En Pelea de gallos (Páginas de Espuma, 2018) —su primer libro de cuentos— María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) recrea el espanto y la gloria de nuestras vidas cotidianas desde una perspectiva plenamente Latinoamericana. Presentamos un relato incluido en el volumen de la escritora que confiesa: “Me obsesiona el ser humano cuando pretende ser puro e incontaminado”.


Grillos, hojas secas, sapos, papeles, fundas, envases, colillas, cucarachas de agua, caca de garza, murciélagos, flores, más hojas secas. A veces, una iguana muerta, flotando boca arriba como un crucificadito. Pescan. Ellos pescan. De cuando en cuando levantan la cabeza y ven una embarcación donde pescadores de verdad mueven agua de verdad —agua cruda, libre, sin domesticar— para sacar peces, no porquerías. Este pensamiento no pasa por sus cabezas. El río lo aguanta todo: es gris marrón, está sucísimo. La piscina, en cambio, es una piel de armiño en mitad de un lodazal. Inútil. Penosamente ensuciable. No terminan de sacar el último insecto muerto y ya hay una hoja seca. Sucia. Nunca deja de estar sucia. Todos los días hay que poner cloro. Cloro que se trae de Estados Unidos y que desinfecta el agua mejor que el nacional. Tres tazas de cloro. La taza al ras. Se lo repitieron veinte veces y pusieron tres papeles en el cuarto de la limpieza.

Para la piscina: tres tazas de cloro “al ras”.

Alguien, debajo de ras, dibujó una verga. En las tres hojas de papel. En este trabajo no se puede pensar. Pensar sería atraer a la locura. Hay que hacerlo y hacerlo aunque no se puede limpiar esta piscina de aguas turquesas porque nunca, jamás, nunca, van a estar inmaculadas. Te das la vuelta un segundo y ya hay un grillo, una flor, una colilla, un papel, una abeja. A veces, un pajarito muerto, de esos amarillos que siempre van en pareja, con las alas abiertas y el otro pajarito en la orilla: la naturaleza incompleta.

Son tres hombres los que limpian el área de la piscina. Llevan uniformes blancos que sus mujeres lavan a mano, con cloro nacional, y que se ponen grisáceos, se percuden, por mucho que los frieguen hasta que los nudillos se les pelan, por mucho que los cuelguen al sol para blanquearlos. Entonces, reciben uniformes nuevos, cegadores, que se les descuentan poco a poco del sueldo. La piscina siempre tiene que estar como un espejito, aunque en todo este tiempo nunca se ha visto a nadie bañarse allí. Desde las ventanas del hotel, los turistas ven el río y la piscina, el pequeño ojo azul a los que tres hombres dedican las horas serias de su vida. En vano.

Grillos, hojas secas, envoltorios de caramelos.

Las vacaciones en estos países tienen eso, los contrastes. Una puede desayunar zumos de frutas que se llaman de la pasión en una mesa con mantel de lino crujiente, celeste de blanco absoluto, en la terraza de una suite nítida con una cama enorme y edredones de algodón nube y mirar, lánguida, el río, ese tren que no termina. Estos países son sucios, lo sabe, lo ve de camino: en los autobuses enlodados, en la cara de la niñita que pide monedas y cuya mirada no puede esquivar a pesar de las gafas, en la ropa polvorienta, casi sepia, de la gente que espera para cruzar en un semáforo, en el agua podrida acumulada en los baches, en las aceras. Pero aquí y ahora quién lo diría. La bata con el logo dorado del hotel parece la piel, tupida y nívea, recién enjuagada en un manantial helado, de un oso polar y allí dentro de ese abrazo una puede vivir la fantasía de que todo está bien. Es imposible que una piense en el fin del mundo cuando está en este baño tan puro, donde las toallas, nieve calientita, son peluches perfumados con eucalipto, donde la tina parece de estreno y el espejo solo refleja superficies hermosas, inmaculadas, deslumbrantes. Se hacen hasta innecesarias las pastillas porque todo está en su sitio, huele a limpio, agrada, y el pie se hunde hasta perderlo de vista en alfombras mullidas como cachorritos, de un vellón tan suave que dan ganas de llorar. La maleta ni abrirla, sería traer adentro la suciedad de afuera, su ropa interior, su pijama pantalón, sus libros, su neceser de plástico con un desodorante a medio usar, corrector de ojeras, protector solar, antiedades varios, cacao de labios, vibrador: nada de eso tiene lugar aquí. Hasta el cargador del teléfono, como una larga tripa negra, se vería espantoso en esa pared tan pulcra. No. Este es el nuevo mundo, la amnistía.

