La transición chilena a la democracia ha sido mundialmente alabada. Luego de una noche oscura que duró 17 largos años, “con un lápiz y un papel” se derrotó a una de las dictaduras más brutales de las últimas décadas. En los mejores momentos de la transición se llegó a hablar del “modelo chileno”. Los argumentos que sostenían esta visión eran variados y de peso: el rápido y completo restablecimiento de las libertades básicas, el imperio de los derechos humanos, la reinserción internacional de Chile, el reencuentro entre el centro y la izquierda. Pero más importante aún, Chile era la demostración de la posibilidad de alcanzar en democracia altos niveles de crecimiento. Fue así como, contra todo pronóstico, con una tasa anual promedio de más de 7%, la década de los noventa corresponde a la de mayor crecimiento de toda la historia económica de Chile. Se habló así del “jaguar” de América Latina que hacía converger apertura económica con apertura política; firmaba acuerdos de libre comercio con los más importantes países (Estados Unidos, Japón, China, Corea del Sur, Canadá, México) o bloques de países como la Unión Europea, vencía el flagelo histórico de la inflación y conseguía una drástica disminución de la pobreza.

La Concertación de Partidos por la Democracia, la alianza política que condujo este proceso, gobernó durante cuatro periodos consecutivos bajo la presidencia de Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, respectivamente. Este ciclo que se extiende por 20 años fue interrumpido por el triunfo de una coalición de derecha encabezada por Sebastián Piñera en 2009. Pero la antigua Concertación, esta vez organizada bajo una coalición llamada Nueva Mayoría que incluyó al Partido Comunista, vuelve nuevamente al gobierno con ocasión de las elecciones de 2013 en las cuales Michelle Bachelet obtiene un resonante triunfo con 63% de los votos en la segunda vuelta. En esta segunda administración ella intenta poner en práctica un conjunto de grandes reformas que, sin embargo, no generan un amplio respaldo ciudadano, lo que facilita el nuevo triunfo de la derecha en noviembre de 2017, encabezada nuevamente por Sebastián Piñera.1

Ilustraciones: Patricio Betteo

Los logros de la transición son macizos y evidentes. Para graficarlo en un indicador simple, recordemos que en estos años Chile triplica su ingreso per cápita alcanzando en la actualidad los 15 mil 346 dólares, el más alto de América Latina.

Existe, sin embargo, un lado B. Chile se sigue ubicando entre los países más desiguales del mundo; la institucionalidad democrática presenta serias insuficiencias que han llevado a catalogarla como una “democracia defectuosa” de acuerdo a la clasificación elaborada por The Economist;2 todas las instituciones, Parlamento, partidos políticos, sindicatos, fuerzas armadas, policías, Iglesia, enfrentan una severa crisis de legitimidad; Chile es el país con los niveles más bajos de confianza entre las personas; la economía ha perdido el dinamismo anterior; la sociedad se ha fragmentado; campea el individualismo y corolario de lo anterior… gobierna nuevamente la derecha sin un horizonte claro de alternancia por izquierda. Más aun, incentivadas por el reciente triunfo de Bolsonaro en Brasil, surgen en la derecha líderes populistas que asumen posiciones de corte claramente neofascista.

¿Qué fue lo que pasó? ¿En dónde quedó esa coalición considerada la más exitosa de toda la historia republicana?

No hay respuestas fáciles. Las razones son variadas y todavía objeto de fuerte polémica.

Hay algo que es evidente. Las dificultades del progresismo en Chile no son sustancialmente distintas a las que éste enfrenta en otras latitudes. La gran ruptura entre la política y la sociedad, la separación creciente entre “los de arriba” y “los de abajo”, la emergencia de nuevos sectores medios que siguen siendo altamente vulnerables, la regresión del ideal democrático, son elementos que en grados diversos se encuentran en la mayoría de los países del mundo occidental. La crisis de la política y el cuestionamiento de los límites de la democracia representativa en tiempos de indignación son parte de una realidad global.3

En términos teóricos, estamos frente a un desequilibrio mayor entre el mercado por una parte y el Estado y la sociedad por otra. Chile es en realidad una sociedad de mercado y representa un caso extremo de penetración del neoliberalismo. No profundizaremos aquí en este análisis bien documentado por varios sociólogos.4 Nuestro ejercicio consistirá en identificar las claves explicativas que pueden ser útiles como enseñanzas para otras fuerzas y nuevas experiencias. Asumiendo el riesgo del esquematismo, presentamos a continuación siete claves fundamentales.

