Ofrecemos un pasaje del libro de exploración histórica y familiar de Claudio Lomnitz, Nuestra América, un viaje fascinante por los linajes familiares del autor y su traslado de la Europa del Holocausto a la América del refugio. Una historia central del relato es el exterminio judío en Rumania y su siembra ideológica por un grupo particularmente brillante de intelectuales, entre ellos E.M. Cioran y Mircea Eliade, de quien el propio Lomnitz fue alumno en la Universidad de Chicago. El libro de Lomnitz empieza a circular en estos días bajo el sello del Fondo de Cultura Económica

Rumania tenía en los años treinta y cuarenta una intelectualidad pequeña pero destacada, de apenas unas doscientas personas, que se alternaban entre dos cafés, el Corso y el Captsa. Era un mundo de relaciones, de amistades densamente entretejidas que trascendían las ideologías, y era también un mundo de ideologías mutables. Mihail Sebastian, el dramaturgo judío cuyo nombre original fue Iosif Hechter, fue un personaje destacado de esa sociedad, y fue testigo privilegiado de su trágico devenir, porque lo dejó inscripto en un diario extraordinario, que fue escondido tras de su muerte en 1945, y por fin publicado en 1996, para gran escándalo de la sociedad rumana, que no ha querido aceptar, ni mucho menos asimilar, el papel histórico del antisemitismo en su país.

La intelectualidad rumana fue en su mayoría antisemita y fascista, y no chistó ante la idea de promover una limpieza étnica, o “purificación”, como decía el dictador y “Conductor” Antonescu. No hablo aquí de personajes anodinos, ni de burócratas. El que pinta el fenómeno al dedillo es el dramaturgo Eugen Ionesco, que fue uno de los pocos intelectuales de renombre que no simpatizó con la Guardia de Hierro en los años treinta. Ionesco retrató el aspecto contagioso del fascismo, en una conocida obra donde los personajes de la “normalidad” se van transformando uno a uno en rinocerontes.

En su memoria, Ionesco hace referencia a uno de sus diarios de Bucarest, escrito en los años treinta y cuarenta, y cita de él textualmente para precisar el momento en que se le ocurrió la idea de su famosa obra, Rinoceronte. Cito del diario:

“He aquí un eslogan rinocerontil, un eslogan para el ‘Hombre Nuevo’ que un hombre normal no consigue entender: ‘Todo para el Estado’, ‘Todo para la Nación’, ‘Todo para la Raza’… Pero ¿qué es el Estado? ¿Qué es la Nación? ¿Qué es la Sociedad? Son abstracciones, y despersonalizantes, no existenciales sino apestosas, abstracciones supremamente alienantes. La humanidad no existe: hay hombres. La sociedad no existe: hay amigos. No es igual para un rinoceronte. Para mí, su Estado es un fantasma; para él, la persona de carne y hueso es el fantasma”.

La intelectualidad rumana le entró de lleno al fascismo e hizo suyo, como piedra de toque, al antisemitismo. Como los rinocerontes de Ionesco, consideraban que las personas de carne y hueso no importaban, y se pasaron el verano de 1941 tomando cafés en el Corso y el Captsa, e inventando fábulas para contribuir con su granito de arena a la limpieza étnica en Bucovina y Besarabia.

Ilustración: Alberto Caudillo

Así, el 24 de junio de 1941, a tres días de la invasión nazi de la URSS, Mihail Sebastian escribe en su diario que aparecieron en todo Bucarest dos pósters pintados por Anestín, un artista gráfico de la farándula. Uno de ellos retrataba a Stalin con las manos ensangrentadas, y rezaba “El carnicero de la Plaza Roja”; y el otro “muestra un judío en una bata roja, patillas enruladas, gorrita de religioso, y barba, deteniendo un martillo en una mano y una hoz en la otra; escondidos tras de su abrigo hay tres soldados soviéticos”. Arriba, el póster rezaba: “¿Quiénes son los amos del bolchevismo?”.

A la semana siguiente se prohibió que los judíos alzaran la bandera rumana. Asustado por la intensidad de la campaña en el radio, los pósters callejeros y los periódicos, Mihail Sebastian ya no salía a la calle. Se puso a leer a Tucídides y La guerra y la paz, ya que no podía encontrar sino horror en los periódicos y en las noticias diarias de asesinatos de judíos, arrestos, y una campaña de propaganda antisemita que no aflojaba. Es la semana en que el ejército rumano entra a Besarabia y a Czernowitz.

