Uruguay ha tenido casi 15 años de notable crecimiento económico y el Frente Amplio (FA), la izquierda uruguaya, permanece en el poder todavía con altos niveles de aceptación y popularidad, mientras otros gobiernos de izquierda en América Latina se han evaporado en medio del desplome económico, la corrupción y profundas crisis sociales. Se trata de un país estable, democrático, de muy baja corrupción y, por lo menos para los estándares de América Latina, bastante próspero. Tras estos largos años continuos en el poder ya es posible hacer un razonable balance de los resultados y claroscuros de su gobierno.

El Frente Amplio es un ensamble político peculiar, una coalición variopinta de partidos y movimientos de izquierda, que van desde los demócratas cristianos hasta los tupamaros y comunistas más radicales. Fundado en 1971, se trata de una incómoda coalición que, sin embargo, ha podido funcionar y forjar consensos gracias al talante democrático, la civilidad y madurez política propia de los uruguayos.

Ilustraciones: Patricio Betteo

El Frente representa una ruptura ante el dominio, por casi 200 años de vida independiente, de los dos partidos tradicionales. Dichos partidos se encuentran entre los más viejos del mundo y sentaron, tras cruentas confrontaciones iniciales, las bases de una sólida democracia, abruptamente interrumpida por la cruel dictadura militar que surge tras la derrota de los tupamaros entre 1973 y 1985. Al término de la dictadura se restablece la democracia y se suceden cuatro gobiernos tradicionales, tres del partido “Colorado” y uno del “Blanco”, hasta que por fin irrumpe con fuerza y por primera vez un gobierno de izquierda, el del Frente Amplio (FA), que con tres gobiernos sucesivos ha permanecido casi 15 años ininterrumpidos en el poder, e incluye también desde entonces mayorías legislativas.

El crecimiento económico de Uruguay persiste, pero ha venido menguando. Aún así, ha sido suficiente para conseguir una mejora espectacular en sus estadísticas socioeconómicas. Sobre todo en el empleo formal y salarios reales al alza (crecieron más de 50%). Esto ha traído como corolario una caída drástica de la pobreza y la indigencia (pobreza extrema) que han disminuido durante el periodo del FA de 39.9% a sólo 9.7%, y de 4.7% a 0.3%,1 la cifra más baja en los últimos 30 años, y según la CEPAL, la menor en América Latina. Al dramático descenso de la pobreza debe añadirse la tendencia que, al menos desde 2007, parece ser persistente, si bien lenta, de mejora en la desigualdad: entre 2004 y 2014 el coeficiente de Gini (la medida más aceptada de la desigualdad) se ha reducido de 0.46 a 0.40.

Es claro que en muchos sentidos se trata de uno de los periodos más brillantes de la historia contemporánea uruguaya y por ello no debe extrañar el voto de aprobación al Frente en las urnas por tres veces consecutivas. Sin embargo, el país no ha podido dar el salto al desarrollo, no ha logrado una verdadera transformación estructural productiva, tecnológica institucional y mucho menos social. Sigue siendo un país dependiente de la agroindustria más o menos tradicional y del turismo. A pesar de sus logros, sigue exhibiendo limitantes y debilidades propias de un país latinoamericano.

