En un principio el gallo tenía un par de hermosos cuernos adornando su cabeza. Pero por aquellos tiempos vivía un dragón que no podía subir al cielo precisamente por falta de un par de cuernos, así que mandó al ciempiés, como mediador, para pedírselos prestados al gallo.

Cuando el ciempiés fue por los cuernos, le dijo al gallo: “En el momento en que quieras que te los devuelvan, deberás gritar fuerte al amanecer: ‘Devuélveme mis cuernos’ y te serán devueltos enseguida. No debes preocuparte”. El gallo sabía lo difícil que era subir al cielo sin ellos, pero tranquilizado por esta certeza, prestó sus cuernos sin más preámbulos. Pensaba además preguntarle al dragón, cuando volviera, cómo eran las cosas por el cielo; y, si era muy hermoso, quizás él mismo se decidiera a ir un día.

A la mañana siguiente, al despuntar el alba, el gallo gritó con fuerza: “¡Devuélveme mis cuernos!” pero, a pesar de repetirlo hasta diez veces, no hubo señal del dragón ni de los cuernos.

El gallo, irritado, se quejó al ciempiés, quien lo tranquilizó diciendo: “Si no te los ha devuelto hoy, sin duda lo hará mañana, o a más tardar, pasado. Ten un poco de paciencia, que con toda seguridad te los va a devolver”.

El gallo esperó varios días, pero aunque cada mañana gritaba “¡Devuélveme mis cuernos!”, éstos nunca volvieron a aparecer. Estaba muy indignado, tanto que ordenó a sus descendientes comerse a todo ciempiés que vieran. Pero no abandonó la esperanza de recuperar sus cuernos, por lo que también ordenó a sus hijos gritar cada mañana: “Devuélveme mis cuernos”, pues aún espera que el dragón lo oiga un día.

 

Fuente: Cuentos chinos (traducción de María Ángeles López M. y Ramón Martínez Castellote), Miraguano Ediciones, Madrid, 1985.

 

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