“Populismo” es una descripción para el nacionalismo xenófobo que hoy está arrasando en gran parte del mundo. ¿Pero hay algo aún más siniestro en marcha?

En La lengua del Tercer Reich, Victor Klemperer, un académico judío que milagrosamente sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial en Alemania, describe cómo el nazismo “se introducía en la carne y la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones y de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”. Como resultado de esta inculcación Klemperer observó: “la lengua no sólo escribe y piensa por mí, también dicta cada vez más mis sentimientos y gobierna mi pleno ser espiritual, siendo más incuestionado e inconsciente entre más me entrego a él”.

Hoy existe un fenómeno similar en países donde una política de extrema derecha ha tenido éxito, ya sea Gran Bretaña en la era del Brexit, Polonia bajo Jarosław Kaczyski o Estados Unidos en la presidencia de Donald Trump. En las últimas semanas políticos con estas ideologías en estos países cada vez más se han visto acorralados y han recurrido a mentiras cada vez más estrafalarias. Mientras los defensores del Brexit siguen insistiendo en que abandonar la Unión Europea no sería devastador para la economía del Reino Unido, Kaczyski ha estado ocupado intentando culpar a la oposición del asesinato del alcalde de Gdask, Pawel Adamowicz, y no a la retórica de su propio partido. Trump, por su parte, ha seguido fabricando una crisis en la frontera mexicana para justificar sus demandas de un muro.

Sin embargo, a pesar de todo el foco en las mentiras y la retórica violenta de estos líderes no se les ha prestado la atención suficiente a las aplicaciones más sutiles de la retórica de extrema derecha en los últimos años. La historia demuestra que los movimientos antiliberales pueden promover sus agendas no sólo a través de elecciones, sino también infiltrando el lenguaje corriente del debate político. Y, como veremos, la evidencia hoy sugiere que los “populistas” de extrema derecha, los autoritarios y, por cierto, los fascistas han estado librando tímidamente una batalla de palabras para ganar la guerra de ideas.

 

¿Cómo hizo Trump para arrebatarle el control del Partido Republicano al establishment conservador en Estados Unidos? Parte de la historia es su supuesta “autenticidad”, que es realmente otra manera de referirse a su estilo retórico y a su dicción. En sus tuits los momentos de las fotos en la Casa Blanca y las concentraciones al estilo de campaña, el uso del lenguaje de Trump ha resultado efectivo para fomentar su marca de una política de nosotros contra ellos, al menos entre una base central de seguidores fervientes.

La retórica de Trump no salió de la nada. En 1990 Newt Gingrich, entonces miembro republicano de la Cámara de Representantes de Estados Unidos por Georgia, escribió un memo para la organización GOPAC de entrenamiento del partido, que influye directamente en la política estadunidense de hoy. En “Lenguaje: un mecanismo clave de control”, Gingrich compiló dos listas, una de “Palabras guía positivas y optimistas”, la otra de “Palabras contrastantes”.

En la primera lista se instruye a los republicanos a utilizar los siguientes términos para definir su “visión del servicio público”: “conflicto”, “coraje”, “debate”, “escuchar”, “movilizar”, “pro bandera”, “pro niños”, “pro medio ambiente”, “pro reforma”, “fortaleza”, “duro”, “único” y “nosotros”. Y en la segunda lista se les dan rótulos para aplicar a sus oponentes: “corrupto”, “corrupción”, “decadencia”, “destruir”, “destructivo”, “codicia”, “hipocresía”, “ideológico”, “liberal”, “mentira”, “actitud permisiva”, “enfermo”, “amenazar”, “traidores”, “burocracia sindicalizada”, “bienestar” y “ellos”.

El memo de Gingrich es muy similar a los “Diccionarios metapolíticos” utilizados por la extrema derecha europea. Por ejemplo, en el libro de 2001 del etnonacionalista francés Guillaume Faye, Por qué luchamos: Manifiesto de la resistencia europea, y el manifiesto de 2015 del líder fascista sueco Daniel Friberg, El regreso de la verdadera derecha: Un manual para la auténtica oposición”, se introduce al lector a un compendio de términos específicos que están destinados a guiar el debate político. Las listas incluyen palabras como “globalismo”, “populista”, “extranjero”, “cosmopolitismo” y “antirracismo”, definidas de maneras que hoy son comunes de escuchar en la derecha política.

