En La invención del amor Tom Stoppard menciona una línea de una de las obras perdidas de Sófocles rescatadas en algún momento del Renacimiento por un padre que estaba compilando un breviario para educar a su hijo. “El amor”, dice Sófocles, “es como hielo en las manos de un niño”. Esta sola línea es suficiente para hacernos lamentar la desaparición de las demás. Si la literatura es prueba de nuestra batalla contra el olvido, la lista de libros que alguna vez estuvieron en nuestros estantes, como aquella obra desaparecida, se lee como una crónica de los caídos. Se cree que la antigua Biblioteca de Alejandría resguardaba 123 obras de Sófocles, 90 de Eurípides y 70 (otros dicen que 90) de Esquilo. De esta vasta colección, más allá de fragmentos desperdigados, sólo han llegado hasta nosotros de manera íntegra 18 obras de Eurípides, siete de Esquilo y siete de Sófocles. El poema épico cómico de Homero, Margites, que para Aristóteles es el antecedente de todas las comedias, “como la Iliada y la Odisea lo son de nuestras tragedias”, ya no está entre nosotros; como tampoco el segundo tomo de la Poética de Aristóteles (que provee el móvil del asesinato en El nombre de la rosa de Umberto Eco). Obviamente, hay incontables casos similares.

A veces los milagros ocurren. Hace algunos años un joven académico francés que husmeaba en la Librería Nacional de Atenas se topó con lo que él creía que era (y resultó ser) una carta de Galeno, el médico griego del siglo II d. C., perdida hace mucho tiempo. Galeno había atesorado una valiosa biblioteca de manuscritos médicos, y también obras de Aristóteles, Platón y otros, que cuidadosamente había anotado con su puño y letra. Como la colección le parecía demasiado importante como para dejarla desprotegida en su casa de Roma, Galeno la guardó en un almacén cerca del puerto de Ostia, al que juzgaba extremadamente seguro porque los guardias del gobierno se apostaban a sus puertas para proteger los silos de grano. Sin embargo, una noche hubo un incendio que redujo a cenizas tanto los granos como los libros de Galeno. Un amigo le escribió a Galeno compadeciéndose por su pérdida, y el médico le contestó en una carta (conocida como “No ceder ante la desesperación”) en la que estoicamente se resiste a llorar su amada biblioteca, y en lugar de eso le cuenta a su amigo, con gran detalle, sobre sus libros quemados y sobre cómo los había leído y anotado. Esta es la carta que encontró el académico francés.

Ilustración: Kathia Recio

De todo este ejército de libros fantasma, Giorgio van Straten, director del Instituto de la Cultura Italiana de Nueva York y autor de varios libros de ficción, ha seleccionado ocho volúmenes de los últimos 200 años. No se trata de obras que fueron imaginadas pero que nunca se escribieron (como el último cuento que Borges quiso escribir, sobre Dante en Venecia imaginando la secuela de su Comedia), ni sobre libros cuya existencia se rumora pero que nadie nunca vio en papel (como el Cardenio de Shakespeare, aunque existe cierta evidencia de que fue representada en 1613). En lugar de eso Van Straten buscó libros cuyo “autor en efecto escribió, incluso aunque no llegaron a concluirse: libros que alguien ha visto, o incluso leído, pero que acabaron siendo destruidos, o que desaparecieron dejando apenas algún rastro”.

De entre los más famosos de estos volúmenes están las Memorias de Lord Byron, destruidas en las oficinas de su editor, John Murray, en presencia de John Cam Hobhouse, amigo y albacea literario de Byron; de Augusta Leigh, media hermana y amante de Byron; y del abogado de su ex esposa. Sólo Thomas Moore, el poeta, objetó, aunque (como es bien conocido) le ganó la mojigatería. “Resulta difícil de imaginar”, resalta Van Straten, “cuál de los presentes tuvo el coraje de arrojarlas a las llamas”. Los diarios de Sylvia Plath sufrieron el mismo destino judicial: Van Straten cuenta cómo Ted Hughes, el esposo de Plath, decidió que era mejor destruir el registro de sus últimos meses de vida para evitarle a sus hijos el dolor de leer el sufrimiento de su madre.

A veces, como en los casos de Byron y Plath, perdemos las etapas finales de la obra de un autor; a veces son las primeras las que desaparecen, como en el caso de las obras de juventud de Hemingway: varios cuentos y una novela completa. Estos mecanuscritos estaban en la maleta de Hadley Richardson, la primera esposa de Hemingway, que le fue robada en la Gare de Lyon mientras compraba una botella de agua. Lo único que sobrevivió fueron dos copias al carbón de los cuentos “El padre” y “Allá en Michigan”. Más tarde Hemingway recordó cómo trató de apaciguar a su desconsolado amigo Edward O’Brian: “Probablemente fue bueno que perdiera esas obras tempranas… Iba a empezar a escribir cuentos otra vez, dije, y, mientras lo decía, intentando mentir para que él no se sintiera tan mal, supe que era cierto”.

