A Elena Poniatowska, a Ángeles Mastretta y a Marisol Schulz

La memoria canta. Estamos solos, mi padre y yo, sobre un montículo de tierra en el profundo sur de Tenerife, en Canarias. Él duerme en un camastro sobre cuyo cabezal rústico se posa a veces la cabeza de un lagarto. Hay cactus y silencio. De pronto, desde un chamizo cercano suena un corrido mexicano. Canta Aceves Mejía. Mi médico de entonces se llama el doctor Aceves, me cura del asma. La canción se acelera y de pronto parece todo el escenario de una película en la que Cantinflas hace reír a mi padre, que también conoce el corrido, tararea. Para él Cantinflas es Buster Keaton con más palabras.

Ésa es la primera vez que en mi vida entró la música mexicana, su sonido y su desgarrada tristeza. Muchos años después, yendo a Jerez desde Zacatecas, en busca de un caballo buscado por Héctor Abad Faciolince, vi ese paisaje. Ya eran otros tiempos, la experiencia de perder ya era tan larga; y le pedí al hombre que conducía su automóvil polvoriento, como el que llevaba mi padre al sur profundo de la isla, que buscara en algún sitio una cinta de José Alfredo Jiménez, para escuchar Un mundo raro.

Entre esos dos trayectos mi vida ha estado llena de México. Fue el país que acogió a Juan Marichal, por ejemplo. Recuerdo cómo el profesor, aún joven, regresó a su tierra, del transterramiento (transterrado se dijo José Gaos, Marichal acogió el término), y en Tenerife nos contó a unos muchachos de entonces, los años sesenta de nuestra era pasada, cómo iban en aquel barco que llevaba a los exiliados republicanos hasta Veracruz. En medio de la cubierta viajaban con ellos unos toros enjaulados, para las corridas que iban a celebrarse en el DF. Junto a esos barracones animados iba el presidente Niceto Alcalá Zamora, en trance de estar desposeído de hacienda y de canción. Jugaban a las cartas, se entretenían. Marichal los recuerda cantando. A él lo sacó del corro un paisano, el científico don Blas Cabrera, también mordido por el transterramiento. “Estudie, usted estudie”.

Ilustración: Ricardo Figueroa

En ese momento, volviendo de Estados Unidos, Marichal ya era una celebridad académica, destacado profesor en Harvard, agradecido con México por la acogida, ungido ya mexicano. Ahí murieron él y Solita, su mujer, amparados por el hijo Carlos, en Cuernavaca: fui a ver a Juan y a Carlos, Solita acababa de morir. El trayecto fue tan triste, a la vuelta ya se sabía que Juan le estaba diciendo adiós también al color de México; a su alrededor mujeres rezaban, don Juan hablaba entrecortadamente de aquel sur en el que yo me hice a la tonada de Aceves Mejía. Niños de años diferentes, él también vivió en el sur cuando éste era un trayecto marcado por la espesura de la tierra.

Algunos años más tarde un mexicano raro, el gallego Alejandro Finisterre, un seudónimo, me invitó a través de José-Miguel Ullán y de Ramón Chao, a un homenaje gigante a otro mexicano raro, el zamorano León Felipe, en el bosque de Chapultepec. Él se había llevado la canción, que ahora se cantaba tras su muerte, ante un monumento que ya le tiene en piedra en medio del verde extraordinario de ese bosque.

Ahí, en ese viaje excepcional, ocurrido en 1973, cuando Franco aún lo vigilaba todo, me encontré con aquellas canciones de Aceves Mejía, con el sabor de México, sus comidas y su acento, el aire siempre habitado por una música como de fondo de mar, incesante. Me alojaron en un hotel que desde entonces fue como un mito entre mis numerosos y forzados alojamientos, el Camino Real. Le conté el otro a una de mis mexicanas queridas, Ángeles Mastretta, y le cuento cada vez que lo veo a mi samaritano Jorge F. Hernández, que allí descubrí la carne de Oaxaca, las habitaciones grandes, los colores insólitos y armónicos, la extraordinaria variedad de los árboles y de las plantas, el valor del olor como parte del aire, y descubrí sobre todo la mezcla extraordinaria a la que había llegado el exilio español, siendo a la vez exilio y México.

Aquellos Juan Rejano o Paco García Lorca eran como Juan Rulfo u Octavio Paz, afanados todos en la construcción de una misma cultura, otra vez, después de aquella celebración de la mezcla que tiene su monumento en Tlatelolco. Ya había ocurrido el desmán de Tlatelolco, había pasado el oscuro 1968, y en México mandaba Luis Echeverría, que había sido también culpable de aquella matanza que contaría con tino y emoción Elena Poniatowska, una de las mexicanas raras, de mezcla y tierra, a las que le hacían sitio los hombres en aquellas jornadas de homenaje a León Felipe en los bosques de Chapultepec.

Viví esos días un entusiasmado vendaval mexicano. Cuando me fui compré unos libros republicanos; al regresar a España, en un avión que también traía a Félix Grande y a otros poetas, como Celso Emilio Ferreiro y Antón Bobillo, pensé que seguramente, al aterrizar, la policía franquista iba a requisar mi maleta y a dejarme sin libros entonces prohibidos. No pasó nada; también era Carnaval o Semana Santa en Barajas y ya Franco se estaba apagando en cualquier caso.

