Arturo Warman. Antropólogo especializado en cuestiones rurales. Autor entre otros libros, de… Y venimos a contradecir y Los campesinos, hijos predilectos del régimen. Colabora en Nexos frecuentemente.

Desde el siglo pasado, en pleno apogeo del porfiriato, los grupos dirigentes han hablado de la necesidad de modernizar a México. Después de la revolución, la modernización se asumió por el gobierno. Se hizo declaración oficial y promesa desde hace ya varios sexenios. Hoy se plantea no sólo como aspiración sino como urgencia inaplazable para el país. El destino manifiesto de ser modernos parece hoy al alcance de la mano.

POR ABAJO DEL AGUA

La modernidad nunca se ha definido por quienes la presentan como aspiración o como urgencia. Se asume como un valor entendido de contenido obvio y transparente. Pero el contenido de la modernización solamente es claro, que nunca transparente, cuando se refiere a un modelo. Hay que suponer que éste es el de los países llamados desarrollados. Esto tiene sus problemas. Sólo como una abstracción estadística y por algunas semejanzas superficiales, haciendo caso omiso de las profundas diferencias estructurales, puede hablarse de los países desarrollados como un modelo unitario. Tan moderno es Estados Unidos como Japón, Dinamarca o la Unión Soviética, si se les considera como un conjunto de cifras agregadas: ingreso per cápita, nutrición y esperanza de vida, población alfabeta, etc. No son iguales si la modernidad se mide por la posesión generalizada de bienes de consumo novedosos. Son radicalmente distintos si se comparan sus sistemas políticos o su poder militar. Difieren ampliamente en su cultura y en muchas cosas más. Si la obviedad del contenido de la modernidad está referida a un modelo, éste tiene que ser claro, explícito. Uno de los grandes riesgos de la propuesta de modernizar a México en abstracto es que de manera oculta, casi subversiva, queda referida al modelo de los Estados Unidos, el país más poderoso y el más cercano, el más presente en nuestra existencia cotidiana. Independientemente de la calidad del modelo, es clara la imposibilidad de repetirlo, lo que nos lleva con frecuencia a la imitación extralógica, y lo que es mucho más grave, a una dependencia y subordinación más profunda.

En sus versiones radicales, la modernización es una argumentación racista cuando identifica los síntomas del atraso con características inherentes y heredadas de la población.

Por los contextos en que actualmente se expresa la propuesta de modernizar a México, es posible desagregar algunos contenidos implícitos más precisos. Con frecuencia se refiere a la transformación del país, acelerando el tránsito de un estadio agrario y rural a uno urbano e industrial. En este caso, modernizar implica una transformación estructural por la vía del desarrollo capitalista. Otras veces se refiere a transformar las instituciones, especialmente las políticas, para hacerlas racionales, eficaces y eficientes. Modernizar, en ese contexto, es un proyecto democratizador que quiere eliminarlos lastres del caciquismo y la corrupción. Con inusitada frecuencia se supone que el contenido democratizador será el resultado de la urbanización. Eso está por verse todavía. Modernizar es también transformar en cosmopolita, en occidental, al pueblo, su vida, la cultura y el arte. Es, en ese sentido, un proyecto educativo para cambiar creencias y mentalidades, estilos y actitudes, comportamientos. El avance tecnológico está implícito en la propuesta modernizadora. El dominio de la ciencia y la técnica, definida por la comunidad científica internacional, frente a la persistencia de prácticas obsoletas que disminuyen la productividad. El contenido productivista de la modernización está ligado a la mecanización y hasta la automación con los robots, como los únicos caminos de la eficiencia.

