Esta es la crónica personal de quien ha tratado de llenar sus espacios en blanco al viajar de California a Guerrero. Es el relato melancólico de quien siente en su cuerpo inquieto el significado de cruzar fronteras

Al llegar al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México —después de los anuncios que me dirigen a la fila de extranjeros, pasando la sala de inmigración con su mural que anuncia playas hermosas con colores brillantes, entre el montón de gente que sostiene letreros a mano con nombres como Esmeralda, Yanet, Kimberle— me encuentra la voz de mi tío.

—Ya llegaste pochita.

Me río y lo abrazo porque he llegado a pensar que esta es la mejor bienvenida: una que establece los términos. Yo no soy de aquí. Él lo sabe. Yo lo sé. Pero somos familia, y no puedo negar que el apodo me queda.

Esta no es la primera vez que mi tío, el primo hermano de mi papá, le da la bienvenida a un miembro de mi familia que llega a la capital. Antes de emigrar a los Estados Unidos mi papá se vino a la ciudad desde Guerrero y mi tío lo recibió en su casa. Mi papá consiguió trabajo en una fábrica, pero se fue a los pocos meses porque —como él dice— apenas y le alcanzaba para el lonche.

En casa de mi tío me gusta ver cómo él, mi tía, mis primas y mi primo conviven a la hora de cenar. Poner la mesa, platicar sobre los pormenores del día, discutir acerca de a quién le toca lavar el patio o darle de comer al perro, planear a dónde llevar a la prima, la risa llena de gusto de mi tío —todos estos rituales tienen sonidos únicos, sonidos que me serían familiares si no hubieran tantos huecos en mi memoria—. No sé nada acerca de sus preocupaciones o sus historias y no pretendo entender la complejidad de la vida en común que hacen en este comedor, pero me gusta imaginar que mi papá se reía así antes de irse al norte y que en las últimas noches antes de irse de su país sintió algo de este calor.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

 

Para llegar a Cocula, Guerrero, el pueblo donde murió la mamá de mi mamá, uno pasa retenes militares y puestos de aguas de coco, subiendo y bajando montañas verdes, hasta que la carretera se convierte en una calle empedrada, al fondo de la cual se alza la reja amarilla de la segunda casa que mi abuela construyó después de dejar a mi abuelo. La familia de mi mamá ya no tiene el terreno que trabajaba para sostenerse cuando mi mamá era niña. Hace unos años la compañía minera Media Luna, parte de un conglomerado canadiense, compró casi toda la tierra del municipio.

Mi tío Santos, quien todavía vive en Cocula, es herrero. Junto a su hijo Raúl, mi primo, ayudó a construir la primera casa a la que se mudó mi abuela. Esa casa tenía un cuarto hecho de hojalata, pero la nueva tiene paredes de ladrillo pintados de blanco y de guinda. Mi abuela quería que su hijo menor tuviera dónde vivir cuando ya no estuviera ella. Desde la azotea de esta segunda casa se alcanza a ver todo el pueblo: árboles de tamarindo, tendederos de ropa que se extienden sobre terrazas, anuncios descoloridos de Coca-Cola o del PRD en las paredes de tienditas y casas. Puedo oler el humo de un comal en el patio del vecino. Mi primo Raúl me señala los techos que ha ayudado a construir en todas partes del pueblo. Me cuenta que está haciendo su licenciatura en derecho, pero que le hubiera gustado estudiar ingeniería. Me pregunta de qué material son las casas en Estados Unidos. No sé la respuesta, y aun si la supiera, de seguro no podría traducirla.

Más allá de las casas se ven las montañas. Raúl me dice que su teoría es que antes todo esto era un lago. Me enseña a buscar cicatrices en las montañas. Me dice: ¿Ves ahí, donde va ese carro? Ahí íbamos nosotros cuando fuimos para Cuetzala. Y, sí, Raúl tiene razón, se pueden ver las luces de un carro subiendo el cerro mientras el sol cae contra el camino que lleva al pueblo donde nació mi abuelo.

