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Inspirado por el realismo de un gobierno hipotecado a las altas finanzas, Valéry Giscard d’Estaing insistió en borrarles a sus paisanos la creencia de que Francia podría seguir jugando, en el concierto mundial, un papel similar a aquel de los tiempos en que el país era «el centro del mundo». Esta fue la convicción de fondo que guió su política exterior: en Europa se regia por un estrechamiento del eje franco-alemán que a partir de 1945 sustituyó la anterior y encarnizada rivalidad entre los ribereños del Rhin y sobre el cual se había fundado el proyecto -siempre inconcluso- de una comunidad europea. Al tiempo que se anudaba una pública amistad entre Helmut Schmidt y Giscard, rattraper l’Allemagne (igualar a Alemania) era el sueño y la consigna de la tecnocracia en el poder. Por otra parte, a la sugestiva sombra de las torres petroleras de la península arábiga, el entonces presidente había ido á difundir su adhesión a la causa palestina. Para América Latina, sin perjuicio de una indiferencia de base, la estrategia giscardiana se repartía entre la venta de armas a las dictaduras militares, el alegato en contra de la violación de los derechos humanos y los ensayos de acercamiento a ciertos países claves de la región, como México. En las relaciones este-oeste, al igual que sus vecinos alemanes, Giscard estaba por la distensión. Al desconcertante Jimmy Carter trató de explicarle alguna vez que, antes que hostigar a la URSS con las plegarias por la liberación del pueblo soviético, más valía hacer todo por estar en buenos términos con ella, al margen de oponerse en la práctica a sus avances efectivos, objetivo manifiesto de las frecuentes expediciones militares que el gobierno giscardiano despachó con destino al continente africano. Así, los atletas franceses participaron en las Olimpiadas de Moscú en 1980 y, luego de la ocupación de Afganistán, el buen tono de las relaciones franco-soviéticas fue el argumento para atraer a Varsovia al jefe de estado francés a una cita fantasma con Leonid Brezhnev; en ella, el primero hizo el ridículo y el segundo no concretó las vagas promesas de ofrecer un principio de solución a la cuestión afgana, pero pudo en cambio mitigar la situación de aislamiento internacional en que se había sumido la URSS.

Africa, por lo demás, fue el escenario de los desvaríos diplomáticos más vergonzosos de la era de Giscard, no tanto por sus aventuras neocolonialistas como por el sospechoso contubernio que éstas tuvieron con los cuantiosos intereses de la familia del presidente en el continente negro.

AFUERA DEL CORRAL: LA NUEVA ORIENTACIÓN

Francois Mitterrand es la cabeza visible de una tendencia política que no representa solamente a las clases trabajadoras, sino también a una tradición patriótica, republicana y jacobina. Además, él es, como reconocen los observadores franceses, el más gaulliano de los presidentes que se han sucedido en el Eliseo luego de la muerte del propio De Gaulle. Para Mitterrand, Francia es «una gran potencia» y así debe actuar en el mundo de las naciones. Su victoria fue auspiciada por las previsiones de una oposición a las tendencias de retorno a la guerra fría estimuladas desde Washington, una retirada francesa del territorio africano, un renovado interés por América Latina y un mayor acercamiento a Israel en detrimento de los países árabes. Los pasos sucesivos de la nueva administración mostraron una serie de ajustes que revelan tanto la búsqueda de una coherencia (aún no consolidada) en política exterior, como la adecuación del programa socialista a la compleja situación internacional.

En Europa el acuerdo franco-alemán sigue siendo la piedra angular de la posición francesa; pero va mediatizado, al menos en proyecto, por un mayor acercamiento a Gran Bretaña, que trata de lograr una modificación de las restricciones que el gobierno de la señora Thatcher mantiene en cuanto a su participación en la comunidad económica europea. Respecto al Medio Oriente, las previsiones iniciales han variado. Al margen de sus simpatías por Israel, Mitterrand sigue, en lineas generales, la orientación de su antecesor: sostiene el derecho a la subsistencia del estado israelí pero defiende los intereses del pueblo palestino, traba contacto con Arabia Saudita y se manifiesta contra la escalada militar en el Líbano. En Africa se ensaya la prudencia. El gobierno socialista asegura el apoyo a los aliados de Francia y las tropas no serán retiradas donde el gobierno local demande su permanencia y la juzgue necesaria para la paz. Más aún, se considera la posibilidad de intervención militar para los casos en que la vida de residentes franceses fuera puesta en peligro y con el solo efecto de salvaguardarla. Este último tema tiene un interés personal para el primer mandatario, como se demostró durante la apresurada evacuación de los residentes en Irán, luego del exilio de Bani Sadr en Francia. Sin embargo, es en la posición que Francia ha adoptado ante las potencias hegemónicas y América Latina, donde mejor pueden advertirse algunas claves de la nueva orientación de la diplomacia francesa.

