La memoria que publicamos fue escrita para un libro inventado y coordinado por Claudio Lomnitz en ocasión de los 50 años del 68. Lomnitz reunió a 50 autores y encargó a cada uno el abordaje libre de uno de los 50 años. Los años fueron sorteados entre los autores. 1968 le cayó a Aguilar Camín. El texto resultante es el que aquí presentamos: una memoria personal de aquel año. El libro 1968-2018. Historia colectiva de medio siglo, publicado por la UNAM, empieza a circular en estos días

Estaba en Los Mochis el 16 de septiembre de 1968. Venía huyendo de la Ciudad de México, con mi amigo Rodolfo Castro, quien no sabía manejar, pero había comprado un Renault del año, blanco, de velocidades, y había decidido manejarlo hasta Tijuana, su ciudad natal, dos mil 900 kilómetros al noroeste de donde estábamos.

Estábamos en la casa de huéspedes que tenía mi madre en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Yo trabajaba en la Villa Olímpica, sede de los atletas de los juegos de aquel año. Había dado un salto desesperado, con oportuna pértiga, desde las orillas húmedas de la vida bohemia hasta las arenas secas de un puesto con horarios y corbata.

Había estudiado para ser eso, un tipo con horarios y corbata, pero había renunciado a serlo por lo menos tres veces. La primera, abandonando el puesto que me había conseguido mi amigo de la vida, Luis Linares, en una empresa de conductores eléctricos. La segunda, rechazando la oferta de un maestro de publicidad que me ofrecía un sueldo loco por escribir eslóganes en su agencia. La tercera cuando escribí mi tesis, El lenguaje publicitario como lenguaje represivo, una derogación pseudoteórica que traducía muy bien mi ánimo de entonces y quizá cierto ánimo de los tiempos.

Vivía en un jeroglífico: estudiaba una carrera de comunicación en una universidad privada pero aborrecía el mundo de profesionales de la comunicación que me esperaba adelante. No quería entrar a ese mundo, ponerme corbata, tener un horario, escuchar a unos señores hablar de su producto y trabajar para ellos. Me daba alergia todo lo que tuviera que ver con ese mundo, en realidad con el mundo del dinero. En eso era sólo un hijo, sacrílego y sectario, de la educación jesuita que había recibido, y de mi manera plebeya de absorberla.

Fui un estudiante precoz. Tenía veintiún años cuando terminé la universidad y doce había estudiado con jesuitas. Siete en el Instituto Patria, del quinto de primaria al quinto de bachillerato, y cinco en la Universidad Iberoamericana, toda la carrera de comunicación.

Solían decir los jesuitas que educación es lo que queda cuando se ha olvidado todo. Lo que quedaba en mí de mis doce años de educación con ellos era una inconformidad moral con el mundo. Y un residuo de culpa por las ventajas propias frente a otros, esa culpa infusa que siembra en los verdaderos alumnos de escuelas jesuitas la gama de solidaridades que van de la filantropía a la revolución.

Ilustraciónes: Kathia Recio

Entré al Patria en 1956, en lo alto de una quiebra familiar. El ciclón Janet había destruido mi pueblo en 1955 y mi padre había dejado en manos del suyo la fortuna que prometió para nosotros. Mi familia era el saldo de aquella doble ruina, y mi cabeza su anfiteatro. Viví el Patria como un refugio que curaba y ampliaba mis pérdidas. La cura fue el basquetbol. Me levantaba al amanecer, a oscuras todavía, y me iba a jugar a las canchas del patio del colegio, que abría a las siete. Normalmente esperaba media hora a que abrieran. Las canchas tenían aros con redes de metal y pisos ásperos de chapopote. Caminaba al colegio a esas horas, porque vivía a media cuadra, sobre la misma calle de Moliére, y regresaba al anochecer, cuando cerraban el colegio y ya no se podía ni ver la bola. Jugué con la selección del colegio desde la secundaria hasta la prepa. Fue la cura.