—¿Y cómo era mi abuela? —le pregunto a Raúl, haciendo un esfuerzo para vencer la vergüenza que me da por tener que hacer ese tipo de preguntas.

—Bueno, mira, mi abuelita, se puede decir que tuvo dos carácteres. Uno cuando estaba con mi abuelito, más sumisa, más callada; y otro después, cuando lo dejó y se vino para Cocula.

¿Será posible que una vida se pueda partir así, a la mitad? ¿Ser una en medio de la violencia y otra después de su fin?

Le enseño a Raúl la foto que le tomé a mi abuela la última vez que vine a Cocula, la última que la vi con vida. Habíamos ido a visitar a unos parientes de mi abuelo y a recoger jícamas en el campo. En la foto mi abuela está sentada sobre un piedra, mirando a la cámara con ojos nublados, mechones de pelo sobre la cara, y una tortilla en la mano. Mi abuela echándose un taco de crema.

—No, dice Raúl. Eran tacos de queso.

Nos reímos recordando y me dice:

—Todos nos miramos bien jóvenes.

 

De niña nunca quería hablar por teléfono cuando mi mamá me decía: “Ven a saludar a tu abuela”. Arrastraba los pies, resentida por tener que dejar de jugar para ir a escuchar la estática del teléfono. Nunca se oía bien y al fin no sabía ni qué decir.

Al crecer en Estados Unidos mi identidad se fue centrando cada vez más en ser buena estudiante y menos en ser buena hija y buena nieta. Terminé por olvidar que, cuando fui a México a los 11 años, me había enamorado de mi abuela. Si me esfuerzo, puedo recordar cómo el olor de la tierra mojada se mezclaba con el aroma del café de olla, el de las tortillas fritas y el de los agridulces tomatillos. Recuerdo escuchar a mi abuela levantarse con el grito del gallo y el sonido del agua salpicando en la pila y cómo le ayudaba a barrer en silencio. No sé qué le hubiera dicho con mi lengua torpe, pero en ese entonces hablábamos un idioma sin palabras.

O por lo menos eso quiero pensar.

Después de ese viaje no regresé a México por nueve años.

 

Ahora, a los 25, de vuelta en casa de mi abuela, duermo en el patio y me despierto a las cuatro de la mañana para untarme calmante en las ronchas que me sacan los zancudos que saben que yo no soy de aquí.

Un día manejamos hacia las montañas que Raúl y yo mirábamos desde la azotea, a unos pozos que según dicen son donde nace el río que corre por los pueblos de Cocula y Apipilulco. El agua está clarita, clarita, de un turquesa hermoso como sólo he visto en la tele. Una cascada, a la que le dicen el Velo de Novia, cae de unas piedras y salta de un pozo al otro.

Floto de espaldas, mirando a los árboles que me rodean soltar pequeñas flores blancas. Las ramas parecen formar un círculo alrededor del cielo azul.

 

Vengo a México siempre pidiendo. Pidiendo que mi familia me dé la bienvenida a pesar de haber estado lejos por cuatro o nueve años. Pidiendo memorias y cuentos. Pidiendo que las montañas me sostengan. Pero, ¿qué les puedo ofrecer yo? La verdad es que soy un símbolo descompuesto. A pesar de haberme graduado de una de las mejores universidades de Estados Unidos no le he traído estabilidad económica a mi familia. Odio la cara que el país donde nací me dio para poner.

Cuando era niña el país donde nací me dijo que mi voz, si la distorsionaba, valía más  que la de mi madre. Un día acompañé a mi mamá a una de las casas que ella limpiaba. La señora llegó temprano y me vio sacando las sábanas limpias del cuarto de lavandería. Me dijo que le preocupaba que una menor estuviera limpiando su casa.

You shouldn’t be doing this kind of work anyways —me dijo con su cara anaranjada y sus ojos pequeños—. Don’t you want to go to college?

