En este cuento, escrito en Huelva a fines del verano de 1957 y transcrito —casi al pie de la letra— del papel a la pantalla más de 60 años después, en octubre de 2017, me limito a constatar que la vida es angustiosamente corta.

A Yolanda Soler Onis

Rafael le echó un piropo a una chica que no le hizo ni caso. Y es lo que Rafael pensaba: “Estas niñas de hoy…”.

Rafael tenía 18 años. Era un chico físicamente aceptable: ni muy alto ni muy bajo, ni muy guapo ni muy feo. En suma, un chico más, pero simpático, propenso a la sonrisa, y vulgar. Su mayor defecto era el miedo que sentía ante sus padres. Algunos calificarían esto como una virtud. Yo creo que es un defecto y como estoy sinceramente convencido de ello, lo digo.

Rafael iba camino de su casa. Había salido de la tienda donde trabajaba, una tienda de ventas a plazos, y se iba a casa porque aquella era una ciudad aburrida, porque no tenía una novia con quien pasear hasta la hora de cenar, y quizás por alguna otra causa que desconozco. Lo cierto es que iba para casa cuando se encontró a Ignacio, quien no iba para la suya sino que, ahora, sólo Dios sabe adónde iba.

—¿Dónde vas?

—A casa. ¿Y tú?

—Por ahí, a dar una vuelta.

—Bueno, adiós.

—Adiós. Oye, nos vemos mañana en la playa, ¿no?

—Claro, para seguir dándote clases.

—Bueno que te acuerdes, gracias.

—Adiós, tengo prisa.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Iba por la calle principal de la ciudad. La gente deambulaba despacio a su lado. La gente tenía la costumbre de pasear por aquella calle, y en cierta forma esto era en la ciudad como el fumar o el beber o el hacer pajaritas de papel. A Rafael le gustaba esa calle con sus grandes vitrinas y sus escaparates de cristal, su iluminación, sus anuncios de neón y la gente, una gente tan vulgar como Rafael, sin rastro de iniciativa.

Luego dobló una esquina y llegó a su casa poco después. Esto era porque vivía no muy lejos de la calle principal de la ciudad. Se quitó la chaqueta y la camisa porque era verano, así es que hacía un calor pegajoso. El día siguiente era domingo, iría a la playa municipal y se bañaría y vería unos guayabos estupendos en bañador. “Náyades”, las llamaba Richi, el hijo del dueño de la tienda donde Rafael trabajaba. Rafael pensó que lo pasaría verdaderamente bien y se bañaría con Ignacio, a quien le estaba enseñando a nadar.

Resopló. Llegó su hermano de la calle. Hacía un calor pegajoso, un calor bochornoso de verano, así es que empezó a hablar con su hermano. Hablaban de cualquier cosa que no tenía ni la más mínima importancia porque lo importante era hablar, una manera de olvidar el calor.

Rafael se acostó después de cenar y pensó que al día siguiente, que era domingo, iría a bañarse en la playa municipal y que se daría un buen baño. No se le ocurrió pensar que cuando saludó a Ignacio en la calle principal de la ciudad fue la última ocasión en que lo había visto vivo.

 

Ignacio trabajaba en la misma tienda que Rafael. Allí trabajaban también Pepe y el hermano de Ignacio, uno de los hermanos de Ignacio, el que se llamaba Domingo. Ignacio se encontró con Pepe cuando Pepe pasaba con su bici delante del Ayuntamiento.

—¡Pepe!

—¿Qué hay, chaval? —Pepe desmontó y paró la bici junto al bordillo de la acera.

—¿Qué hay, tú?

—¡Maldita sea, estoy hecho polvo! La bici me pone los riñones como dos pelotas de pimpón. Bueno, y esto, ¿has visto a la chavala de los otros días?

—No.

—Yo tampoco. Tengo ganas de verla.

—Acabo de ver a Rafael.

—¿Dónde?

—En la princi.

—Ya. El muy cínico fue y me dijo que me pagaría hoy lo que me debe, y cuando llegué a la tienda ya no estaba. Tampoco estabas tú.

—No.

—Ya te habías ido, ¿no?

—Sí, ya me había ido.

—¿Te fuiste con Rafael?

—No, Rafael se fue antes. ¿Y tú…?

—¡El hijo de su madre! Para no pagarme.

—¿… vas a salir esta noche?

—Si encuentro plan. A lo mejor veo a la chavala esa de los otros días y salgo con ella esta noche.