Un denominador común une a todos los contenidos: la admisión de un retraso evolutivo, la ubicación de México en un estadio superado por la humanidad. Nuestra raigambre en el pasado, en lo caduco y obsoleto, se identifica con lo rural, lo provinciano, lo rústico. En sus versiones radicales, la modernización es una argumentación racista cuando identifica los síntomas del atraso con características inherentes y heredadas de la población. Ojalá y esa corriente fuera excepcional; no lo parece. Consecuencia frecuente de la demanda modernizadora es la calificación de lo existente como anómalo provisional, destinado a la superación. Así, no se analiza, se rechaza a la sociedad sin explicarla. Se juzga sin entender desde la olímpica altura de un paradigma victoriano refrito por un discurso desarrollista.

EL MITO INDUSTRIAL

Vamos por partes. El ideal de la urbanización se ha estado cumpliendo, aunque de manera poco fiel al paradigma. En las últimas décadas, millones de gentes han abandonado el campo. Otros, acaso más congruentes con la propuesta modernizadora, han abandonado el país. El arribo de los migrantes a los conglomerados industriales, unos cuantos, no sólo saturó la demanda de mano de obra sino que la rebasó. La subocupación permanente, el crecimiento de la mal llamada economía informal, el desempleo abierto por periodos prolongados, la marginación urbana, el gigantismo, la falta de servicios, los asentamientos irregulares y la irrefrenable especulación, el desgaste de la calidad de la vida, entre otros muchos, todos sinónimos de la pobreza, son fenómenos crónicos asociados con ese flujo migratorio. Ese no es el resultado de una crisis o un estancamiento en el sector industrial. Todo lo contrario, su crecimiento ha sido sostenido y hasta espectacular por muchos anos. Sus índices de crecimiento duplican a los del incremento de la población. Sin embargo, la relación entre el crecimiento del sector industrial, medido por el valor de la producción, y el incremento en el empleo, no es proporcional. Y la brecha será cada día más grande. Las ramas industriales intensivas en el uso de fuerza de trabajo ya están establecidas y se están mecanizando para incrementar la productividad. Las nuevas industrias son cada vez más costosas e intensivas de capital y generan menor empleo por cada peso invertido. La tendencia es general, mundial. No sólo eso, sino que una industria dependiente que importa su capital, tecnología, materias primas y partes, el impacto de la balanza de pagos, en la relación con los países desarrollados, es negativo y creciente. La nueva etapa, industrias que exporten y que produzcan bienes de capital, lo más moderno y grande, intensificarán las tendencias que se resuelven en más capital y menor empleo relativo.

Hablando en platas el modelo del industrialismo, tomado en serio, requiere que nuestra planta industrial y su producción dupliquen en tamaño a las de Inglaterra, Francia o Alemania. Si queremos desarrollo industrial de verdad, para fin de siglo tenemos que igualar a Japón en capacidad de producción, en diversidad, en eficiencia e independencia tecnológica. Peor todavía, tenemos que lograrlo compitiendo con Japón, y con las otras potencias industriales y en concurrencia o sometidos por una presencia nueva: las transnacionales. Las comparaciones son odiosas, pero la propuesta modernizadora se basa precisamente en la comparación. Rehuir este tipo de comparaciones es engañar, engañarnos.

No se trata de que seamos inferiores a nadie sino de condiciones históricas concretas. Por ellas, hay que replantear el contenido preciso y viable de nuestro desarrollo industrial. Este no puede seguir vigente como simple mito. La mano invisible que dirige la expansión infinita del capitalismo no puede argumentarse con seriedad. La industrialización ha requerido de enormes subsidios nacionales que ya no pueden justificarse por la mitología. Todos los recursos: tierra, agua, gentes y su fuerza de trabajo, inversiones, apoyos estatales y ahora el petróleo, se han malbaratado para servir al mito industrial y a la acumulación de capital que lo sustenta. No se trata de renunciar al desarrollo industrial, pero hay que precisar su tamaño, sus ramas, su viabilidad, su costo para la sociedad. Es el desarrollo industrial el que debe someterse a juicio para enfrentarlo como un proceso verdadero y no como un conjuro mágico, como un sino fatal e inevitable dotado con un final feliz.

