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Ciencia y desarrollo. Revista bimensual del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Años III a VII, 1977-1982.

Información científica y tecnológica. Revista quincenal del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Volúmenes I a IV, 1979-1982.

R and D México. The International Magazine of Scientific Research and Development in México, CONACyT. Washington D.C. Vols. 1-2, 1980-1981.

Comunidad CONACyT. Publicación de los trabajadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Años IV a VII, 1978-1981.

La tarea fundamental del CONACyT, según palabras de su director Edmundo Flores, «es desarrollar la ciencia y la tecnología en México hasta situar una y otra en un lugar de avanzada, al menos en ciertas áreas». Otra importante labor es «mejorar los planes de estudio de nuestros centros de enseñanza y hacer exhortaciones bien intencionadas en favor de la ciencia… Para ello es necesario valerse de todos los medios de comunicación» («Carta del director», Ciencia y desarrollo, núm. 36). De estos medios, el primero ha sido la letra impresa. La creciente labor editorial del Consejo no tiene precedente en nuestro país, y quizá el aspecto más relevante han sido sus cuatro principales revistas (existe por lo menos una más, Conexión, dirigida al personal de la institución y que no será comentada aquí); ellas han reunido buena parte de las virtudes y los vicios que caracterizan a nuestro establishment académico.

Continúa Flores en su «Carta»: «Dividimos esta gran tarea (valerse de los medios de comunicación) en dos partes:

«Primera. Popularizar la ciencia.

«Segunda. Dotar de una identidad a la comunidad nacional e internacional, dar a conocer los nombres de quienes la constituyen, sus especialidades, sus carreras, sus rostros, hazañas y aun excentricidades de sus personajes, para convertirlos en celebridades dignas de emulación».

CADA CIENCIA CON SU ROLLO

Ciencia y desarrollo tira 70 mil ejemplares, cuenta con 30 mil suscriptores pagados y hace un año ya vendía un millón de pesos por número en anuncios. Pasó de 94 páginas en 1977 a un mínimo actual de doscientas -en ocasiones 252 páginas. Se distribuye en todas las ciudades importantes del país y en varias capitales del extranjero. Ninguna revista científica mexicana conoció jamás una bonanza parecida.

Cada número se abre con una «Carta del director» en rigurosa primera persona. Sigue la sección «Cartas de nuestros lectores», donde aparecen comentarios, aclaraciones, protestas y, eventualmente, pequeñas polémicas; su número y variedad demuestran que la revista tiene un público receptivo, en el que genera respuesta. Allen, de la Herrán y Poveda mantienen una excelente sección de astronomía, «Descubriendo el universo», dirigida no sólo a especialistas; los mapas estelares del bimestre correspondiente alientan a los contempladores de estrellas, lunáticos en vías de extinción a causa del alumbrado público y el smog. Se agrega a esta sección un articulo ilustrado sobre el sol, los planetas del sistema solar o alguna estrella excéntrica.

En «Gente y sucesos», CyD cubre los eventos socio-científicos más recientes. Una amplia agenda enumera las reuniones científicas y técnicas del periodo. Finalmente, varias «Notas bibliográficas» registran publicaciones nacionales y extranjeras de interés científico, técnico o económico.

La parte medular de CyD corresponde a ensayos y entrevistas; estas últimas suelen ser muy buenas, gracias a que la entrevistadora Andrea Burg no es sólo buena periodista, sino que además tiene amplia formación científica. Sin embargo, las entrevistas carecen -como todo el material de CyD- de intenciones criticas. Nunca se cuestionan las actividades del entrevistado o la de la institución en que trabaja. En concordancia con la intención de hacer «celebridades dignas de emulación» a los científicos, es frecuente que ellos parezcan más importantes que la ciencia misma. CyD (y después Información científica y tecnológica) han querido fabricar estrellas. Con el ánimo de reconocer una labor escondida tras los muros del laboratorio, tiende a engolosinarse con la ciencia del éxito, la fama y los Grandes Nombres. Nada marginal, en cambio. Nada que carezca de la bendición oficial del gobierno o las grandes universidades. Nada de ciencia para el pueblo. Los problemas sociales serán resueltos por sabios iluminados ¿Es excesivo pedir a una agencia gubernamental un mínimo interés en las necesidades populares y la eventual participación de los no-científicos en la solución de problemas educativos y científicos?