Ése fue el bautismo mexicano, una inundación en el afecto por un país que le había dado otra patria a los españoles. Cuando leí Los rojos de ultramar, de Jordi Soler, viví en otro territorio, una selva, la crónica del mismo abrazo: la tierra mexicana y los exiliados españoles, juntos en una amalgama que es, como se dice en Tlatelolco, “el México de hoy”. La vida luego me deparó otras experiencias señaladas por el signo México, sus colores, el añil que también tienen las casas del sur de mi tierra, el amarillo imperioso, el rojo, y por ahí, por esa vena abierta en Chapultepec, entraron los libros de filosofía del Fondo de Cultura Económica, manuales que bendijeron nuestros bolsillos de estudiantes letraheridos.

La poesía de Octavio Paz, la pintura de Siqueiros, la abrumadora tristeza de Frida Kahlo, el cine mexicano de Luis Buñuel, los cuentos de Augusto Monterroso, el Pedro Páramo… México se hizo polvo y tierra y sabores y habitó entre nosotros.

En México me habían contado una anécdota de Rulfo: él iba al enorme aeropuerto a perderse entre la gente, simulando que iba a recibir. Un día se encontró con José Luis Cuevas, el pintor, que venía cargado con tremenda maleta. Rulfo llevaba un bolso nomás. “Maestro, parece injusto”, dicen que le dijo el narrador al artista: “Así que si le parece yo le llevo su maletota y usted arrastra mi pequeño bolsito”. Así hicieron. Cuevas le entregó a Rulfo una tarjeta, “para lo que se le ofrezca”. Y el autor de Pedro Páramo se despidió con unas palabras: “Soy Juan Rulfo, modestamente”. Imposible identificar la realidad de esos diálogos, pero a uno (que se hacía fotos cada día) y a otro (que las rehuía, aunque las hizo) le pegan como un lunar esas tan disímiles actitudes.

Cuatro años después nada más me encontré con Rulfo en otra isla nuestra, Gran Canaria, rodeado de poetas desparramados, como Severo Sarduy, y de narradores silentes como él. Junto a Juan Carlos Onetti lo entrevisté. Él no quería hablar, tomaba entonces Coca Cola. Pero fue desgranando con su acento como retraído unas respuestas que parecían versos de la prosa inolvidable y seca de Pedro Páramo, que ocurre por cierto como en aquel paisaje al que me llevaba mi padre cuando yo escuchaba a lo lejos la repetición fantasmal de los discos de Aceves Mejía.

Grabé en un magnetófono primitivo, y al volver a Madrid con ese tesoro me di cuenta de que una mano negra, o quizá el alma huidiza de Rulfo, arbitró silencio sobre sus palabras. Y no se escuchaba nada. Una amiga me dejó una grabación que ella hizo casualmente, y así tengo la voz y las palabras de Rulfo dichas ante la mirada sin voz de Juan Carlos Onetti, que en ese momento tampoco probaba alcohol entre tanto ebrio como había en el hotel Iberia de Las Palmas de Gran Canaria.

Entre aquellos cargamentos de México que empezaron a poblar mi memoria llegó Cambio de piel, de Carlos Fuentes. Entonces yo imitaba escritores hispanoamericanos para una sección en una página literaria de El Día, de Tenerife, donde también conté aquel primitivo viaje mexicano. Y uno de los imitados fue Carlos Fuentes, precisamente; luego supe que Carlos provenía de una familia grancanaria, lo traje a Lanzarote, a encontrarse con José Saramago, y lo llevé a aquel sur en el que yo escuchaba corridos siendo apenas un adolescente. Doy fe de que en aquel momento Carlos parecía en efecto un Fuentes de las islas, pasado sin embargo por la diplomacia internacional y marcado, decían Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, por cierto aire de… Jorge Negrete.

Algún tiempo después ese aire de México en mi vida se fue haciendo transparente, venía en los libros del Fondo, en las pinturas, en la comida, en la avalancha mexicana que viví en Madrid poco después. Llegamos a tener, con unos amigos, inversionistas desavisados, un restaurante mexicano que llamamos El Comal, en el que cantaba y cocinaba Pedro Ávila. Ávila era buen amigo de Achard, y se decía de éste, importante librero del DF, que a veces hacía concursos entre sus clientes: quien ganaba el primer premio se llevaba un disco de Pedro Ávila, y al tercer premiado se le daban ¡seis discos de Pedro Ávila! A mí me encantaban sus corridos, que me llevaban a Chapultepec y a Tlatelolco, al Camino Real y a las calles increíbles, a los caserones, a los colores, al aire más transparente del mundo…

Mi trabajo editorial ya me hizo mexicano a tiempo completo, conducido por Sealtiel Alatriste y por Marisol Schulz, que fueron sucesivamente mis guías mexicanos en Alfaguara. Sealtiel me enseñó veredas y Marisol me enseñó caminos, por ambos transité para conocer, ya de adulto, por aquel México de personas que en un tiempo de mi adolescencia había sido un México de canciones. En cierto modo Marisol significó allí la Isabel Polanco que tuve aquí, con amor y benevolencia me fue enseñando a moverme por un país que tiene en su lenguaje la metáfora de la que hay que traducir hasta el silencio. Marisol proviene de la España que se fue, por eso acaso me supo abanicar con experiencias cuando me sentí solo o ahogado en una vida que tiene tantas carreteras polvorientas como aquellos que me llevaron de la infancia o la comprobación de otras edades más tristes.

