En un reciente ensayo —“El peligro populista como autorretrato liberal”— Carlos Bravo y Juan Espíndola hacen un enjundioso llamado a “identificar y promover las oportunidades tanto democráticas como liberales que puede haber en el correctivo populista del lopezobradorismo”.1 Hay muchas cosas atendibles en su catilinaria. El objetivo de los autores es impecable: es necesario trascender interpretaciones simplistas de la realidad política, etiquetas que son bandera de combate y que obstruyen nuestra comprensión. Encuentro, además, acertada su crítica a la timidez con la que a menudo se discuten las ideas. Tienen razón cuando afirman que “el recurso al desdoblamiento impersonal, donde pareciera que el liberalismo es una conciencia que se piensa a sí misma y no un campo donde piensan y escriben autores con nombre y apellido, debilita el ejercicio: exime a sus autores de hablar en primera persona o de discutir abierta y francamente con sus correligionarios”. Es necesario tomarles la palabra y atender sus argumentos.

Con lo encomiable que es su exigencia de rigor analítico, lo cierto es que su alegato está muy lejos de hacerle justicia al reclamo. El retrato que con buena pluma pintan del liberalismo reciente es una imagen distorsionada y confundida. Es una muestra, algo extrema, del liberalismo titubeante que he criticado en estas mismas páginas.2 La confusión es, en primer lugar, conceptual. A pesar de que afirman que hay muchos liberalismos (cosa indudable), los autores no se toman la molestia de definir el término (al contrario de lo que sucede con el populismo, sobre el cual ofrecen unas cuantas características definitorias). Si, como afirman, hay tantos liberalismos —de Tocqueville a Nozik— ¿qué elementos teóricos o principios tienen en común? Un alegato que no puede, o no quiere, definir su objeto de crítica, es estructuralmente débil. Esta omisión permite que los críticos hablen en el aire, discurran alegremente y se anoten ingeniosos puntos.

Ilustración: Víctor Solís

¿Qué es el liberalismo? La definición de Stephen Holmes me parece adecuada: “El liberalismo es una teoría política y un programa que florecieron desde la mitad del siglo XVII hasta la mitad del siglo XIX. Tuvo, por supuesto, importantes antecedentes y todavía es una tradición viva hoy. Entre los teóricos clásicos liberales deben contarse a Locke, Montesquieu, Adam Smith, Kant, Madison y John S. Mill. […] Las prácticas centrales de un orden político liberal son la tolerancia religiosa, la libertad de discusión, las restricciones al comportamiento de la policía, las elecciones libres, el gobierno constitucionalbasado en la división de poderes, el escrutinio de los presupuestos públicos para evitar la corrupción y una política económica comprometida con el crecimiento sostenido basado en la propiedad privada y la libertad de contratar. Las cuatro normas o valores centrales del liberalismo son la libertad personal (el monopolio de la violencia legítima por agentes del Estado que a su vez son vigilados por ley), imparcialidad (un mismo sistema legal aplicado a todos por igual), libertad individual (una amplia esfera de libertad de la supervisión colectiva o gubernamental, incluida la libertad de conciencia, el derecho a ser diferente, el derecho a perseguir ideales que nuestros vecinos consideren equivocados, la libertad para viajar y emigrar, etcétera), y democracia (el derecho a participar en la elaboración de las leyes por medio de elecciones y discusión pública a través de una prensa libre)”.3

Los yerros de los críticos no sólo son conceptuales, también son políticos y filosóficos. Bravo y Espíndola sostienen que el régimen democrático, producto de la transición, “asumió la democracia en su definición más mínima, menos ambiciosa, como una cuestión no tanto de compromisos sustantivos como de procedimientos institucionales”. No fue así. Como en muchos otros países, la transición mexicana a la democracia engendró en la sociedad muchas expectativas no institucionales. No fueron pocas, sino demasiadas, las expectativas que produjo la democracia en México. De hecho, bien pudiera ser que lo contrario a lo que sostienen sea lo cierto: el régimen alentó reclamos, como la “equidad”, que no sólo no podían ser satisfechos por las instituciones sino que no eran parte del legado normativo de la democracia liberal.4