Ilustraciones: Víctor Solís

Históricamente, los movimientos fascistas por lo general han estado muy en sintonía con la importancia de la guerra semántica y las formas en las que las prácticas discursivas forjan y construyen hábitos de pensamiento. De la misma manera que Hitler, en Mein Kampf, expresaba una admiración reticente por las tácticas de propaganda de los aliados occidentales en la Primera Guerra Mundial, nosotros deberíamos reconocer la sofisticación del uso del lenguaje por parte de los fascistas contemporáneos. Sólo entonces podremos contrarrestarlo.

 

Consideremos, primero, el término “derecha alternativa”, cuya acuñación muchas veces se atribuye al nacionalista blanco norteamericano Richard Spencer, aunque parece haber habido una aparición temprana en la prensa en un artículo de diciembre de 2008 del historiador Paul Gottfried. Spencer está orgulloso de su acuñación y es ferozmente competitivo con otros —entre ellos Gottfried— que también dicen haber contribuido a la popularidad del término.

“La belleza de la marca derecha alternativa”, escribe el editor nacionalista blanco Greg Johnson, “es que señalaba la disidencia de la derecha tradicional, sin comprometerse con ideas estigmatizadas como Nacionalismo Blanco y Nacional Socialismo”. Esto no quiere decir que el propio Johnson no esté comprometido con esas “ideas estigmatizadas”. Como autor del libro El manifiesto nacionalista blanco, reconoce abiertamente que la “derecha alternativa” originariamente estaba “sumamente influenciada” por el nacionalismo blanco y terminó fusionándose con él”.

Johnson aplaude la introducción del rótulo “derecha alternativa”, entonces, porque oculta la naturaleza antidemocrática del movimiento. Sólo por esta razón quienes no se cuentan entre la derecha alternativa directamente no deberían utilizar la expresión. Ya existen términos más precisos para la misma ideología, por ejemplo “fascista”, que capta las connotaciones históricas de las que la “derecha alternativa” está destinada a despegarse.

La aplicación oscurantista de derecha alternativa está en armonía con uno de los objetivos dominantes de los movimientos fascistas: lograr respetabilidad. Como explica el hijo del fundador de Stormfront, un sitio web nacionalista blanco de relevancia, en un comentario del New York Times de 2017, “Mi padre solía darme el consejo de que los nacionalistas blancos no buscan reclutar a la gente en los márgenes de la cultura norteamericana, sino más bien a quienes empiezan una oración diciendo ‘No soy racista, pero…’”. De la misma manera, Johnson, en su historia desde adentro de la derecha alternativa, observa que los primeros exponentes del movimiento “cultivaban un tono sincero de respetabilidad de clase media, evitando las calumnias raciales y discutiendo la raza y la cuestión judía en términos de biología y psicología evolutiva”.

Mientras tanto, los movimientos fascistas europeos contemporáneos han llegado incluso a articular el objetivo de la respetabilidad. La literatura de extrema derecha europea está abarrotada de consejos prácticos sobre cómo parecer respetable en comparación con los demás. Friberg, por caso, denuncia la “violencia política” y la “revolución” en términos para nada inciertos.

Pero esta es una estratagema calculada. En realidad, existe una relación en la que la violencia callejera fascista y los movimientos políticos fascistas se refuerzan mutuamente, por la simple razón de que los partidos fascistas necesitan de la violencia para parecer pacíficos. Sin algunos fascistas que cometan actos de violencia, los partidos fascistas carecen de una pátina con la cual diferenciarse como el menor de los extremos, o inclusive posicionarse como garantes del “orden”.

La búsqueda de respetabilidad también está en el corazón de los diccionarios metapolíticos fascistas, que ofrecen lenguaje para hacer que las ideas alguna vez extremas parezcan convencionales. En La lengua del Tercer Reich, Klemperer observa que “las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno y, al cabo de un tiempo, se produce el efecto tóxico”. Los diccionarios metapolíticos fascistas se entienden mejor como ampollas de veneno, que tienen que ser administradas lentamente en el vocabulario de la clase política.