—Yo quiero acostarme pronto para ir mañana a bañarme.

—¿Ya aprendiste a nadar?

—Me está enseñando Rafael.

—Ah.

—¿Quieres que le diga algo?

—¿A quién?

—A Rafael.

—No, ya lo veré.

Se despidieron delante del Ayuntamiento e Ignacio siguió camino de su casa y Pepe siguió pedaleando en la dirección contraria.

Pepe era alto, altísimo, delgado y feo, y le gustaba ir por ahí cobrándole las letras mensuales a los clientes de la tienda. Era cobrador de la tienda y siempre estaba por ahí pedaleando con la bici y conociendo gente. Esto era muy entretenido. A veces alguien lo convidaba con tabaco del que se contrabandeaba desde Gibraltar, otras veces le tenía que cobrar a alguna clienta que el marido era marinero (o ferroviario) y le preguntaba si no quería “cobrarse en carne” y a Pepe siempre le salía más barato el polvo si pagaba de su bolsillo esa letra mensual que si fuese a echarlo en una casa de putas. También había otras veces en que pedaleaba silbando, con el sol de cara, despechugado y con el trasero endurecido por el baqueteo del sillín de la bici.

Ahora fue a los billares para ver si se encontraba allí el hijo del dueño de la tienda, con quien congeniaba. Un día fueron juntos a ver una peli sudamericana de esas a las que sólo van las mujeres a las que les gusta llorar y los hombres a los que les gusta ver llorar a las mujeres. Y bueno, Richi agarró la sahariana de Pepe como si fuese un pañuelo y se puso a llorar como una magdalena. Una pobre vieja sentada en la misma fila le dijo: “Pobrecito, no llores, no es para tanto…”. La vieja también lloraba. No se dio cuenta del juego, y Pepe y Richi se morían de la risa al salir del cine.

No encontró a Richi en los billares, así es que se puso a jugar al futbolín con uno cualquiera. Luego se fue a su casa, en la bici. Pepe, cuando no iba en bici sino andando parecía un poco desplazado. Camino de su casa pasó por una calle donde había muchas mujeres con el pelo oxigenado, con faldas largas o cortísimas, y que fumaban a la puerta de sus casas. También había allí muchos hombres con aspecto de marineros o de imbéciles o de las dos cosas. Pepe iba todos los días a aquella calle. Iba todos los días a aquella calle para cobrar a las clientas de la tienda que vivían allí y que nunca le ofrecieron “cobrarse en carne”, cosa que Pepe entendía bien porque estaba claro que sus polvos costaban más que la letra mensual.

Se acostó pronto. Al día siguiente, que era domingo, también tenía que salir a cobrar. Luego, por la tarde saldría a pasear con Ignacio o con Rafael o con la chavala de los otros días. Pero como a Rafael, no le pasó por la imaginación que la última vez que había visto vivo a Ignacio fue aquella noche, delante del Ayuntamiento.

 

Cuando Domingo salió de la casa de su novia era ya noche cerrada. Iba silbando. Iba andando hacia su casa porque había dejado la bici en la tienda. No era propiamente un chico porque ya había cumplido el servicio militar. Y además tenía antecedentes. Había tenido muchas novias, pero realmente sólo tres de las que valiera la pena acordarse. Había intentado reformarse, lo estaba consiguiendo. Pensaba casarse pronto y le gustaba la vida tal como era, porque había vivido mucho y había corrido mucho mundo y sabía que a la vida hay que tomarla tal como es porque no es de otra forma aunque uno lo quiera.

Entró en la taberna del barrio para tomar una copa de vino antes de cenar. Allí estaban un par de conocidos, uno de ellos le saludó.

—Hola, Domingo.

—Hola.

—Siéntate, invito.

—Hombre, siempre se agradece. ¡Eh, tú, sírveme aquí la copa!

—Bueno, ¿y cómo va la cosa?

—Psché, tirando.

—Ayer vi a tu hermano.

—¡Coño, tú, a ver cuándo me sirves la copa!

—Te digo que ayer vi a tu hermano.

—¿Ignacio?

—Sí.

—¡Pero bueno, tú, que la copa es pa’ hoy!