Pero el Patria era una escuela de ricos y, como tal, un espejo de aumento de mi trance familiar. Yo era hijo de una familia quebrada en un establo de ricos, y este era el hecho mayor de mi experiencia ahí, salvo por esta contradicción: el Patria era un colegio característicamente jesuita, dedicado a educar a los ricos, pero también era característicamente jesuita en su espíritu antioligárquico, contrario a los privilegios, a la riqueza injusta, la desigualdad, la privación y la pobreza. El Patria sostenía una escuela vespertina para gente de bajos recursos. Sus autoridades y maestros nos llevaban a barrios pobres en misiones de asistencia social. Había en la matrícula mucha clase media acomodada y otra tanta desacomodada, como yo. En el centro de la mezcla, desde luego, estaba el cogollo de los ricos que yo odiaba por lo que Bertrand Russell considera el principio mismo de la democracia: la envidia, y por sus extensiones patológicas: la minusvalía íntima y el resentimiento social.

Las cosas cambiaron cuando entré a la Universidad Iberoamericana. Para mal. Lo que en el Patria era un nicho de riqueza, en la Ibero tomó la forma de un desfile de riqueza. Por las tardes la Ibero parecía un show de modas. Los pasillos eran una pasarela; el estacionamiento, un escaparate de coches de lujo. La situación repetía, en gran formato, las miserias de ostentación del cogollo de ricos que había aprendido a rechazar en el Patria

El espectáculo multiplicaba la envidia, la minusvalía y el resentimiento plebeyo de quienes, como yo, no teníamos la ropa adecuada, ni dinero en la cartera, ni siquiera cartera, pero traíamos en el alma el gusano igualitario de la prepa jesuita. La mezcla me volvió loco. (El Loco me decían ya desde el Patria, en la secundaria, probablemente porque estaba loco.) Mi amigo ido, José María Pérez Gay, se burlaría muchos años de la noche en que volvíamos borrachos de no sé dónde, caminando por la ciudad desierta, y me le fui a patadas a un coche deportivo, un hermoso Karmann Ghia, estacionado en la calle, con un grito de guerra posterior al karate: “Pinches ricos”.

Al salir de la Ibero decidí hacer una carrera como periodista libre y escritor de tiempo completo. Llevaba muchos años fracasando en el relato de mi quiebra familiar. Era una historia de alturas faulknerianas: el padre que despoja al hijo (mi abuelo a mi padre), el ciclón que destruye el pueblo (el Janet con Chetumal, 1955), el libro que cuenta la debacle superviviente, de proporciones bíblicas. Tardé cincuenta años en escribir esa historia pero ya entonces la buscaba a tientas, sin rumbo, como quien revuelve tumbas buscando un muerto que no conoce, envuelto en la certidumbre del fracaso, con la oscura convicción de que la culpa era de otros: de la publicidad, de los ejecutivos, del gobierno, de los ricos, de la Ibero, de las corbatas.

Me fui al sureste, donde había nacido, a escribir reportajes para periódicos y revistas y a vivir la experiencia del regreso al país natal. Por primera vez desde 1955, en que lo barrió el ciclón Janet, volví a mi pueblo, Chetumal, para iniciar mi tour altisonante de cronista libre y de escritor en busca de sus raíces. Fracasé en las dos cosas, fantasiosas las dos, pero genuinas en su impulso de vivir como un escritor. De vuelta del sureste, volví a mi novela familiar. Fracasé nuevamente. No sabía cómo escribir esa novela, la historia era superior a mis medios. Y no había ganado un peso.

La realidad me venció: podía no llevar dinero a mi casa, que mantenían mi madre, mi tía y mi hermana, pero no podía esperar que ellas me mantuvieran también. Llegó la hora burda de ponerse a trabajar. Linares vino otra vez en mi ayuda. Lo habían hecho coordinador de Comunicación de la Villa Olímpica, y me ofreció un trabajo en el departamento de prensa. Volví a ponerme corbata y me dispuse a trabajar en algo de lo que supuestamente había estudiado y a lo que supuestamente había renunciado para siempre.

Siguieron unos meses deliciosos. En el departamento de prensa de la Villa había un buen grupo bajo la batuta de un flexible doctor Marín, que reunió bajo su mando a un ex estrella del futbol americano universitario, Alejandro Morales, al poeta Jaime Augusto Shelley, a mí y a dos amigos de la carrera de la Ibero, Tirso Limón y Diego Avilés. Trabajábamos al desgaire, pese a los horarios, y hacíamos, con traje y corbata, buena parte de la vida bohemia y descamisada que a mí me gustaba.

Entonces, en julio, la policía apaleó a unos estudiantes que se peleaban en un barrio de la capital llamado La Ciudadela y creció frente a nosotros, como el torrente de un río largamente preparado por las lluvias, el movimiento estudiantil de aquel año .

Molesto con la Ibero, yo había hecho una vida paralela en CU (la Ciudad Universitaria de la UNAM: entonces la universidad toda), del brazo de mi hermana Emma, que estudiaba en la Escuela de Ciencias Políticas. Iba a sus fiestas y a su cafetería. Comparada con la Ibero, la UNAM era un universo abierto, pluriclasista: un espejo del país. Tenía el corazón echado a la izquierda, á la jesuita. Había sido intervenida de mala manera por el gobierno, en 1966, con un movimiento ignominiosamente inducido, que tiró al rector Ignacio Chávez. Aquella cicatriz antigobiernista era palpable en CU. El ala de humanidades hervía de modas de izquierda: la Revolución cubana, el Vietnam heroico, los prestigios contestatarios de la intelectualidad francesa, con Sartre a la cabeza. El Mayo francés era un polvo radiante que bañaba las conversaciones con un aura de envidia y una respiración de libertad.

La Villa Olímpica estaba conectada umbilicalmente con la UNAM. El escritor José Revuetas, que sería emblemático del 68, trabajaba en el Departamento de Publicaciones del Comité Olímpico. La Villa Olímpica había sido construida y era gobernada por universitarios. El que más y el que menos tenía vínculos con la UNAM y con su rector, Javier Barros Sierra. Antes de ser rector, Barros Sierra había sido socio de ICA (Ingenieros Civiles Asociados), la compañía constructora donde trabajaba media Facultad de Ingeniería de la UNAM. La ICA era titular de varios de los contratos de las construcciones olímpicas, la Villa entre ellos. De modo que entre la Villa y la Ciudad Universitaria, que estaban sólo a un par de kilómetros de distancia, unidas por un tramo de vía rápida de la avenida Insurgentes, había vasos comunicantes de toda índole. Los últimos días de julio el ejército y la policía ocuparon con lujo de violencia dos recintos canónicos de la universidad. El 1 de agosto Barros Sierra encabezó una manifestación estudiantil contra el gobierno, su acción tocó las fibras íntimas de la Villa. El movimiento estudiantil adquirió velocidad, legitimidad y fuerza.

Conforme el movimiento crecía, me acerqué a la CU. Iba lo más que podía a las asambleas de la Facultad de Filosofía, sin ser estudiante de la facultad. Tenía veintidós años y me veía un poco grande y mal vestido, es decir, bien vestido: separaba la corbata de mi atuendo pero no podía quitarme el traje. Nunca traté de participar en el movimiento ni de hablar en las asambleas. No me sentía con derecho porque no era estudiante ni maestro de la UNAM. Pero en corrillos y salones me dedicaba a hacer propuestas radicales, inflamaciones ultras.

El 68 aceleró en mí la tentación guerrillera, hasta entonces sólo una moda de mi cabeza: una hipótesis, una coquetería. La tentación estaba en el aire, como parte de los fastos de Cuba y el Che, pero a mí me asaltó aquellos meses con el apremio de una iluminación. De pronto me pareció evidente que el movimiento estudiantil iba a dar paso a la revolución, a incendiar México y a resolver mi vida. El corolario de esta certidumbre, mezclado con la ira contra el gobierno, era que había que contestar a la violencia del Estado con nuestra violencia, la violencia popular. Había que armar a los piquetes de huelga estudiantiles, dispararle a los soldados, matar policías.

Decía esto en todas partes, provocadoramente: en los pasillos de Filosofía y Letras y en el trabajo, en la Villa. Pronto me di cuenta que aquellas valentonadas eran recibidas con recelo por los estudiantes y en la Villa no hacían mejor efecto. Pero un día me llegó un mensaje sugiriendo que dejara de hablar así porque estaba arriesgando mi seguridad y la de mi familia. No sé cómo llegó ese mensaje ni quién lo mandó. Yo no tenía ningún peso en el movimiento, nada se ganaba con reprimirme. Pero el mensaje llegó. Pienso hoy que lo mandó alguien de la misma Villa con un ánimo preventivo más que policiaco. Dentro de la Villa había funcionarios que estaban totalmente a favor del movimiento estudiantil, pero eran cautelosos en sus críticas al presidente. Como yo me la pasaba diciendo que había que contestar a la violencia con la violencia, alguien debió entender que corríamos todos un riesgo innecesario diciendo en la Villa esas tonterías (que no se dicen, se hacen) y me mandó el mensaje como una manera, amistosa o inamistosa, de decir “cállate”.