 

Una vez que los fascistas alcanzan un nivel necesario de respetabilidad, el propio fascismo puede empezar a echar raíces. En su núcleo, el fascismo se basa en una comprensión particular de la lucha darwiniana social —de ahí el título de la autobiografía de Hitler, Mein Kampf (Mi lucha)—. Y el darwinismo social, a su vez, es el eslabón común que vincula al neoliberalismo (o libertarismo económico) y al fascismo. Es por esto que no sorprende oír a Trump hablar constantemente de “ganar” en los negocios, señalando regularmente su desdén por los “perdedores”. Ahora que está en la Casa Blanca esta ideología fácil se traduce en un proyecto de lucha nacional contra otros países.

Una dinámica similar se está desarrollando en Europa. En Alemania, muchos de los miembros originales del neofascista Alternative für Deutschland (AfD) antes pertenecían al Partido Democrático Libre de centroderecha (FDP por su sigla en inglés). El FDP, más que cualquier otro partido político, defiende una ideología guía neoliberal y se ha presentado a sí mismo como descaradamente “globalista”, en favor de menores impuestos y de un mayor libre comercio. Entender cómo el fascismo puede surgir del libertarismo económico es esencial para comprender el peligro que enfrentan hoy las democracias occidentales.

El libertarismo económico —que no debería vincularse con la democracia— es una filosofía en la cual se valoriza la lucha individual y el éxito es determinante del valor individual. El fascismo, por el contrario, se basa en el valor grupal como producto de la lucha grupal. El fascismo por ende reemplaza a los individuos por grupos como sujeto y objeto de análisis. Es una posición claramente distinta del libertarismo. Pero la historia reciente demuestra que existen suposiciones problemáticas que nos permiten cambiar de una opinión a otra, sin darnos cuenta. Por ejemplo, quienes creen que pertenecen a un grupo con hábitos de trabajo superiores y una mayor capacidad de lucha pueden obtener un valor individual simplemente perteneciendo a ese grupo o solidarizándose con él.

La gente que piensa de esta manera tiende a ver al mercado internacional como un campo de batalla donde las “naciones” individuales están atrapadas en combate; cuando miran más allá de la nación, ven un “mundo de enemigos”. Pero para que la política fascista eche raíces, basta simplemente con pensar que hay una batalla entre grupos nacionales dentro de un país. Como sea, el mito de la superioridad dentro del grupo es un arma valiosa. Como escribe Faye en Por qué peleamos: “Si es ‘objetivamente’ verdadero o falso no importa: el etnocentrismo es la condición psicológica necesaria para la supervivencia de un pueblo (o una nación). La historia no es un campo en el cual se elaboran principios intelectualmente objetivos, sino un terreno condicionado por la voluntad de poder, competencia y selección. Las disputas académicas sobre la superioridad o inferioridad de un pueblo son irrelevantes. En la lucha por la supervivencia, el sentimiento de ser superior y correcto es indispensable para actuar y triunfar”.

Al destacar la necesidad de un mito de superioridad nacional es característico que los fascistas acentúen las catástrofes latentes, que siempre serán lo suficientemente extremas como para requerir no sólo determinación individual y falta de remordimiento, sino también grupos de individuos alineados como naciones. Los desastres del futuro causarán tantos estragos y requerirán tanta competencia por los recursos escasos que no habrá lugar de ningún tipo para la compasión. La ideología fascista muestra así un futuro catastrófico como un modo de hacer valer su propia necesidad en el presente.

 

Es bueno pensar que las democracias occidentales son menos vulnerables a las tentaciones del pensamiento fascista que en el pasado. Pero, a diferencia del pasado, los movimientos fascistas de hoy responden a amenazas catastróficas eminentemente viables. Eso significa que no puede haber lugar para la complacencia.

Para Hitler la catástrofe motivante fue una escasez global de alimentos inminente, que nunca tuvo mucho sentido. Pero cuando Faye escribe sobre una catástrofe ambiental en cierne, no resulta tan fácil de descartar. Como dejó en claro el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático en un informe especial en octubre pasado, el calentamiento global catastrófico bien podría definir el futuro de la humanidad en las próximas décadas.

Es más, como nos recuerda Black, Estados Unidos tiene una larga historia de pensamiento etnonacionalista y fascista. Benjamin Rush, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, creía que la lucha entre naciones exigía inculcar a los ciudadanos estadunidenses un mito de nacionalidad norteamericana. Y, a juzgar por un perfil reciente en The Atlantic, Gingrich hoy abraza una ideología que es más o menos la misma que encontró en los libros de Faye y Friberg.

Por cierto, Gingrich está obsesionado con la biología evolutiva, y parece creer que la herencia evolutiva de la humanidad está mejor representada en la brutalidad y la fealdad de la política humana. Según The Atlantic, piensa que deberíamos “ver al reino animal de donde evolucionamos como lo que realmente es: ‘Un mundo muy competitivo y difícil en todo nivel’”. En otras palabras, lo que algunos podrían ver como “salvajismo”, Gingrich lo considera una lucha “natural” de vida o muerte.

 

Al mismo tiempo que la ideología fascista propaga la superioridad nacional como un mito necesario, también encarna necesariamente ese mito. De ahí que, en Mein Kampf, Hitler declara que “… todo lo que admiramos en esta tierra —la ciencia, el arte, la habilidad técnica y la invención— es el producto creativo de sólo un pequeño número de naciones… Toda esta cultura depende de ellas para su propia existencia… Si dividimos la raza humana en tres categorías —fundadores, mantenedores y destructores de la cultura— se puede decir que sólo los valores arios representan a la primera categoría”.

En igual sentido, Faye insiste en que “el aporte que ha hecho la civilización europea (inclusive su pródigo norteamericano) a la historia de la humanidad supera, en cada dominio, al de cualquier otro pueblo”. Hoy en día hay políticos de extrema derecha europeos que están promoviendo versiones más afables de esta idea y que han ganado respetabilidad desde hace un buen tiempo. Así es la naturaleza de la guerra semántica.

Consideremos el concepto de “ilustración europea”, que no tiene ningún significado filosófico singular. Como categoría taxonómica podría incluir a filósofos tan diametralmente opuestos como Hume y Kant. Algunas de sus figuras, sobre todo Kant, eran los principales defensores de conceptos que los fascistas rechazan de manera contundente (a saber, dignidad humana universal).

Sin embargo, los políticos de extrema derecha europeos han adoptado sutilmente el discurso de la Ilustración como una manera de introducir clandestinamente más afirmaciones desvergonzadas de una superioridad europea. Por ejemplo, el alcalde de Antwerp, Bart De Wever, un nacionalista flamenco sin pelos en la lengua, recientemente empezó a referirse a la Ilustración como “el software” de “la gran narrativa de la cultura europea”. Apelando al filósofo británico Roger Scruton, sostiene que “la Ilustración europea” y el nacionalismo son complementarios y no opuestos. En De Wever uno encuentra una superposición importante con Faye. Por ejemplo, ambos condenan al liberalismo y al socialismo por conducir a “fronteras abiertas”, “espacios seguros”, “leyes que protegen sentimientos” y la disolución de la autoridad parental.

Por el contrario, consideremos el caso de Steve King, un miembro republicano de la Cámara de Representantes de Iowa, que recientemente causó una polémica al preguntar por qué un lenguaje como “nacionalista blanco, supremacista blanco, civilización occidental” se había “vuelto ofensivo”. King aparentemente no recibió el memo sobre luchar por la respetabilidad. Pero el resto de su partido lo hizo. Luego de una indignación pública, los republicanos en el Congreso apartaron a King de sus puestos en los Comités Judicial y de Agricultura de la Cámara. Aunque había hecho comentarios igualmente ofensivos en el pasado, el Partido Republicano vio una oportunidad para reafirmar su relativa respetabilidad. Y así King fue arrojado a los lobos por expresar opiniones que sin duda comparten muchos de sus correligionarios republicanos —empezando por su candidato presidencial en 2016.

