Meses atrás me pidieron que ofreciera el seminario de teoría antropológica a los estudiantes de primer año de nuestro doctorado en la Universidad de Columbia. Inicialmente dudé si aceptar o no. Últimamente dudo de mi propia situación en ese campo. Pero luego pensé: si no puedo enseñar un curso de teoría antropológica, ¿entonces qué puedo enseñar? He estudiado esa disciplina desde que entré a la universidad. Algo debo poder decir al respecto. Me dio pena, acepté la invitación, y me puse a meditar acerca del porqué de mi dificultad inicial.

Hace unas semanas dicté mi primera clase y comencé exponiendo mis ideas sobre la genealogía de aquello que hoy se conoce por Teoría (con T mayúscula), o Teoría social, con la que a veces me siento algo incómodo, y que refiere a un canon bastante distinto a lo que entendíamos por teoría antropológica cuando estudié mi licenciatura en México (a mediados de los años setenta). ¿Qué se entiende hoy —en los Estados Unidos, al menos— cuando se dice “Teoría”?

Ilustración: Patricio Betteo

Cuando comencé mis estudios la “teoría antropológica” manaba de la pluma de dos clases de autores: o eran los fundadores de los campos de los que abreva la antropología (como, por ejemplo, Marx, Durkheim, Weber o Saussure), o eran autores que ya se identificaban específicamente como antropólogos, y que le dieron dirección al campo (por ejemplo, Morgan, Mauss, Malinowski, Boas o Levi-Strauss). Así me criaron, y cuando inicié mis estudios esa era la teoría antropológica.

Sin embargo, para finales de la década de los setenta, en los Estados Unidos empezó a darse un giro en lo que se consideraría una formación teórica adecuada para un antropólogo. Ese cambio me tocó vivirlo en mis seminarios doctorales en California (1978-81), aunque todavía no lo habían adoptado todos los profesores (sólo algunos). El giro se dio especialmente en torno a la figura de Clifford Geertz, y partió de dos premisas o conclusiones.

Primero, el Geertz de los años setenta se declaró a favor de una antropología “hermenéutica”, o sea una disciplina que entendía la interpretación de la cultura ya no como una labor cuasilingüística abocada a reconstruir una “gramática cultural”, sino que se identificaba más bien el trabajo de interpretación de textos. Para los seguidores de Geertz, el objeto de la antropología no era ya la reconstrucción de las reglas que van implícitas en la institucionalización de la cultura (aunque esa clase de trabajo pudiera ser una precondición analítica indispensable), sino la interpretación del sentido —del significado— de las prácticas sociales en sus contextos activos y, necesariamente, cambiantes. La antropología se volvió a la vez más histórica y más literaria.

Este paso hacia el sentido o significado de la acción social llevó a que los antropólogos tuvieran que interesarse en las artes de la persuasión, o sea en la retórica y en general en las dimensiones expresivas y performativas de los actos. Cosa, a su vez, que los (nos) llevó a abrevar en disciplinas que antes habían influido poco, o que habían sido terreno únicamente de interés especializado, como por ejemplo en la filosofía del lenguaje, en la teoría literaria, el psicoanálisis, los estudios de performance, la historia social y cultural, y la filosofía política.

El otro aspecto relevante es que el Geertz de aquellos años entendía la labor del antropológo como una vocación de traductor, su trabajo implicaba mover el conocimiento de una parte a otra. Esta idea llevó a que los antropólogos nos interesáramos más en otras formas de escritura o de transmisión de conocimientos. Hasta entonces la forma predominante de escritura antropológica la había inventado Malinowski. Eran monografías en que el etnógrafo-aprendiz funjía como héroe o guía que iba construyendo conocimiento científico a partir de observaciones sistemáticas, y del esfuerzo de aprender un nuevo lenguaje, y de comprender costumbres que le eran ajenas. Al interrogar el tema del antropólogo como traductor, empezamos a pensar en otras maneras de construir y transmitir nuestros conocimientos, y la disciplina se abrió a nuevos géneros expresivos, cosa que la acercó de nuevo a la literatura, a la historia, al cine, o incluso a aquel género menospreciado por ser tan básico: el periodismo.

La antropología empezó a voltear a otras partes. Si antes los antropólogos no leíamos como parte del currículum obligado a Freud, Hegel, Arendt, Wittgenstein o Foucault, ahora lo comenzamos a hacer, aunque fuera a tropezones y como verdaderos amateurs. Al principio eso se fue haciendo de manera experimental, pero como Estados Unidos tiene un sistema universitario robusto, cualquier inovación se vuelve canónica en cuestión de dos o tres años, y así fue cuajando una lista de autores y textos que no provenían de la antropología, y que no fundaron el pensamiento socioantropológico, pero que sí han sido privilegiados en las últimas décadas como fuentes teóricas indispensables. Este canon —que, como dije, nació separado del pensamiento antropológico— fue entonces coronado con el nombre de Teoría, ya con T mayúscula, y así, igual que tantos pueblos arcaicos del mundo, los antropólogos decidimos que reclutaríamos a nuestros reyes de entre pensadores externos a propia comunidad. Y así también nuestra teoría, la que nosotros escribimos, la comenzamos a reconocer sólo en tono menor y siempre con minúsculas y refrendamos un adagio apropiadamente bíblico para una disciplina que se quiere hermenéutica: nadie es profeta en su propia tierra.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Orígenes de la Teoría (con mayúscula), una teoría (en minúscula)

  1. Aún estamos haciendo el levantamiento de comprensión interpretativo apegados al método etnográfico de descripción densa en los estudios de casos orientados teórico-metodológicamente con la disciplina socioantropológica en Antropología social.