Mrs. Richardson era mi maestra de educación física. Le pagaba a mi mamá menos de la mitad del salario mínimo del estado de California. Y sin embargo ahí estaba, preocupada sobre mi falta de motivación para ir a la universidad.

En mis salones de clase, llenos de estadunidenses blancos, aprendí a separarme de mi cuerpo y a decir “I”, un pronombre que significa que renuncias no sólo al “Yo”, sino también al “nosotros”. En la secundaria me acostumbré a ver a mis maestros meter a los niños con quienes jugaba futbol en las clases de inglés como segunda lengua, incluso si lo hablaban mejor que el español. Más tarde, desde mi ventana en la universidad, podía ver a un hombre como mi padre haciendo trabajo de jardinería. En mi primer año de la maestría la directora interina de mi programa se sentó frente a mí y me dijo:

You are a good citizen. You speak your mind but are not disruptive. You are the face of diversity.

Y todo esto hace que me pregunte si mi existencia no es parte del problema. Soy un símbolo descompuesto que le permite al país en donde nací enorgullecerse de los triunfos de una hija de inmigrantes y al mismo tiempo deportar a mi familia.

No es hasta que estoy en el hospital —después de otro intento— que hago el esfuerzo de recordar los nombres de mis ancestros, mientras un doctor blanco me asegura que mi problema es que me niego a aceptar que tengo depresión clínica. No es hasta entonces que decido que lo que quiero es renunciar a esta voz que no es mía. A esta cara que el país donde nací me dio para poner.

 

Tal vez son dolores de pocha, papá, pero me duelen las distancias.

En el camino que va desde Altamirano hacia el pueblo donde creció mi papá la tierra parece más seca, como si las trocas que vienen a robarse el lodo del arroyo se llevaran el agua también. Algunos días mis primos menores me llevan de casa en casa a visitar a miembros de mi familia a quienes no he visto en casi cinco años, para que pueda darles noticias de sus parientes que viven del otro lado y escuchar las nuevas que he de llevarle a los que viven en el norte que no pueden ir y venir como yo.

Otros días caminamos a la tiendita para comprar Sabritas o jugos a través de una reja de hierro. Por la tarde vamos al arroyo, donde me enseñan a escribir con el lodo del río: tomas una piedra puntiaguda, la hundes en el barro y después la usas como brocha para escribir sobre tu piel o la piel de tu familia. Mis primos me piden que les escriba en la espalda y los brazos los nombres de las chamaquitas que según ellos son sus novias, de ser posible en letra cursiva. A mi me dibujan bigotes y corazones en el cachete.

Los días que no bajamos al arroyo me siento afuera de la casa que construyó mi tío Roberto. La de los azulejos blancos con flores azules, piso de cemento y paredes azul rey. La que arreglaron cuando deportaron a mi primo Juan.

Mientras mi tío se echa en la hamaca, Juan y yo nos sentamos frente a frente. Me le quedo mirando. Trae puesta su cachucha de San Diego y sus chanclas Adidas con calcetines. De vez en cuando me doblo para matar uno de los zancudos que insisten en picarme los tobillos. Trato de recordar cómo era mi primo cuando era niña, si también entonces cargaba ese cansancio en los ojos.

Quiero decirle algo a Juan.

Quiero decirle que entiendo.

Pero no entiendo.

Y además soy inútil en tiempos de crisis. Como la vez que me quedé dormida sobre la ropa que debía de haber empacado en una maleta. O la vez que mi hermana mayor y yo empujamos el hierro helado de una puerta giratoria para entrar a Tijuana con una maleta llena de ropa y pasamos minutos que parecían horas buscando una cara conocida entre la multitud de cachuchas, sudaderas, botas de trabajo y pantalones manchados de pintura que se arremolinaban entre las casas de cambio, sitios de taxis, puestos de tamales y hoteles de paso que bullen frente a la pared que separa a México de Estados Unidos.

Así que Juan y yo hablamos sobre la lluvia.

It was raining earlier in February —me dice— March too, that’s when mangos were in season. But it’s been dry lately.