AL ESTE Y AL OESTE

El viraje que impuso Reagan a las relaciones entre los bloques internacionales, ha dado prioridad al aspecto militar-político por encima de la competencia económica-social predominante en los últimos veinte años. En Europa esto ha acabado resumiéndose en la polémica de los misiles Pershing contra los SS-20 soviéticos. Para algunos analistas, la renovación del parque de misiles continentales por parte de la Unión Soviética es materia negociable, sin necesidad de proceder forzosamente a la instalación de los Pershing del lado de la OTAN. De ocurrir esto último habría un cambio irreversible en el equilibrio militar esteoeste, pues la decisión de utilizarlos radica en el gobierno norteamericano, que (de este modo) podría alcanzar el territorio de la URSS en menos tiempo del que toman los misiles intercontinentales soviéticos para llegar a sus objetivos en Estados Unidos. Europa entera se convertiría en una pieza subordinada del poder norteamericano, que por voz de Ronald Reagan ha aceptado expresamente la posibilidad de un conflicto militar con uso de armas atómicas tácticas, cuyo campo sería muy probablemente el Viejo Continente. La doctrina Reagan sostiene también la posibilidad de contestar al enemigo, no precisamente donde éste ataca, sino donde Estados Unidos se encuentre en condiciones favorables.

El argumento contrario señala la expansión del sector militar en la Unión Soviética en las últimas décadas. La URSS, luego de acumular el mayor stock de armamentos convencionales y la flota de guerra más grande del mundo, se dispondría a ganar terreno en materia de armas nucleares de alcance medio. Sin el contrapeso de los Pershing, Europa Occidental se volvería un rehén de la URSS. Un ataque nuclear limitado y sorpresivo, seguido por una ofensiva de las fuerzas soviéticas de mar y tierra, pondrían a Estados Unidos ante del dilema de aceptar la ocupación soviética de toda Europa Occidental o parte de ella o de tomar a su cargo la responsabilidad de desencadenar la guerra total.

Como ambas posturas se basan en apreciaciones más o menos aproximadas de lo que acaba siendo el inabordable secreto militar de las superpotencias, la elección radica más en consideraciones de tipo político-ideológico que estrictamente estratégicas. En este sentido, el atlantismo de Mitterrand sorprendió agradablemente a los halcones de Washington y desilusionó a su amigo Willy Brandt, que en Alemania encabeza un poderoso movimiento de oposición al despliegue de los misiles Pershing.

Si Mitterrand sigue creyendo -como escribió en uno de sus libros- en la voluntad de paz que alguna vez le expresó Brezhnev, no es menos cierto que cree también en el expansionismo soviético y siente que el neutralismo no es la respuesta más adecuada. Con un poco de malicia podría pensarse también que, si es cuestión de que alguna de las grandes potencias ostente la superioridad militar, Mitterrand y el gobierno francés prefieren que sea Estados Unidos, cuya alianza con Francia no es cuestionada. En todo caso, Francia puede permitirse tratar el asunto con mayor independencia, porque no participa en la OTAN y posee una fuerza nuclear militar propia, por más que la efectividad de la misma sea discutible. Alemania, en cambio, marcada aún por la ocupación, la militarización controlada y el desmembramiento nacional, es en gran medida un objeto pasivo de las decisiones de sus aliados.

AL NORTE Y AL SUR

La actitud de Francia hacia América Latina demuestra que su aceptación de los misiles Pershing está lejos de ser una actitud pro-norteamericana al estilo de Margaret Thatcher. Giscard d’ Estaing aceptaba grosso modo la división del mundo en esferas de influencia: para Estados Unidos, América Latina; para Francia, Africa, para la URSS, el este de Europa. La política de Mitterrand para América Latina pone en cuestión tal pragmatismo. Esto se debe, como hemos dicho, a una perspectiva de tipo gaullista: por el papel que incumbe a Francia en el panorama internacional, ésta no debe detenerse ante las lineas imaginarias de la política mundial.

Para el gobierno de Reagan, todo movimiento de liberación en el Tercer Mundo es el reflejo de un avance estratégico del hegemonismo soviético. Para Mitterrand, una lucha como la de El Salvador es el fruto de una justa rebelión popular contra una oligarquía incrustada en el poder. La mediación franco- mexicana tendría por objeto apoyarla y promover una nueva práctica de cooperación internacional que en lo sucesivo evitar a estos movimientos tener que enfrentarse con el dilema que llevó a la Revolución Cubana a ingresar al campo soviético.

