Uno de los libertinos más famosos de la historia, el célebre aristócrata Giacomo Casanova, era, también, un prodigioso hombre de letras. Sus extensas Memorias (Aguilar) pintan un fresco de la Europa dieciochesca. Su retrato de Voltaire no tiene desperdicio. Casanova pasó varios días sosteniendo duelos de ingenio con el filósofo, quien tenía 66 años y vivía desahogadamente en Ginebra, donde animaba una tertulia. “Señor”, dijo el veneciano a modo de presentación, “este es el momento más hermoso de mi vida. Hace veinte años que sigo vuestras enseñanzas, y mi corazón se colma de alegría al ver a mi maestro”. Voltaire estaba realmente entretenido con su visitante. Conversaron largamente sobre poesía italiana. Voltaire recitó de memoria versos de Ariosto en italiano. A cambio, Casanova declamó versos del Orlando furioso en francés e hizo sollozar a Voltaire y a los presentes. Después, se retiró satisfecho a su posada. Al poco rato llegó a visitarlo un síndico y le propuso presentarle a tres señoritas. Casanova pasó la mañana del día siguiente caminando y charlando con Voltaire. En la noche conoció a las damas (dos eran hermanas) con las que cenó. “Hacía calor, con el honesto pretexto de gozar del fresco, con la certeza de que nadie vendría a importunarnos, nos pusimos casi en estado de naturaleza… ya ganados por la más licenciosa alegría, encendidos por el amor, el champán, y la picante conversación, me puse a recitarles…”. Y así, sin tocar el fondo de la cuestión, “las hice dichosas”.

IIlustración: Belén García Monroy

Por la mañana Casanova volvió a la casa de Voltaire a debatir sobre teatro italiano. Pero no sólo de tertulia vive el hombre. Así, se aprestó para otro rendezvous. Las doncellas, preocupadas por cuestiones de honor, recelaban de un segundo encuentro. Le exigieron al libertino ponerse unas “finas capotas inglesas”. Pero Casanova, quien no gustaba del sexo seguro, ideó una estratagema. Había mandado hacer con un orfebre tres pequeñas esferas de oro macizo. “Amables niñas, me importa más vuestro honor que vuestra belleza; pero no esperéis que consienta en encerrarme en un trozo de piel muerto para tener la dicha de probaros que estoy completamente vivo. He aquí —añadí sacando del bolsillo las tres bolas de oro— un método más seguro y menos desagradable para poneros al abrigo de todo accidente inoportuno”. La mayor de las hermanas le respondió: “Os lo agradecemos infinito, pero ¿cómo se usa esta linda bola para precaverse contra el funesto embarazo?”. A lo cual el pícaro Casanova respondió: “basta con que la bola esté en el fondo del templo del Amor, mientras la pareja enamorada opera el sacrificio: la fuerza antipática comunicada a este metal por una solución alcalina en la que se le ha metido durante cierto tiempo impide toda fecundación”.

Después de este “dulce experimento” en anticoncepción, Casanova se fue a dormir. Tras diez horas de sueño “dulce y reposado”, tomó un baño tonificante y se dirigió a la casa de Voltaire. Tuvo mala suerte, pues el gran hombre estaba ese día “crítico, burlón, chocarrero y cáustico”. La política dio al traste con el memorable encuentro. El italiano tuvo la malhadada idea de desdeñar el estilo accesible del poeta latino Horacio. Voltaire saltó a su defensa: “Si Horacio hubiera tenido que luchar contra la hidra de la superstición, habría escrito, como yo, para todo el mundo”. Escéptico, Casanova le respondió: “podríais, a mi parecer, evitaros el combatir algo que no conseguiréis destruir… suponiendo que lograrais destruir la superstición, ¿con qué la sustituiríais?”. Escandalizado, Voltaire le reclamó: “¡Esto sí que es bueno! Cuando libro al género humano de una fiera salvaje que lo devora, ¿puede acaso preguntárseme, con qué la he de sustituir?”. Casanova creía que la superstición, lejos de devorar a la humanidad, era necesaria para su existencia. “¡Necesaria para su existencia!”, saltó Voltaire, “horrible blasfemia a la que el porvenir hará justicia. Yo amo al género humano, me gustaría verlo libre y feliz como yo… ¿de dónde sacáis que la esclavitud puede hacer feliz al pueblo?”. Casanova picó al filósofo: “¿Desearíais, pues, la soberanía del pueblo?”. “¡Dios me libre!”, reculó su interlocutor, “es necesario un soberano para gobernar a las masas”. Y entonces el libertino le asestó un golpe: “en tal caso, la superstición es necesaria, porque sin ella el pueblo no obedecería jamás a un hombre revestido con el nombre de monarca”. “Nada de monarca”, protestó Voltaire, “porque esa palabra expresa el despotismo, cosa que odio como la esclavitud… Deseo que el soberano gobierne a un pueblo libre, que sea su jefe en nombre de un pacto que les ligue recíprocamente, y que le impida usar de la arbitrariedad”. Ya metido a filósofo, el italiano replicó: “Addison dice que tal soberano, semejante jefe, no figura entre las cosas que pueden existir. Yo estoy con Hobbes. Entre dos males, hay que escoger el menor. Un pueblo sin superstición sería filósofo, y los filósofos no quieren obedecer. El pueblo sólo puede ser feliz mientras esté aplastado, pisoteado, y encadenado”. A Voltaire esta idea le pareció horrible. ¿Acaso no había leído el libertino al gran hombre? “¿Si os he leído?”, se jactó Casanova, “leído y releído… La pasión que os domina es el amor a la Humanidad… Ese amor os ciega. Amad a la Humanidad, pero amadla tal y como es. No se le puede suponer que acepte los beneficios que deseáis prodigarle y que la harían más desgraciada y más perversa. Dejadle la fiera que la devora: es una fiera a la que ama”. Casanova amaba con conocimiento de causa.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.