El ambiente exterior hacía verosímil la amenaza, aun si carecía de utilidad o sentido, pues yo no representaba nada, no tenía ningún peso en el movimiento, ni fuera de él. Valió para inducirme a un examen de conciencia, á la jesuita. Fue rápido y neto. Me dije: “Estás recomendando una violencia que no estás dispuesto a ejercer. Tu posición no es sensata ni es moral. Tienes que retirarte de ella”. Fue un examen de conciencia oportuno, á la jesuita, porque era vecino de mi temor efectivo a la represalia. Coincidió, felizmente, con la iniciativa descabellada de Rodolfo Castro de comprar un coche y aprender a manejarlo manejándolo hasta Tijuana, su ciudad natal.

Todo esto sucedió después del informe del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, el 1 de septiembre. El tono solemne y amenazante de aquel informe aceleró mi rabia. Me dije, á la jesuita: “Tú no vas a hacer nada para derrocar a este señor. Pero si te quedas, vas a hacer algo y te van a cumplir la amenaza. No puedes quedarte sin hacer nada, pero tampoco vas a soportar que esto suceda sin hacer algo. Tienes que hacer algo que te saque de las opciones anteriores”.

Eso hice: renuncié a la Villa y me subí al coche de Rodolfo.

(Agenda secreta: yo tenía un proyecto de novia en Los Mochis que había vivido en mi casa, una preciosa muchacha sinaloense. Me dije: “Sirve que pasamos a Los Mochis y la visito”.)

Hicimos una semana de viaje. Cuando salíamos de la ciudad rumbo a Querétaro, Rodolfo ya tenía un control razonable del coche, salvo que queriendo meter tercera a veces metía primera y la caja de velocidades se quejaba como en el potro de tormentos de la Inquisición. Nos detuvimos en Guadalajara un día y seguimos al norte por el Pacífico. Entramos a Mazatlán bajo un aguacero torrencial. Saqué medio cuerpo fuera de la ventanilla para guiar a Rodolfo por las calles inundadas, porque la lluvia sobre el parabrisas no lo dejaba ver. Nos quedamos en Los Mochis varios días. Vi a mi proyecto de novia y en un paseo campestre por un río los chaquistes lugareños, unos moscos minúsculos, picadores insaciables, me pusieron a un paso del hospital.

El 18 de septiembre el ejército ocupó Ciudad Universitaria en la Ciudad de México. Rodolfo y yo vimos en Los Mochis la manifestación de protesta por aquel agravio: 15 muchachos con una banda desafinada caminando por las calles y exigiendo la devolución de las instalaciones universitarias. Entendí que el movimiento que según yo iba a incendiar México no existía más que en la Ciudad de México. Lo que había sacudido en esos días la ciudad de Los Mochis resultó más profético. Poco antes de nuestra llegada un muchacho había matado a tres en la estación de autobuses. Había entrado por el andén, había visto a sus blancos, había hecho tres disparos, había dejado tres muertos y se había ido caminando a paso quedo por las calles.

Seguimos a Tijuana, donde me hospedé no en casa de Rodolfo sino en la de otro amigo que había vivido también con nosotros en México, César Jiménez Jeffrey. César tenía una novia, llamada Carrie, que vivía en un pueblo de California llamado Carlsbad, cerca de Disneylandia. Me invitó a pasar unos días con ella. Fue la primera vez que entré a Estados Unidos. En el tramo de la carretera que va de San Isidro a San Diego tuve un shock civilizatorio. La carretera tenía varios carriles en cada lado y todo en sus flancos era espacio urbano. La ciudad no terminaba nunca. Eran increíbles los trazos diáfanos de la carretera, la calidad de los edificios que la flanqueaban, el tamaño de los centros comerciales que íbamos dejando atrás. También el orden de las señales de tráfico, la limpieza de las cunetas, el brillo de las líneas que separaban los carriles del highway, la variedad y el lujo de los automóviles, salidos todos como del estacionamiento de la Ibero.