Por fin le sirvieron la copa. Luego se entretuvo hablando de política con el conocido y bebió más vino. Quizás bebiera demasiado vino teniendo en cuenta que era noche cerrada y todavía no había cenado. Aparte de todo esto, no hay nada más difícil que hablar de política o beber vino sin perder la serenidad. Así es que las dos cosas juntas son de un efecto demoledor. Sobre todo tratándose de un español como Domingo.

Cuando llegó a su casa estaba definitivamente convencido de que hacía falta una revolución y de que debía cenar o echar la cena a la basura para que su madre creyese que había cenado. Echó, pues, la cena al cubo de la basura: una tortillita y una presa de merluza frita, tapándolas con lo que ya estaba en el cubo, y se acostó pesadamente. Su hermano Ignacio, con quien compartía el cuarto, dormía ya.

La frescura de las sábanas le reanimó un poco aunque Domingo ya no pudo darse cuenta porque estaba dormido como un tronco y había visto por última vez vivo a su hermano Ignacio.

 

Ignacio se levantó temprano aquella mañana de domingo. Se asomó al balcón de su casa. Como la casa estaba en uno de esos bloques de viviendas que edificaron en una de las siete colinas de la ciudad, desde aquel balcón podía ver gran parte de ella. La ciudad comenzaba siendo azul y blanca en el horizonte. Luego venía la cinta de celuloide de la ría y la estatua del Almirante y el convento a cuya puerta llamó cuando todavía no lo era sino un pobre hombre, lo que, por otra parte, siguió siendo toda su vida. Y luego la marisma verde y negra, charol a ratos, a ratos verde. Y luego la ciudad misma, las vías del tren, la estación del tren de vía estrecha de Río Tinto, la de Sevilla, la de Zafra, las casas, los tejados, las calles, las farolas del alumbrado, los autobuses bajando a toda velocidad la gran curva descendente de la colina, las tribunas del campo de futbol, la gente, el niño que lloraba a grito pelado, un perro meando al pie de un árbol, la baranda del balcón, él mismo y el pijama que tenía puesto. Esta era la última vez que veía la ciudad. Pero no la miró tan intensa y detenidamente porque supiese que era la última vez que la veía, puesto que no sabía tal cosa y estaba muy lejos de suponerla.

Desayunó. Su última comida. Pero tampoco lo sabía.

—¿Dónde vas a ir, Ignacio?

—¿Eh, qué?

—Que adónde vas a ir.

—Ah, a bañarme.

—Bueno, no vuelvas tarde.

—No, mamá, volveré temprano.

Tenía dos pesetas. Lo justo para el tren botijo que hacía el recorrido desde la Aduana, en los jardines del puerto, hasta la playa municipal. Pero podía conseguirse una bici prestada en la tienda y así tendría para comprarse unos cigarrillos. Así es que se encaminó a buen paso hacia la tienda, casi enfrente de la estación de Sevilla. Había visto por última vez a su hermano Domingo, dormido, a sus otros hermanos, a su madre, pero suponía que luego los vería. Bueno, realmente ni siquiera lo suponía porque eso era una de las cosas que se dan por supuestas. Pero no sabía que era la última vez que los veía a todos, y ni siquiera luego lo supo porque no pudo pensar en ello.

Como supuso, el dueño de la tienda (aunque cerrada por ser domingo) estaba en la oficina repasando unas cuentas y le prestó una de las bicis.

—Cuídala, Ignacio.

—Descuide usted.

—¿Y tu hermano?

—Durmiendo.

—¿A estas horas todavía?

—Todavía.

—Pero si es casi mediodía, ¡qué calzones tiene tu hermano!

—¿Me necesita usted para algo?

—No, hombre, no, puedes irte.

—Adiós.

—Adiós, Ignacio.

Ignacio era un chico reservado y bonachón; muy cariñoso, muy pacífico, muy tranquilo. La vida le transcurría como el manso desgranar de las cuentas de un rosario. Sólo que Ignacio seguramente no rezaba ni poco ni mucho, sino si acaso lo que sea normal. Pero era una buena persona, así es que no podía pensar que era la última vez que montaba en bici, que veía a su jefe y que hacía planes con las dos pesetas de que disponía. Porque para eso no es necesario ser una gran persona o poseer una inteligencia extraordinaria, sino ser adivino. E Ignacio no era adivino. Lo puedo asegurar con la mano derecha puesta sobre la Biblia y sin hacer cruces con los dedos de la izquierda. Porque si Ignacio fuese adivino ni siquiera habría salido de su casa, y si hubiese salido de su casa no hubiera ido a la playa, o en último extremo, habría salido de su casa y habría ido a la playa, pero no se hubiese bañado.

