Llegué a la Universidad de León en 1959, antes de cumplir los 17 años, y en mi pueblo natal de Masatepe los únicos comunistas que había conocido eran unos hermanos zapateros, que acabada la faena diaria dejaban sus ropas de trabajo y se vestían de blanco impoluto, los zapatos siempre con una mano reciente de albayalde, para instalarse en el parque central, donde predicaban entre bromas, frente a una escasa concurrencia, más contra la religión católica que contra explotación de la casa obrera. Lo único que aprendí de ellos es que comunista era sinónimo de ateo.

En la universidad supe más pronto de la acción que de la teoría marxista. Llegué a las aulas pocos meses después del triunfo de la Revolución cubana, y en las manifestaciones callejeras contra la dictadura de los Somoza, una de las cuales fue reprimida a balazos con saldo de cuatro compañeros muertos, nos acompañaba el fervor reverencial por los guerrilleros barbados y vestidos de verde olivo que habían logrado derrocar a Batista.

Ilustraciones: Patricio Betteo

Nunca faltaban los gritos contra el imperialismo. Dictadura e imperialismo eran conceptos indisolubles. Nicaragua había sufrido en el siglo dos intervenciones militares de Estados Unidos, y al final de la última de ellas, en 1933, dejaron instalado a la cabeza de la Guardia Nacional a Anastasio Somoza, fundador de la dinastía, quien al año siguiente orquestó una conspiración para asesinar al general Sandino, héroe de la resistencia de seis años en contra de la ocupación.

Más que en el estudio de la teoría marxista, reducida a manuales, eran los agravios los que marcaban las convicciones. Cuando el viejo Somoza fue baleado de muerte por el poeta Rigoberto López Pérez en 1956, el presidente Dwight Eisenhower lo llamó “campeón de la democracia”. El Caribe era una selva donde reinaban las panteras engalonadas: Batista, Trujillo, Somoza, Pérez Jiménez, Castillo Armas.

En 1954 el gobierno del coronel Jacobo Arbenz había sido derrocado en Guatemala, y la obscenidad de los hechos resultaba hasta candorosa: Allen Dulles era jefe de la CIA y a la vez miembro del consejo directivo de la United Fruit Company; y su hermano, John Foster Dulles, secretario de Estado, era abogado de la compañía, a la que Arbenz había expropiado unas tierras ociosas para su programa de reforma agraria, que a la postre resultó más moderado que el que el presidente Kennedy propuso a comienzos de los sesenta en su Alianza para el Progreso.

Todos los males, opresión, atraso y miseria, desigualdad social, falta de instituciones democráticas, entrega de los recursos naturales a las potencias extranjeras, eran atribuibles al imperialismo que, al amparo de la Guerra Fría, sostenía a las dictaduras de derecha. No había nadie más a quien culpar. Hasta el triunfo de la Revolución cubana la izquierda había estado ausente del poder, salvo por el caso de Guatemala, y el de Bolivia, con la Revolución Nacional de 1952. Y la única otra revolución había sido la mexicana a comienzos del siglo, y que, comida por la polilla, distaba de ser vista ahora como una referencia.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, fundado en 1961, nació del fermento de izquierda en las aulas universitarias, y quien sería su fundador, Carlos Fonseca, había dejado la escuela de derecho poco tiempo atrás de mi llegada, para pasar a la clandestinidad. Y al bautizar como sandinista a la organización guerrillera creó un vínculo con la historia de lucha antiimperialista en Nicaragua; y a la par se creó otro con la Revolución cubana que acogía y entrenaba a los movimientos guerrilleros del continente.

Carlos Fonseca cayó en las montañas del norte de Nicaragua en 1976, a menos de tres años del triunfo de la revolución, el cual no hubiera sido posible sin un cambio fundamental de rumbo. El FSLN se dividió en tres tendencias, y la estrategia guevarista del foco guerrillero en la montaña fue superada a partir de 1977, cuando se crea la tendencia insurreccional, por la de una ofensiva generalizada contra las tropas de Somoza, junto a la articulación de una alianza política con todas las fuerzas antisomocistas.

El Grupo de los Doce, formado en 1977 por empresarios, sacerdotes, profesionales e intelectuales, fue esencial para el cambio de percepción que la sociedad tenía del FSLN como un grupo de guerrilleros valientes y sacrificados pero sin consenso social ni posibilidades de alcanzar el poder político. Y el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro en enero de 1978, catapultó la lucha.

El triunfo de la revolución en julio de 1979 fue el fruto del heroísmo de miles de jóvenes combatientes que lograron derrotar al ejército pretoriano de Somoza, pero también lo fue, y en una medida trascendental, de una brillante operación política que movilizó a la población, despojó de temores a la clase media, pospuso las aprensiones de los empresarios, y logró una interlocución con Estados Unidos.

Una “transición ordenada” fue negociada con la administración Carter, lo que implicaba la salida de Somoza al extranjero con su familia y allegados, y la formación de un mando conjunto del nuevo ejército, entre oficiales de la Guardia Nacional y jefes guerrilleros. No resultó así al final, porque el vicepresidente Urcuyo, que sólo debía entregar el mando a la Junta de Gobierno, desconoció el acuerdo, y eso precipitó el avance de las fuerzas insurgentes y el desmoronamiento del ejército.

 

Hay pecados capitales que definen la historia de un proceso revolucionario, y definen, a fin de cuentas, la historia misma. El pecado capital de la revolución nicaragüense consistió en poner la ideología por encima de las posibilidades de la realidad. El socialismo, como idea redentora, vino a ser una entelequia que despreció la realidad, y ésta terminó imponiéndose.

