El 9 de marzo de 1611 el tribunal de Logroño escribió al Supremo Consejo de la Inquisición, en Madrid, para informar de una insólita plaga de brujos en unas cuarenta aldeas en el Pirineo navarro. No era para menos: habían sido denunciados, y estaban siendo procesados por brujería entre el 20 y el 30 por ciento de los habitantes de Bera, Echalar, Zugarramurdi, Lesaca, Aranaz, Santesteban, Zubieta. Los niños eran quienes más fácilmente aceptaban señalar a los brujos.

El inquisidor Valle Alvarado llevaba la investigación con energía y sutileza. Había descubierto por ejemplo que algunos brujos disimulaban untos diabólicos como si fuesen linimento para los caballos. En Urdax uno de los acusados había llevado testigos que juraron haberlo visto en su casa, enfermo, el día en que se suponía que estaba en un aquelarre en Zugarramurdi; Valle Alvarado no se dejó engañar, se dio cuenta de que el demonio había producido la bilocalización, de modo que pudiese estar en dos sitios al mismo tiempo —los testigos eran una prueba más de su pacto con el diablo. Para ese momento seis brujos habían muerto bajo tortura en la cárcel de Logroño.

Ilustración: Estelí Meza

Los inquisidores navarros propusieron que se formase un cordón sanitario en torno a la región, que no se permitiera salir a nadie, que se prohibiese cualquier prédica de los sacerdotes que dudaban de la brujería, y que se iniciase un procedimiento expedito para identificar a todos los brujos cuanto antes. Sin embargo, el Supremo Consejo no tenía tanta prisa. Recordó al tribunal de Logroño que no se debía condenar a una bruja tan sólo por la acusación de otra. Ordenó que se explicase a la gente que Dios puede castigar los pecados enviando desgracias, pero que a veces las calamidades por las que se pierden las cosechas son sólo producto del mal tiempo. Instruyó además a los párrocos para que explicasen a sus feligreses que si denunciaban a otras personas podían ser juzgados ellos mismos como revoltosos y alborotadores.

O sea, que los inquisidores de Madrid no tenían ninguna gana de quemar brujas. Enviaron a Navarra al inquisidor Alonso de Salazar y Frías, que en unos meses “reconcilió” a mil 546 acusados de brujería. En enero de 1612 escribió un informe de más de 11 mil páginas, en que explicaba que después de revisar casi dos mil casos no había encontrado “ni aun yndicios de que collegir algun acto de brujería que real y corporalmente aya pasado”, y decía que el problema en Navarra no eran los brujos, sino los predicadores que estimulaban el miedo de la gente.

El caso es notable sólo por el número de los acusados de brujería (y porque en los procesos de Zugarramurdi apareció por primera vez la palabra euskérica “akelarre”). En Galicia sucedían cosas parecidas desde el siglo anterior. Los inquisidores locales se quejaban constantemente de la falta de colaboración de los campesinos gallegos, y lamentaban que no hubiese nadie dispuesto a trabajar como verdugo para administrar las torturas previstas canónicamente. Y el Consejo Supremo exigía una y otra vez que se revisasen los casos, pedía que no se juzgase a ninguna bruja sin antes consultar con Madrid.

No es que la Inquisición fuese renuente a condenar a nadie, sino que no estaba claro que era una bruja. Leo a Carmelo Lisón, Julio Caro Baroja, Mikel Azurmendi. En los procesos de brujería de los siglos XVI y XVII estaban en juego tres mitologías, tres ideas igualmente fantasiosas sobre el orden sobrenatural. Los campesinos creían en las brujas, por supuesto, pero no creían en ellas como se cree en dios, en el más allá, porque las brujas eran algo común y corriente, parte de la vida cotidiana, eran quienes curaban a los animales, adivinaban el futuro, quienes sabían de hierbas y amuletos —y decir brujería era decir envidia, avaricia, mala vecindad. Los inquisidores de los tribunales provinciales tenían otra idea, habían asimilado la elaborada mitología medieval que circulaba en Europa, creían sobre todo en lo que se dice en el Malleus maleficarum, el martillo de las brujas, que explica con todo detalle cómo son los pactos con el diablo, cómo llevan las brujas el estigma de su condición, cómo identificarlas en la tortura. Es decir, que para los inquisidores locales la brujería era una forma de herejía —renegar de dios, pactar con el demonio.

En el Supremo Consejo había teólogos, gente de libros, cosmopolitas, que se hubieran avergonzado de admitir las fantasías que producían los tribunales provinciales. Por eso les advertían que no se dejasen llevar de la imaginación, e insistían en que no debían creer todo lo que dice el Malleus maleficarum, porque “pudo engañarse como los otros”. Un caso: en 1612, el tribunal de Santiago de Compostela da noticia del encarcelamiento de una bruja “de edad decrépita”; sin recriminaciones, desde Madrid se ordena que se suspenda el procedimiento de inmediato: ¿quién es, qué es una bruja? ¿A quién llevamos a la hoguera?

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.