Ignacio no sabía nada ahora. Lo sabría todo luego, y con sabor a sal. Pero ahora pedaleaba por la carretera, camino de la playa municipal.

La carretera estaba bordeada de árboles y flanqueada a su derecha por la ría, y a la izquierda por las vías del tren botijo. La carretera parecía un bacalao endurecido cuya cerviz estaba a lo lejos pero nunca se la alcanzaba, porque incluso cuando parecía que se la alcanzaba sin más remedio, se llegaba al paseo de coches de la playa y a la estatua del Almirante, y se olvidaba uno de alcanzarla.

La gente llenaba la playa.

Por allí andaría Rafael. Estuvo buscándolo y no lo vio.

Ignacio encontró a un cliente de la tienda. Era un marinero gallego muy simpático y que le apreciaba.

—Ignacito ¡eh!

—Hola, señor Cambados, ¿cómo usted por aquí?

—La mulher se me empeñó, e luego los rapaces, e mais ¿qué iba a hacer? Los traje.

—¿Qué, de vacaciones?

—Ojalá, Ignacito, pero no. No, el barco, una avería. Esta misma noite otra vez a la mar.

—Poco tiempo.

—Poco, poco tiempo en tierra.

—Bueno, he venido con la bici y…

—¿Y tu jefe, cómo está?

—Muy bien, muy bien, gracias.

—Caralho, no le he podido ver este turno.

—Otra vez será.

—Sí, claro, e mais se lo dices, no que me tome por desatento.

—Descuide que se lo diré. Esto, ¿podría dejar la bici y mi ropa con ustedes? Es sólo mientras me baño.

—Pues claro, hombre, Ignacito, a mandar.

—Gracias.

—Anda, vamos.

—Espere un momento, voy a comprar tabaco.

—Anda, caralho, ¿vas a comprar esa porquería? Lía de este, que es de Gibraltar.

Liaron unos cigarrillos con el tabaco de la petaca de Cambados, y luego de fumar Ignacio dejó la bici y su ropa donde acampaban la mujer y los hijos de Cambados. Y salió corriendo hacia la playa. Las dos pesetas que pensaba gastar en cigarrillos se quedaron en su monedero. Nunca más volvería a ver las dos pesetas, ni el monedero ni la bici ni su ropa ni a Cambados y a su familia. Pero Ignacio lo ignoraba.

Iba en bañador. Su mortaja. Tampoco lo sabía.

Había elegido un lugar alejado de donde se bañaba la gente porque, como no sabía nadar muy bien y no había visto a Rafael, que le estaba enseñando a nadar, le daba vergüenza de que la gente que le viera bañarse pensara que no sabía nadar apenas. Así es que avanzó a lo largo de la playa hasta encontrar un sitio donde la gente no le viera bañarse.

Se precipitó al encuentro de las olas.

Las olas se precipitaron a su encuentro.

 

La ciudad se halla situada al fondo de lo que sus habitantes llaman la ría, que en realidad es un río que va a juntarse con otro, y en el lugar donde confluyen se levanta la estatua del Almirante, y a sus pies la playa municipal. Camino del océano, ya juntos los dos ríos, se ramifican en un delta que termina en una inmensa playa doble, una punta umbría por los pinos marítimos y que se asoma a la ría y al Atlántico.

La playa del océano la he descrito ya en más de una ocasión, de manera que creo innecesario hacerlo de nuevo. Es una playa desmesuradamente larga y enarenada toda de blanco, y sobre la plata hay quitasoles multicolores y mucha gente divertida, y dentro del agua hay también gente divertida y veleros blancos que parecen mariposas blancas posadas en el agua. Hay pinos y hay chalets edificados sobre pilastras donde vive una gente aburrida, y un cielo cálido abovedando la tierra caliente. Pero como digo, no quiero describirla de nuevo porque ya la he descrito en otras ocasiones.

