Volvemos de un domingo junto al lago. Empieza a anochecer. Al dar la vuelta en una curva salta un conejo. Yo sí creo en el azar. En el cielo hay una luna anaranjada que va subiendo mientras caminamos. Y nos sigue. “¿Por qué nos sigue la luna?”, les pregunté a nuestros padres que no recuerdo si me contestaron. Supongo que sí, porque para esos tiempos ellos eran raros: creían que los niños teníamos importancia. Tampoco tanta como ahora en que el mero atisbo de un deseo infantil se vuelve para nosotros una orden implacable.

Yo obedezco a mis nietos con un temor a contradecirlos que sólo tuve a los diez años frente a la directora del colegio. Pero ese es otro cantar.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Teníamos un coche Fiat, que además del apellido era lo único de italiano que le quedaba a la familia. Éramos cinco hijos y cabíamos todos dentro de su diminuta cabina. No recuerdo que nos peleáramos. Pero yo tiendo a olvidar casi todo lo desagradable. Algunas cosas: imposible. La historia de los desaparecidos que aparecen, contando los crímenes que presenciaron, me va a despertar mil noches. ¿Qué vamos a hacer?

Me lo pregunto y vuelvo a cobijarme en el resguardo que son los niños. “¿Qué quieren?”, pregunto cuando señalan a lo alto de un librero. Entre un este y un aquí, ellos dicen otros sonidos que aprendo a descifrar. Han de querer el coche gris que mi hijo ha puesto a resguardo de sus hijos porque se lo regaló su hermana y los dos años de estos niños lo mismo destruyen un juguete de tres pesos que uno repleto de memorias. Pero sus deseos me ordenan y lo bajo creyendo en el azar: con suerte y no lo rompen.

Al principio de la semana giré sobre mis pasos y saltó un conejo. Me invitó Leonor a conversar. He contado ya la valentía con que ella enfrenta una enfermedad que es una infamia. Y he dicho, varias veces, cuán crucial se ha vuelto para mí esta amiga arrojada y discreta. De morirse, ni qué decir. Ella se ha dado a la tarea de contagiar serenidad. A sus amigos, a sus hermanos. A sus hijos. Ahora está débil por fuera, pero cada vez más fuerte por dentro. Y acompaña a los demás en la pena de imaginar su ausencia. Vamos a ir a un viaje en el verano. Ella cree que no podrá venir con nosotros, pero la vamos a llevar. Porque siempre hay un conejo que salta y nos ampara. Por lo pronto, habla como si no pasara nada más que la tarde que ha llenado con su armonía, con sus pies descalzos y su taza de café.

Ella tiene siete hermanos y su infancia se parece a la mía. Mucho ruido del que asombra y hace reír. Por eso nos empeñamos en proteger del espanto a los niños que nos rodean. Hablo de eso con ella. Tener miedo no es una costumbre para nosotros. Aunque la confianza con que nos crecieron ya no parece posible.

Cuando éramos chicas había un hombre que andaba en bicicleta vestido con un abrigo, que solía pasar frente al colegio a la hora de la salida para, al ver a las niñas, abrirse el sobretodo y enseñar que debajo estaba desnudo como un hueso de níspero. No nos daba miedo. Pensábamos en él como un loco infeliz e inofensivo.

Esto les cuento a ustedes para que me crean el tamaño de la invulnerable candidez con que vivíamos. No sé ahora qué se diría de una niña que se baña al mismo tiempo que su abuelo, bajo la misma regadera, sin ninguna inquietud. No sé por qué preferíamos dormir con él que con la abuelita en el cuarto de enfrente.

Cuando conocí a una terapeuta infantil, durante la niñez de mis hijos, ella me contó que había tratado muchos casos de traumas debidos a cosas por el estilo. Yo, por más que rasco en mi inconsciente, no recuerdo ningún daño que venga de aquella regadera llena de luz junto a un vitral de colores. Otro riesgos sí que hubo.

 Carlos, mi hermano, aumenta el recuento de nuestros peligros evocando que por ahí de los catorce años él tenía un rifle calibre .22. Se lo dejaron los últimos Santos Reyes. Cambian los tiempos. “¿Tú le hubieras dado a Mateo un rifle a esa edad?”, pregunta. “Nunca”, digo. “Pues a mí y a mis amigos nos los dieron y aceptaron que nos fuéramos a dormir a la casita de Valsequillo para probarlos disparándole a lo que fuera: botes, piedras, conejos”.

De estos últimos no saltó ninguno, pero ellos no se cansaron de disparar a lo tarugo. Luego se fueron a dormir acompañados por sus linternas. No había luz en la casita junto al lago. Lo que sí hubo fue un primo excéntrico que llegó como a las dos de la mañana, con otros amigos, para asustar a los más chicos que, oyéndolos gritar, estuvieron un rato aterrados y quietos. Luego Carlos se atrevió a salir echando un tiro al aire y el primo se quitó el pañuelo de la cara. Para entonces ya todos tenían sus rifles en brazos.

“¿Te imaginas el peligro?”, dice Carlos.

Desde mi perfecta ignorancia pregunto qué tan dañino puede ser un rifle .22. “¿Mata o sólo hiere?”. Responde Daniel: “Mata, mata”.

Checo se llama nuestro primo que era experto en incendios y maldades del tipo. Es un sobreviviente. Dice Carlos que él por poco y lo mata, pero a gritos. Del miedo que le dio haberlo podido matar de un tiro. Por fortuna no pasó a más.

Pero riesgos corríamos, sólo que sin saberlo. Con la mayor naturalidad nos dejaban quedarnos a pasar la noche, a solas, en un terreno fuera de la ciudad: cinco niñas acampando, por supuesto, también, en la oscuridad. Y al día siguiente el sol asomaba su gesto altivo, portándose como si nada de todo ese desorden fuera un peligro.

Yo sólo tuve noticias de que alguien pensara en algún riesgo hasta que, a los dieciocho años, me tocó ser edecán de los futbolistas italianos que jugaron en Puebla sus primeros partidos, en la Olimpíada del 68. Una noche volví a las once sin haber avisado. Mi papá gritaba “porca miseria” y hacía unos aspavientos inusitados cuando entré a la casa con la misma placidez que al volver de pasar una noche en el  campo. Hasta entonces supe yo que en los hombres sueltos y libres podía caber algún peligro. Pero no pasó ni un beso. Así que borré de mi memoria algún riesgo.

Quizás el del juicio ajeno sí que existía. Y de ese me libré a tiempo cuando vine a vivir a México sin más lazo que el de mis dos dedos de frente. Eso me lo dice Leonor, yo no presumo los dedos de mi frente. No serán nunca cinco, como los de ella, que tiene todo tan claro como en mí está confuso.

Para cuando llegué al DF lo único que tendría que haberme asustado, de verdad, era mi falta de miedo. Pero esa es otra historia. Ahora sí tengo miedo. Más que a mi propia muerte, les temo a las demás.

Leonor, querida, ¿por qué nos sigue la luna? Sigo sin entenderlo. Yo sí creo en el azar.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “Conejos para Leonor

  1. Lo acabo de leer en el diario, como epígrafe de una esquela fúnebre, es una frase de Balzaz y dice así: “Se vive dos veces; la primera en la realidad, la segunda en el recuerdo”. Y a renglón seguido he leído tu hermoso texto y saludo de lejos a Balzac, con la mano.

  2. Quisiera tener esas palabras que no existen para consolarte. La pérdida de una amiga entrañable nos mata un poco. Tienes a tu favor el montón de recuerdos atesorados. Un abrazo.