Son ya tres gobiernos del Frente, muy distintos uno del otro, si bien Tabaré Vázquez ha gobernado dos veces; de 2005 a 2010 y de 2015 a la fecha, terminando su actual periodo a inicios de 2020. En su primer gobierno Tabaré se mostró como un hábil operador político, que condujo con sobria eficacia el entusiasmo que concitaba un primer gobierno de izquierda democrática en su país. Como buen cirujano, trabajó con precisión rigurosa y pragmatismo los proyectos sociales para superar la crisis previa, heredada del colapso argentino de 2001 y la devaluación brasileña de un par de años antes. A partir de fines de 2003, y para su fortuna, las cosas cambiaron radicalmente para bien: dos factores fueron cruciales para el éxito. En primer lugar, un enorme impulso desde el exterior debido al auge de las materias primas o commodities demandadas por China, lo que permitió exportar enormes cantidades de soya, arroz, lácteos, celulosa y otras materias primas; con el auge de toda Sudamérica el turismo llegó copiosamente a los balnearios de Punta del Este; Uruguay recibió divisas e inversiones como nunca antes. En segundo lugar, este gran impulso externo tuvo en contraparte una política macroeconómica prudente y atinada. En materia fiscal, se amplió el margen de maniobra del Estado, implementando el impuesto sobre la renta y el IVA llegó hasta 21%; esto se sumó a una política monetaria contracíclica, la contención de la inflación, el tipo de cambio en equilibrio que en conjunto permitieron sufragar gastos sociales y algunos proyectos de infraestructura de relativa importancia, pero sin ceder a las tentaciones de gasto excesivo o inflacionario; a cambio, se tuvo que generar deuda, para compensar los déficits. El gobierno y el propio Frente libraron duras y arduas negociaciones con sindicatos del propio Frente, pero el presidente logró sacar adelante su ambicioso proyecto de gobierno. En educación no se avanzó gran cosa, pero en cambio se puso en marcha un proyecto pionero, dotando a cada alumno de primaria de una laptop: el proyecto “Ceibal”, muy visible, si bien de resultados modestos.

En política externa primó, por un lado, un pragmatismo comercial y, por otro, Uruguay se montó con comodidad en la ola de la izquierda sudamericana, capitaneada por Brasil. Mantuvo una relación cordial con los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y, sobre todo, con Lula da Silva, pero nunca llegó a excesos ni se sumó al ALBA; en contraste, su relación con la Argentina de los Kirchner fue ríspida y accidentada. Tabaré Vázquez concluyó su primer gobierno con un porcentaje de aprobación superior a 70% y le resultó fácil al Frente vencer holgadamente en las elecciones de 2010.

El segundo presidente frenteamplista, José (Pepe) Mujica, fue, en muchas cosas, lo opuesto de Tabaré: dicharachero, ocurrente y carismático; tan desordenado como entrañable en su genuina y publicitada modestia. “Pepe” logró construir una leyenda de su vida sencilla, su desvencijado auto “vocho” y su humilde vivienda, una “chacrita” rural. En cierta manera ese fue su principal logro: el presidente “más pobre del mundo” pudo poner a su pequeño país en el mapa global y generó una importante corriente de simpatía hacia el mismo. El auge de las commodities continuó impulsando el crecimiento y se mantuvo la política macroeconómica prudente, pero los resultados de Mujica al frente del gobierno fueron bastante modestos. Él también enfrentó la dureza de los sindicatos y arduas negociaciones para poner en marcha distintos proyectos, ahuyentando en algunos casos la inversión. Es cierto que amplió derechos sociales —se permitió el aborto, el matrimonio igualitario, y puso en marcha el muy vistoso y audaz programa de legalizar, producir y distribuir marihuana—. Pero fracasó ostensiblemente en materia de educación, a pesar de que la postuló como su primerísima prioridad; continuó la mejora del ingreso y la disminución de la pobreza, pero muchas fracturas sociales seguían siendo lastimosamente evidentes. La inseguridad, el muy difundido crimen en pequeño, la mala situación de la salud pública, entre otros problemas, ensombrecieron el panorama social. Se anunciaron ambiciosos y necesarios proyectos como una reforma del Estado en verdad moderna y transformadora; proyectos mineros, portuarios, de infraestructura y logística que jamás se pudieron materializar. En política exterior siguió la misma línea de su antecesor, con muchos guiños a Chávez y a la revolución bolivariana. Mujica deja el gobierno también con alta popularidad, más de 60%.

El tercer gobierno, el segundo de Tabaré, ha sido muy distinto del primero. El crecimiento ha disminuido y, si bien no es hazaña menor mantener la expansión y la estabilidad económica cuando los dos grandes vecinos, Argentina y Brasil, tienen las economías postradas, y el entorno internacional es menos favorable, las cosas se han complicado y se cuenta con menor margen de maniobra. Las negociaciones salariales y los conflictos han sido particularmente duros con los sindicatos, sobre todo en el campo de la educación, justamente el sector donde el Frente Amplio ha tropezado una y otra vez.

