En el muy interesante artículo “Schmitt, lector de Shakespeare” (nexos, núm. 484), José Antonio Aguilar Rivera recoge la tesis de Carl Schmitt según la cual el carácter dubitativo de Hamlet se debe —más que al trato con las ideas renacentistas en la universidad y en los libros, o a la neblina del alma que por entonces ensombrece las obras más potentes de Shakespeare— a una particularidad de las historias tanto de Inglaterra como de Escocia. “La obra evita adjudicar con absoluta certeza la inocencia o culpabilidad de la madre de Hamlet. Es, dice el jurista alemán, como si la reina fuera tabú para Shakespeare. […] El tema de las reinas sospechosas tenía una materialidad para el público londinense de principios del siglo XVII que se le escapa al lector contemporáneo […] Si la reina María Estuardo de Escocia estuvo implicada en el asesinato de su marido [por Bothwell, su nuevo esposo] —o si ella lo instigó— es cosa que aún debaten los historiadores. Los católicos creyeron las profesiones de inocencia de María Estuardo y los protestantes la condenaron como autora intelectual. […] Hamlet se representó por primera vez en los últimos años de vida de Isabel, cuando la espinosa cuestión de la sucesión no había sido decidida aún por la reina sin herederos”.

Según Aguilar Rivera, esto “derivó, de manera no planeada, cree Schmitt, en la creación de un mito moderno: Hamlet. Si las circunstancias políticas de la Inglaterra de la época hubieran sido distintas, podemos especular, el príncipe de Dinamarca habría sido un vengador convencional, a la manera de las tragedias clásicas o nórdicas. En cambio, el tabú de la reina condujo a Shakespeare a imaginar un personaje muy distinto: un melancólico inhibido por la reflexión y la duda existencial, inseguro de su misión vengadora”.

Ilustración: Víctor Solís

El ingenioso conceit del jurista Schmitt, aunque persuasivamente expuesto por Aguilar Rivera, no tiene en mi opinión asidero en la naturaleza del teatro isabelino, tal como lo conocemos por las obras de Marlowe, Jonson y el propio Shakespeare. Lo que les importaba a estos autores —y desde luego a su público vulgar y voraz— era el conflicto dramático. Una cosa es que el fantasma de su padre le exija a Hamlet venganza y muy otra es que Hamlet acepte sin más la guilt by association de su madre —que sostiene una fuerte relación carnal con Claudio— e incluso su complicidad en el asesinato. Si Gertrudis en efecto no es señalada como culpable en ningún momento de la muy larga obra, no es en aras de no perturbar el frágil equilibrio político y religioso de la sucesión inglesa, sino porque sin la ambigüedad de la madre la de Hamlet sería emocional, política, moral y dramáticamente injustificable. Hamlet no sería un protagonista complejo con destino trágico (como Macbeth, Lear y Otelo) y el universitario renacentista caviloso tendría que matar a Claudio, desde principios del segundo acto, según las leyes brutales de la venganza medieval y el concepto de honor de la caballería. Finis tragoedia… ¡y adiós a la popularidad de la compañía y los ingresos de los actores!

Más aún: Hamlet tal vez tendría que matar también a su propia madre, o desterrarla, si se comprobara que Gertrudis no sólo prefiere a Claudio en la cama y en el trono sino que instigó o colaboró en el envenenamiento del padre de su hijo, o por lo menos se abstuvo de impedirlo y sin duda de condenarlo. En suma: si el difunto rey Hamlet aparecido en las almenas del castillo de Elsinore hubiera denunciado a Gertrudis también, o si los rumores de la servidumbre o los cortesanos implicaran a la reina en el regicidio, otra sería la historia y otro sería Hamlet. Sin embargo, la única evidencia que tiene el estudiante de Wittenberg de que su padre fue muerto por Claudio, y tan sólo por Claudio, son las palabras —words, words, words— de un fantasma durante una noche tormentosa. ¿Y quién dice que los espectros no mientan? Si —pongamos por caso— en vida el rey Hamlet hubiera sido cruel y mentiroso, ¿no lo sería también su fantasma?

Por su parte Gertrudis aboga tanto por su esposo Claudio como por su hijo Hamlet, y en ningún momento (cosa rarísima en un personaje principal de Shakespeare) expresa ante sí misma, en un soliloquio, o ante otros, en un momento feble o de confidencia, la sombra de una duda sobre la bondad y rectitud del nuevo rey. Sí, en cambio, abriga dudas serias y llenas de angustia sobre la cordura del príncipe, que ha asesinado a Polonio, el padre de su amada Ofelia, quien pronto hallará, ahogada, la muerte.

El final de la obra es un alud trágico. Hamlet mata a Claudio, sí, pero sólo cuando su madre ya ha tomado el veneno destinado por el rey usurpador a su hijo y este mismo —sweet Prince— ha sido rasguñado por el arma y el alma emponzoñadas de Laertes, el hermano inconsolable de Ofelia que, en tanto hijo de Polonio, cree en la absoluta necesidad de la venganza y está dispuesto a asesinar al príncipe del reino con la ayuda de las malas artes del nuevo rey, finalmente desenmascarado (sin que ya le importe a nadie).

Hamlet no sería un mito de la edad moderna, el lector de Montaigne que todo lo criba y cavila, si la inocencia de Gertrudis no quedara sin mácula hasta el final, ese final que llega sólo después de cinco actos y de nueve muertes, incluyendo la de la reina, las de sus dos maridos y la de su único hijo, sin olvidar a Ofelia cuya inocencia la conmueve tanto.

Gertrudis —imaginémosla enigmática y sensual como Julie Christie en la película de Kenneth Branagh— es la otra protagonista, casi muda, de Hamlet, príncipe de Dinamarca. Según Schmitt, la reina no es imputada por Shakespeare para no agitar las aguas políticas inglesas. A mí me parece que culparla de complicidad activa o pasiva con Claudio hubiera dado al traste con la obra desde el final del primer acto. En suma, la tesis de Schmitt es ingeniosa pero no se sostiene desde el punto de vista del teatro. Es decir, de la tragedia.

Finalmente, no olvidemos que Shakespeare se basó en un Hamlet anterior, de trama y autor desconocidos, que seguramente tampoco implicó a Gertrudis en el asesinato. ¿O sí? Se sabe que era una obra muy burda y de tono melodramático.

 

Héctor Manjarrez
Escritor. Acaba de publicar Historia. Cuentos reunidos.

 

Un comentario en “Hamlet, la tragedia.
Respuesta a José Antonio Aguilar Rivera

  1. Estoy completamente de acuerdo con la interpretación de “Hamlet” que Héctor Manjarrez plantea en este artículo. Quizá sin proponérselo, revela una vez más aquella verdad de que los mejores traductores (es decir, intérpretes) de obras teatrales no son quienes mejor conocen el idioma del que se traduce, sino quienes son asimismo dramaturgos o gente de la farándula. Buero Vallejo lo demostró con sus versiones de “Hamlet”, “El pato silvestre” de Ibsen, y “Madre Coraje y sus hijos” de Bertolt Brecht. Y Arthur Miller con la suya de “Un enemigo del pueblo”.