 

Desde una perspectiva estadunidense, los fascistas europeos como Faye y, en menor medida, Friberg podrían parecer demasiado exóticos para plantear un peligro real. Su invocación simultánea de la Ilustración y la renuncia a sus ideales es una estrategia que es ajena a las propias tradiciones cívicas de Estados Unidos, y su histeria por la mezcla de razas sigue siendo completamente inadmisible en Estados Unidos (y, por cierto, en gran parte de Europa occidental). No se escucha a muchos políticos norteamericanos —o inclusive miembros de la llamada red oscura intelectual— promover a Nietzsche.

Sin embargo, leer los diccionarios metapolíticos de los fascistas europeos es profundamente desconcertante, porque uno percibe que gran parte del lenguaje —y las concomitantes maneras de pensar— ya ha alcanzado estatus de convencional.

Faye, por ejemplo, denuncia al antirracismo como una doctrina que “fomenta la discriminación en favor de los extranjeros, la disolución de la identidad europea, la multirracialización de la sociedad europea y, en la raíz, paradójicamente, el propio racismo”. Cuando eso se escribió en 2001 parecía ridículo. Decir que el antirracismo es racismo es una inversión fascista clásica de los ideales (guerra es paz, corrupción es anticorrupción, autoridad es libertad). Pero ahora consideremos lo que ha sucedido en los años transcurridos. El concepto de “racismo inverso” se ha vuelto convencional. 

Cuando Faye asegura que el antirracismo es el “referente de los honestos” y “la expresión más avanzada de la ideología totalitaria posmoderna”, su diatriba se vuelve evidentemente trastocada. Pero más allá del nivel de hipérbole, ¿su argumento es realmente tan diferente de la descripción del brillante lingüista de la Universidad de Columbia John McWhorter de “antirracismo” como “una religión nueva y cada vez más dominante?”.

O consideremos la cuestión de la “corrección política”, definida por Friberg como “un peyorativo normalmente utilizado para un conjunto de valores y opiniones de los cuales a los individuos no se les permite desviarse sin ser víctimas de sanciones sociales y/o mediáticas”. En los dos fragmentos más abajo, ambos extraídos de la obra de Friberg, es genuinamente difícil decir si el autor es Friberg o alguno de los “liberales clásicos” radicados en Estados Unidos que denuncian las últimas tendencias en los predios universitarios:

“La última innovación (de la extrema izquierda) es la ridícula pseudociencia de los ‘estudios de género’… que, bajo la fachada de ‘justicia’ e ‘igualdad’, apunta a crear un ser humano atrofiado… que depende… de los académicos para su sistema de valores”.

“El antirracismo respalda la autoafirmación étnica de las minorías, siempre que la minoría en cuestión no sea europea. Esto se justifica haciendo referencia a conceptos ampliamente imaginarios y cosificados como ‘privilegio blanco’”.

Para tomar un ejemplo final, los ataques contra el llamado marxismo cultural parecen haberse vuelto convencionales dentro de la academia. Pero, como recientemente señaló Samuel Moyn de la Universidad de Yale, el término en sí es una antinomia antisemita reciclada que ha venido apareciendo en los paneles de mensajes fascistas desde hace años.

Al leer a Faye y a Friberg y ver las muchas superposiciones con el discurso político contemporáneo, cuesta evitar la idea de que los fascistas están ganando la guerra semántica. Sin duda, muchos de los liberales norteamericanos y europeos que se retuercen las manos sobre la “extrema izquierda” y los estudios de género rechazarían a Nietzsche y serían calificados, por la extrema derecha, como “globalistas”. Estos no son fascistas. Y, sin embargo, no deberíamos olvidar lo fácil que ha sido para algunos pensadores y políticos —el FDP de Alemania es el Exhibit A de nuestra era— llegar ahí desde el neoliberalismo.

 

Desvíos similares pueden ocurrir en otras áreas. Por ejemplo, algunos intelectuales públicos antinacionalistas presionan cada vez más por un debate sobre las diferencias de QI entre los grupos raciales, aunque más no sea para señalar su propio compromiso con la verdad. Y otros nos instan a reconocer a la Ilustración como el logro notable de la civilización, como si fueran los europeos los que inventaron la razón y se la hubieran conferido al resto de la humanidad. Como entendió Gingrich cuando incluyó términos como “debate” y “escuchar” en el lado positivo de su memo, las apelaciones a la razón pueden cumplir prácticamente cualquier fin. Por consiguiente, Friberg nos asegura que la razón está del lado de la inmigración limitada.

De la misma manera, los ideólogos fascistas constantemente sostienen y defienden la meritocracia como un ideal. Pero también lo hacen todos los “globalistas” así como los libertarios de Silicon Valley. En el caso de una catástrofe ambiental no es difícil imaginar a los defensores del libre comercio optar por el ultranacionalismo como la mejor estrategia de supervivencia, o a los multimillonarios tecnológicos decidir que la sociedad debería estar gobernada por los “ganadores” —es decir, gente como ellos.

En su uso original el término “derecha alternativa” encapsulaba ideologías antidemocráticas de algún modo inconfundibles, entre ellas “Ilustración Oscura” del filósofo Nick Land. Según Land, la democracia se está corrompiendo inevitablemente y los Estados democráticos por ende deberían reemplazarla por “cuerpos de gobierno” que estén dirigidos como corporaciones y administrados por un CEO. El principio guía sería “sin voz, salida libre”, que significa que los ciudadanos no tendrían opinión en el diseño de las políticas públicas, pero podrían irse si quisieran (como si el autoexilio —uno de los castigos más duros en toda la antigüedad— fuera gratuito). Según Olivia Goldhill de Quartz, la Ilustración Oscura ha atraído a una cantidad de seguidores prominentes en el Silicon Valley, incluyendo, al parecer, al capitalista de riesgo Peter Thiel, que ha venido incorporando algunos de sus principios en sus discursos.

Los académicos que escriben sobre la Ilustración Oscura han empleado el término “fascismo” para describirla. El peligro hoy es que los movimientos antidemocráticos de extrema derecha, desde el etnonacionalismo europeo y norteamericano hasta las variedades tecnocorporativistas como la ilustración Oscura, están convergiendo, aunque con seguidores que se han acercado por diferentes razones.

 

Como hemos visto, el objetivo de los diccionarios metapolíticos fascistas como los de Faye y Friberg es insinuar términos que suenan inocentes en el discurso público para que las ideologías antidemocráticas antes inaceptables parezcan benignas, disminuyendo con esto, si no tolerando, la oposición pública a una acción antidemocrática. Cuando se reestructura el principio democrático fundamental de igual respeto como “corrección política”, no sorprende que la gente pase a aceptar más a los políticos que califican a grupos enteros de inmigrantes como “violadores” y “víboras”. Cuando los políticos empiezan a llamar a los inmigrantes y refugiados “extranjeros ilegales”, no sorprende que la gente pase a aceptar que los traten como infrahumanos, que secuestren a sus hijos y que los consignen a jaulas y campos escuálidos. 

Yo soy filósofo del lenguaje y lingüista de profesión, así como epistemólogo y científico cognitivo. Sé muy bien lo que se sabe del lenguaje y el pensamiento, y tengo un buen criterio sobre lo que sigue sin conocerse. Tal como están las cosas, podemos ver cuándo ciertas maneras de hablar y pensar prenden más, pero no tenemos ninguna manera obvia de calcular los efectos en los individuos y la sociedad.

Es más, no sabemos si es posible adoptar el lenguaje de histeria sobre izquierdistas, sindicatos, marxismo, género e inmigrantes sin también adoptar otras partes del paquete fascista. No sabemos si el fascismo es un juego de lenguaje holístico. Aquí, las mejores guías se pueden encontrar en nuestra propia historia. Intelectuales desde Klemperer hasta James Baldwin nos han advertido sobre los costos de la derrota en la guerra semántica, que perdemos al adoptar el vocabulario de nuestros enemigos. 

Me preocupa profundamente que nuestro uso lingüístico cambiante esté sembrando el camino para desenlaces antidemocráticos, incluidas versiones modernas de fascismo, que no reflejarán precisamente las formas que hemos conocido en el pasado. Frente a este peligro es de vital importancia no evitar definir al peligro por lo que es.

 

Jason Stanley
Profesor de filosofía en la Universidad de Yale y autor de How Fascism Works: The Politics of Us and Them.

Copyright: Project Syndicate, 2019 www.project-syndicate.org

 

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