—El arroyo no está nada crecido —le respondo, asintiendo.

If it doesn’t rain soon the milpa won’t absorb the abono and the corn will grow small.

—Pero ¿si sabes hablar bien el español? —pregunta mi tío Roberto.

—No sé —le respondo—. Díganme ustedes.

Los tres nos reímos.

Y quiero que me juzguen.

Y quiero quedarme sentada con mi primo, mirando las nubes y los cerros, esperando.

 

A unas dos horas del pueblo, en el cerro donde nació mi papá, mi tía Esperanza está sentada en el petril, sus largos cabellos grises trenzados sobre un hombro. Al llegar, me quedo mirando las arrugas de sus pies, los callos en los bordes de sus tobillos. Sus ojos cafes me sonríen.

—Mi niña —dice—. Mi wachita.

En San Vicente la tierra es roja y la voz de mi tía tiene la cadencia de los arroyos que corren por su casa y dan de beber al cerro.

Esa noche la esposa de mi primo me pregunta si estoy segura de que quiero dormir sola en vez de compartir el cuarto con ella y su marido.

—No hay luz —me dice—. Se pone bien oscuro. ¿No te va dar miedo?

Movemos mi cama a su cuarto. Me acuesto cuando se acuestan y me levanto cuando se levantan, tratando de seguir su ritmo.

En la cocina me planto frente a comal grande, el que está sobre el fuego que arde en su casa de adobe, para poder ver bien cómo mi tía hace tortillas. Me cautivan sus movimientos cuando mueve la tortilla de su mano al comal, formando un círculo perfecto. En otra ocasión la veo hacer frijoles puercos, dándole vuelta a la manija y masajeando los lados de la boca del molino mientras le da de comer granos cocidos. Miro sus manos morenas —sus arrugas, la fuerza de sus dedos— y las comparo con las mías.

Otro día mi tía me lleva hasta arriba del cerro para ver un altar que queda como a tres horas a caballo de donde viven. Siento el trote del caballo mientras nos abrimos paso por entre los arbustos. Al principio del camino mi tía me señala una abertura entre unas piedras grandes.

—Ahí nos dormíamos cuando veníamos a ver las vacas —me dice—. Ahí en la sombrita.

Me imagino a mi padre sentado junto a ella, tomando sombra y agua de arroyo. Miro a mi tía, montada a caballo, delante de mí, vestida de falda larga y sombrero, subiendo entre el verdor del cerro

—Te hubieras tomado una foto así —me dice mientras siento las espinas de una rama rasgarme la piel—. Con tu gorro y camisa de manga larga. Para enseñarle a tu pá: ¡Mira por dónde ando!

Y las dos nos reímos.

Y entonces me pongo a pensar en mi papá.

Cuando era niña y llegaba de la escuela solía encontrarme un tupper de ravioles o sándwich vegetariano marcado con mi nombre esperando en el micro o en la mesa del comedor. Quería darle las gracias, pero las más de las veces él ya estaba dormido frente a la tele.

O en un segundo trabajo.

O no estoy segura dónde.

Aquí, en Guerrero, entiendo por qué mi papá dice que sus más bonitos recuerdos son de su cerro, donde la fruta era para todos.

 

Sentada en el pretil puedo ver cómo el cielo sobre el cerro cambia de azul oscuro a morado y después rosa con toques de azul clarito. Llevo años imaginando estas madrugadas, pero no me fundo con la tierra como imaginaba, no me derrito entre los colores que me rodean. Quisiera rendirme aquí, entre árboles de nanche y pozos de agua azul-verde, pero hay algo en la palabra “regresar” que me hace acordarme que un día me alejé.

Que, a diferencia de gran parte de mi familia, puedo ir y venir.

Que tengo miedo de que si me conocieran mejor no me darían la misma sonrisa.

Que soy una tortillera que apenas sabe echar tortillas.

Que no entiendo lo que la gente de aquí ha sobrevivido.