Viajé allí solo o en compañía de mexicanos que ya estaban entrañados con aquel espíritu del México que había acogido a los españoles, esos mexicanos eran Jesús Polanco, Plácido Arango, Isabel Polanco, los compañeros de trabajo de ambos y los innumerables mexicanos que ayudaron a marcar a amor y fuego su alma transterrada. Un día me pidió Raúl Padilla que lo llevara a ver a Jesús Polanco, para ofrecerle un premio de la entonces FIL de Rulfo, y entre los dos se suscitó ese idioma de bisbiseos mexicano con los que la gente se entiende sin hablar demasiado. Polanco se traía a México a Madrid y cuando volvía a México se llevaba aún más México. Hoy creo que su semilla está allí, llevada por Marisol, por ejemplo, o por Fernando Esteves, que cruzó de Uruguay a México llevado por aquella aventura que me llevó a conocer el mundo editorial y librero del país más grande del español.

Entre esos mexicanos que conocí en el ida y vuelta estuvo, cómo no, Octavio Paz. Grandioso poeta cuya personalidad desbordaba el folio. Una anécdota o dos nada más: un día, en Madrid, me pidió que le hiciera una entrevista a Marie Jo, que era una artista surreal y valiosa. Hice la entrevista, y a su pedido le pasé el calco a don Octavio. Éste tomó en sus manos mi escrito y, con la sencillez arrogante de los sabios, fue superponiendo, palabra a palabra, palabras que sustituían implacablemente todas mis preguntas y todas las respuestas de Marie Jo. Me devolvió la entrevista como si hubiera hecho un dictado. En otra ocasión le fui a ver con una lista de autores para un suplemento hispanoamericano que dirigía John H. Elliott. Comenzó a tachar participantes, “si yo estoy éste no está”, hasta que le dije que, francamente, yo no me atrevía a decirle a Elliott semejante censura… Un día descubrió que yo tenía un amor mexicano. Al cabo de los meses me volvió a encontrar, solo, en el hotel Palace de Madrid. Me agarró del brazo y me dijo al oído, lejos del ruido de los amigos: “Juancito, ¿qué se hizo de la mexicanita?”.

Entre esos mexicanos dejó tremenda huella el silencio animado de Augusto Monterroso. Con Bárbara Jacobs nos vino a ver muchas veces, y yo fui a México a verles. Su casa era como un tren hermoso, luminosa gente allá adentro. Ahí estaba feliz, estábamos felices. Un día, sin embargo, lo encontré disgustado, como si por dentro estuviera el tiempo revolviéndosele. Quise contarle versos picantes como el chile con que mi madre condimentaba sus anécdotas en mi niñez. Éste en concreto ocurría en una herrería. Un hombre y una mujer hacen el coito en el altillo. Y en el momento culminante se hunde el suelo y el hombre va a caer, aún enhiesto, ante el herrero. Asombrado éste, halla que el recién empalmado le recita: “Vengo del cielo celeste/ que el dios Vulcano me envía/ a ver si en esta herrería/ hay un clavo como éste”.

Creí que Monterroso había escuchado desde el lado de allá, perdido en sus nieblas, pero resultó que estaba cavilando la respuesta que él se conocía y que mi madre me había hurtado. Así que el genial creador del dinosaurio empuñó el pareado y me dijo lo que había respondido el herrero: “Desde que tengo herrería y fábrica de cerveza/ nunca un clavo visto había con semejante cabeza”.

Una tardenoche en que Bárbara se quedó en su hotel, el Wellington de toda su vida, con una migraña, él no pudo levantar el ánimo en una cena a la que nos invitó el embajador de entonces. Me pasé el rato tratando de hacerle preguntas o contarle historias que le sacaran del desánimo. Hasta que le pregunté cualquier cosa.

—Tito, ¿y por qué te llamaron Tito?

—Es que a mis padres les dio apuro llamarme Monterroso.

Por este trayecto que nació del polvo terroso del profundo sur de Tenerife he conocido a tantos mexicanos queridos. No es una lista sino un barco entero en cuyo pasaje siguen alistándose nombres propios, almas que cantan como José Alfredo para constituir lo más verdadero, o lo más hondo, de lo que nacía de su garganta grabada en el trayecto, igual de polvoriento, que animó mi viaje de Zacatecas a Jerez. En el próximo capítulo aquí vendrán esos espíritus, cuyos nombres dejo, como se dice ahí, al pendiente.

 

Juan Cruz
Escritor y periodista. Algunos de los libros que ha publicado: Toda la vida preguntando, El niño descalzo y Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria.