En 1980 el antropólogo Clifford Geertz produjo una pequeña revolución en las ciencias sociales con su libro Negara. Su estudio sobre la cultura en la isla de Bali en el siglo XIX, antes de la colonización de los holandeses en 1906, puso en tela de juicio el entendimiento occidental de la política. La sociedad que estudió Geertz se avenía mal a las categorías conocidas. En Bali había Estado, ciertamente, pero no se parecía a nada que hubieran visto los occidentales. No existía como lo entendía Max Weber, es decir, como el monopolio de la violencia legítima. Negara quiere decir “país” o “asiento de la autoridad política”, sin embargo en Bali la función del “Estado” era otra. No servía para administrar, organizar guerras o ejercer coerción física. Su eje era montar un espectáculo, elaboradas ceremonias públicas. Los rituales no eran medios sino fines en sí mismos. Los balineses no estaban interesados en monopolizar la violencia, sino el espectáculo. A diferencia de lo que ocurre en Occidente, el poder servía a la pompa, no la pompa al poder.

El caso de Bali nos alerta sobre la importancia de lo simbólico en la política. No solamente como un elemento instrumental en el ejercicio del poder, sino como un eje que posee autonomía. Lo simbólico a menudo reemplaza a lo sustantivo: se convierte en su propia materia. En el Estado-teatro de Bali no había conflicto entre la representación y lo sustantivo, porque el espectáculo era lo sustantivo. Sin embargo, entre nosotros estos dos elementos a menudo chocan. En algunas partes de Occidente el teatro ha reemplazado al Estado. Así, durante décadas han estado en boga las reparaciones simbólicas a males seculares de las sociedades. No es difícil comprender por qué. A menudo este tipo de medidas ofrece una gratificación inmediata y barata. Apacigua eficazmente la mala conciencia. Después de todo, es mucho más fácil prodigar derechos culturales formales, modificar el lenguaje, que realizar las acciones, costosas, tardadas, difíciles y necesarias para sacar de la pobreza, el atraso y la marginación a minorías como los indígenas en México. Combatir la desigualdad entre hombres y mujeres en diversos frentes, como el laboral, es complicado. Es mucho más atractivo adoptar nuevos códigos lingüísticos. Se pueden hacer ambas cosas, se dirá. Tal vez, pero lo cierto es que en general nos damos por satisfechos una vez tapamos el sol con el dedo. Hacerlo nos llena de satisfacción justiciera.

Ilustración: Belén García Monroy

La lógica de las reparaciones simbólicas puede extenderse. ¿Qué tipo de satisfacciones ofrece un gobernante? En principio, deberíamos evaluarlo por su habilidad y capacidad para proveer bienes públicos: seguridad, salud, infraestructura, etcétera. Sin embargo, lo cierto es que los ciudadanos esperan de sus líderes más que competencias gerenciales: anhelan y exigen símbolos. Y a veces el símbolo es lo más importante, en desmedro de las demás esferas que componen el poder público. Las reparaciones simbólicas tienen el efecto de una droga porque no apelan en primer lugar a la razón, sino a la emoción. Satisfacen una necesidad psíquica de los individuos de pertenecer, de ser reconocidos y de identificarse con algo más vasto que ellos mismos: un movimiento, una gesta histórica de redención, un momento excepcional en la historia. La cuarta transformación. Así, un gobernante empieza a ser visto y venerado por lo que es, y no por lo que hace. A veces ser es suficiente. En el documental Wild Wild Country sobre el guró Osho, que a mediados de los ochenta fundó un ashram en Estados Unidos, el fenómeno es claro. El gurú durante meses no habló, sólo se mostró a sus seguidores. Eso bastaba.

El presidente ha comprendido como nadie el poder de las reparaciones simbólicas. Por eso se apropió de otros gobernantes que son, esencialmente, símbolos: Juárez y Cárdenas. Andrés Manuel López Obrador ha hecho de su gobierno una gran reparación simbólica. No importa mucho la eficacia de las políticas públicas —por ejemplo el cierre de los ductos de Pemex— lo que importa es el gesto, la intención que esa acción transmite. El desabasto de combustible sirvió para que cada persona que aguardó por horas en la gasolinera sintiera que ponía su granito de arena en una tarea común. Así, era la forma de llevar una gallina al Zócalo, justo como el pueblo bueno hizo para apoyar la nacionalización del petróleo —otro símbolo— del presidente Cárdenas en 1938. La medida fue un gran éxito simbólico.

Si las acciones del presidente no tocan o ponen en duda la imagen que él laboriosamente ha construido de sí mismo, por más costosas, ineficientes o torpes que sean (como la cancelación del aeropuerto en Texcoco), es poco probable que pierda el fervor de sus seguidores. “No nos falles”, fue una demanda que comunicadores y ciudadanos de a pie le formularon repetidamente al nuevo mandatario. Pero, ¿qué significa fallar? ¿Conducir competentemente al país? ¿Rendición de cuentas? Probablemente no. Fallar, en la esfera simbólica, es traicionar al símbolo. Así lo entendió el presidente, que tomó el reclamo como un mandato de ser fiel a sí mismo, es decir, a su símbolo. Esa fidelidad le da carta blanca para hacer. La política pública es el espectáculo. A menudo las reparaciones simbólicas tienen efectos perniciosos o perversos. Sólo el tiempo revelará los saldos del Estado teatro en México.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

Un comentario en “El Estado teatro

  1. Me recuerda a El mito del Estado, de Ernst Cassirer. Particularmente cuando éste define el mito y habla del Culto del Héroe de Thomas Carlyle. Los mitos, discutía, surgen de una necesidad emocional, la de pertenecer a un proceso infinito y universal que trascienda a la finitud y “terrenalidad” humanas; los mitos se convierten en una forma de articular lingüísticamente los miedos grupales en símbolos que podamos asimilar. Los héroes, así, surgen de la necesidad social de una figura salvadora ante la desgracia y crisis colectivas. Y, como bien plasma Aguilar, su función es simbólica. El medio en el que se mueve es simbólico, su carácter sigue otra lógica (la emocional). Este ámbito es poderoso: vive en las entrañas. Un lugar robusto que difícilmente se traiciona, que da un amplio margen de acción y confianza que cualquier gobernante anhela.

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