¿Cómo se construye un ambiente intelectual en el cual los alineamientos sean polares, autorreferentes, sin puentes de contacto, impermeables a la crítica? ¿Ambientes refractarios a la coexistencia de la pluralidad propia de los sistemas democráticos y semejantes a los de la guerra en los cuales no hay espacio para “las medias tintas”? ¿Contextos en los que no hay más que de dos: “conmigo o contra mí? Respuesta tentativa: haciendo precisamente que los códigos de la guerra sean los que “expliquen” el despliegue de la política.

Existe un texto más que conocido de George Orwell. Es aquel en donde afirma que “si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”, y que se ha convertido casi en un lema publicitario. El artículo es popular porque Orwell lo colocó como prólogo a su libro Rebelión en la granja y ha sido recogido en muy distintas antologías de su obra. Y desde 1945, cuando se publicó por primera vez, se ha leído como un alegato en defensa de “la libertad de prensa”. Pero es algo más. Es un dibujo de las reacciones que desata la guerra.

Orwell informa que la idea de escribir Rebelión… la tuvo desde 1937; creo que acicateado por los llamados juicios de Moscú, en los cuales Stalin y los suyos acabaron con sus ex compañeros, la original generación de bolcheviques. No obstante, lo escribió hasta 1943, en plena guerra. Pero una vez finalizado, el libro fue rechazado por cuatro editoriales a pesar de que Orwell era ya un respetado escritor. Transcribió un extracto de la carta de un editor que le decía: es “muy desaconsejable publicar en el momento actual. Si la fábula apuntase en general a dictadores y dictaduras cualquiera, entonces publicarla no sería un problema, pero lo cierto es que sigue tan de cerca… la evolución de la Rusia de los soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquella nación…Y otra cosa: sería menos ofensivo si la casta dominante de la fábula no estuviera representada por cerdos…”. Recordemos que para entonces la Gran Bretaña y la URSS eran aliadas en su lucha contra el Eje nazi-fascista.

Ilustración: Jonathan Rosas

Se trataba de un momento excepcional. Y los editores —según la versión de G. O.— no tenían miedo de la reacción gubernamental o de eventuales acosos judiciales, sino que temían a la opinión pública. “Durante esta guerra la censura oficial no ha sido especialmente molesta… Lo siniestro de la censura literaria en Inglaterra es que en buena medida es voluntaria”. Existía una “ortodoxia predominante”, un sentido común más que instalado, “una admiración acrítica hacia la Rusia soviética”, en la que cualquier ataque hacia ella se convertía en “impublicable”. En ese ambiente, “la crítica al régimen soviético desde la izquierda apenas lograba hacerse oír”; cualquier señalamiento resultaba “inoportuno” porque supuestamente “le hacía el juego” a los intereses de la reacción. Y no sólo eso, decía Orwell, inclusive lograba carta de naturalización “la vulgaridad y la infame literatura”, “siempre y cuando dijera lo que querían oír”.

Incluso en ese contexto de guerra Orwell defendía la libertad para decirle a los aliados sus verdades; para apuntar las deficiencias, taras o barbaridades que cometían los de su propio bando; para no consentir con la mentira, la impostación y las aberraciones de los considerados “nuestros”. Pero en la guerra, digo yo siguiendo la exposición de Orwell, al parecer, ni siquiera es necesario que los gobiernos instalen la censura, es desde la sociedad —aterrada, insegura, doliente— donde se clama por cerrar filas, por “no darle armas al enemigo”, de tal suerte que las voces disidentes se encuentran a la defensiva, marginadas. Son tratadas como los apóstatas en las iglesias.

Los regímenes democráticos viven por y para el pluralismo. Porque en la sociedad coexisten diversas ideologías, intereses, sensibilidades, aspiraciones y para que las mismas puedan expresarse, convivir y competir. No es una guerra porque esa diversidad es legítima y por ello es necesario edificar puentes de comunicación e intercambio. En las guerras, por el contrario, la legitimidad del “otro” suele desaparecer y por ello los espacios para los matices o las disidencias dentro de los campos enfrentados se estrechan hasta volverse (casi) imposibles.

Hay que temer que en regímenes incipientemente democráticos la política retóricamente se viva como guerra. Porque aquellos que la piensan como si fuera una conflagración armada explotan los mismos resortes y generan una situación similar a la que describía y denunciaba el escritor británico. Trazan una línea férrea y excluyente entre “nosotros” y “los otros”, indispensable para construir una mecánica que forja bloques cerrados, enfrentados, inexpugnables y que difícilmente permite espacio para las posiciones graduadas, intermedias. Precisamente por tratarse de una situación similar a la de la guerra, por lo menos discusivamente, se reclama un alineamiento tajante, radical, “sin medios chiles”. “¿Conmigo o contra mí?”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.