Por lo demás, el problema tiene otras implicaciones. Al parecer, Napoleón I confió a sus fieles de Santa Helena que su designio profundo había sido unir a Europa para que no se viera aprisionada algún día por la fuerza de dos gigantes que ya en la época perfilaban su poderío: Estados Unidos y Rusia. La última aventura napoleónica en Europa murió con Hitler, pero la idea de la unidad fue retomada para la paz por la Comunidad Europea fundada al final de la guerra. Treinta años después y sin perjuicio de los avances logrados, la Comunidad sigue en estado embrionario. Mientras tanto, y con cada crisis mundial, la profecía del emperador se revela acertada, al punto de que los europeos tienen hoy la convicción de que la próxima gran guerra, por limitada que sea, tendrá lugar en su territorio.

Al tiempo, se generaliza en Europa otra certidumbre: la tensión que absorberá en el futuro la política internacional no es la de este-oeste, sino la de norte-sur. Entonces algunas autoridades de la comunidad europea preconizan el acercamiento a los países del tercer mundo como una necesidad y una solución a ambas cuestiones. Tendería a salvar los desequilibrios en las relaciones norte-sur, daría una salida estrangulamiento económico de Europa Occidental y una nueva dimensión a la distensión internacional, al discutir la validez de la repartición del globo en reservas de influencia prioritaria de los grandes. Esta visión supondría, al menos en intención, la superación de los esquemas colonialistas, imperialistas y etnocéntricos que han predominado tradicionalmente en la política europea, no menos que en la norteamericana. Por otra parte, esta visión tiene una verificación realista: las tensiones entre países desarrollados se nutren también de la calidad de las relaciones entre el centro y la periferia del sistema mundial. Si la dinámica no se transforma en sentido progresivo, algún día Europa Occidental podría verse reducida a un papel subordinado que envidiaría muy poco a los países subdesarrollados.

A nadie se oculta que esta es la concepción que anima a la Internacional Socialista, y que el partido de Francois Mitterrand, forma parte de ella. Llegado a México para asistir a la conferencia de Cancún, Mitterrand calificó de «falaz y estéril» la oposición entre norte y sur. El deseo de anudar relaciones privilegiadas con países fuertes de la región que, como México, sostienen un punto de vista coincidente, va en la misma dirección.

LA EXPERIENCIA EN LA ESPALDA

La política exterior del gobierno socialista -aún en pañales- es igualmente explicable por los objetivos de su política interna. El programa de reformas y nacionalizaciones que llevó a Mitterrand a la presidencia no es, como se sabe, excesivamente audaz ni novedoso. Eso no quita que el programa despertara, desde antes del 10 de mayo, una ola de inquietud y resistencia con repercusiones entre las mismas masas populares. Para una oposición de derecha que hoy paga con su desorganización los desbordes arrogantes del septenato de Giscard, el fetiche anticomunista sigue siendo, pese a su desgaste, la principal consigna. Un reforzamiento del prestigio exterior de Francia no podría sino consolidar las posiciones internas del nuevo gobierno. Pero además, la actitud de éste respecto al pacto atlántico y la alianza con Estados Unidos, tiende a desarmar las tremebundas previsiones de la derecha. También trata de asegurar la neutralidad norteamericana en la querella interna y su respeto a las diferencias con Francia en otros temas, como lo sugiere la moderada reacción de Estados Unidos frente a la declaración franco-mexicana sobre El Salvador.

Siempre se supone que el capitalismo está dispuesto a ir a la guerra por razones económicas y esto hace difícil comprender que la principal nación capitalista llegue a aceptar las reformas en Francia a cambio del aval de ésta en ciertas cuestiones militares. Una estrategia socialista en Europa Occidental, lejos de determinar la ampliación de la zona de influencia soviética, sólo podría concretarse por la aceptación del sistema de defensa atlántico, como lo comprendieron incluso las corrientes de izquierda del Partido Socialista francés (aunque se opuso a la instalación de los misiles Pershing) y los propios eurocomunistas.

En una escena internacional que combina la desintegración de antiguas creencias y formas de organización social con el surgimiento de otras nuevas y aún imprecisas, la práctica, como Lenin gustaba de repetir, marcha por delante de la teoría. En nuestros días es cada vez más difícil creer que un misil soviético apuntado a París sea más favorable a la distensión y al socialismo, que su similar norteamericano que tenga como blanco Moscú ó Kiev. La lógica de la guerra recupera la crudeza y el cinismo de los enfrentamientos entre las potencias del Antiguo Régimen. Si los europeos son los primeros en desprenderse de ciertas ilusiones, es simplemente porque además de encontrarse en el epicentro de las tensiones mundiales, cargan con más experiencia histórica sobre sus espaldas.