En esta indignada saga el “liberalismo” de pronto deja de ser una teoría y se materializa en un actor político que actúa. Así, acusan, este liberalismo reificado “toleró y engendró” (sic): “niveles de pobreza, exclusión, violencia, desigualdad, discriminación, corrupción e impunidad” que “minaron cualquier posibilidad de un orden liberal mínimamente funcional”. De esta forma, un ente amorfo, indefinido, pero dotado de una indudable agencia, fue la causa —o el solapador— de todos estos males. Como muchos críticos ingenuos de las incipientes democracias alrededor del mundo que esperaban que los nuevos regímenes políticos terminaran con todos los males sociales y económicos de países atrasados y pobres, Bravo y Espíndola le reclaman a un conjunto de ideas que no terminara con las lacras seculares del país. No parece ser muy diferente esta crítica de otras que responsabilizan al malévolo “neoliberalismo” de todos los males del mundo: del ébola hasta el reguetón. No debemos olvidar que las ideas no “hacen”; son los individuos los que actúan. Y los actores políticos no son robots movidos automáticamente por un sistema operativo “liberal”. La instrumentalización de las ideas siempre requiere explicación. Ignorar esto es caer precisamente en el simplismo ramplón que correctamente critican los autores.

De forma similar, los críticos inventan un chocante personaje, llamado “liberalismo de la transición”, burriciego y miope, incapaz de ver más allá de sus narices. Como resultado de sus aviesas maquinaciones se instaló en la sociedad mexicana un “consenso liberal realmente existente”. Este era “un liberalismo condescendiente, encogido, rutinario, que se volvió más ideología del statu quo que conciencia crítica del mismo, y al que le bastaba apelar a recetas de manual o argumentos de autoridad para no habérselas en serio con todo lo que quedó a deber”. En la realidad no existe el “liberalismo de la transición”. Lo que ocurrió en los noventa del siglo pasado y en las dos décadas del presente es que diversas ideas liberales fueron tomadas por numerosos intelectuales, académicos y políticos que conformaron varias “familias” liberales muy distintas entre sí.5 Tenían algunas coincidencias y muchos desacuerdos. Varias de ellas, como la “modernizadora” y la “libertaria” propugnaban —y propugnan aún— por un cambio profundo del statu quo. La supuesta uniformidad del “liberalismo de la transición” es una quimera.

Para los críticos, los liberales son culpables de imaginarse “al peligro populista abalanzándose sobre los derechos, las instituciones y los principios del ordenamiento político”. Esos temores, nos dicen, en realidad revelan más sobre los liberales que sobre el peligro populista: “más que un retrato preciso del populismo, la representación liberal de este fenómeno ha producido un autorretrato involuntario que no favorece mucho al liberalismo, y que acaso hasta lo desfigura”. Vaya, cosas del inconsciente. ¿Qué es lo que traicionan los miedos liberales? Una visión antidemocrática, acusan los críticos. Los liberales, nos dicen, son culpables de “aborrecer la posible reconstitución ‘absolutista’ del poder ejecutivo”. También padecen una especie de “alergia contra las mayorías absolutas que eran vistas con recelo y casi como antidemocráticas”. La crítica del poder presidencial predemocrático de la era del PRI se convirtió, nos alertan, en un tic. Los liberales, clavados irremediablemente en el Antiguo régimen, son incapaces de reconocer el novedoso carácter democrático de la elección de julio de este año. No se dan cuenta de que el resultado de ella es cabalmente el “producto de la voluntad ciudadana”. Lejos de ser una amenaza a la democracia, el nuevo orden de cosas es su “soberana constatación”.

Tienen razón los críticos, los liberales tienen una desconfianza cerval del poder concentrado. Esto es así aunque este poder sea el resultado de un proceso que se ajuste “en fondo y forma a los rigores del método democrático”. Esta desconfianza es un rasgo común de la tradición liberal. No se trata de ninguna anteojera producto de la fijación con el pasado. No comprender esto es no conocer esa tradición. Tocqueville temía a la tiranía de la mayoría, aunque fuera democrática. Las mayorías no sólo se equivocan; pueden también actuar de manera tiránica. ¿Es un rasgo antidemocrático temer a un presidente que tendrá no sólo el control absoluto del Ejecutivo federal sino la mayoría calificada en ambas cámaras para reformar la constitución a su antojo? Difícilmente. ¿La separación de poderes institucional es garantía de que el poder será limitado? Sólo es necesario recordar que la separación de poderes formal estuvo en la constitución durante todo el periodo del autoritarismo posrevolucionario. Fue el control político de los tres poderes lo que creó el fenómeno de las monarquías sexenales, como llamó Daniel Cosío Villegas a los gobiernos del PRI. Es una ingenuidad no comprender las bases reales que constituyen al poder. La crítica del poder democrático no sólo es posible, es una necesidad para los liberales.