Desaprovechamiento de la energía democrática.5 El 57% de rechazo a la perpetuación del régimen militar logrado en el plebiscito de octubre de 1988 representaba una energía democrática considerable. No era, como lo sostiene una cierta mitología, un pueblo radicalizado y disponible a todo para asaltar el Palacio de Invierno, sino un pueblo cauto, en su mayoría hastiado de la dictadura que había revalorado la importancia de la democracia y del respeto a los derechos humanos y que se atrevió a votar NO. Sin embargo, la negociación constitucional que tuvo lugar en los meses siguientes se hizo a puertas cerradas y terminó en la imposición de condiciones totalmente antidemocráticas. En esa negociación se aceptó lo inaceptable. Lo más grave fue quedar en minoría en el Senado de la República en virtud de senadores designados que le aseguraron a una derecha minoritaria en la sociedad una mayoría en el Parlamento. La condición de minoría en la Cámara Alta se mantuvo durante los tres primeros gobiernos de la Concertación, operó como un poderoso dique a las iniciativas más progresistas y sólo se revertió a partir de marzo de 2006. La transición chilena fue una transición mal pactada en una negociación en la cual primaron los miedos y los traumas del pasado. El resultado fue dejar hasta ahora un marco constitucional autoritario, centralista y neoliberal.

Ausencia de visión estratégica y de proyecto nacional de desarrollo. El proyecto de la oposición a Pinochet llegaba hasta la idea de un gobierno de transición, de no más de cuatro años, que restableciera las libertades básicas. Finalizado ese proceso las diferentes fuerzas políticas comprometidas en él recuperarían su independencia para definir sus proyectos y alianzas políticas. Nadie imaginó que la coalición que finalmente derrotó a Pinochet podría gobernar durante 20 años consecutivos. El consenso de la coalición era sólido y nítido en materia del restablecimiento de las instituciones democráticas. Era, por el contrario, mucho más difuso y precario en lo relativo a los grandes temas del desarrollo, los cuales iban creciendo en importancia en la medida en que se iba asentando una cierta normalidad democrática. Se disponía de un proyecto de transición a la democracia pero no de un proyecto histórico de desarrollo. Cada nuevo gobierno debió improvisar, no se generaron secuencias lógicas y la falta de acuerdos al interior de la coalición terminó, por la vía de los vetos cruzados, agotando su capacidad de transformación. En este cuadro de agotamiento de la coalición gobernante se selló su primera derrota en 2009. 

Confusión entre lo posible y lo deseable. El hecho de estar en minoría en el Senado obligó a una búsqueda permanente de acuerdos. Surgió así la llamada política de los consensos. Grandes banderas del movimiento democrático como la derogación de la ley de amnistía para los responsables de graves violaciones a los derechos humanos o la reversión de las privatizaciones realizadas durante el régimen militar terminaron sacrificadas en el altar de los consensos. En algún momento la necesidad de negociarlo todo pasó a transformarse de necesidad en virtud. La “medida de lo posible” se convirtió en una suerte de razón universal. La frontera con la derecha se fue desdibujando y de este modo aumentando la desafección con la política especialmente entre los más jóvenes. La percepción de que finalmente “todos son iguales” se fue asentando en amplias capas de la población. Y si de administrar el sistema se trataba, la derecha ha logrado en los últimos años aparecer como una mejor opción, más ordenada y eficiente y más preocupada de la inseguridad y el bajo crecimiento.

Desarme comunicacional. En tiempos de la República anterior al golpe de 1973 existía en Chile una estructura de medios razonablemente pluralista. Los canales eran universitarios, las distintas fuerzas políticas disponían de radios y en prensa escrita había una oferta amplia de publicaciones que recorrían el conjunto del espectro desde la extrema izquierda hasta la derecha más radical. Luego del golpe todo eso fue destruido. El monopolio del régimen militar sobre los medios fue absoluto e implacable durante un largo periodo. En los últimos años de la dictadura floreció, sin embargo, una prensa de oposición que alcanzó una importante audiencia. Es enteramente paradójico que a medida que avanzó la transición y la Concertación se fortaleció como opción de gobierno, la estructura de medios se fue haciendo cada vez más conservadora y concentrada. Los medios con una orientación editorial de centro o de izquierda fueron uno a uno desapareciendo. Prima en la actualidad un duopolio conservador en prensa escrita, lo esencial de la oferta televisiva es privada y sólo en radios se mantiene un sistema más plural. Esta estructura conservadora de medios ha operado de manera abierta en contra de las fuerzas progresistas. La manifestación más evidente fue la campaña sistemática emprendida por estos medios en contra de las reformas propuestas por la segunda administración de Michelle Bachelet.

Descuido de la construcción partidaria. Al inicio de la transición existían, para hablar en lenguaje militar, tres tipos de destinaciones para la dirigencia que había estado al frente del movimiento democrático: el gobierno, el Parlamento y los partidos. Los dos primeros se constituyeron como los espacios de primera categoría. Los cargos en las direcciones partidarias quedaron en una condición subalterna. Esta división trajo consigo muchas consecuencias. Los partidos entraron en un proceso de desvalorización. En no pocos casos los cargos partidarios fueron ocupados por quienes no habían tenido cabida en los espacios de mayor prestigio. Se produjo de esta forma un gran distanciamiento entre los partidos y sus representantes en el gobierno y el Parlamento. Los partidos han terminado constituyéndose en simples máquinas electorales y de administración de cuotas de poder. Dejaron hace mucho tiempo de ser los instrumentos a través de los cuales se canalizan y sintetizan las grandes aspiraciones populares. Esta situación ha gravitado poderosamente en el desprestigio de la política como un todo.

