El futuro es hoy (Ideas radicales para México) Malpaso, 2018, podría incluirse dentro de esa amplia estela de libros que suelen surgir entre el final de un sexenio y el inicio de otro; casi siempre con propuestas y recetas que el gobierno entrante debiera tomar en cuenta para mejorar al país. Sin embargo, a diferencia de la inmensa mayoría de este tipo de libros, en el que aquí nos ocupa los editores, Humberto Beck y Rafael Lemus, plantearon a los 13 colaboradores (seis mujeres y siete hombres) que redactaran textos que fueran mucho más allá de la realidad nacional tal como la conocemos hoy, que fueran utópicos, que fueran radicales en este sentido. Los temas tratados en el libro son muy diversos; entre ellos, la democracia, la política ambiental, los indígenas, las drogas y la migración (por cierto, se echa de menos un artículo sobre educación). En tiempos como los que vivimos (tan opresivos, tan depresivos) este utopismo suena original, aunque debo decir que la mayoría de los textos no son realmente utópicos o no son integralmente utópicos (lo cual no los hace menos sugerentes; quizás incluso se pueda decir lo contrario). En todo caso, el resultado es un libro ambicioso, interesante y, como mencioné, distinto.

Imposible para mí detenerme a analizar los 12 textos que integran el volumen. Antes de solamente aludir a todos ellos, conviene decir algo sobre sobre el prólogo de los editores. Este prólogo adelanta algunos de los aciertos y algunas de las debilidades del libro. Entre los primeros, destaco el hecho de atreverse a poner en negro sobre blanco la posibilidad de un mundo mejor. Así de simple. Acostumbrados como estamos a los discursos pesimistas (o, si se quiere, realistas), considero que un libro como éste debe ser bienvenido. Pensar que un México distinto es posible, que los ideales tienen valor, que vale la pena hacer planteamientos utópicos y por ende radicales, es quizás el primer paso para que México empiece a cambiar (radicalmente), que es lo que los editores pretenden. Si además, en general, ese pensamiento sobre lo posible, sobre lo concebible, está bien argumentado, la lectura no puede ser más que provechosa.

En cuanto a las debilidades me parece que Beck y Lemus caen en ese discurso, tan manido y tan simplificador, del “neoliberalismo” como el villano de villanos y como la “omniexplicación” de todos los malestares que sufre México actualmente. No creo en la “tiranía del perpetuo presente neoliberal”, ni que en México no se haya puesto “¡ningún freno de emergencia que detenga el tren de la ortodoxia neoliberal!”, ni que “necropolítica” y “neoliberal” sean cuasisinónimos, ni que la “razón neoliberal” sea el motivo por excelencia de nuestra imposibilidad de pensar alternativas. Si bien hay que aplaudir cualquier esfuerzo, intelectual en este caso, por pensar verdaderas alternativas al desastre nacional que atestiguamos en prácticamente todos los ámbitos, me parece que la identificación de un supuesto mal que explica todos los males (el traído y llevado “neoliberalismo”) no es un buen punto de partida. De entrada, por una razón muy evidente (al menos para quien esto escribe): porque simplifica la realidad. Nuestros malestares tienen muchos orígenes, muchas causas y muchas trayectorias. Buscar y encontrar una sola causa puede ser reconfortante para algunos, pero a mí en lo particular me resulta un engaño intelectual. No sólo eso, culpar de todo al “neoliberalismo” también nos hace proclives a adoptar y aceptar discursos maniqueos y a plantear “soluciones” que muy probablemente no lo sean. Para decirlo retomando la expresión que los editores emplean al final de su prólogo, creo que ciertos diagnósticos pueden llevarnos a encontrar “rutas de salida” que no lo son realmente.