Se mira al espejo un segundo y tapa el reflejo de su cara con la mano. No debió haber hecho caso a lo del bronceado artificial. Se siente manchada, indigna del mundo que la rodea. Recuerda que su piel era del color de la madre perla, una cara tallada en alabastro puro, y ahora es un cartón rosa zanahoria. La sensación de estar haciendo el ridículo es tan inmensa que le da náuseas. ¿Cómo se puede sobrevivir sin el esplendor? Así se siente la soledad: la belleza era una compañía. Y su capa de invulnerabilidad y la garante de las caricias. No había nada que se resistiera. Eso es ser bella: que nadie te diga que no.

En la terraza pone una servilleta crocante, almidonada, sobre su regazo, la bata se abre un poco, asoman sus muslos, sus piernas teñidas, flojas como medusas, las venitas verdes que hace tiempo le dibujan autopistas, odiosas carreteras, de la ingle hasta los pies. Nada la asemeja a las mujeres de las revistas, del cine, tan incorruptas, iridiscentes mujeres de nácar. ¿Ella sigue siendo una mujer? Las frutas con forma de estrella sobre un plato resplandecen bajo el toldo blanco, también los destellos platino de la tetera. Son mórbidas la redondez del pan con ajonjolí, la leche que cae en serpentinas sobre el té, la mantequilla cortada en virutas, las fresas gordas, turgentes, rojo sangre. Abre la bata del todo y deja que el sol la bañe como una manguera. Ya es tarde para todos los demás tactos. El hombre que ha traído el desayuno sonreía mucho, sonreía. Hombre moreno vestido como soldadito de teatro infantil. Hombre moreno haciendo una venia diminuta. Pero la ha llamado madame de la forma en la que se llama madame a las abuelas y en sus ojos no ha visto ni una hilacha de deseo hasta que ha sacado el billete. Ya es invisible hasta para esos hombres, la última esperanza de su belleza vital: la mujer extranjera, insólita como la nieve, objeto precioso del deseo del otro. Es decir, lo que fue hasta no sabe exactamente cuándo, pero que ya no es ni, por supuesto, volverá a ser. Recuerda a un amante de piel chocolate en algún país de estos, recuerda su culo prieto, la espalda de madera oscura, la cabeza con tirabuzones infantiles, sobre la cama blanquísima de otro hotel como este. Recuerda el feliz abandono de tocar la superficie de un hombre como se toca la gamuza. Recuerda, también, la bestialidad de una embestida en cuatro, el beso de unos labios gruesos, la lengua sabor Coca-Cola. Abre las piernas apenas, se toca, está seca por dentro y por fuera. Un lirio cala abandonado en un florero sin agua, con los pliegues retorcidos y el pistilo gris, ya sin polen los estambres. Observa la bandeja tan simétrica, los capullos de rosa frescos que le han traído en un florero plateado, largo como un tubo, los platitos blancos con mantequilla y mermelada, la exquisita porcelana para el té. Lo mira todo buscando humedades, hunde el dedo medio en mantequilla y cuando lo tiene a la altura del ombligo se arrepiente. Piensa si chuparlo, pero se lo limpia con la servilleta de lino que en un segundo deja de estar impoluta. Siente asco al ver la servilleta manchada de grasa, le es imposible pensar en otra cosa que en la servilleta sucia, violentada. La lanza por el balcón y la observa planear hasta que cae a la piscina. Fantasea lo nunca permitido: que un niño, un niño o una niña, en sus brazos, abrazado a su cuello, señale la servilleta cayendo y diga mira mamá, una gaviota, una gaviota. Fantasea lo nunca permitido: que el hombre de chocolate venga con una taza en la mano, le haga un pequeño masaje en la nuca y mire con ella el río mientras bebe su primer café.

Cuando una está ahí, en una suite blanca de esas, debería acordarse de no fantasear por fin con lo que nunca fue ni mirar treinta pisos abajo, al origen del mundo, a esos tres desgraciados que limpian una piscina que jamás va a estar limpia en lugar de subir en el ascensor panorámico a amarla desesperadamente, por última vez, comiéndose su piel de mujer todavía viva a trozos. Se entregaría a gusto al canibalismo de esos tres hombres que ahora, seguro, ya la miran con una codicia asexuada, con la única lascivia de lo que hay en su cartera. Les daría todo por un abrazo. Debería estar prohibido mirar cosas que hagan sentir eso. Eso. Lo inútil de ciertos gestos y de ciertas vidas. Tres hombres limpiando una piscina para otros donde cada día, a cada hora, habrá manchas, mierda, basurilla, iguanas abiertas como crucificadas. Una mujer extranjera que deja una taza de porcelana sobre un platillo, su bata que planea como un murciélago blanco, el río de fondo, un tren que sobrevivirá a todos. Y abajo tres hombres que se encargarán, como cada día, de dejar la piscina otra vez impoluta.

 

María Fernanda Ampuero
Escritora. Ha publicado dos libros de crónicas Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de residencia.