La ejemplaridad de los investigadores consiste en que son excepcionales. CyD intenta crear, celebrar y conservar élites. Ninguna otra publicación es tan diligente para registrar a los científicos premiados (del Nóbel para abajo, pasando por los. premios Nacionales y de la Academia de Investigación Científica). Si, honor a quien honor merece. Pero a veces resulta que honor merece sólo quien honor ha recibido.

TODO ESTÁ BIEN, MENOS LO QUE ESTÁ MAL

Sin embargo, no siempre ha faltado el estimulo a grupos menos conocidos. Un importante proyecto editorial de CyD es el de registrar la actividad de distintos centros locales de investigación, en base a reportajes, entrevistas y artículos originales producidos por sus investigadores (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas, Chapingo; Centro de Investigaciones Biológicas de la Paz, B.C., y Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada, B.C., entre otros). Otro proyecto, iniciado en el número 19 (marzo-abril de 1978), consiste en la publicación de informes sobre la ciencia y la tecnología en diferentes países (E.U., Israel, las dos Alemanias, India, Brasil, Italia, Japón, Inglaterra y España, para terminar con uno sobre México que aún no aparece). Más allá de sus altibajos, estas dos lineas editoriales han sido lo más consistente de CyD.

Un buen número de ensayos (a veces casi la totalidad de la revista) son traducciones, por lo general de buena calidad. Sin embargo, su ilimitada disposición de páginas la lleva al extremo opuesto: publica tanto material, y tan extenso, que acaba por convertirse en un ladrillo que exige al lector dedicación casi exclusiva. Además, no siempre se justifican estos materiales: incluir en tres entregas El fin de la infancia, novela de Arthur C. Clarke ampliamente difundida como libro, o bien ensayos publicados por Alianza Editorial el Fondo de Cultura Económica o Editorial Bruguera, se antoja excesivo. Claro, no es lo mismo el tiraje habitual de un libro que 70 mil ejemplares de CyD, pero si la intención es abaratar los libros, podrían seleccionarse obras auténticamente importantes y difíciles de conseguir. Por mencionar a la literatura, ¿por qué sólo ciencia-ficción, y dentro del género, unos cuantos autores, conocidos de sobra (Bradbury, Clarke, Vonnegut)? A veces parece un recurso fácil para llenar páginas con lo que le gusta al director, quien en sus «Cartas» suele emplear expresiones del tipo de «no he podido resistir la tentación de publicar» tal cosa. Aquí, como en otros aspectos de la revista, destaca un inocultable estilo personal de dirigir.

En otras ocasiones el proceso es a la inversa: se generan artículos que después formarán parte de una nueva obra. Así ocurrió con los libros Freud y Einstein, por ejemplo. Esta es, sin duda, una política más justificada.

CyD no siempre mantiene una linea editorial uniforme. Lo mismo abre sus páginas a Watson y Crick que a la siniestra Rand Corporation, think tank privilegiado por la derecha reaganista, que cuenta con clientes del tipo de la ya no digamos siniestra CIA. Los documentos de la Rand son importantes, pero resulta demasiado imparcial» no ubicar al lector en la nota introductoria. Es dudoso que CyD avale sin más a esta corporación, y no todos sus lectores están obligados a saber qué es la Rand Corp.

Las páginas de CyD han sido testimonio del feliz enlace entre la UNAM soberonista y el CONACyT. El tema monográfico del número 34 fue la persona y la obra de Guillermo Soberón como rector de la Universidad. Sus colaboradores más cercanos en cuestiones de enseñanza e investigación dedicaron 40 apologéticas páginas a realzar un ejercicio administrativo que también en materia científica ameritaría múltiples cuestionamientos ¿Hasta qué punto fue favorable el estimulo que recibieron las investigaciones patrocinadas por transnacionales farmacéuticas o algunas empresas privadas? ¿No es lamentable el descuido que caracterizó a la administración soberonista en materia de educación media y de licenciatura? Nada es menos científico que el elogio sin tasa.

En el número 36, Soberón agradece el espacio recibido. Y a propósito de espacio recibido ¿dónde están los celosos guardianes de la autonomía universitaria? Aún no se dan por enterados de que las nuevas oficinas del CONACyT, institución del gobierno federal, están dentro de la inviolable Ciudad Universitaria.

En fin, pese a su complacencia y su inclinación al ladrillo, CyD no ha dejado de representar una interesante opción de lectura y un buen punto de reunión para las distintas vertientes que la ciencia oficial tiene en México.

ME GUSTAS CUANDO INFORMAS PORQUE TUS PÁGINAS SON POCAS

La revista quincenal Información científica y tecnológica, con un tiro de 45 mil ejemplares, cubre las necesidades de información ágil y hasta cierto punto sencilla que CyD no ha podido satisfacer. Siguiendo de cerca el modelo de Science News, «pretende publicar las noticias más importantes que atañen a su materia y ofrecer una corriente continua de información a científicos y técnicos, a los estudiantes y a empresas públicas y privadas» (número 1). En pocas páginas (al principio eran 18, ahora son 48), trata de cubrir los más diversos campos del quehacer científico. Lo que aquí es noticia, en CyD puede aparecer como artículo original. Por citar un caso: en diciembre de 1980, ICyT publicó una nota sobre los experimentos que el doctor Alejandro Bayón efectúa con los opioides humanos; un año después, en diciembre de 1981, CyD presentó un artículo más extenso del propio Bayón sobre el asunto. Mientras éste es un artículo especializado de no fácil lectura, aquélla era legible para el lector medio de estas publicaciones.

Hacia mediados de 1981, ICyT tuvo una mala racha, durante la cual disminuyó el material científico, sustituido por anuncios; las ilustraciones eran malas y los artículos menos interesantes (salvo ciertas excepciones, como aquel número 43 -abril- sobre «Fisiología de la reproducción» y «Los neutrinos con masa»). El número 50, dedicado en su totalidad a «El origen de la vida», pese a que fue fundamentalmente gráfico, marca el inicio de una mejor época en la revista. Para fines de 1981 puede afirmarse que los textos de ICyT recuperaron su nivel original, aunque ciertos cambios en el formato y unas ilustraciones más chatas hacen añorar el atractivo visual de los primeros números. El número 61, correspondiente al 15 de enero de 1982, empieza mal desde la portada, con un desafortunado retrato de Manuel Peimbert, premio nacional de ciencias 1981.

En este mismo número, su «imparcialidad» deja mal parados a los editores. Deja ir, como si nada, una reseñita del más reciente libro de Lyndon H. LaRouche Jr., quien además de mesías de la nueva derecha norteamericana, es un falsario devenido gurú político, ejemplo de cómo no se hace ciencia (una de sus «revoluciones» es en matemáticas), o mejor dicho, de cómo se engaña a los incautos. Es imperdonable que CONACyT recomiende tan mediocres panfletos.

MUCHO BUENO SABER

R and D México (80 mil ejemplares al mes) no necesita ser tomada muy en cuenta en nuestro medio. Es un vehículo propagandístico de la ciencia y la tecnología mexicanas para el mercado internacional. Lo bueno de nuestros científicos es que podrían ser gringos. Son igualmente talentosos, fotogénicos, alegres, excéntricos y viajeros. Nuestra ciencia es buena en cuanto es exportable. R and D complementa la publicidad de Sectur. Si a nivel nacional el CONACyT es complaciente con los sabios, tratándose de su cotización internacional adquiere atributos de propagandista. México no sólo es pintoresco, también tiene «a growing roster of young scientists». Nuestros laboratorios también, son sede de «amazing adventures» y los científicos tienen audacia y charm.

Está bien que alguien crea en nuestra gente, pero el CONACyT es tan cuate que hasta se le pasa la mano. R and D (Vol. 2, No. 2, Nov. 81 ) promueve con igual entusiasmo a la banca privada mexicana, que está adquiriendo un «rol global», sus organismos son multinacionales «in a smal way» (claro) y sus actividades foráneas «crecen más rápido que sus operaciones nacionales».

Que el orbe aplauda.

LA CÁMARA DE LOS COMUNES

Como los trabajadores del CONACyT no se iban a quedar sin su revista, Comunidad vino al mundo para engrosar como sólo engrosan las revistas bonitas. El primer calificativo elogioso que puede otorgarse a la hoy obesa revista es el de la mejor publicación mexicana para burócratas. Qué harían sin ella (20 mil ejemplares) las victimas del ocio, condenadas a medrar o esperar en antesalas de funcionarios, dentistas, ginecólogos y agencias publicitarias. Breves textos de autores prestigiosos (Poniatowska, Hiriart, Garibay, Monsiváis y el último de los Azuela); dibujos y pinturas de Abel Quezada, Cuevas, Belkin y Béjar; una sección de cultura general a cargo de Arrigo Coen y cotorreos de sobremesa («Cafetomanías») a la manera de Alvarez del Villar se ven reforzados por una agenda de efemérides («Estos días otros años») y una estampida de acertijos culteranos; ¿qué pintura es? ¿qué elemento químico es éste? ¿de quiénes son estas firmas? y muchas desafiantes maneras de preguntar ¿sabía usted que… ?

Comunidad se dedica también al rastreo de inventores, y así como pone a escribir prosas a buenos prosistas, pone a traducir como loco a José Emilio Pacheco. Aunque uno puede preguntarse qué hace el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología publicando tanta maravilla en una revista, Comunidad sigue tan campante, con todo y su Premio Nacional de Periodismo. ¿Quién, si no, conseguiría que José Luis Cuevas (íguau!) pintara y explicara a la ciencia?

Y Loubet Jr. dijo: hagamos un número monográfico. Y el número se hizo. Sobre caballos, aviones, tenis o el Palacio de Bellas Artes. Cuando CONACyT cumplió diez años, Comunidad preparó casi un libro sobre su historia y sobre cómo ven a la ciencia los científicos y los no. Aquí también resalta, a su manera un estilo personal de dirigir. Sólo se admiten gayas colaboraciones en tono festivo. Además, Enrique Loubet Jr. escribe, es retratado por Oswaldo, mencionado por Cuevas o Quezada al pie de sus dibujos y hasta en la ficha autobiográfica de algún articulista.

Lo importante no es el tema sino sus variaciones. No importa que el número 124-125 (abr-may 1981); repita el tema del número 85 (ene 1978); los aviones siempre darán de qué hablar. Uno puede evitar la aburrida información oficial sobre el presidente de la República o los eventos sociales del CONACyT y disfrutar los divertidos textos de y sobre ciencia-ficción que atiborran los dos últimos números del año pasado.

NO ES LO MISMO QUE LO MESMO

De ser parientes, ciencia y tecnología se han vuelto conceptos casi gemelos. Investigación científica significa desarrollo, según las tesis desarrollistas cercanas al feelin’y la experiencia cosmopolita de Don Edmundo Flores («burócrata internacional… con largas horas de vuelo» se autodefine en alguna «Carta»). En un país atrasado como el nuestro, estas identidades son casi ciertas.

El deslumbramiento ante el avance tecnológico (uno de los ejes del desarrollo) acaba por redondear un perfil estrecho del quehacer científico: la ciencia sirve en cuanto estimula el desarrollo, creando tecnología. Su aplicación, una parte del ejercicio científico, quizá es para los economistas y los planeadores sociales el sentido último de la ciencia, pero no para los científicos, ni siquiera para los más comprometidos y politizados. Cualquier científico acepta el parentezco entre su actividad y la tecnología, pero ninguno aceptará la confusión de ambas. Para una mentalidad tecnocrática, esta confusión es una deseable y hasta automática fusión: o la ciencia sirve para algo o vale gorro.

El mismo progreso del conocimiento científico ha demostrado que cualquier invención o descubrimiento sirven, tarde o temprano, pero también que el gozo puro de la investigación no se basa (al menos no sólo) en la aplicación de lo que se descubre. Además, a veces la tecnología sirve a unos y perjudica a otros. Una revista científica puede atender los secretos del cosmos y también la exitosa actividad de una empresa acerera privada, pero no tiene por qué hermanarlos. Sí necesita, en cambio, algunos atributos básicos de la ciencia: el rigor, la capacidad critica, la obsesiva búsqueda del error.

Al recorrer estas páginas, el lector es invitado a creer que los científicos mexicanos no tienen dificultades. Optimismo ante todo. Se trata de convertir en celebridades a los científicos mexicanos y homenajear a las universidades, no de cuestionar sus programas académicos. Para ello, CONACyT recurre a un periodismo cordial. No vale la pena criticar. Quien sale en sus revistas es del bando de los buenos. No existen los malos, sólo celebridades dignas de emulación, aun a costa de inventarlas. Personajes míticos en míticas condiciones de trabajo.

Como pocas empresas editoriales, el CONACyT se dedica, mediante sus publicaciones periódicas, a fomentar el ego no sólo de sus directivos y colaboradores, sino también de los personajes reseñados o entrevistados. Paradójicamente, las principales cualidades del CONACyT como editor (generosidad y saludable nacionalismo) originan su mayor defecto: la complacencia.

íQué felices somos!, ícuántos dedos tenemos !

DOS CULTURAS

No es atribuir coherencia gratuitamente al proyecto hemerográfico del CONACyT el afirmar que es snowiano. En su famosa Conferencia de Rede Las dos culturas, 1959), C.P. Snow postuló que una de las leyes del cambio social es que «el cambio no acontece cuando las cosas están peor, sino cuando se encuentran en un momento óptimo». Estaba convencido de que los científicos son los intelectuales más sanos: creen en el futuro, lo tienen en la sangre. Al ser la vanguardia de la sociedad, les corresponde dirigir el cambio. Y si hay «dos culturas» es porque un importante sector de la intelectualidad vive anclado al pasado. Este sector, tradicionalmente identificado con los literatos, no podría suplir a los científicos (y a sus aliados los tecnólogos), tan sanotes y bien intencionados, en las tareas del progreso. Los artistas son demasiado oscuros, demasiado elotianos; para ellos, el mundo acabará no con un estallido, sino con un quejido. La humanidad no puede estar compuesta por los hombres huecos, los hombres rellenos de paja que pretendía Eliot, sino por seres luminosos e iluminados. Aquellos que, como Rutherford decía, están en la cresta de la ola.

No es casual que la antología Ensayos científicos (1978), publicada por el CONACyT, se inicie justamente con Las dos culturas. Tampoco lo es que no se mencione siquiera la célebre polémica que desató el ensayo, obligando a Snow a escribir un Segundo enfoque cuatro años más tarde, cuando ya habían corrido tinta y muy buenas ideas. Como editor, CONACyT se afilia al bando de los optimistas iluminados.

Stephen Spender se refirió alguna vez a «la conciencia del pasado viviendo en el presente». Para Snow las cosas son más simples: «Los intelectuales, especialmente los literatos son ludditas por antonomasia» (haciendo referencia a Ludd, opositor de la revolución industrial). Así, mejor que sean ludditas, que jueguen haciendo ciencia-ficción o escribiendo en Comunidad amenos y breves entretenimientos. Que dejen las cosas serias a los hombres serios.

Hay quien opina que la división en dos culturas occidentales ya fue superada. Sin embargo, la voz de Graves aún se deja oir: «¿Tienen los tecnólogos una mística? Hasta el momento nada me confiere la esperanza de encontrarla, sino tan sólo una sensación de destino. Debemos seguir y seguir y ¿por qué?»

CONACyT no se hace esta clase de preguntas. Como corresponde a su carácter de agencia gubernamental, apoya todo lo que tiende a ir hacia adelante. El Consejo cree en aquellos que no temen perturbar al universo aquellos para quienes, como escribe Enzensberger, su droga son los hechos.