Ese domingo lo pasamos muy bien y nos divertimos mucho en compañía de un grupo de chicas de Salamanca que andaban de excursión por Andalucía, y una de ellas (ya no recuerdo si Mati, Marisol, Sonsoles o alguna de las otras tres) era amiga de la familia salmantina de Vicente. Nos bañamos en la ría, más tranquila y menos poblada que la playa del océano. Lo hicimos en una caleta de agua límpida, transparente. Parecíamos peces de colores, peces exóticos con brazos, piernas, pelo. Las chicas eran maravillosas. Eran esbeltas, sencillas, cordiales. Es una palabra, casi ibsenianas. Hay chicas a las que parece como si les gustase complicarse  la vida con un problema religioso, moral o de cualquier molesta índole parecida. Pero lo que realmente vale es un cuerpo ágil y un cerebro ágil. Lo demás ni es moderno ni es progreso. Hay que tener un fondo religioso para vivir, creo yo, de la misma manera que es necesario nacer para vivir. Pero lo que no se puede hacer es colocar el fondo en primer plano.

Regresamos a la ciudad en el último vapor, pasarían unos diez años antes de que la playa del océano estuviese comunicada por carretera con la ciudad. En la ciudad, a aquellos vapores los llamábamos “canoas”. Así es que regresamos a la ciudad con la última canoa. Ya era de noche, la noche del domingo siguiente al día en que Rafael y Pepe y Domingo habían visto vivo, por última vez, a Ignacio. En la canoa pensé que quizás me encontrase más tarde con Pepe y que si nos encontrábamos seguramente iríamos al cine.

La canoa partía el agua de la noche de verano con nosotros a bordo, hablando, fumando, hasta cantando. Paco se desgañitaba imitando a un tenor de ópera italiano. Cualquiera de ellos:

Un automóvile
Qual piuma al vento,
Muta d’acento
E di pensier.
Dos automóviles…

—¡Paco!

—¿Qué?

—Que te calles.

—No hay derecho, hombre. Cuando está uno más entusiasmado.

—Sí, maullando.

—Iros al infierno.

Marisol, la más guapa de las chicas, sonreía ante el enfurruñamiento de Paco:

—Paco se ha retirado a su torre de marfil.

Vicente sentenció:

—“Beatus ille”…

—¡Mecagüen mis muertos! —masculló Paco entre dientes.

—Apaciéntate, Paco.

Euterpo tocaba la guitarra en el banco de popa, a solas. Quería componer una suite sobre la ciudad y su historia, vieja de seis mil años.

—Fijaos qué maravillosa está la ría a la luz de la luna.

—Sí, muy romántico.

—¿Recordais lo que Verlaine decía de la luna?

—No.

—Yo lo sabía.

—¿Y lo has olvidado?

—Sí, pero estaba muy bien.

—Callarse y mirar.

—¡Precioso! —asintió Mati.

—¿Me dices a mí? —preguntó Paco.

—Habráse visto, tío presuntuoso.

—¡Tribu, el puerto!

—¡Eh, fijaos en ese!

—¿Quién?

—Ya no se ve, era un carabinero.

Paco silbó a las nubes, jugando el papel del sospechoso que quiere aparentar inocencia. Paco lo hacía siempre así cuando había un agente de la autoridad a la vista. Era una costumbre suya, igual que otros se comen las uñas o se hacen un nudo Windsor en la corbata.

La canoa quedó a media marcha. Aproximó su costado al muelle yendo a media marcha y en el muelle alguien alcanzó el cabo de la cuerda de amarre para reliarla en el noray.

—¡Su padre el último!

De un salto me encontré en la escalerilla del embarcadero, con la bolsa, una de KLM, yo que nunca había viajado hasta entonces en aviones de pasaje. Le extendí la mano a Marisol, la ayudé a saltar y subimos corriendo al muelle. Después comenzaron a pasar todos los pasajeros que habían viajado con nosotros en la última canoa. Y al verlos pasar vi que mi padre llegaba en aquel momento, viniendo del lado de la ciudad.

—Oye, perdona —le dije a Marisol—, viene mi padre.

Esperaron todos en un grupo aparte a que terminase de hablar de mi padre. Mi padre se fue al poco andando despacio, como si esperase que le acompañara después de despedirme del grupo.

—Vais a tener que perdonarme, pero…

—Ya —cortó Paco—: si no te vas con papá te quedas sin postre.

—¿Pasa algo? —quiso saber Marisol.

—No, nada, un chico que trabajaba en la tienda de mi padre. Se ahogó este mediodía.

—Pero no en Punta…

—No, en la proletaria. Bueno, era un gran chico, muy trabajador. Lo siento. Hasta mañana.

Alcancé a mi padre a la entrada de los jardines del puerto.

Mis amigos y las chicas de Salamanca me seguían de lejos los pasos, también ellos camino del centro de la ciudad.