En esos mismos días Eugen Ionesco recibió visita del escritor Eugen Lovinescu, quien le comentó que “Los rusos tienen que ser derrotados, y los alemanes victoriosos. Si no, seremos gobernados por judíos y zapateros”. Un rinoceronte. Días después, el escritor y “amigo” de Sebastian, Camil Petrescu, compartió con él una serie de predicciones sobre los resultados “inevitables” de la guerra, con algunas frases típicamente vergonzantes que Sebastian cita textualmente: “Alemania se adjudicará toda Rusia, y Hitler recibirá el reconocimiento de todos por haber librado al mundo del bolchevismo. Al final, también le darán algunas concesiones a los judíos (‘las cosas no pueden continuar así’), se les dará un estado en Rusia, quizá incluso en Birobidzhan”. Otro rinoceronte más. Y así va quedando el diario de Sebastian poblado de uno, y otro, y otro.

La intelectualidad rumana jugaba a la guerra. Elaboraba toda clase de fantasías. Culpaba a los judíos de cualquier cosa, a voz en cuello, pero a veces reconocía en privado que la situación en que se encontraban era excesiva. Decían creer que todo se calmaría una vez que triunfaran, como si no hubiera un programa de exterminio ya en curso. Mientras tanto, se cuidaban de no alzar la voz en su defensa. Así, el mismo Camil Petrescu ya mencionado le advirtió a Mihail Sebastian que no le fuera a pedir nada si se llegara a encontrar en aprietos. Hasta ahí llegaba la solidaridad de los amigos.

En esas mismas fechas otro “rinoceronte” célebre y nada anodino, Mircea Eliade, se encontraba en Portugal haciendo de agregado cultural. El día después de la entrada nazi a la Unión Soviética, Eliade escribe en su diario: “Me abruma lo furibundo de mi amor patrio, y mi nacionalismo incandescente. No puedo hacer nada desde que Rumania entró a la guerra. No puedo escribir. He dejado de nuevo mi novela”. En esa misma entrada hace su propia denuncia de la banalidad del gobierno, sólo que la pronuncia desde el fascismo: habla de los sacrificios de los Legionarios del Arcángel San Miguel (o sea, de la Guardia de Hierro), extraña a sus correligionarios ya muertos, y suspira porque el gobierno de Antonescu ha sido colonizado por mediocres:

“Todas las masacres, todos los campos de prisioneros, todas las humillaciones, todas las rebeliones, todas las purificaciones, todos los programas liberales —todo eso, para terminar de nuevo con Pamfil Seicaru, nuestro eterno Pamfil, que nos ha aterrorizado a todos y a todos nuestros gobiernos, pero que siempre cae de pie. Corneliu Codreanu, muerto; Iorga, muerto; muertos están también Nae Ionescu, Armand, I.G. Duca, Moruzo —están muertos todos los jefes de los Legionarios y todos los que los ejecutaron— mientras Pamfil vive, dinámico y patriota”.

Es una lamentación provocada porque el fascismo había caído en manos de la banalidad, de la racionalidad burocrática. Sin embargo, la responsabilidad del exterminio no recae únicamente en esos burócratas. Así, mientras mis bisabuelos Hershel y Leah morían en el campo de Bershad a manos del gobierno que Eliade representaba, el gran intelectual escribía la siguiente entrada en su diario: “Mi desprendimiento de la persecución de la gloria y la riqueza me permitirán escribir obras de un valor incontestable. Y debería comenzar a escribirlas un día de estos”.

La lógica del genocidio judío sí creó un nuevo tipo criminal, como alegaba Arendt. Personajes burocráticos, más o menos normales, que sin embargo fueron ejecutores directos del exterminio. Pero el genocidio tiene distintos momentos y participan en él muchos actores. En la muerte de mis bisabuelos participaron ejércitos que seguían las órdenes de comandantes que a su vez observaban las leyes y directrices de su gobierno, sí. Participaron directa e indirectamente también los famosos Einsatzgruppen de las SS, que daban el ejemplo exterminador, metrallando judíos en ejecuciones masivas, y que apuntalaban al ejército rumano. Pero participaron además campesinos y vecinos de Nova Sulitza y otros pueblos vecinos, que tenían ya veinte años de estar siendo azuzados en su odio a los judíos por la Guardia de Hierro a la que pertenecía Mircea Eliade. Y esos militantes de la Guardia de Hierro no estaban siguiendo las órdenes de nadie, sino de sí mismos, y de sus delirios de grandeza. Entre ellos privaba antes la vanidad que la banalidad, antes la fantasía megalomaníaca de imaginar que dominaban el mundo pensándolo, que la búsqueda de promoverse en el escalafón siguiendo y aún adelantándose a las órdenes, como Eichmann.

Me molesta que Eliade, el bien amado profesor de la Universidad de Chicago, donde luego yo también daría clases, no haya pagado siquiera el precio de un reconocimiento público de su responsabilidad en estos hechos, mientras embelesaba a sus estudiantes, de mito en mito.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

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