Lo anterior sucede con algunos de los textos del libro. Pienso, sobre todo, en el texto de De Coss, en el que el autor habla de “las abstracciones propias del neoliberalismo”, de “la ideología individualizante propia del neoliberalismo”, del capitalismo como “una máquina de guerra”, de la muerte y el miedo que viven los mexicanos como una forma más de “ampliar la esfera de la acumulación” (capitalista), de la “ética neoliberal” como el nuevo sentido común, del “momento neoliberal” que vivimos, de “espacios neoliberales” aparentemente ubicuos y, para no extenderme más, de la guerra contra el narco como una guerra “al servicio de la acumulación de capital”. La justificación de todo esto es el título del texto en cuestión: “Futuros más allá del capitalismo”. Si todo es neoliberalismo y todo lo explica el capitalismo voraz, no extraña que la conclusión del autor sea la siguiente: serán las trabajadoras, los pueblos originarios y “todos quienes no son sólo potenciales víctimas” (sic) quienes “guiarán el camino a unos futuros posibles” (no capitalistas por supuesto). Conclusión que algunos podrían catalogar de utópica, pero que a mí me parece carente de sentido político, social y hasta histórico. Por lo demás, el neoliberalismo también es el origen de todos los males, aunque en mucho menor medida, en el texto de Godínez sobre la justicia restaurativa (véanse concretamente las páginas 207 y 208).

En cambio, hay otros textos que se olvidan del “villano de villanos” y proceden a hacer análisis más complejos y por lo tanto más matizados de la realidad mexicana. Es el caso del texto de Arriagada sobre la democracia, del de Vela sobre la desigualdad de género, del de Monroy Gómez Franco sobre la igualdad de oportunidades y también del que Pedroza y Délano escribieron sobre la migración. El hecho de que estos trabajos no pierdan contacto con la realidad, por decirlo así, y que se resistan a los mantras explicativos o a las soluciones fáciles, no quiere decir que no contengan elementos utópicos. Casi todos lo hacen en alguna medida; sin embargo, hay otros textos que me resultan más “integralmente utópicos”: el de Córdova sobre política ambiental, el de A. Gil sobre indigenismo y el de Hernández Tinajero sobre las drogas.

Cabe añadir que hay un texto, el de Raya sobre explotación doméstica, que por momentos parece un ejercicio lúdico, que es desmesuradamente autobiográfico y que no proporciona mayor información (que los lectores hubiéramos agradecido tratándose de un país con más de dos millones de trabajadoras domésticas). Hay otro, el de Jáuregui, en donde un interesante análisis sobre los abusos que sufre la mujer en el ámbito de la cultura en México se mezcla de manera confusa con la cantidad de mujeres que son asesinadas en este país. En otros casos, mis reparos son respecto a cuestiones formales; por ejemplo, llama la atención que la bibliografía que emplea y discute Hernández Gálvez en su texto sobre la ciudad sea casi toda de autores anglosajones o que publican en inglés (parecería que en América Latina y en otros idiomas nadie ha escrito sobre urbanismo).

Los comentarios anteriores son críticas puntuales sobre ciertos aspectos, pero esto no debe hacer perder de vista algo ya expresado: el libro tiene muchos aspectos que me parecen elogiables y dignos de mención. Ya señalé el cambio de registro (hacia lo utópico y lo radical), pero también cabe mencionar que estamos ante una generación inquieta y preparada de científicos sociales relativamente joven (la mayoría ronda los cuarenta años, pero hay algunos incluso más jóvenes) y ante una publicación bastante homogénea en términos generales. Me parece bien atreverse a ir más allá de lo acostumbrado justo en el momento que vivimos una transición de gobierno que, aparentemente al menos, traerá consigo muchos cambios. Ya veremos.

En el prólogo los editores afirman que el libro se inscribe no sólo dentro de la tradición utópica mexicana, sino también dentro del “plural espectro de las izquierdas latinoamericanas”. De aquí desprendo yo otra cualidad del libro. No sé si los editores y los autores simpaticen con algún partido, supongo que sí, pero se agradece que este elemento se disuelva por completo detrás de análisis que las más de las veces están bien fundamentados, que son rigurosos. Un rigor que, como corresponde inevitablemente a un texto de naturaleza utópica, a partir de cierto momento deja el paso a los ideales y al afán de que todo cambie. Por sus presupuestos, sus objetivos y las problemáticas tratadas, considero que El futuro es hoy (Ideas radicales para México) es un ejercicio encomiable. Un ejercicio que, me parece, refleja bien ese profundo deseo de miles de jóvenes de México por construir un país en paz, un país más equitativo, más justo, más digno y más libre para la totalidad de sus habitantes, no para unos cuantos.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.