Pérdida de identidad de las fuerzas políticas. La Concertación fue la construcción política que resultó del reencuentro entre el centro y la izquierda representados por la Democracia Cristiana y el Socialismo, respectivamente. Ambas fuerzas se habían confrontado duramente en el pasado facilitando el desplome de la democracia en 1973. La obra de la Concertación tiene un alcance histórico y se constituyó en la coalición más estable y duradera de la historia republicana. Su decadencia tiene mucho que ver con la tensión mal resuelta entre la necesaria cultura de coalición y el resguardo de las identidades de sus componentes.

La Concertación pasó a definirse como una fuerza de centro izquierda al interior de la cual los partidos que la componían veían debilitados sus perfiles propios. En los momentos de mayor auge de la Concertación no faltaron quienes hablaron incluso de la posibilidad de constituirla como un solo partido, lo que en los hechos suponía la disolución de las fuerzas que le habían dado origen. Los efectos de esta tendencia fueron muy negativos. En esta dinámica, la tendencia del centro era correrse hacia la izquierda y, recíprocamente, la de la izquierda era correrse hacia el centro. El resultado fue una doble pérdida. El centro se fue desangrando por derecha al paso que la izquierda de la Concertación le ocurría lo mismo sólo que por su flanco izquierdo. La Democracia Cristina que al inicio de la transición representaba más de 30% del electorado nacional en la actualidad se debate por debajo de 15%. A su vez la izquierda de la Concertación, producto de las sucesivas escisiones de la izquierda, en la actualidad alcanza no mucho más de 20%. Las fuerzas que en su momento representaban una sólida mayoría por sobre el 50% terminaron reducidas a no más de un tercio del electorado.

Ahogo del debate interno. Muchas de las cuestiones anteriores habrían podido ser resueltas si la Concertación hubiese generado espacio a un debate amplio y sistemático sobre las principales cuestiones planteadas. Hacia finales de 1997, luego de la baja experimentada por la coalición en las elecciones legislativas celebradas ese año, se produjo un intento por abrir la discusión. Un grupo importante de dirigentes políticos, parlamentarios e intelectuales iniciamos un proceso de reflexión que se expresó en el lanzamiento del manifiesto “Renovar la Concertación. La fuerza de nuestras ideas”.6 En él se valoraban positivamente las principales realizaciones de los gobiernos de Aylwin y Frei, pero se advertían también sus importantes insuficiencias. Ese texto tuvo como respuesta otro manifiesto “La gente tiene la razón, reflexiones sobre las responsabilidades de la Concertación en los tiempos presentes”. En vez de constituirse en un sano debate que atravesaba transversalmente a todos los partidos de la coalición, por obra de los medios de comunicación, éste se caricaturizó como una “bipolaridad oficialista” que oponía a “autoflagelantes” y “autocomplacientes”. Mediante este expediente “se anuló la eficacia de los argumentos y se rebajó la calidad de la deliberación política”.7 La discusión se abortó, además, porque en la dirigencia de la coalición primaron los intereses electorales de corto plazo. Frente a la cercanía de una nueva elección presidencial en 1999, muchos estimaron que este debate generaría una división que pondría en peligro el triunfo del candidato de la Concertación. En rigor, el debate se clausuró pero en la práctica se impusieron “por la vía de los hechos” las tesis “autocomplacientes” que no estimaban necesaria una rectificación profunda. No fue posible retomar así las ideas fundacionales de la Concertación que apuntaban derechamente a la superación del orden constitucional autoritario y la conducción económica de corte neoliberal. A veinte años de haberse planteado este debate la verdad es que todavía no se ha enfrentado de manera directa… con los resultados que se conocen.

 

Carlos Ominami P.
Economista e ingeniero comercial. Ministro de Economía en Chile entre 1990 y 1992 y Senador de la República entre 1994 y 2010.


1 Carlos Ominami, “El segundo suicidio de la centro izquierda”, Nueva Sociedad, marzo-abril 2018. https://bit.ly/2PWpQYH

2 https://bit.ly/2DXdEAC

3 Innerarity, Daniel, La política en los tiempos de indignación, Galaxia Gutemberg.

4 Manuel Antonio Garretón, Neoliberalismo corregido y progresismo limitado: los gobiernos de la Concertación en Chile 1990-2010, Editorial Arcis. https://bit.ly/2BvS8R1

5 Carlos Ominami, Secretos de la Concertación, Planeta, 2012.

6 Este texto y varios otros que formaron parte de este debate están compilados en Carlos Ominami, El debate silenciado, Ed. LOM, Santiago, 2009.

7 Rodolfo Fortunatti, “Las dos almas de la Concertación, Diagnóstico, proyecto y prospectiva a fines del siglo XX”.

 

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