundo, menos solitaria la vida. Eso es algo noble. Eso es algo honroso. No podemos saber si el valor de nuestras vidas puede contribuir a iluminar el mundo, o cómo radicalmente nos cambia, uno por uno. A mí esta lectura me ha cambiado, me ha cimbrado, me ha conmovido. Citas a Brancusi: “Nada crece a la sombra de los grandes árboles”. Tu libro demuestra que no tenía razón. Hete aquí. Hija de revolucionarios pero también madre, amiga, escritora, ser humano con cosas importantes que decir. Árbol fuerte. Árbol erguido. Árbol frondoso. Árbol al fin.

 

Denise Dresser
Doctora en Ciencia Política. Es profesora en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Entre sus libros Manifiesto mexicano y El país de uno.


1 Laurence Debray, Hija de revolucionarios, Editorial Anagrama, 2018, 284 pp.

 

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