Que el país donde nací me ha hecho egocéntrica e irresponsable.

Tal vez la palabra regreso resulte insuficiente.

Cuando bajo al pueblo, de pie en la parte de atrás de la troca, todavía con sombrero, camisa de manga larga y pantalones cubiertos de polvo, mi tío Roberto me dice:

—¡No te reconocí! Pensé que eras del cerro.

Me río.

—Pero no es cerreña —dice un primo.

—Pero tiene sangre cerreña —dice otro.

 

Soñé que podíamos vivir en Guerrero. Mi papá y yo. No sé si su espalda esté en condiciones para trabajar la milpa, pero yo aprendería.

Aprendería todo.

A despertarme cuando todavía está oscuro afuera pa’ empezar a preparar el almuerzo.

A ver cómo el cielo cambia de oscuro a rosa y luego a azul mientras le prendo la leña.

A sembrar, abonar, y rezar para que llueva.

Mis sueños están muy lejos de la realidad. Pero dime, papá, ¿con qué otra cosa puedo llenar mis espacios en blanco? Porque tengo miedo de que la tierra y mi familia me digan que no tengo derecho y entonces sólo soy esos espacios vacíos.

 

En Tijuana construyeron un nuevo puente dentro del aeropuerto que te deja cruzar de México a Estados Unidos sin tener que salir de la terminal, pero sólo si tienes pasaporte azul. Cuando cruzo por este puente de regreso al norte casi no hay cola. Al llegar a las ventanillas de migración busco por instinto a la cara menos hostil. Le doy mi pasaporte azul y me pregunta a dónde voy.

Home —le digo—. To California.

Where are you coming from?

Mexico. I mean the city

What city?

Mexico City. I think, am I supposed to say Guerrero? But technically I flew out of Mexico City.

Are you bringing back anything?

Dried and roasted pumpkin seedsI say it like a gringa.

Dried hibiscus too.

A word I only learned a year or two ago.

Parada frente él, con mi pasaporte, me pongo a pensar en el privilegio que este inglés casi perfecto, el que aprendí tan bien en la escuela, me confiere. Me deja cruzar sin más preguntas. Estoy segura de que me voy a encontrar a otro oficial, uno de aduanas, que me va a hacer más preguntas y me va a pedir que abra mi maleta llena de queso y semillas tostadas, pero en lugar de eso sigo caminando hasta llegar a un pasillo blanco, cubierto con enormes rótulos anunciando perfumes y tequilas, shops coming soon to the brand new CBX bridge, y una pequeña placa de plata que marca la frontera entre México y Estados Unidos.

La forma en la que cruzo fronteras es un privilegio.

Lo que quiere decir que también tiene que ser una responsabilidad.

Llevo seis meses sin ir a Guerrero y mi cuerpo empieza a sentirse inquieto. Todo me duele, así que me acuesto de espaldas sobre la alfombra de mi sala, rodeada de libros sobre la Revolución mexicana, sobre la reforma agraria, sobre la redistribución de la tierra en Guerrero.

Me falta demasiado por aprender.

Me siento entre las montañas de papeles, dibujando diagramas de mis apuntes, imaginando a mis familiares y antepasados entre estas historias.

Papá, quiero construirme un mapa de Guerrero.

Para poder moverme mejor.

Para encontrar mi lugar entre todas estas fronteras.

 

Aracely Mondragón
Ensayista.

 

3 comentarios en “Dolores de una pocha

  1. Estupendo ensayo que revela la “espina” que llevan dentro del alma millones de ciudadanos estadounidenses de origen mexicano. Especialmente, los conocidos como de “primera generación” en donde los padres, los abuelos y los tios son mexicanos que immigraron al país de las barras y las estrellas. Muchos de mis conocidos, amigos y familiares pasan y padecen por los sentimientos descritos en este excelente escrito. Sentimientos e inquietudes que crecen después de visitar México por primera vez. Especialmente, si como la autora, van a la busqueda del lugar del que su sangre proviene.