La política exterior no ha sido tampoco fácil, sobre todo cuando Lula da Silva ha caído en desagracia y el gobierno de Maduro ha sumido a Venezuela en un caos inimaginable. Todo esto ha hecho mella en el propio Frente que se muestra dividido y que ha terminado por mediatizar la política uruguaya respecto a Venezuela y también a Nicaragua. A esto debe sumarse el fracaso continuado del Mercosur y el naufragio de la Unasur. En Uruguay existe una creciente frustración y se va generalizando la sensación de un cierto aislamiento externo.

Pero, como dijimos, la principal deuda que va dejando el gobierno del Frente Amplio es la falta de una verdadera transformación estructural, de fondo. A pesar de innegables avances no se han resuelto algunos de sus problemas más severos, que empiezan por su aletargado sistema educativo, sobre todo en los niveles medios. Esto se vincula con la débil capacidad innovadora, un insuficiente apoyo a la ciencia y la tecnología que permitan, a su vez, cambiar la matriz productiva, diversificando su base agropecuaria con mayor valor agregado y contenido tecnológico; así como desarrollar nuevas áreas de actividad industrial y de servicios. Otro tema vinculado a la competitividad externa tiene que ver con su déficit en infraestructuras y logística. Uruguay no logra, por ejemplo, hacerse de una línea aérea verdaderamente rentable y competitiva.

Existen también otros puntos oscuros en el desempeño del Frente Amplio; temas que resultan particularmente preocupantes para un gobierno de izquierda. A pesar de las mejores cifras de empleo y los altos índices de desarrollo humano (IDH), el panorama social exhibe una preocupante fragmentación y un claro deterioro de la cohesión social. La seguridad pública deja que desear, abundan el crimen violento y la rapiña y, entre otras cosas, la muy mala situación del sistema carcelario resulta preocupante y difícil de entender en un país como Uruguay. El nivel de la salud pública está por debajo de lo deseable para un país que pretende enfilarse a ser una “sociedad desarrollada” en pocos años. En todo esto es claro que el deterioro educativo del nivel medio muestra una huella creciente y oscura en toda la sociedad, sobre todo por la alta tasa de deserción escolar en los niveles medios (liceo), que afecta las oportunidades económicas y la movilidad social en su conjunto. No basta, entonces, con una encomiable conducción macroeconómica; con una buena gestión general del auge, efímero al fin y al cabo, de las commodities; todo indica que la verdadera transformación para el desarrollo ha eludido también al Frente Amplio. Alguien en Uruguay señaló que la izquierda en el poder no acaba de entender suficientemente lo que está sucediendo en concreto con los ciudadanos uruguayos “realmente existentes”

Uruguay es un país pequeño que se mira en el espejo de una Nueva Zelanda o una Dinamarca, que además de poca población tienen o tuvieron una importante base estructural agrícola en su economía pero que han sabido diversificarse admirablemente, modernizando el Estado y adoptando innovaciones tecnológicas de última generación. No es, ni de lejos, el caso de Uruguay. Ambos países le duplican y más el ingreso per cápita y le superan holgadamente en el IDH, sobre todo en materia educativa. La otrora “Suiza de América” no está de regreso en versión “2.0”. No hay, pues, demasiado espacio para la complacencia y el triunfalismo.

La coyuntura externa y la situación local ríspida llena de conflictos laborales, la escasa diversificación económica y de mercados han impedido relanzar plenamente un proyecto de izquierda moderada e inspirador en la región, alcanza apenas para no caer en recesión y contagiarse de la debacle de sus vecinos, pero le impide ir más adelante. En estas circunstancias Uruguay enfrenta el próximo año nuevas elecciones presidenciales. Es cierto que el Frente Amplio permanece a la cabeza en las intenciones de voto para las elecciones de 2019, pero la situación ya no le es tan claramente favorable. Ahora el Partido Nacional (“Blanco”) aparece en el horizonte como un rival importante y verosímil.

 

Cassio Luiselli Fernández
Economista y diplomático mexicano. Fue embajador de México ante la República de Uruguay.


1 De acuerdo al Instituto Nacional de Estadísticas de Uruguay.

 

Un comentario en “Una transición de terciopelo

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