Recordé el chiste de los maestros marxistas de la UNAM, que habían ido a Los Ángeles en los años cincuenta y, ante el boom de construcción de la época: grúas, trascabos, tractores haciendo carreteras, edificios, centros comerciales, uno le dijo al otro: “Mira estos pendejos: construyen y construyen, y no saben que tienen los días contados”. En sus cabezas el capitalismo estaba condenado a desaparecer más temprano que tarde. Y eso es lo que enseñaban a sus alumnos. Algo parecido nos enseñaba el discurso público oficial de México y el no oficial: a los gringos les va a ir mal, México está mejor que los gringos. Yendo por el highway de San Isidro a Carlsbad entendí que todos los lugares comunes que había en mi cabeza respecto de Estados Unidos eran una tontería. Uno pasaba la línea de Tijuana y entraba en otro mundo. Yo acababa de recorrer la mitad del país en carreteras que eran una aproximación a las carreteras. La de La Rumorosa, que estaba antes de llegar a Tijuana, era un infierno de curvas mal trazadas, sin acotamiento ni pintura: una brecha pavimentada, en medio de unos cerros, eso sí, de una belleza seca, parda, cicatrizada, inolvidable.

La ciudad de Tijuana era básicamente la calle Revolución, con sus puteros y sus cantinas, pero había un sector de la ciudad de clase media, de muy buena calidad. Todavía no era la ciudad de colonias perdidas que es ahora. En su zona riquilla era bastante moderna. Cuando uno pasaba la línea, sin embargo, y llegaba a San Isidro, lo que había era un contraste civilizatorio. De cosas y de costumbres. Recuerdo que veníamos fumando en el autobús y se me hizo fácil tirar la colilla prendida por la ventana. Mi amigo César saltó a detenerme el brazo: “No, cabrón, nos alcanza una patrulla y nos cuesta 500 dólares”. En San Diego, otra vez, estaba fumando en un mirador de madera que daba al mar. De nuevo iba a tirar la colilla y de nuevo César me detuvo mostrándome un letrero. Decía: “500 dólares de multa y tres meses de cárcel al que tire basura”.

Pensé: “Esto es distinto”.

No recuerdo dónde estaba ni cómo supe de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco. El impacto de aquella fecha siniestra no me golpeó directamente. Pero recuerdo que volví a México, en autobús, muerto de miedo, una semana después. Bajé del autobús en una calle de la Zona Rosa, a unas quince cuadras de mi casa. Las caminé temblando. La amenaza que ahora veo como una advertencia cómplice se había vuelto en mi cabeza una amenaza real, más real que nunca, porque el gobierno había atacado un mitin pacífico en Tlatelolco, dejando cientos de muertos, miles de muertos, incontables muertos, y nadie en la ciudad protestaba por ello y nadie estaba seguro.

Por mi parte, no sabía qué hacer. Había cortado las amarras y estaba asustado, desconectado, aislado. Me encerré en mi casa, la casa de huéspedes de mi madre, a ver las Olimpiadas. Me recuerdo viendo el televisor durante horas bañado por un sentimiento lúgubre de frustración. Una frustración íntima, profunda, imborrable. Veía cerrarse sobre el horror de Tlatelolco el acuerdo y el olvido públicos, mientras crecía por todas partes el júbilo del espíritu olímpico. Las Olimpiadas del 68 fueron el encierro más amargo que yo recuerdo haber tenido: impotencia, descolocación, incomunicación. Y otra vez impotencia, pues nada podía hacer que pudiera influir en eso, ni a favor de los reprimidos, ni en contra de los represores. Me sentía como los indígenas después de la conquista: “nepantla”, suspendido en ningún lugar.

Pasaron las Olimpiadas y vino el vacío. Al terminar 1968 no tenía ilusión ninguna, ni trabajo, ni dinero para vivir. Traté de escribir, intenté narraciones sobre la toma del Politécnico y de Ciudad Universitaria por el ejército. También la historia de un muchacho que trata de cambiar su mundo, se estrella y se mata. Eran narraciones moralmente dignas, pero literariamente deleznables. No insistí. Seguí el camino de un amigo, Sergio Gómez Montero, y empecé a hacer notas de libros en el periódico El Día, que había empezado a existir en el 59 o el 60. He dejado algún testimonio de esos momentos y de aquel periódico en un relato, “El camarada Vadillo”. En particular, dejé constancia ahí de mi relación con Arturo Cantú, el director de las páginas culturales de El Día, y de su propia relación con el escritor fundamental del 68 mexicano, José Revueltas. Revueltas se había fugado del Comité Olímpico, donde trabajaba, pero en lugar de irse a Tijuana, como yo, se había ido al núcleo de la huelga estudiantil, a la Facultad de Filosofía y Letras. Al llegar 1969, estaba preso, una vez más. Lo habían metido preso en los años veinte, siendo todavía menor de edad, por su militancia comunista. Estaba preso medio siglo después, en el inicio de su vejez, por acompañar la revuelta estudiantil del 68. Su ejemplo multiplicaba mi vergüenza.

