No sé por qué el clima anímico de la temporada me recordó mi vieja lectura de Maurice Duverger, Los partidos políticos (FCE, 1957, traducción de Julieta Campos y Enrique González Pedrero). Aquel estudioso francés no sólo diseccionaba los distintos grados de adhesión a los partidos y sus relaciones múltiples y complejas (militantes, simpatizantes, votantes), sino que intentaba y lograba reflexionar sobre la intensidad de la participación; el ímpetu con el que los militantes asumían su militancia, la frialdad o el ardor de la misma, el nivel del compromiso y de identificación con el partido.

Para ello realizaba una sugerente y elocuente analogía. Un “juego” intelectual cargado de sentido. Retomando a Tönnies, distinguía primero dos tipos de grupos sociales: “la comunidad” (Gemeinschaft) y “la sociedad” (Gesellschaft). La primera era algo dado, la persona nacía en ella. No resultaba optativa. Uno pertenecía a una familia, un lugar, un país. Uno nacía como parte de los Hernández, era de Tierra Caliente y mexicano. Esos grupos resultaban “preexistentes” al individuo. La segunda era una agrupación social voluntaria, fundada en la adhesión. Uno entraba en ella, pero bien podría no haber ingresado. Era una creación que perseguía intereses, los cuales podían ser materiales, intelectuales, de recreo, afectivos. Los sindicatos, las mutualidades, una cámara empresarial, un círculo literario, una sociedad filantrópica o un club deportivo ejemplificaban lo anterior.

Ilustración; Jonathan Rosas

Pero, escribía, existe una fórmula intermedia entre ambas, la Orden, que se fundaba en una participación voluntaria como la “sociedad”, pero la adhesión a la misma resultaba total, como si se tratara de una familia (“comunidad”). El grado del compromiso era mucho mayor que el que se adquiría en la simple “sociedad”. “La Orden descansa en una necesidad profunda de comunión, de superación de la personalidad, de fusión de las individualidades en el seno del grupo que las trasciende”. Por supuesto, en un libro que se publicó por primera vez en 1951, apenas unos años después de la Segunda Guerra Mundial, Duverger pensaba en la experiencia de los partidos fascistas y comunistas, que fueron capaces de subordinar a millones de individuos en nombre de una causa, de reclutarlos con ardor para convertirlos en súbditos del partido. La Orden se distinguía claramente de las otras dos fórmulas de grupos sociales por la intensidad y la profundidad de la adhesión. La Orden se diferenciaba “por el entusiasmo, la efervescencia: frente a una sociedad fría, podría hablarse del calor de la Orden. Una religión naciente, una orden monástica, un matrimonio por amor”. Creo que no había ironía en los ejemplos, sino una fórmula para subrayar que paulatinamente el entusiasmo en la Orden suele decaer, se “enfría, hasta convertirse un día en comunidad o sociedad: las religiones acaban en iglesias, los matrimonios por amor en comunidad de hábitos”.

En un solo partido podían establecerse lazos de los tres tipos. Algunos afiliados o militantes se encontraban en el partido como en familia, por tradición, habían nacido en él, formaban parte de la comunidad y su identidad era ésa, ninguna otra les parecía posible. Ni siquiera eran capaces de pensarse fuera de él. Otros, atraídos por reales o supuestas o potenciales ventajas materiales o por el impulso de hacer el bien o influir en alguna causa, ingresaban como se entra a una sociedad, en el sentido enunciado. No obstante, al parecer nunca faltaban los que “impulsados por la pasión, el entusiasmo, la voluntad de comunión”, sentían que habían ingresado a una Orden. A una mística que demandaba disciplina y sumisión. Duverger apuntaba: “es a menudo el caso de la juventud y los intelectuales”.

Había y hay, sigo como en toda la nota a Duverger, la necesidad de afirmarse, de establecer o subrayar una identidad, un cierto orgullo que fomenta la pertenencia, de ser y estar. Un sentido de causa superior que trasciende a los individuos. Se trata de una fusión/confusión del sujeto con el partido.

Tengo la impresión que la totalidad de nuestros partidos son más bien “sociedades”, pero en (casi) todos existen personas que los viven como si fueran “comunidades” e incluso como si fueran “órdenes”. Sólo los últimos (me) preocupan. Porque suele suceder que la pasión, como dice la copla, es ciega; obstruye las posibilidades de diálogo y acuerdo, construye enemigos a diestra y siniestra por el solo hecho de no vivir con la misma intensidad y vigor el compromiso político; porque suele desatar intolerancia hacia el otro e incomprensión ante el disenso, en una palabra, porque creen ser poseedores de la verdad, a la que tienen en un puño, y de ser, además, la encarnación de la virtud.

Repito, quizá para darse ánimo, Duverger se preguntaba si los partidos-Orden no estaban destinados a convertirse, con el paso del tiempo, en sociedades o comunidades, porque vislumbraba una tendencia a despojarse paulatinamente “de su entusiasmo, de su efervescencia”, “de su naturaleza totalitaria”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

Un comentario en “Los intensos

  1. Siempre es una experiencia gratificante encontrar estas formas de interpretar la realidad, puesto que sobre todo en torno al conocimiento de lo social y lo político, aquello que le da forma a la realidad social nunca es “evidente”. Ciertamente lo trascendental en el actuar de las agrupaciones políticas, son sus objetivos, pero también la veracidad con que persiguen sus fines, esto porque finalmente ese accionar puede cristalizar en la formación de figuras institucionales que norman la conducta de los individuos. Pero lo grave de la cuestión es cuando existen conductas de individuos y organizaciones que pueden devenir en figuras políticas de carácter extremista como los fundamentalismos o fanatismos que son los que podemos observar en la realidad actual (la política promovida por Donald Trump o los grupos islamistas). Y eso no es algo ajeno a la política del México reciente.