—Un gran chico, muy trabajador. “Dada su condición puede decirse que tuvo un final decente”.

—¡Sonsolesl!

—Es un buen epitafio, Javier, de un premio Nobel nada menos.

“De Sillanpää, en Silja”, pensó Vicente, y en la manera tan sencilla que tenían los escritores escandinavos para deshacerse de sus personajes. Recordó el caso de Knut Hamsun en Bendición de la tierra: “La vieja Olina… Vivió, murió…”. Como decía Richi cuando estaba en vena: es que la vida es angustiosamente corta.

Y mientras Vicente lo pensaba, yo estaba sintiendo algo tan viejo como el mundo: el miedo de poder haber sido Ignacio. Y algo casi tan viejo: la pena por la muerte de un amigo que se había ahogado aquel mismo día, al mediodía, en la playa municipal.

No me acordaba, no conseguía acordarme de la última vez que había visto vivo a Ignacio. Me parecía recordar que en la tienda, ayer o antier. Pero no lograba recordar con exactitud si fue en la tienda la última vez que le vi, o en la calle, en los billares o cualquier otro sitio de la ciudad.

—Papá.

—Dime.

—Es cierto, ¿no?

—¿El qué?

—Que ha muerto.

—Sí.

—No puedo creerlo. Es tremendo.

—Sí, siempre es tremendo cuando pasa así.

 

El depósito de cadáveres olía a formol y a muerto. Había dos mesas largas con tapa de mármol y un muerto en cada mesa larga y fría de mármol. Uno era un viejo de pantalones de pana y alpargatas de suela de cáñamo, con una boina vasca tapándole la cara. El otro era Ignacio. Ignacio estaba ahogado y muerto y blanco como la cera. Había mucha gente que lloraba, gente que le daba el pésame a la familia de Ignacio (al otro muerto parece que no lo lloraba nadie), gente que estaba allí porque era temprano y no daban pelis de interés en los cines de verano, gente que salía a la plaza para fumar. De todas maneras en el depósito había mucho humo y olía a formol y a muerto.

Alguien levantó un momento la parte de la sábana que cubría el rostro de Ignacio, y su hermana la mayor arreció en su llanto inconsolable. Domingo y el padre de Ignacio, recostados en la pared, miraban fijamente al suelo. Asentían a todo. Más allá de la puerta del depósito pasó una bici, el ciclista hacía sonar apremiante el timbre. No podía ser Pepe porque Pepe estaba allí, en el depósito de cadáveres, y Rafael y Domingo, y yo. El único que faltaba para que estuviésemos todos allí era Ignacio, que también estaba allí, pero de cuerpo presente. Muerto y oliendo a sal y a muerto.

Le di el pésame al padre de Ignacio. Al lado, Domingo me miró con los ojos llenos de lágrimas y lo abracé. Luego salí a fumar un cigarrillo con Rafael y Pepe. Fuimos a sentamos en un banco Morrison de la plaza delante del hospital, frente a la puerta del depósito de cadáveres.

—No somos nadie.

—Nadie. ¡Hay que ver! Ayer vivo…

—Con 19 años.

—Vaya golpe para Domingo.

—Para todos.

—Sí, para todos.

—Era bueno Ignacio.

—Sí que lo era.

—Coño, era un cacho de pan, y tan callado.

—Así es la vida.

—Yo le vi ayer junto al Ayuntamiento.

    —Yo es que no me acuerdo de… ¿Cómo iba yo a pensar que…? Dame lumbre, ¿cómo lo iba yo a pensar?

—Hombre, ni tú ni nadie.

—Bueno, ¿no me has sacado tú de la cama para decírmelo? —me dijo Rafael—: Yo ni puñetera idea.

—¿Y a él cómo lo sacaron?

—¿A quién?

—A Ignacio, coño.

—Con la bajamar.

—¿Cómo?

—Uno que iba buceando tropezó con él.

—Ya ves tú qué plato.

—¿Tú cómo te enteraste, Pepe?

—Por mi hermano, vio cómo lo sacaban. Dicen que hay uno que lo vio ahogarse.

—Anda, no digas.

—Sí, hombre, pero pensó que estaba haciendo ahogadillas.

—A mí me sacó este de la cama para decírmelo —repitió Rafael, señalándome con los ojos.

—Eso de las ahogadillas debe ser mentira, Pepe. Son esas cosas que inventa la gente.