Los argumentos filosóficos de los críticos me parecen igualmente cuestionables. La confusión, en este caso, me parece producto de la colonización de la teoría política liberal por otras influencias normativas. Como después del fin de la Guerra Fría la agenda marxista quedó relegada, en lugar de atacar al liberalismo desde una trinchera diferente muchos antiguos críticos decidieron colonizar e infiltrar a esta teoría. Eso es exactamente lo que ocurrió con el multiculturalismo en los años noventa, en los trabajos de filósofos como Will Kymlicka. En lugar de combatir al liberalismo abiertamente los críticos decidieron transformar —subvertir— a esa teoría desde dentro. Lo hicieron creando derechos “liberales” colectivos distintos y a veces irreconciliables con los derechos individuales de las personas. Así, el “derecho” a la cultura podía ser aducido para restringir los derechos humanos de disidentes u opositores. Bravo y Espíndola sostienen que “existen otros liberalismos para los cuales el ejercicio efectivo de los derechos sociales (en términos de cobertura educativa, acceso a la salud o a la seguridad social, por ejemplo) es una precondición de los demás derechos. Y precisamente la ‘fortificación’ de los derechos sociales está en el centro de la agenda populista de López Obrador, que por otra parte nunca ha planteado debilitar los derechos políticos ni civiles”. Es cierto que una persona severamente desnutrida no podrá hacer pleno uso de sus derechos civiles y políticos, pero eso no implica que estos últimos dependan de alguna manera de la existencia de “precondiciones objetivas” para existir y ser garantizados. Por otro lado, cuando López Obrador fungió como jefe de gobierno del D.F. apuntó, sobre el linchamiento de policías en Tláhuac por una turba enardecida, que con “las costumbres del pueblo era mejor no meterse”. Presumo que existió alguna limitación de los derechos políticos y civiles de los linchados.

Lo mismo vale sobre el supuesto derecho a la “inclusión”. Utilizando este principio es posible subvertir ideas que están en la base de la idea de igualdad de oportunidades, como el mérito. Y vistas a través de este lente, ideas como eliminar los filtros de admisión a las universidades, por ejemplo, se vuelven perfectamente aceptables. El liberalismo cree en la igualdad ante la ley y en su vertiente igualitaria, en la igualdad de oportunidades. Inventar un supuesto principio de inclusión para que el igual trato sea real es un despropósito, al igual que los supuestos derechos culturales de Kymlicka. Como señala Sartori: “La igualdad que quita la libertad (hasta extinguirla) no es el tratamiento idéntico, sino el resultado idéntico. Las iguales oportunidades son, todavía, una igualdad liberante. Las iguales partidas implican, en cambio, un ‘costo en libertad’: un costo que puede ser variado —depende de cuáles y cuántas circunstancias nos proponemos igualar— y diversamente aceptado. Después de eso, llegamos a igualdades en resultado como los iguales haberes o no haberes —cuyo costo no es disminución sino pérdida de libertad”.6 Al final todos seremos iguales, pero unos serán más iguales que otros.

Una nota sobre el consenso liberal “realmente existente”, que no es el páramo ficticio que dibujan los críticos. Lo cierto es que, como afirma Héctor Aguilar Camín, en los últimos cinco lustros se forjó “un nuevo acuerdo mayoritario”. Ese acuerdo es “en muchos sentidos el reverso del nacionalismo revolucionario. Lo resumiría negativamente: nadie niega hoy en México que las elecciones son la única vía legítima de acceder al poder, nadie niega que la corrupción debe acabarse y hace falta transparencia y rendición de cuentas. Nadie niega que hay que respetar los derechos humanos, que debe mejorarse la justicia, garantizarse la seguridad pública y castigar la impunidad. Hay un acuerdo amplio en que la pobreza debe combatirse y una alta expectativa de mayor seguridad social. También se ha establecido la alergia a los déficits públicos, a los desequilibrios macroeconómicos y a la discrecionalidad del Estado en el gasto. Nadie habla a favor de los monopolios, los oligopolios y los poderes fácticos. Hay un acuerdo extendido sobre las ventajas de la globalización, el libre comercio, incluso la integración económica con América del Norte. Hay, finalmente, una alta expectativa de empleo, bienestar, prosperidad…”. En esto coincide la inmensa mayoría de los mexicanos “incluyendo a sus elites políticas e intelectuales”. ¿De dónde surgió este nuevo consenso? “De tres fuentes diría yo: de la demolición interna del nacionalismo revolucionario, de la expansión de la hegemonía liberal luego de la caída del Muro de Berlín y de la oleada de gobiernos neoliberales que ejercieron en los hechos aquella hegemonía”.7

