En julio de 1830, Robert Matthews anunció la llegada del nuevo reino de dios en Albany, Nueva York. Matthews era un comerciante en bancarrota, fracasado en varios oficios, que hacía trabajos ocasionales de carpintería. Había pertenecido a la iglesia escocesa, después a una congregación de la iglesia reformada holandesa, y vivía la religión con un raro entusiasmo. Tras asistir a uno de los encendidos sermones de Charles Finney, le fue revelado que él era en realidad la reencarnación del postrer apóstol Matías, en quien se había alojado el alma de Cristo. Alternativamente se hacía llamar Jesús Matías, Matías el profeta o el Judío Josué.

Decepcionado, anunció la destrucción de Albany, y huyó abandonando a su esposa y a su hija. Inició un largo viaje para predicar. Llegó hasta la meseta de Ozark, Mississippi, Tennessee, Georgia, antes de regresar finalmente a Nueva York. Allí se encontró con Elijah Pierson y Benjamin Folger, dos comerciantes, intensamente religiosos, que lo acogieron, y le ofrecieron asilo. El matrimonio Pierson había formado unos años atrás su propia iglesia, cuya congregación consistía originalmente en dos mujeres negras, con quienes sostenían reuniones de oración de hasta veinte horas. Matthews les explicó que llevaba dos años dedicado a buscar la verdadera iglesia, y que finalmente la había encontrado, allí, con ellos. Les dijo que los reconocía como sus mayores. Y poco después les confesó que él era en realidad dios padre, y que le pertenecía toda la tierra.

Ilustración: Estelí Meza

Alto, de barba larguísima, vestido con un lujo extravagante, tenía un atractivo magnético, lo seguían multitudes para oír sus sermones. Sus enseñanzas eran erráticas. Decía que no hacían falta ni la oración ni la comunión. Decía que quienes comían cerdo no podían comunicarse con dios, y quienes se afeitaban la barba no eran verdaderos cristianos. Solía bañarse en un barril para bendecir el agua, y que las fieles acudiesen desnudas a que las mojase con ella. Amigos de alguno de sus seguidores consiguieron que se le internase un tiempo en el hospital psiquiátrico de Bellevue, pero salió pronto.

En 1833 anunció que la señora Folger debía dejar a su marido para casarse con él. A cambio, a él le entregó como esposa a su hija, después de declarar nulo el matrimonio de ésta. Las cosas no iban bien. Folger había quebrado. Pierson recibió un mensaje de lo alto prohibiéndole dar más dinero a Matías, y poco después murió, en circunstancias muy confusas —probablemente envenenado.

El matrimonio Folger, reunido de nuevo, denunció a Matías: el 16 de abril de 1835 fue sometido a juicio, acusado de estafa, defraudación, malos tratos y homicidio. El jurado sólo lo encontró culpable de maltratar a su hija, y cumplió una sentencia de tres meses de prisión. La última noticia suya después de eso fue de un encuentro con Joseph Smith en Kirtland, una confusa discusión teológica. Y nada más.

Es un caso con detalles pintorescos, pero muy común en esos años, los del Segundo Gran Despertar en Estados Unidos. Eran muchos los predicadores que recorrían la tierra buscando conversos con sermones incendiarios: Asahel Nettleton, Lyman Beecher, Charles Grandison Finney, Joseph Smith, y todos podían presumir de haber hecho miles de conversiones —aunque con frecuencia durasen poco más que el sermón que las había inspirado.

No tiene mayor importancia que hubiese impostores, charlatanes y tramposos, vividores, o psicóticos que de verdad veían visiones. Los hay en todas partes, según toque pueden ser agitadores políticos, falsos médicos, inventores o lo que sea. Los motivos del entusiasmo, de la credulidad, están en el espíritu del tiempo. En Estados Unidos había para entonces una larga, sólida tradición de predicadores incendiarios. El modelo, el gran momento teológico de la tradición, está en la obra de Jonathan Edwards, en el mecanismo que se deja ver en sus sermones —en esa obra maestra del espanto que es: “El destino de los pecadores en manos de un dios iracundo”.

El éxito de la conversión dependía de que los oyentes se hicieran de verdad conscientes del pecado, que se hicieran conscientes de su propia insignificancia. Y de su necesidad de dios.

Durante décadas, desde mediados del siglo XVIII, pastores metodistas, presbiterianos, baptistas, recorrían el territorio predicando. Organizaban campamentos de oración que eran auténticos carnavales, con crisis de llanto, convulsiones, arranques de inspiración, eran sistemas de histeria inspirados por la imagen de Pentecostés. Acudían granjeros, jornaleros, vagabundos, gente desconcertada, extraviada: los despojos que dejaba atrás el progreso, necesitados de la experiencia de la salvación.

El enemigo de aquellos mensajeros del renacimiento no era el mundo, no las tentaciones, sino la religiosidad sobria y mesurada del universalismo, es decir, la idea de que el cielo estaba abierto para todos —puesto que Cristo se había sacrificado para redimir a todos. El enemigo era esa retórica elegante, razonable, lógica, que no podía ofrecer nada a esa pobre gente que pedía sólo un motivo para el entusiasmo.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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