—¿Y tú cómo te enteraste? ¡Coño, qué malo es este tabaco!

—Me estaba esperando mi padre en el muelle de las canoas y me lo dijo.

—¡Quién iba a pensarlo!

—Nadie.

—Ahí viene tu padre con Domingo.

—Oye, ¿ha venido la novia de Domingo?

—No sé.

—Sí, era esa que estaba junto a la hermana de Ignacio.

Fuimos a tomar un carajillo al Vista Alegre (se llamaba así y estaba enfrente del depósito de cadáveres), porque Domingo estaba deshecho y necesitaba reanimarse. Todo el mundo nos miraba en el café, y especialmente miraban a Domingo.

El café parecía una cosa viva. Sin pensar lo que hacía dejé caer un terrón de azúcar en el café, hizo ¡plop! y se hundió. El terrón de azúcar se hundió pesadamente, por completo. Luego, en la superficie del café, aparecieron unas burbujitas. Domingo las miraba con los ojos desencajados.

 

Al día siguiente se celebró el entierro.

Había mucha gente. Los chicos de la tienda llevaron una corona de flores para que la pusieran sobre el ataúd de Ignacio. Yo fui con ellos. Entramos en el depósito de cadáveres y dejamos la corona de flores a los pies de aquella larga y fría mesa con tapa de mármol donde ya no estaba Ignacio sino muy poca cosa de Ignacio. Una poca cosa envuelta en una sábana. La gente se nos quedaba mirando y cuchicheaba. La gente nos miraba y cuchicheaba porque sabían quiénes éramos.

—No somos nadie —dijo una vieja que mejor se hubiera metido la lengua donde yo sé.

—Nadie.

—Qué corta es la vida, coño —dijo Pepe, y se puso colorado por haber soltado un taco delante de aquella cosa que ya no era Ignacio.

—Angustiosamente corta —le dije.

Luego nos encontramos en la calle, con la gente, dentro de la gente, por encima de la gente porque habíamos sido los amigos de Ignacio, que había muerto en la playa municipal porque estaba de Dios que no volviese a ver nunca más ni a su familia ni a Cambados ni a ninguno de sus compañeros de la tienda, ni tampoco a gastar dos pesetas en tabaco (por mucha porquería que ese tabaco fuese).

Nunca más volvimos a ver a Ignacio.

Tan sólo una carroza donde decían que lo llevaban a enterrar. Pero nosotros sabíamos que allí no iba Ignacio, y que a Ignacio, lo que se dice a Ignacio, no lo enterrarían nunca. Porque Ignacio se había ido muy lejos, en algún barco que cruzase la barra del puerto la tarde del domingo que se ahogó en la playa municipal.

 

He cumplido mi palabra y me he limitado a constatar en este cuento el hecho de que la vida es angustiosamente corta. Y lo he rescatado del polvo y el amarillo del olvido, para transcribirlo desde su soporte papel, después de haber leído el poema del irlandés Dennis O’Driscoll que se titula “Someone“ (“Alguien“), y que parece haber brotado de la misma fuente que mi cuento.

Dice así, en la traducción de Yolanda Soler Onís:

Alguien se está vistiendo para la muerte hoy, un cambio de falda o de corbata

saboreando con el té la última rebanada de pan con mantequilla,

sin advertir que su reciente erección será la última.

apurando su afeitado para yacer en el mármol

rociando con desodorante la espesa hierba de sus axilas

alguien está saliendo hoy de casa hacia el trabajo

saludando a los vecinos que caminarán tras su ataúd

alguien se está cortando las uñas por última vez, precioso instante

alguien que perderá muy pronto las marcas del cinturón en torno al talle

alguien está dejando afuera las botellas de leche para un día que no vendrá

alguien que está a punto de ver borrado su último aliento

alguien está librando un cheque que será “devuelto por defunción”

alguien está señalando en el calendario días que no le esperan

alguien está escuchando un irrelevante pronóstico del tiempo

alguien está haciendo vulnerables promesas a los amigos

alguien cuyo ataúd está siendo forrado, lijado, barnizado

y que esta mañana se siente tan en forma como cualquiera

alguien que si fuera preguntado no hallaría nada digno de destacar en este día

de aromas y despedidas como últimas voluntades y testamento

alguien está contemplando hoy el mundo por última vez

con la misma inocencia de la primera.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

2 comentarios en “Ignacio y la vida corta

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