Viví un tiempo de las reseñas; no bien, pero suficiente para persistir en la bohemia, que en mi cabeza era parte de la educación necesaria para escribir.

El año siguiente, 1969, entré a El Colegio de México. Fue una extraordinaria salida para el callejón de mi rabia ultra, mi talante mental de aquellos años, tributario del talante revolú de la comunidad intelectual y universitaria de la Ciudad de México. El estado de excitación ultra tiene una consecuencia intelectual devastadora: mata todo pensamiento original. Nada tiene sentido en el estado anímico ultra fuera de las opciones extremas. El mundo se divide rápidamente en dos, el que lo mira con ojos ultra pierde los matices, la inteligencia, la sensibilidad. Cuando digo ultra me refiero fundamentalmente a lo que seguía andando en mi cabeza entonces: la idea de que la violencia puede cambiar todo de tajo, detonar la revolución y, con la revolución, un nuevo inicio de la historia.

La de El Colegio de México fue mi primera entrada a un lugar en donde se pensaban las cosas. Había algo ahí más que la pura negación de lo establecido. Fue un remanso para mi melancolía ultra: un orden para mi desorden. Un nuevo principio en mi manera de ver la vida, y mi vida. Por primera vez aprendí intelectualmente de mis maestros. Di con libros, ideas, autores que me marcaron para siempre. Inicié propiamente una vida intelectual.

Un día leí el pasaje del Che Guevara donde se burla de los tipos que sueñan con hacer la revolución pero se asustan con su propia sombra. Pensé: “Yo soy de ésos”. Por segunda vez me di de baja como revolucionario. Ahora, en mi interior, definitivamente. Tuve una tercera, también debida al Che. Leí: “Un revolucionario tiene que convertir su odio en una fría máquina de matar”. Tu puta madre, dije, á la jesuita.

Seguí admirando a quienes hacían una revolución, pero nunca más me pensé uno de ellos. Pasé luego a no admirar ni a las revoluciones ni a quienes las hacen.

1968: Algo para recordar

En enero fue la ofensiva del Tet sobre Vietnam del Sur, principio del fin de la intervención estadunidense en ese país. En febrero le dio la vuelta al mundo la foto de Nguyen Ngnoc Loan, jefe de la policía de Vietnam del Sur, disparando a la cabeza de Nguyen Van Sen, oficial del Vietcong, a la vista de todos, en una céntrica calle de Saigón. En marzo el Congreso estadunidense rechazó el requisito de tener reservas en oro para respaldar el dólar. En abril fue asesinado Martin Luther King. En mayo 800 mil maestros, estudiantes y trabajadores marcharon por las calles de París durante un día de huelga general. En junio mataron a Robert Kennedy y se creó la empresa Intel, inventora del microchip. En julio Biafra le mostró al mundo el rostro colectivo del hambre. En agosto las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia y sofocaron la llamada Primavera (democrática) de Praga. En septiembre voló el primer avión jumbo. En octubre el Poder Negro apareció en los puños de atletas que subieron al podio de ganadores de los Juegos Olímpicos. En noviembre Los Beatles produjeron su canónico White Album y la televisión transmitió la primera escena de un beso interracial entre Michelle Nichols y William Shatner, durante un episodio de Star Trek. En diciembre la Tierra fue retratada por primera vez desde el espacio, por el Apolo 8.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2017).

 

3 comentarios en “Revolú 68.
Una memoria personal

  1. Buen anecdotario Héctor con ayeres que seguro te arrancaron más de un suspiro, sobre todo
    cuando estuviste en Los Mochis, Sin., recordar es vivir, por cierto ¿continúas siendo bohemio?.
    Un favor, me dirías cómo se dio tu entrada a El Colegio de México?.
    Gracias un fuerte abrazo.

  2. Un texto tan evocativo y doloroso como liberador: cambiar primero antes que cambiar al mundo. Las grandes revoluciones siempre han sido una aparatosa mentira. Yo también pase por la experiencia jesuíta y ese peculiar experimento que fue el Instituto Patria “Nobles Tercios de Cristo en Batalla”. Tal vez sí aprendimos una implícita y no del todo articulada lección de humildad y si fue así, El Patria más que se justificó. Un abrazo.

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