No es claro en este momento que la victoria de López Obrador haya trastocado de manera fundamental ese consenso liberal real. Al contrario, en aspectos clave, como la lucha contra la corrupción, parecería más bien apelar directamente a él. En la agenda del nuevo gobierno no parece haber ninguna propuesta seria de deshacer las reformas de los años noventa. Por lo visto, la prescripción también aplica al neoliberalismo.

 

En los años noventa del siglo pasado Stephen Holmes, al hacer una crítica del antiliberalismo no marxista, aducía que los comunistas al menos tenían claro quién era el enemigo. En cambio, otros críticos se resistían a declararse  abiertamente hostiles a la tradición liberal. Hay mucho, sostiene Holmes, que podemos aprender de la tradición antiliberal. Su estudio, afirma, no puede ser simplemente un ejercicio de demolición. Al obligarnos a pensar “respuestas a las principales acusaciones formuladas contra la teoría liberal por sus más duros críticos podemos aprender mucho sobre el liberalismo mismo”.8 Podemos llegar a ver el liberalismo con nuevos ojos. Por ejemplo, gracias a Joseph de Maistre nos percatamos de la radicalidad metafísica del pensamiento liberal. En ocasiones se requiere mucho valor para adoptar una posición equidistante de bandos en conflicto. Sin embargo, a veces el ánimo de ocupar el consabido punto medio aristotélico es pura confusión.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Carlos Bravo y Juan Espíndola, “El peligro populista como autorretrato liberal”, Letras Libres, septiembre 2018. https://www.letraslibres.com/mexico/revista/
el-peligro-populista-como-autorretrato-liberal

2 “Liberalismo titubeante”, nexos, septiembre 2018. https://www.nexos.com.mx/?p=39136

3 Stephen Holmes, The Anatomy of Antiliberalism, Cambridge, Harvard University Press, 1993, pp. 3-4.

4 José Antonio Aguilar Rivera, “Grandes expectativas: la democracia mexicana y sus descontentos”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, año LIX, núm. 222 (septiembre-diciembre 2014), pp. 19-50 y La fronda liberal, México, Taurus, 2014. http://www.revistas.unam.mx/index.php/
rmcpys/article/view/47720/42908

5 José Antonio Aguilar Rivera, “Después del consenso: el liberalismo en México 1990-2012”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, año 58, núm. 218 (mayo-agosto 2013), pp. 19-52. http://www.revistas.unam.mx/index.php/
rmcpys/article/view/42658/38753

6 Giovanni Sartori, Qué es la democracia, México, Taurus, 2003, p. 270.

7 Héctor Aguilar Camín y José Antonio Aguilar Rivera, “Ideas invisibles, creencias en tránsito”, nexos, julio 2014.

8 Stephen Holmes, Anatomy, p. 261.

 

Un comentario en “Autorretrato de la confusión liberal

  1. Socialismo, capitalismo, liberalismo, neoliberalismo, etc. Hoy en día no son más que etiquetas usadas por los políticos, sin importarles realmente el mensaje ideológico que les dio origen. Estás etiquetas sirven para crear fantasías de pertenencia a sociedades más abiertas y desarrolladas.

    Las ideologías siempre han estado ligadas a la política y no por nada, la política está considerada como: el arte de la mentira.

    El liberalismo solo es otra palabra hueca como la democracia, se usan, pero no hay apenas nada de cierto en ellas y menos ahora, que vivimos en dictaduras mucho más cercanas al totalitarismo.

    En conclusión, a los tiranos que nos gobiernan, lo único que les importa además de su supuesta supremacía, es tener el control absoluto, llenarse los bolsillos de oro y darse una vida de lujo gracias a sus esclavos millennials de última generación.