Escribió hace unos meses Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, que tres peligros amenazan con destruir a la cultura occidental. Trump. La bomba nuclear. Y el feminismo.

Vargas Llosa debería leer el libro de Laurence Debray, Hija de revolucionarios (Anagrama, 2018), para ya no dormir nunca jamás en paz, descubriría que el apocalipsis que tanto teme está ya ocurriendo: en efecto, la mirada feminista de autoras de la inteligencia y la soltura narrativa de Laurence Debray ya está destruyendo la cultura occidental —es decir, tal y como ha existido. Patriarcal. Ciega a la mitad de la especie, las mujeres. Y ciega a todo un territorio de la vida que tradicionalmente se ha llamado femenino. Es decir, el mundo de la cooperación, el cuidado de los otros y la compasión.

Tal vez por eso, más justo que el verbo “destruir”, debería decirse que la mirada feminista lo que está haciendo es agrandar, expandir, ensanchar la cultura occidental. Agrandar, ensanchar, expandir el cuadro en el que los occidentales nos hemos visto, nos hemos relatado a nosotros mismos y nos hemos reimaginado, para incluir ahora en ese cuadro a lo que otrora no quedaba incluido.

Esto es lo que hace Laurence Debray en Hija de revolucionarios. Nos cuenta la historia de Regis Debray, su padre. En esta historia, cuyos trazos generales son conocidos en Latinoamérica y en Francia, por la notoriedad con que ocurrió hace 50 años, no falta nada. Si acaso, Laurence Debray detalla sus hechos con mayor rigor, aprovechando su cercanía familiar a los testigos y yendo a buscar hasta sus lugares de origen a otros testigos distantes.

No, nada falta ahí. Está el guapo y joven francés, llegado a las tierras tropicales latinoamericanas. Está su barba creciendo en Cuba, a la par de su conocimiento de la injusticia reinante en el mundo que habla con la Ñ. Están sus noches de debates con el macho alfa de la Revolución de la Izquierda en el continente, Fidel Castro.

Ilustración: Estelí Meza

Está su viaje a la jungla de Bolivia para servir a la guerra de guerrillas del Che Guevara. Su captura por el ejército boliviano. Su condena a 30 años de prisión, la protesta internacional que desata, su repentina excarcelación y su vuelta triunfal a Francia donde es nombrado ministro de gobierno.

Pero, además, lo dicho, Laurence Debray abre el cuadro de la historia: pone en primer plano a tres mujeres y, en consecuencia, el mito del héroe barbado y solitario que conocíamos se vuelve por entero otra historia.

Primero, incluye en primer plano a Elizabeth Burgos, la pareja de Regis y la madre de la autora del libro. Resulta que Elizabeth Burgos no es la Adelita fiel al héroe que nos habían narrado las crónicas de la época. Es una antropóloga venezolana de avispada inteligencia y es ella quien le da a él una raíz en el mundo latinoamericano. Es ella la que entiende, no como un galimatías ideológico, sino a nivel de su cuerpo, en su corazón y en su hígado, la injusticia social de la región. Ella está, sentada a un lado de Regis Debray, en los monólogos nocturnos e interminables, que no debates, de Fidel Castro, ese hablador incontinente. Ella vuelve a estar en cada decisión de estrategia y de táctica de Regis. Y por fin, cuando él es preso en Bolivia, es ella la que lo salva de 30 años de cárcel.

En efecto, es Elizabeth la que busca a la madre hiperburguesa de Regis y arma y sostiene con su suegra, la segunda mujer clave que nuestra biógrafa incluye en el cuadro, una campaña de prensa internacional que no sólo lo mantiene a él a salvo de algún machete nocturno y traidor, sino que crea el mito mundial del barbón francés revolucionario en las junglas latinas.

Y es la madre de Debray, la madame hiperburguesa, la que por fin trae, agarrado de una oreja, al general De Gaulle a esta historia, para que gracias al poder del estadista conservador, el guerrillero marxista recobre la libertad y vuelva, en ropajes de héroe, a Francia, donde recoge los frutos de la gloria solo.

Solo: en el pináculo de la gloria, el héroe patriarcal se deshace de las mujeres que ahí lo llevaron, para afirmar su perfil de macho autosuficiente. Ya Simone de Beauvoir contaba en La mujer rota la misma historia, y precisamente un par de años antes de que Regis Debray la cometiera, tan fría y calculadamente.

Debray se vuelve ministro de Estado, celebridad internacional e indispensable opinador de las revoluciones latinoamericanas, mientras su pareja Elizabeth vive una vida discreta. Mientras Elizabeth cría a la hija de ambos, él sale de cacería de mujeres jóvenes. Mujeriego a los cincuenta y tantos años, termina una conferencia con una declaración que Laurence Debray, su hija, transcribe en un renglón que duele como una herida —una declaración que de cierto cifra y descifra dónde, para el héroe patriarcal, y para la cultura patriarcal en general, idealmente están colocadas esas cosas útiles llamadas mujeres. “Desde que los congelados Picard y el horno microondas existen”, dice Regis, “ya no es necesario casarse”.  La tercera mujer que ensancha el relato es nada menos que la autora del relato, la hija de Debray, Laurence, que hace el juicio moral de su padre de dos formas. Acotando su opinión a un lado de las acciones de él, y de forma más contundente, al tomar las decisiones de su propia vida. 

La hija del héroe marxista se va a trabajar a Wall Street. La hija del colaborador del Che Guevara, decide escribir su primer libro sobre un rey, el rey Juan Carlos de España. La hija del revolucionario detesta la revolución y sus destrozos, aborrece la dictadura, del signo que fuere, y prefiere la civilidad, la reforma y la democracia.

Beware of the daughters of John Wayne, porque cuando John Wayne envejezca sus hijas hablarán de las muertas que el vaquero ha dejado en el camino. O bien: cuidado con las hijas de los grandes machos revolucionarios, porque serán ellas, con sus miradas compasivas, las que iluminen a sus madres y a sus abuelas, borradas por la Historia, y al restituirlas al cuadro de la percepción transformen el mito del héroe patriarcal en otro mito, más amplio, más verídico, más generoso: el mito de los y las compañeras de viaje.

Eso hace hoy el mejor feminismo: no destruye los mitos patriarcales, los transforma cuando abre el cuadro de la percepción y vuelve visible lo que esos mitos invisibilizaban. Así, el feminismo está creando los nuevos mitos para la cultura occidental.

Y es que las mejores feministas no quieren ser ellas las que ahora monten el caballo del egoísmo y se vayan solas hacia el horizonte. Quieren, queremos, mitos nuevos, donde la compasión, el cuidado de los otros y la cooperación se empoderen y triunfen. Digámoslo de una vez, para tranquilidad (o tal vez mayor intranquilidad) de los machos alfa de la cultura: el feminismo no es un mero ajuste de cuentas con la tradición patriarcal, aunque también lo es; tampoco es la suplantación del machismo por el hembrismo; es, verídicamente, una lenta y profunda y amplia revolución de la cultura.

 

Sabina Berman
Escritora, dramaturga y ensayista. Entre sus libros: Gloria. Una historia sobre la fama y la infamia, El dios de Darwin y La mujer que buceó dentro del corazón del mundo.