La revolución era, en primera instancia, una sincera ilusión de cambio en la mente de quienes la habían hecho posible. Fue una empresa abierta, realizada con voluntad espontánea por gente de distintas clases sociales que no se detuvieron a considerar asuntos de ideología, menos la imposición una ideología férrea basada en el protagonismo hegemónico de una clase obrera que a duras penas existía en un país de fundamento agrario.

La ideología, y el ideal. Convertir a los pobres en protagonistas de la historia era parte central de la idea de revolución, compartida por los cristianos partícipes del proceso, promotores de la opción preferencial por los pobres del Concilio Vaticano II y del Congreso Eucarístico de Medellín. Y era un sentimiento de la sociedad en general; una revolución sin cambios estructurales no puede merecer ese nombre.

Pero la ideología marxista de los manuales, y las concepciones leninistas sobre el poder, flotaban arriba, en el estrato de la vanguardia, encarnada en los nueve comandantes, dueños del papel de conducir la revolución por el camino correcto. La revolución se había hecho con novedad e imaginación. Ahora, la ortodoxia ideológica pugnaba por imponerse frente a la novedad y la imaginación.

El poder fue conducido desde el primer momento en dos planos: en el interno las intenciones de fondo, la creación a largo plazo de un Estado socialista bajo la guía de un partido único, o al menos hegemónico; y en el externo la proclama del pluralismo político, la economía mixta y el no alineamiento internacional.

Esta prédica de la superficie logró un buen grado de credibilidad en Europa Occidental, fue aceptada con algo de reticencia por los nuevos gobiernos democráticos de América Latina, que entonces sustituían a las dictaduras militares, pero nunca convenció a los Estados Unidos de Reagan, que dio su respaldo inmediato al ejército de la contra, y así sobrevino en Centroamérica, tomando en cuenta las guerras en El Salvador y Guatemala, una confrontación de la Guerra Fría en una oscura esquina del tablero mundial.

En términos estratégicos la revolución sandinista se amparó en el campo soviético, y en Cuba, para el apoyo militar, y para los suministros básicos que incluían el petróleo, mientras del otro lado prevalecía el embargo comercial de Estados Unidos.

Y, desde el principio, la unidad de fuerzas políticas diversas que hizo posible el derrocamiento de la dictadura había saltado en añicos. Muy temprano el FSLN decidió que responsabilidad política de gobernar era en exclusiva suya, y éste fue otro pecado capital. No sólo alejó a sus aliados, sino que les estorbó, o impidió que formaran o consolidar partidos de oposición. Cuando fueron llamadas las elecciones de 1984 quiso atraerlos de nuevo, pero la administración Reagan les impidió participar, para deslegitimar al gobierno sandinista resultante de esas elecciones.

La única posibilidad de redimir a los pobres era creando riqueza, pero la estatización de la propiedad, empezando por la agraria, y los controles del comercio, resultaron en fracaso; y la guerra consumió los recursos y vino a desbarajustar las iniciativas de transformación social que eran la razón de ser de la revolución, salud, educación.

La empresa privada sobrevivía maniatada, sin iniciativas ni confianza, sujeta a las expropiaciones arbitrarias, y después se fue también por el embudo de la debacle que representó la falta de divisas para los suministros básicos, la inflación y el desabastecimiento.

Nadie en la dirigencia sandinista imaginó la llegada de Gorbachov para sustituir a los viejos carcamales del Kremlin, ni que enviaría al canciller Shevardnadze a Managua con la notificación de que el apoyo estratégico llegaba a su fin, y que era necesario entenderse con Estados Unidos. Tampoco fue previsible la desaparición de la Unión Soviética ni la caída del muro de Berlín.

Cuando agotadas las posibilidades de seguir adelante con una guerra que había desangrado hasta la extenuación al país, se impuso la necesidad de los acuerdos de paz con la contra, que también se había quedado sin respaldo del Congreso de Estados Unidos, vinieron, como consecuencia, las elecciones de 1990, que el sandinismo terminó perdiendo, y con las elecciones no sólo perdió el gobierno, sino el control de las instituciones públicas y de las fuerzas militares y de seguridad. El proyecto revolucionario colapsó, y las férreas concepciones ideológicas cogieron rápidamente herrumbre.

La revolución terminó entonces. No sobrevivió. Fue un proyecto complejo que dejó una marca en la historia, con su voluntad de cambio y sus virtudes e ideales, y sus errores, deficiencias y defectos de concepción.

Quienes intentaron escribir la segunda parte se apropiaron de sus símbolos y de su retórica, que luce hoy tan envejecida, pero su esencia se había disuelto sin remedio. Eran unos ideales sustentados con ardor juvenil; y si reparamos en lo que ocurre hoy día bajo el régimen represivo de Ortega, aquel discurso alentado por el ardor juvenil se quedó extraviado en los entresijos del tiempo, y en boca de unos viejos resulta en una cruel, y a veces ridícula, falsificación. Porque quienes están siendo reprimidos son otros jóvenes idealistas como los que entonces empuñaron los fusiles. Son los nietos de la revolución empeñados en otra revolución, esta vez sin armas.

 

Sergio Ramírez
Escritor, periodista, político y abogado. Es Premio Cervantes 2017. Algunos de sus libros son: ¿Te dio miedo la sangre?, Adiós muchachos y Margarita, está linda la mar.

 

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