Con disciplina de monje Paul Valéry se despertaba todos los días a las cuatro de la mañana para escribir durante tres o cuatro horas. Por más de medio siglo hasta el último de sus días fue fiel a su ceremonia. Al morir, en 1945, dejó 261 cuadernos. La edición facsimilar en Francia tiene 26 mil 600 páginas en 29 volúmenes. Es claro que el poeta no estaba escribiendo un libro al sentarse frente a su escritorio todas las mañanas. Me escribo al escribir estos cuadernos, decía. No es que se mandara mensajes a sí mismo: era que al escribir daba forma a sus nervios. No pretendía publicar: quería esculpirse. La tinta corriendo en el papel fue su meditación cotidiana. En las libretas que se fueron acumulando a lo largo de los años pueden leerse sus ejercicios intelectuales. Ahí soltaba la mano para dibujar, anotaba un aforismo, jugaba con los números y las fórmulas, escondía un poema, divagaba sobre el eros y el lenguaje, rozaba la confesión. “Los demás hacen libros, yo hago mi mente”.

Ilustración: José María Martínez

Liturgia de madrugada, rezos de un devoto de lo exacto. Entre la luz de la lámpara y la de los primeros rayos del sol, Valéry busca “atrapar el destello”. Emprende para ello una tenaz discusión consigo mismo. Guarecido por el silencio de las primeras horas seguía ese dictado natural de su fisiología que era producir ideas. Sabía bien que el pensamiento pide ejercicio y soledad. Los silencios de la madrugada hacen impensable someter la mente a la opinión de alguien más. El intelectual deja de serlo si sucumbe al grupo. El meditador también describe sus libretas como una especie de diccionario. Puede leerse así, como un código de voces pulidas a lo largo de la vida. Pero esas anotaciones no aspiran en modo alguno a convertirse en un monolito de definiciones. Se trata, más bien, de un borrador que pone acento, no en la etimología de las palabras, sino en su íntima germinación. Imágenes e ideas, como el autor, recién despiertas. El resplandor de ideas enredadas todavía en sueños, sentidas más como intuición que como demostración.

Las matemáticas son para Valéry el camino de la exactitud. Si la música es el modelo de la precisión poética, el álgebra lo es para la prosa. Tres rutinas sostienen su gimnasio diario: el verso, las matemáticas y el dibujo. Rima, ecuación, silueta: tres juramentos de la precisión. Pero, ante todo, la poesía entendida como instrumento de la razón. El poeta sabe que la palabra exacta se oculta. Por eso emprende la búsqueda y así encuentra la mejor, o más bien, la única posible. En una anotación de 1913 identifica el empeño del artista:

       El poeta busca una palabra que sea:
              femenina
              de dos sílabas
              con una p o una f
              terminada en e muda
              y sinónimo de fractura, disgregación
              y no culta ni rara—
              6 condiciones —al menos
              Sintaxis, música, ley de los versos, sentido, ¡y tacto!

Encontrar en las ideas melodía. Como en Leonardo, al que dedicó un ensayo memorable, el conocimiento para Valéry es hijo del rigor y la imaginación. Su diario intelectual registra esa convicción de artista. Andrés Sánchez Robayna en la introducción a los Cuadernos publicada por Galaxia Gutenberg, lo expresa claramente. Estos diarios provienen de una admirable voluntad de conocimiento. Pero se trata aquí de una voluntad “en la que comprender no es distinto a crear”. Valéry aporta a esa comprensión estética una inteligencia hecha de implantes. Soy un ser injertado, apunta en algún momento. De ahí mi natural disposición a combinar materiales: “Injertar matemáticas en la poesía, rigor en las imágenes libres. ‘Ideas claras’ en un tronco supersticioso; un lenguaje francés en un bosque italiano…”. Y en la fecundación de esos reinos, como puede leerse en un verso de El cementerio, el asomo de una paz:

       ¡Qué labor de relámpagos consume
       Tantos diamantes de invisible espuma,
       Y qué paz, ah, parece concebirse!
       Cuando sobre el abismo un sol reposa,
       Trabajos puros de una eterna causa,
       Refulge el tiempo y soñar es saber.

Valéry nunca se distrae de sí mismo, advirtió Gide. El poeta persiste en su laberinto. Si su Cuaderno es una delicia no es porque aleccione. ¿Qué puede aprenderse de una filosofía que se confiesa tachadura? Valéry nos hace un poco más sabios por una extraña ruta. Tras leerlo, insistirá Gide, nos damos cuenta de lo tontos que somos y gracias a eso lo somos un poco menos. Y así sabemos que “la dificultad es una luz”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.