El fuego resulta una constante en estos finales librescos. En 1942 el escritor polaco Bruno Schulz fue asesinado por un oficial nazi que quería vengarse de un rival. La novela de Schulz, El Mesías, que él consideraba su obra maestra, desapareció entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. A principios de los noventa, tras la caída de la Unión Soviética, un ex agente del KGB se acercó a un diplomático sueco y le dijo que tenía en su poder el manuscrito de Schulz. El diplomático accedió a recuperar el manuscrito y a pagarle al agente una buena suma en dólares. Habent sua fata libelli: de regreso ya con el manuscrito, el diplomático chocó y el auto se incendió. Nadie pudo saber si entre las cenizas se encontraba el tan ansiado Mesías.

También reducida a las llamas quedó la segunda parte de Almas muertas de Gogol, 500 páginas atadas con un lazo, mientras el joven sirviente de Gogol le imploraba a su maestro que detuviera el holocausto. “No es de tu incumbencia”, le contestó Gogol al crío. “¡Mejor reza!”. Otro fuego (esta vez en un pueblo en el oeste de Canadá) consumió casi por completo la vasta novela de Malcolm Lowry, Rumbo al Mar Blanco. Los fragmentos que sobrevivieron están preservados en la Universidad de Columbia Británica; en uno de ellos se lee con ironía retrospectiva: “ahora tenía horas, muchas horas…”. Y fue también fue el fuego (quizá) el que destruyó los papeles que, se dice, Walter Benjamin llevaba consigo en una maleta negra durante el fallido vuelo de Francia a España en el que trató de escapar de la persecución nazi. Con benevolencia, el novelista Bruno Arpaia imagina en El ángel de la historia que Benjamin le dio la maleta a un partisano español para que éste la cruzara por la frontera. Van Straten sugiere, en cambio, que Benjamin pudo haber utilizado las hojas para encender una fogata con la que mantener calientes a sus compañeros de exilio, y a él mismo, en la fría noche de los Pirineos. O tal vez, se pregunta, casi como una ocurrencia tardía, “¿sería demasiado pedir que tarde o temprano alguien —por casualidad, estudio o pasión— descubra esas páginas y nos permita finalmente leerlas?”.

Elegantemente traducido del italiano por Simon Carnel y Erica Segre, Historia de los libros perdidos comienza hablando de un autor que la mayoría de los lectores de habla inglesa no conocerán: Romano Bilenchi. De acuerdo con Van Straten, Bilenchi “fue uno de los grandes escritores italianos del siglo XX”. Autor de más de 10 volúmenes (de los cuales sólo la novela corta Il gelo ha sido traducida al inglés), Bilenchi fue una figura importante en la resistencia contra Mussolini; fue amigo de Ezra Pound y mentor de Van Straten. Tras su muerte en 1989, su viuda, mientras juntaba sus papeles, encontró una novela inédita, Il viale, e invitó a Van Straten a revisar el manuscrito. “Leerlo”, dice Van Straten, “resultó ser una de las experiencias más conmovedoras de mi vida”. Il viale no se parecía a nada de lo que Bilenchi había escrito, “una narrativa cercana al reportaje”, de alguna manera autobiográfica y absolutamente notable. Sin embargo, como se encontraba obviamente en una etapa inconclusa, Van Straten pensó que no debía publicarse por separado sino como parte de sus obras completas. La viuda pareció estar de acuerdo y solicitó que, de momento, la obra no fuera fotocopiada. Tras su muerte se descubrió que el libro había desaparecido: quizá la viuda, en un exceso de cautela, lo había quemado (otra vez el fuego) junto con un puñado de cartas íntimas. Van Straten confiesa que la novela de Bilenchi, que ya no existe físicamente, “se está desvaneciendo irrevocablemente de nuestra memoria”.

El libro de Van Straten, erudito, sofisticado y delicioso, está escrito en un tono a caballo entre la elegía y la esperanza. El chisme, tan esencial en la historia de la literatura, centellea en sus páginas, y también lo hace una especie de fe en los designios del azar que ha traído a la luz, a lo largo de los siglos, tantos libros tenuemente recordados y dados por irrecuperables.

La brecha entre la memoria desvaneciente y la cosa recordada es similar a la que existe entre la obra imaginada y la acabada. Los escritores dicen que cuando sus visiones finalmente se plasman en papel, pierden mucho de su fulgor primigenio y de su prístina exactitud. Quizá una gran obra alguna vez perdida recobre en nuestro duelo su estado inicial de perfección y cierta inmortalidad. En esto, quizá, podremos encontrar algún tipo de consuelo.

 

Alberto Manguel
Entre sus libros destacan Guía de lugares imaginarios, En el bosque del espejo e Historia natural de la curiosidad.

Publicado originalmente en The Times Literary Supplement.

Traducción de César Blanco.