En el campo mexicano trabaja más gente que la que lo hace en los campos de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, juntos y sumados. Los sucesores y herederos de los campesinos de hoy, los campesinos del mañana, ya nacieron. Son demasiados para suponer que si continúa constante el ritmo de migración, serán mucho menos al finalizar el siglo.

REGRESO AL CAMPO

Pese a la cuantiosa extracción humana la población del campo no ha descendido; por el contrario, ha crecido en términos absolutos. El problema del campo, planteado como problema de gente, es hoy mayor que veinte o cincuenta años atrás. Esto no puede soslayarse con el manejo de las proporciones, que nos indican que en el campo vive ahora un porcentaje menor de la población total. En el campo mexicano trabaja más gente que la que lo hace en los campos de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, juntos y sumados. Los sucesores y herederos de los campesinos de hoy, los campesinos del mañana, ya nacieron. Son demasiados para suponer que si continúa constante el ritmo de migración, serán mucho menos al finalizar el siglo. Van a permanecer allí y en el campo tienen que encontrar la solución a sus problemas.

Estos no son ni nunca han sido los de sobrepoblación. En el campo hay quehacer para todos, no sólo en la producción agropecuaria y su transformación, en los servicios que se traducen en mejor nivel de vida, sino también y tal vez sobre todo, en la conservación y el acondicionamiento del territorio para el presente y el futuro. El país está siendo arrasado. Erosión, bajo aprovechamiento, desforestación, dispendio y contaminación de las aguas, entre otros muchos, son fenómenos graves y crecientes, acaso irreversibles. Los factores más poderosos en la degradación son y han sido los intereses especulativos. a corto plazo, en el proceso de acumulación de capital. Es mucho mejor negocio cortar un bosque que sembrarlo, plantar algodón por unos años agotando el agua del subsuelo que establecer una agricultura permanente, tumbar las selvas tropicales para poner ganado que aprender a usarlas. El territorio se sometió a la ganancia particular y ha sido depredado. La ganancia no ha vuelto como capital al territorio, al campo, y se ha transferido a los sectores industrial y financiero para recibir los estímulos y las seguridades del proyecto modernizador.

La ganancia inmediata y excesiva, la especulación para transferir capitales, se ha convertido en la única medida de la redituabilidad del trabajo en el campo mexicano. Así surgió y se hizo más profunda la crisis agrícola, en realidad la crisis rural, que se ha manifestado en la incapacidad del país para alimentar a toda su población, ya no con dignidad ni siquiera con suficiencia. En la escala de la especulación, producir lo básico no es redituable. Ahí el capital no rinde y en esa tarea apenas se queda el trabajo de quienes tienen que procurarse la subsistencia a cualquier costo. Este es el de la miseria, la degradación de sus escasos recursos territoriales, la sumisión a acaparadores y usureros, el desgaste de la fuerza de trabajo jornalera con salarios insuficientes. La mayoría abrumadora de los trabajadores rurales, arraigados a la tierra porque subsisten de ella, cargan con el peso de alimentar al país en condiciones en que esta tarea se ha establecido como no redituable.

Una reforma agraria incompleta, congelada en las normas establecidas hace sesenta años, cuando en todo el país vivía menos de la mitad de la gente de la que hoy vive sólo en el campo, cuando la tecnología extensiva era la única disponible para el capital, propicia y fortalece la vigencia de la escala de la especulación como medida de lo que es racional y redituable. La insuficiencia de los recursos territoriales con que fueron dotados la mayoría de los trabajadores rurales, les impide establecer un proyecto productivo a largo plazo, estable y redituable, para la inversión de su trabajo. Menos aún cuando los recursos públicos destinados al campo y al sector agropecuario se invierten en beneficio directo o indirecto de los especuladores. La subocupación rural es la expresión de la limitación de los campesinos para usar su fuerza de trabajo en beneficio propio y del país. Como contraparte, el empresario privado ligado a la especulación, no crea las condiciones para ocupar ni remunerar adecuadamente a esa fuerza de trabajo. Le conviene así, ilimitadamente excesiva y dispuesta a trabajar por casi nada. 

La revisión radical de la reforma agraria y la continuidad del reparto agrario para adecuarlos a las condiciones reales del país, queda como tarea esencial, ineludible, para suspender la espiral especulativa que depreda al campo y ahora agrade al país al hacerlo dependiente en su alimentación. La argumentación de reproducir el minifundio a través del reparto nunca ha sido válida. La parcelación fue impuesta a los campesinos precisamente para limitar el reparto. Que no se argumente como deficiencia inherente. Dejar el manejo de la tierra en los beneficiarios del reparto, que nadie mejor que ellos conoce, es la otra condición para la continuidad de la reforma agraria. La tierra tiene que ser recobrada por sus poseedores a través de la autonomía en su manejo, de la libre decisión de las unidades sociales de producción sobre su uso. La recuperación, por la gestión democrática, de la capacidad de dirigir el proceso productivo es una tarea prioritaria. Sólo con la reforma agraria, como condición necesaria pero no suficiente, se podrá avanzar en lo ineludible: que la gente que se quede en el campo lo haga en condiciones cada vez mejores de existencia.

EL ESTADO MODERNIZADOR

La acumulación acelerada del capital a partir de la captación y transferencia del excedente agrario, que se acumula y reproduce en los sectores modernizados de la economía, ha sustentado el crecimiento del país a partir de la revolución. La milagrosa aparición de la riqueza petrolera no ha cambiado el estado de cosas en su diseño básico, en su estructura. Ha proporcionado una nueva y riquísima fuente de complemento para la ya insuficiente y decreciente renta agraria, pero sin eliminar su presencia y la de los mecanismos para su extracción acelerada. La especulación, como medida del ritmo de acumulación, se ha acelerado. Las elevadas tasas de interés, el elevado costo del dinero, presionan en la misma dirección. Negocio que no deja limpio un cincuenta por ciento de la inversión total cada año no es “redituable”. Pocos negocios agrícolas pueden alcanzar esos límites, acaso menos del uno por ciento de todas las unidades de producción agropecuaria. Los que lo logran no sólo tienen una alta inversión de capital, también reciben muy elevados subsidios del estado y una transferencia de los recursos campesinos a muy bajo costo. El negocio agrícola, cuando es bueno, es una criatura del Estado, lo mismo por el apoyo directo que por su excepción a las normas jurídicas vigentes.

El papel del Estado en el proceso de acumulación acelerado no es arbitral sino activo, casi dominante. Si por modernidad entendemos el crecimiento por esta vía, el Estado es el principal agente modernizador. Más ahora que la riqueza -mejor dicho la abundancia petrolera, que no es lo mismo- se ha reflejado en un aumento del tamaño, de los recursos y de la preeminencia del Estado. Más que nunca es justo decir que el gobierno es el líder, el que maneja y dirige el proceso de crecimiento por la especulación: la modernización.

El papel del Estado en el proceso de acumulación acelerado no es arbitral sino activo, casi dominante. Si por modernidad entendemos el crecimiento por esta vía, el Estado es el principal agente modernizador.

A partir de este hecho central se vuelven relevantes otros dos contenidos para la modernización que por sí mismos son inviables, buenos deseos. Se trata de la modernización productivista y de la educativa y cultural. La mecanización, el aumento de la productividad para la mano de obra, aparece en una posición contradictoria. Por un lado figura como requisito de eficiencia en la reproducción acelerada del capital. Por el otro, constituye un freno al uso de la abundante oferta de mano de obra subocupada o abiertamente desocupada, que constituye otra fuente para la acumulación. La contradicción es nítida en el campo, donde la velocidad de las máquinas, que permite ampliar la escala de operación y de la empresa, es el criterio definitivo para su adopción, ya que no siempre tiene ventajas en el costo frente a la abundancia en la oferta de trabajo que busca apenas un complemento a su propia producción.

Las innovaciones tecnológicas, que se adquieren en el exterior como un paquete completo con su propia lógica, que responde a la escasez de mano de obra, son inflexibles. Su introducción genera enclaves dependientes, aislados de las condiciones para la creación y la transformación técnica. Su adopción, promovida y favorecida por el Estado, ha sido hasta ahora a crítica, indiscriminada, sin ejercicio de la autodeterminación. Esto es resultado y causa de la debilidad en el desarrollo científico y técnico nacional. La ciencia, separada de la producción, es otro enclave dependiente que se legitima fuera, en la mágica abstracción de la comunidad científica internacional, que a su vez se ampara en otras abstracciones: el Progreso y la Historia de la humanidad.

Modernizarnos como simples compradores de tecnología completa y acabada, que con frecuencia desperdiciamos, es más una muestra de debilidad que de avance. Una productividad basada en elementos cuyo control radica fuera, es necesariamente endeble por su dependencia. La modernización técnica se mitifica con frecuencia; se le asigna un valor propio, al margen de la sociedad que tiene que pagarla.

Lo mismo sucede con la modernización como proyecto educativo cuando éste se fundamenta en lo universal, lo cosmopolita, otra abstracción a fin de cuentas. Se traduce en formar consumidores de la cultura sin capacidad de creación, de control, de decisión. Los valores de occidente, lo universal, adquiridos al margen de la sociedad real, acaban en caricatura; recitación aprendida en y para el aula, que es su origen, su límite, su catafalco. Introducir desde arriba una nueva mentalidad que no puede ejercerse cotidianamente, que se convierte en artículo suntuario y subsidiado, es, paradójicamente, peligroso y banal.

No hay oposición posible a los procesos de transformación de la técnica, la cultura y la vida cotidiana. Estos suceden. El objeto de debate son los programas estatales y privados que se proponen dirigir estos procesos. La opción de lo deseable, lo moderno, se ha tomado con frecuencia desde arriba, al margen de los usuarios y creadores de lo que se pretende transformar. Los jueces victorianos que moralizan y escogen en soledad, dialogando con abstracciones como el progreso, la historia universal, el destino de la humanidad, actúan en la práctica como agentes de la dependencia en nombre de la modernidad.

MODERNIZAR: DEMOCRATIZAR

La dirección de los cambios deseados no puede escogerse autoritariamente, por nobles que suenen los paradigmas que definen los contenidos. Aquí, el último contenido de la modernización como proyecto democrático, adquiere relevancia y se vuelve central. Sin embargo, el hecho de que se le llame modernización y no simple y claramente democratización, no está libre de ambigüedades. El uso de modernización nos refiere a la opción tomada autoritariamente desde arriba, desde el poder. En ella, los contenidos de eficiencia y eficacia adquieren preeminencia sobre la participación real en las decisiones y la democracia parece adquirir más importancia como un modelo formal, adoptado a partir del ejemplo de los países desarrollados, que como un proceso real.

Con el perdón de Perogrullo, la democracia verdadera sólo puede partir desde la base de la sociedad. Abrir los espacios para la participación, hoy cerrados por factores reales, es la tarea esencial. Derribar barreras es más importante que depurar formas, que perfeccionar procedimientos. La admisión de algo elemental es indispensable: no hay ni gente ni sociedad que no esté preparada para el ejercicio de la democracia, para decidir sobre su propio destino. Siempre y nunca se está listo para la democracia. Esta no es un proceso educativo. Lo marginal, lo rústico y campesino, no limita el ejercicio democrático. En el campo no están los restos de un país antiguo, ni en las ciudades la simiente del país futuro. El campo es uno de los pilares del México moderno y de su proyecto hacia el futuro. Así hay que reconocerlo. Bajo el tutelaje y el patrocinio, se oculta el autoritarismo, verdadero freno a la democracia. Democratizar al país implica admitirlo, reconocerlo como algo real. Modernizarlo implica dirigirlo desde la cúspide hacia un destino definido desde fuera, desde la abstracción, desde el poder.