Don Juan Avendaño era negociante y como casi todos los mercaderes, nacionales o extranjeros en las ciudades de América Central, tenía una tienda en la esquina de su casa, que daba al zócalo; junto a la tienda había una cantina y, en el gran salón continuo, se encontraba un billar, juego introducido desgraciadamente por nuestros compatriotas [franceses], que les crearon el gusto a los hispanoamericanos, ya bastante jugadores. El billar reunía cada noche, en casa de Avendaño, a los notables de la ciudad, incluidos el gobernador y el prior de Santo Domingo. Era una reunión curiosa, particularmente en estos tiempos de agitación: se escuchaban muchas cosas y para mí era una fuente de nuevas observaciones cada día. Aunque las mujeres en Tehuantepec, exceptuando sin embargo a las criollas, son las menos reservadas que haya visto en América, tienen no obstante la suficiente modestia todavía para no presentarse en lugares públicos como éste. Nunca vi más que a una que se mezclaba con los hombres sin la menor turbación, desafiándolos audazmente al billar y jugando con una destreza y un tacto incomparables. Era una india zapoteca, con la piel bronceada, joven, esbelta, elegante y tan bella que encantaba los corazones de los blancos, como en otro tiempo la amante de Cortés. No he encontrado su nombre en mis notas, ya sea que lo he olvidado o que nunca lo haya oído; pero me acuerdo que algunos, por broma, delante de mí la llamaban la Didjazá, es decir, la zapoteca, en esta lengua; recuerdo también que la primera vez que la vi quedé tan impresionado por su aire soberbio y orgulloso, por su riquísimo traje indígena, tan parecido a aquél con que los pintores representan a Isis, que creí ver a esta diosa egipcia o a Cleopatra en persona. Esa noche ella llevaba una falda de una tela a rayas, color verde agua, simplemente enrollada al cuerpo, envuelto entre sus pliegues desde la cadera hasta un poco más arriba del tobillo; un huipil de gasa de seda rojo encarnado, bordado de oro; una especie de camisola con mangas cortas caía desde la espalda velando su busto, sobre el cual se extendía un gran collar formado con monedas de oro, agujereadas en el borde y encadenadas unas a otras. Su cabello, separado en la frente y trenzado con largos listones azules, formaba dos espléndidas trenzas, que caían sobre su cuello, y otro huipil, de muselina blanca plisada, enmarcaba su cabeza, exactamente con los mismos pliegues y de la misma manera que la calantica egipcia. Lo repito, jamás he visto una imagen más impresionante de Isis o de Cleopatra. […] Algunos la consideraban loca […] otros bruja […] y hasta su destreza en el billar era considerada como parte de su magia.

 

Fuente: Charles Brasseur (1814-1874), Viaje por el istmo de Tehuantepec, 1859-1860 (traducción de Luis Roberto Vera), FCE/SEP, México, 1984. [Concluye Brasseur que la Didjazá “se expresaba en un castellano tan bueno como el de las mejores señoras de Tehuantepec; pero nada era tan melodioso como su voz cuando hablaba en esa hermosa lengua zapoteca, tan dulce y sonora que se podría llamar el italiano de América”.]